Arxiu de la categoria: Viatges

Septiembre en el Pirineo

Josep Maria Cuenca
Escritor

Tras un mes de agosto atroz mucho más allá de la tortura climática a causa de diversos quehaceres alimenticios perpetrados a cambio de un salario decimonónico, el inicio de septiembre me ofrece la posibilidad de llevar a cabo un corto pero intenso viaje por el Pirineo oriental. En total, poco menos de una semana de un valle a otro, reencontrando amigos muy queridos, redescubriendo paisajes esenciales de mi pasado y liberando mi perplejidad y mi melancolía pre otoñal, además de sentirme abrumado a tiempo parcial debido a la impresión de que el “tiempo social”, por llamarlo de algún modo, se ha petrificado desde que hace más de tres décadas empezara a frecuentar la montaña. Primero como montañero y más tarde como ciclista y como escritor.

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Quan la propietat privada no era un dret al Perú

Perú. Museo Tumbas reales
Museu de les Tombes Reials de Sipan, al nord del Perú

Postals del Perú (i 4)
Eugènia de Pagès
Catedràtica d’Història

Els cronistes hispans ja van admetre que no podien comprendre els costums dels pobles andins perquè no coneixien la seva història. Les paraules castellanes portaven implícites patrons de pensament europeus subjacents que els impedia entendre la concepció del món dels pobles envaïts. Un exemple clar és el que fa referència a la terra.

Els pobles andins no comprenien el concepte de la propietat de la terra com un dret, tant se val que fos comunal o privat. Ells dividien els recursos en dues categories: “lo crudo”( sense cuinar, matèries primeres, sense treballar) i “lo cocido” (cuinat, processat, treballat). Per exemple, eren “crudos” els recursos com les terres no treballades, els pasturatges naturals, els boscos, els dipòsits de sal…

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Les societats andines

fotos perúPostals del Perú (3)
Eugènia de Pagès
Catedràtica d’Història

La vella dita segons la qual “la història l’escriuen els vencedors” és del tot aplicable a la major part de la història del colonialisme europeu a l’Amèrica hispana. Tradicionalment, els investigadors –la majoria dels quals han estat europeus o d’ascendència europea- s’han ocupat de les noves institucions i la seva funció, així com de la vida de les elits. De fet, el gruix de la seva producció acadèmica ha buscat comprendre la presència europea a ultramar. Això es va veure facilitat per dues raons bàsiques: d’una banda, la informació es basava, gairebé en exclusiva, en les cròniques hispàniques de l’època, i d’altra, de l’absència total de fonts escrites en les llengües natives.

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La “Conquista”

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Lima colonial. La “celosia” d’origen andalusí

Postals del Perú (2)
Eugènia de Pagès
Catedràtica d’Història

En primer lloc cal entendre que Amèrica és conseqüència de la rivalitat entre la creu i la mitja lluna. Al segle XV el poderós espai musulmà estrangulava a una cristiandat, que justament per a alliberar-se d’aquesta pressió, pren la ruta del desconegut i a la vegada temut Atlàntic. La ruta cap Orient per mar era per esquivar els otomans (el potent turc, terror de l’univers) que obstruïa la travessia per terra. Encongits en el vell món, el regnes cristians, de la república de Venècia fins a Portugal tenen un aire de fortalesa assetjada, i no eren ni els més rics ni els més poblats. Per contra, les civilitzacions precolombines no coneixien cap setge des de fora; concretament, a l’espai incaic les lluites intestines que  provocava la mort del sobirà eren limitades, i, en cap cas, tenien res a veure amb  la guerra total i de devastació que van portar d’Europa els castellans. Aquest tipus de guerra els  era del tot desconegut. Cal dir que els invasors formaven part dels millors soldats de l’època. Quan assalten el país dels inques, els conquistadors tenen l’experiència de la presa de Centreamerica, de Flandes, d’Itàlia, d’Europa en la que els “Tercios” seran hegemònics fins el 1648.

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No sabia res del Perú

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Lima. Plaza de Armas. Del passat colonial de Lima queda poca cosa i la més antiga és del final del s.XVIII degut als terratrèmols

Postals del Perú (1)
Eugènia de Pagès
Catedràtica d’Història

Arrel d’un recent viatge al Perú, vaig adonar-me que, malgrat que gran part de  la meva vida professional havia girat al voltant de la història, no sabia pràcticament res, ni recent ni passat, d’aquest país andí. Tot aprofundint en el per què de la meva ignorància, vaig constatar que el mateix em passava pel que fa a la història de Portugal, Flandes, la resta de països sud-americans i també les Filipines. És a dir, de tots els països que en un moment o altre o al llarg de molt segles havien format part de la Corona hispànica, no en sabia ni un borrall, o unes generalitats de pa sucat amb oli. Si jo no en sabia res, i he estat molts anys professora d’història, significa que hi ha i ha hagut un manifest desinterès de la societat espanyola per aquests països, un cop van decidir separar-se del domini espanyol. Curiós.

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Un paseo por la Grecia al margen de los tópicos turísticos

Grecia - mayo 2013 023
Hombres dispuestos a embarcar en Ouranopoli hacia la península de Athos

M. Eugenia Ibáñez
Periodista

Grecia puede ser una sorpresa agradable, desagradable o todo lo contrario, para el viajero que se aparte de los habituales circuitos turísticos y decida recorrer el territorio sin pautas establecidas. En cualquier caso, seguro, la sensación final de quien así se mueva hará trizas el tópico de la Grecia de casitas blancas con ventanas azules y playas pulcras de fina arena. Las casitas blancas y azulonas existen, por supuesto, pero el aspecto de Mikonos y Santorini, islas masificadas por el turismo de cruceros, no es precisamente la imagen más frecuente de las construcciones del país. Y sí, también hay idílicas playas de dorada arena en las que uno desearía perderse, pero el viajero deberá buscarlas con empeño tras descartar un sinnúmero de otras de cantos que desequilibran al bañista y que, por supuesto, también tienen su encanto.

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Nueva Zelanda

Nueva Zelanda,
un paseo por el paraíso encontrado

 

M. Eugenia Ibáñez
Periodista

Acabo de visitar el paraíso. De acuerdo, matizaré mi entusiasmo: Si existe un paraíso en este planeta que llamamos Tierra, ese enclave debe ser muy parecido al país en el que acabo de pasar tres semanas: Nueva Zelanda. Y voy a explicar en qué baso mi admiración por ese territorio de nuestras antípodas, a sabiendas de que a un turista le faltan siempre tiempo y elementos de juicio suficientes para valorar adecuadamente las virtudes y problemas del país visitado. Pero no aspiro a trasladar mi residencia a Nueva Zelanda, aunque quizá cambie de opinión si se mantiene la crispación política y económica de mi entorno, así que, de momento, mis elogios van a ser los propios de una viajera sorprendida, admirada y agradecida por lo que ha conocido en un largo desplazamiento que ha merecido la pena.

Mis conocimientos previos sobre Nueva Zelanda se limitaban a los que se desprenden de la lectura rápida de un par de buenas guías y las informaciones propias en Internet. Añado una charla con una amiga que pasó cuatro meses en ese país y que hizo un entusiasta relato de lo que iba a encontrarme. Pero soy escéptica por vocación y ejercicio profesional, así que archivé esos elogios en un rincón de la maleta, a la espera de obtener una segunda y contrastada opinión. La propia.

Bahía de las islas, en la isla norte

Tras 23 horas de viaje, 13 hasta Singapur y 10 más hasta Auckland, el encuentro con el centro comercial de esta ciudad no aporta emociones especiales al viajero. Muchos y apretujados rascacielos, la consabida torre de comunicaciones, tráfico intenso, abundantes pequeños locales de comida rápida y limpieza, eso sí, mucha limpieza, ni un papel en el suelo ni grafitos en las paredes. Pero esa primera impresión de Auckland es falsa, porque la verdadera ciudad se descubre al alejarse un poco del globalizado centro y se asciende a la colina más alta de la urbe –196 metros—el Monte Eden, un antiguo volcán hoy con el cono del cráter totalmente cubierto de hierba. Desde esta loma se puede comprobar que la mayoría de los vecinos de la ciudad más poblada de Nueva Zelanda –1,2 millones de habitantes– viven en casitas de planta baja, con su pequeño jardín, al alcance de la vista de vecinos y caminantes. Y esa va a ser la tónica de las construcciones de las dos islas que integran el país, una pauta que queda en evidencia cuando la turista se sube a un autobús o alquila un coche –se circula por la izquierda- para recorrer pueblos y ciudades.

Un territorio respetado
¿Qué más contrasta la viajera? Descubre mil matices del color verde que apenas dejan resquicio para otros tonos; comprueba que los apenas 4,5 millones de habitantes de un país cuya superficie es algo mayor que la mitad de España han sido sabios a la hora de ocupar el territorio, que lo han tratado con mimo, sin abusos, sabedores de que esa es su riqueza y ese el legado  que dejarán a sus hijos; constata con envidia, con mucha envidia, que los neozelandeses han sabido respetar su escaso patrimonio arquitectónico, que lo cuidan, que lo respetan, que lo protegen, que lo utilizan y que son capaces de vivir en casas de madera con cien años de antigüedad, pintarlas, restaurarlas y, pudiéndolo hacer, no las sustituyen por edificaciones de rompedor diseño.

El país lo constituyen dos grandes islas separadas por el estrecho de Cook  y otras de menor tamaño. Es largo –unos 1.800 kilómetrosdesde Kaitaia, en la zona más septentrional, hasta Inverkagill, en el extremo sur– y estrecho, apenas 400 kilómetrosla parte más ancha. Tras un recorrido por las dos islas se tiene la convicción de que Nueva Zelanda no ha buscado su crecimiento económico en la ocupación voraz del territorio, sino en el aprovechamiento inteligente de lo que este ofrece. Las islas han sido generosas con sus pobladores hasta parecer un muestrario de todo lo hermoso que la naturaleza puede ofrecer al género humano. Playas casi tropicales, 18 montañas que superan los 3.000 metros–Edmund Hillary, el conquistador del Everest, era neozelandés– fiordos, glaciares, volcanes, lagos que parecen mares, bahías pobladas de islas surgidas de un sueño, cuidadísimos parques nacionales donde el senderismo se convierte en algo más que el simple ejercicio de caminar y pueblos ya incorporados a la mitología cinematográfica: El señor de los anillos de filmó en Matamata.

Volcán del parque nacional de Tongariro

Un territorio protegido
¿Hay diferencias entre la isla Norte y la isla Sur? Las hay, por supuesto, pero no parece que en su comparación salga perjudicada alguna de ellas. Ambas acogen zonas consideradas como Patrimonio Mundial; en el centro de la isla Norte, el parque nacional de Tongariro, una zona volcánica espectacular con una variedad de senderos aptos para todas las resistencias del caminante, y en el sur, el Te Wahipounamu, un conjunto de diversos parques nacionales, una zona del suroeste que acapara la mayor concentración del turistas, agreste, montañosa, con un litoral cortado por numerosos fiordos. Y repartidos del norte al sur hay 14 parques nacionales, dos reservas y tres parques marinos, que explican por qué una tercera parte del país está protegido, casi mimado, al amparo de la invasión de animales y vegetación no autóctona y, por supuesto, de decisiones imputables al ser humano.

Las bahía de las Islas, en el norte, es un goteo de pequeños islotes, algunos desabitados, otros tan solo ocupados por ovejas, una costa donde se alojan, se esconden, algunas de las mayores fortunas del planeta. Un poco más abajo, Rotorua con sus fuentes y géiseres de aguas sulfúricas, y al este, siempre en la isla Norte, el parque nacional de Whanganui donde el viajero audaz puede repetir los descensos en canoa que iniciaron los maories. Atravesar el estrecho de Cook hacia la isla Sur es otro de los itinerarios inexcusables. Los ferris parten de Wellington, la capital, 164.000 habitantes, y llegan a Picton tras recorrer un dédalo de fiordos, pequeñas bahías, entrantes y salientes que hacen del viaje un anticipo de las muchas maravillas que encierra la isla Sur. Se puede empezar por el parque nacional de Abel Tasman, así llamado en recuerdo del holandés, el primer europeo que arribó a Nueva Zelanda y que ha dado nombre al mar de Tasmania, que separa las islas de Australia. Pero si se prefiere la escalada p paisajes más duros se puede optar por las cumbres del los montes Aoraki, o los glaciares de Franz Josef y Fox, y si las preferencias del viajero pasan por avistar animales salvajes en Kaikoura puede tener la suerte de ver ballenas, delfines y en Otagp Harbour, pingüinos focas y, quizá, leones marinos. Hay de todo un poco y todo muy hermoso, muy respetado por los neozelandeses, con la esperanza de que el viajero haga lo propio

Mural dedicado al primer voto femenino del mundo. Auckland

El voto femenino
El paisaje de Nueva Zelanda lo completan ovejas y vacas pastando en prados inacabables, ganadería básica en la economía del país, y también viñedos y una agricultura que ha conseguido exportar a todo el mundo. Y la grata sorpresa para el turista europeo, siempre estresado, con frecuencia malhumorado, es la amabilidad que los ciudadanos del país aplican a su rutina diaria, como una forma de comportamiento habitual, tanto con los propios como con los ajenos. Y casi parece lógico que los neozelandeses, llamados también kiwis por los foráneos, hayan incorporado esa forma de educación a su ADN, porque el suyo es un país sin conflictos graves de convivencia; la tasa de desempleo no supera el 6%, la crisis económica no ha afectado las relaciones laborales, no hay masificación ni en las ciudades ni en los pueblos y la relación entre los colonizadores ingleses que llegaron hace doscientos años y la población autóctona, los maoríes, ha dado pie a una nación bicultural y una integración sin graves problemas en la actualidad. ¿Por qué van a irritarse pues los neozelandeses?

Y, last but not least, NuevaZelanda fue el primer país del mundo que amplió el voto a las mujeres, en 1893. En pragmático recuerdo de aquel hito, la imagen de Kate Sheppard, la sufragista que impulsó el movimiento feminista, aparece en los billetes de 10$ neozelandeses y una simpática pintura de aquellas pioneras luce en las escaleras de una recoleta plaza de Auckland. Nadie ha osado pintarrajear sobre ese mural. En Nueva Zelanda no hay grafiteros.

Postales USA

 

Un viaje distinto por los Estados Unidos de siempre

Por JOSÉ MARTÍ GÓMEZ

A finales de los años sesenta el escritor francés Pierre Dommergues  esbozó un retrato político de los USA a través de sus escritores. Lo que allí se decía sigue vigente cuarenta años después. Los países y sus gentes no cambian con facilidad y la realidad del inmenso país norteamericano es compleja.
En Estados Unidos coexiste el idealismo del Oeste con la conciencia puritana de las gentes del Este. El sentido negro de la resistencia, la seriedad moral de los judíos y el catolicismo irlandés. Estados Unidos es un país de opulencia y de pobreza. De cultura de mass media y de élites, con excelentes revistas literarias y científicas, tanto privadas como universitarias, y centenares de cadenas de televisión generalista o especializadas en temática diversa, las primeras con programación de poca calidad y buenos programas y seriales muchas de las segundas.

Un país individualista en el que coexisten obsesiones por la violencia, la sexualidad y la depresión, junto al país solidario que cree en la esperanza, el optimismo y la fe en el hombre, lo que da lugar a que en Estados Unidos proliferen predicadores, embaucadores, organizaciones humanitarias, empresarios a los que no importan las muertes que sus negocios puedan originar siempre que estos sean rentables y novelistas que profundizan en el modo de ser norteamericano, con sus angustias y esperanzas.

Es el país por excelencia de las personas que el psicólogo Robert J. Lifton define como proteicas. ¿Qué es un ser humano proteico? Según el ensayista Jeremy Rifkin es aquel individuo que ha crecido en urbanizaciones, tiene sus coches en leasing, compra cosas on line, espera recibir software gratuito, vive en un mundo de cuñas sonoras y ciberespacio y está habituado a tener un seguro médico privado y un trabajo temporal.

Se tiende a definir a Estados Unidos por un parámetro geográfico.

La Norteamérica del Atlántico, (Delaware, Columbia, Maryland, Nueva Jersey, Nueva York y Pensilvania) puritana, conservadora y sofisticada.

La Norteamérica del Pacífico (Alaska, Oregón y Washington al norte) y al sur la California progresista, liberal y dinámica cultural, económica y tecnológicamente.

La Norteamérica del Oeste que nadie te sabe explicar claramente dónde empieza (¿en las Rocosas, con Colorado, Idaho, Montana, Nevada, Utah y Wyoming hasta descender a Arizona y Nuevo México?, ¿en Illinois, Minnesota, Ohio, Indiana, Iowa, Michigan, Missouri y Wisconsin?) estados que pueden definirse como parte del país que conserva el espíritu de los pioneros que avanzaron en busca de nuevas fronteras.

Pero también está la compleja Norteamérica del Sur (Alabama, Arkansas, Carolina del Norte y Carolina del Sur, Florida, Georgia, Kentucky, Misissipi, Tennesessee, Virginia, Virginia Occidental y Lousiana) y la inmensa Norteamérica de las grandes llanuras (Dakota del Norte y Dakota del Sur, Kansas, Nebranska, Oklahoma y Texas) que configura el mapa espiritual de la Norteamérica profunda.

Un modelo que, según Manuel Ballbé, es propio de un estado decimonónico. “Modelo individuocéntrico”, le llama: un modelo en el que el individuo tiene derecho a poseer un arma y se cree que puede ejercer como policía tomándose la justicia por su mano.

¿Es cierto que un tercio de los norteamericanos tiene armas y eso origina que haya diez veces más víctimas por armas de fuego que en Europa, donde los estados tienen el monopolio de la violencia, aunque al paso que vamos creo que en Europa también los estados van a dimitir de ese monopolio y van a dejar el campo libre a empresas privadas, que yo, y muchos como yo, tendemos a ver como empresas de inseguridad?

¿Es cierto que en Estados Unidos, según estudio publicado por una revista médica, la posibilidad de morir de forma violenta del norteamericano en posesión de arma de fuego triplica las posibilidades del que no la tiene, con el añadido que no le matara un delincuente sino alguien del entorno?

¿Es cierto que un estudio llevado a cabo por economistas solventes llega a la conclusión de que en el 30 % de descenso en el índice de criminalidad no ha tenido incidencia la denominada política de “tolerancia cero” sino el hecho de que a partir de la legalización del aborto en 1.973 bajó el número de hijos no deseados y por lo tanto descendió la problemática de los hijos de familias marginales?

Fascinante perspectiva. Y no menos fascinante fue el recorrido que Ballbé me hizo por el gran mapa de los servicios de seguridad de Estados Unidos. A los 100.000 policías estatales, los 600.000 locales, la CIA que nunca se sabe lo que hace y el CID militar que se ocupa de la lucha antiterrorista fuera de los Estados Unidos, hay que sumar los 60.000 policías federales que se reparten por una decena de cuerpos: DEA para drogas, ATF para alcohol, tabaco y armas de fuego, USM para la búsqueda de fugitivos federales, AIRS para investigar en tributos y blanqueos de capitales… todos, como suele ocurrir en todas las policías del mundo, entrometiéndose en los territorios de los demás y sin pasarse información unos a otros. Como guinda, el FBI, el gran vapuleado tras el atentado del 11-S, con unos 25.000 agentes que representan una modestísima cuota del 10 % del pastel de seguridad que se reparte la policía federal dado que el 90 % de los agentes de seguridad norteamericanos son policías estatales y locales.

Estados Unidos son muchas Américas y que cada una de esas muchas Américas respondería de forma distinta a esas preguntas. Pero me entra una duda: esa multiplicidad de Américas heterogéneas, ¿se ha homogeneizado desde hace dos años? ¿Ha cambiado sus formas de vida, sus respuestas emocionales ante la evidencia de que el país ha dejado de ser un santuario?

El tópico siempre conlleva un riego: el de que se identifique la política ultra conservadora de un gobierno con lo que piensa todo el país. No es cierto, como no es cierto que en Estados Unidos todos se alimenten de hamburguesas, pero cuando el tópico se impone sus resultados siempre son negativos, dan una imagen distorsionada del país, de sus gentes. También de su política.

Recuerdo el día en el que estando en la Tattered Cover Book Store de Denver, una librería independiente que desafía a las grandes cadenas con sus cuatro pisos repletos de anaqueles y tranquilos señores y señoras que ojean ejemplares sentados en cómodos sofás o viejos butacones, tomando un café con leche en la cafetería o almuerzan en el restaurante a la espera de bajar a la sala de actos para asistir a la conferencia seguida de debate con un autor de paso.

En esa entrañable librería que ignoro cuantos años podrá resistir la presión de las grandes cadenas vi entrar a una mujer.

La postal nos mostraría a una anciana que se sostenía en un bastón con empuñadura de plata. Tiene el cabello blanco, viste con elegancia y su rostro todavía mantiene los vestigios de una hermosura juvenil. De su cuello cuelga un collar de perlas.

La postal explica lo que el observador vio:

Una larga cola se extendía desde el vestíbulo de la librería hasta los pisos superiores. La señora preguntó qué pasaba.

-El ex vicepresidente Qualey está firmando sus memorias- le respondieron.

La señora se quedó inmóvil. Hubo en sus labios un mohín de fastidio. Luego la señora dijo, al tiempo de dirigirse con paso rápido hacia la puerta por la que acababa de entrar:

-Hoy es un día triste para Denver.


La Tattered Cover Book Store de Denver$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$$

Frontera entre EE,UU y México

 

2. Formulario para gente decente

Cuando el avión se aproxima a Estados Unidos el personal de cabina pasa a los viajeros un cuestionario que estos, si no son de nacionalidad norteamericana, deben rellenar y entregar junto a su pasaporte al personal de inmigración que les espera en los aeropuertos de llegada. Que a estas alturas del siglo y con la que está cayendo el cuestionario siga siendo tan estúpidamente infantil como siempre no deja de provocar ternura en el viajero.

Preguntas ante las que hay que formularse otro interrogante: si existe constancia de un imbécil que en la casilla del sí puso una crucecita respondiendo afirmativamente preguntas como estas:

-¿Tiene alguna enfermedad mental o física; es adicto o consumidor de drogas?

-¿Ha estado alguna vez arrestado o acusado de una ofensa o crimen moral; por ser traficante de droga; arrestado o acusado por dos o más penas de las que tenga que cumplir cinco años o más? ¿Está intentando entrar en el país para involucrarse en actividades criminales o inmorales?

-¿Ha estado o está involucrado en espionaje o sabotaje; o en actividades terroristas o genocídio? Entre 1.933 y 1.945 ¿estuvo involucrado en persecuciones asociadas con la Alemania nazi o sus aliados?

-¿Está intentando trabajar en los EEUU; ha sido alguna vez deportado o ha intentado conseguir un visado fraudulentamente?

-¿Ha retenido o negado la custodia de un niño de un ciudadano norteamericano al que se le ha concedido la custodia del pequeño?

-¿Alguna vez se le ha denegado un visado o la entrada a EEUU o se le ha cancelado un visado?

Hace años, Norman Mailer anotó en el bloc de uno de sus personajes un cuestionario que en esencia viene a ser el tipo de preguntas que se formulan hoy a todo sospechoso:

Decía el personaje de Mailer:
Admite que eres bolchevique.

Admite que eres comunista.

Admite que eres ateo.

Admite que quieres destruir las iglesias.

Admite que eres contrario a la libre empresa.

Admite que eres partidario del asesinato del presidente de los Estados Unidos y del Congreso.

Admite que quieres destruir el Sur segregacionista.

Admite que eres partidario de la rebelión de la gente de color.

Admite que estás sometido a una potencia extranjera.

Admite que eres contrario a Wall Street.

Es un cuestionario que encuentro mucho más interesante que el repartido por las autoridades de inmigración. El escritor siempre acaba siendo más imaginativo que el burócrata.

En lugar del “admite que eres comunista” escribamos hoy “admite que eres islamista” y tendremos un cuestionario puesto al día.

En el aeropuerto internacional de Denver entrego mi papel verde al agente de inmigación. Lo mira y me hace ver que no he rellenado la casilla en la que se me pregunta si sufro alguna enfermedad mental. Me da un bolígrafo y me pide que trace la crucecita en la casilla correspondiente.

He estado a punto de poner que sí, que padezco una enfermedad mental. Pero Estados Unidos no está ahora para bromas.

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Apartamentos en Chicago

3. Un mundo variopinto

Hay cuatro cosas que llaman la atención de los aeropuertos norteamericanos.

La primera, que cuando llegas Inmigración se muestra muy interesada por tu vida (el motivo del viaje, el tiempo que vas a permanecer en el país, los dólares que llevas en la cartera, el lugar en el que te vas  alojar, el riguroso registro del equipaje con decomiso de todo producto cárnico, aunque sea envasado…) y cuando te vas no te preguntan absolutamente nada.

La segunda, la gran cantidad de niños de corta edad y de minusválidos que viajan en avión (en las ciudades se ven por Navidad circular muchos minusválidos con sus sillas de ruedas adornadas con lucecitas al estilo de las que adornan las fachadas de muchas viviendas con propietarios que parecen aspirar a obtener un premio a la horterada.) He pensado que simular una dolencia locomotriz es la mejor manera de viajar a Estados Unidos: te ponen silla de ruedas conducida por un hombre o una mujer (en su mayoría de raza negra) que te conduce a través del aeropuerto sorteando vericuetos no transitados por el ciudadano sin problemas de salud. La ventaja de los minusválidos turistas  es absoluta: se saltan las largas colas de inmigración por tener derecho preferente.

La tercera cosa que sorprende en los aeropuertos de Estados Unidos es ver viajeros con vestimenta para hacer frente al frío polar y a viajeros que se pasean con bermudas, todos subiendo al mismo avión porque, por poner un ejemplo, unos van o vienen de Alaska o Florida, dos mundos climático-culturales diversos que forman parte del gran mosaico de Estados Unidos.

En los mostradores para vuelos nacionales ves gente que factura esquís para nieve y esquís náuticos. Hay quien viaja con cañas de pescar y los hay que facturan escopetas de caza. Unos vienen de Alaska y otros van hacia Hawai. A esquiar a las grandes estaciones de Veil o Aspen, en Colorado,  o a bañarse en las playas de Florida o California. A escuchar jazz y comer bien en Nueva Orleans o a jugar veinticuatro horas en las ruletas o máquinas tragaperras de los casinos de Las Vegas.

Estados Unidos es un país inmenso. Cuando en la posguerra el Gobierno impuso un límite de velocidad para ahorrar en combustible y en el desgaste de neumáticos, el gobernador del estado de Texas – el estado más grande de la Unión- protestó:

Dijo:

-En Texas, viajando a 60 millas por hora no se llega nunca a ninguna parte.

La cuarta cosa que llama la atención en un aeropuerto de Estados Unidos es que los fumadores son apestados poco menos que mostrados a la vergüenza pública en cubículos que tienen algo de zoológico: grandes cabinas de cristal, totalmente cerradas para que no se filtre al exterior ni una voluta de humo.

Eso se ve en todos los aeropuertos salvo en el de Las Vegas, dónde las salas para fumadores en los espacios de salidas de vuelos tienen el aspecto de un pequeño casino, con máquinas tragaperras para que el viajero tiente por última vez la suerte mientras fuma unos cigarrillos.

En los restantes aeropuertos miras a los fumadores y al  verles enjaulados fumando con la dignidad de los que  asumen su marginación, se les reconoce un espíritu de mártires de fin de siglo. En los aeropuertos europeos que han tomado medidas contra los fumadores los reductos que se les asignan no tienen ese  aspecto de jaulas de zoológico.

Intuyo que el hecho de que Roosevelt fuese en silla de ruedas, se mostrase como un hombre activo y fuese uno de los presidentes más queridos y respetados de Estados Unidos debió tener una influencia en la reivindicación de derechos por parte de los minusválidos norteamericanos.

Viéndoles llegar a los restaurantes en sus sillas de ruedas, asistir a conciertos o competiciones deportivas, entrar en los cines o en los teatros, circular por salas de exposiciones o asistir a conferencias uno se pregunta porque en Estados Unidos se ve a miles de minusválidos llevando la vida de una persona normal y en España apenas se ve ninguno.

Lógicamente, cuestión de censo de población, en Estados Unidos hay muchos más minusválidos que en España. Pero el hecho de que su existencia sea perceptible para el recién llegado nada más poner sus pies en un aeropuerto norteamericano no es cuestión de porcentaje numérico: es cuestión de que en Estados Unidos tienen unos derechos que en España todavía siguen siendo una quimera.

 

 

Roosevelt, inválido por poliomelitis, en la campaña presidencial de 1932

Me han contado la historia de un restaurante que no tenía servicios para  minusválidos. O entrada. No recuerdo bien. Fuese lo que fuese, faltaba algo que facilitase a los minusválidos su estancia o entrada en el local. El primer minusválido que se sintió perjudicado leescribió una carta al dueño del local exigiéndole corrigiese la deficiencia. El dueño se puso chulo, el minusválidos denunciante tocó el chiflo y las asociaciones de minusválidos del lugar le montaron al restaurador un sidral de tal magnitud que a punto estuvo de acabar con el restaurante.

La situación se solucionó cuando el dueño del restaurante acometió la obra exigida y como desagravio abrió el restaurante el día de fiesta semanal para llenarlo de minusválidos  invitados a la cena.

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Cartel de la película de Wayne Wang sobre la novela de Auster, con Harvey Keitel y Willian Hurt

4. Nueva York, un rompeolas

 

¿Qué se puede decir de Nueva York a estas alturas?
Que es un rompeolas en el que se funden religiones, razas, ideas…
Una ciudad liberal, de pensamiento demócrata,  que vota un  gobernador y alcalde republicano pero votó a Bush en proporción mucho menor que en el resto del país.
Una ciudad en la que en los hogares se hablan mucho más idiomas que el inglés en proporción al resto de América.
Una ciudad en la que hay más hispanos que negros y, en comparación con el resto del país, más nacidos en el extranjero en proporción 36 a 10.

¿Y qué más es Nueva York?

Una ciudad más admirada en el extranjero que en Estados Unidos. Como ocurre a los ingleses respecto a Londres, Nueva York provoca entre los norteamericanos  fascinación y  rechazo.

La ven como la metrópoli en la que se pueden hacer realidad todos lo sueños y como la ciudad que contabiliza más fracasos personales por metro cuadrado.

De Nueva York fascina la facilidad con la que de una esquina a otra puedes ver como cambia el modo de vida, la raza, la cultura, la seguridad personal. Lo que en Nueva York hay de ciudades dentro de la propia ciudad. Barrios, dirán algunos.

Son más que barrios, digo yo. Son espacios con identidades muy diferenciadas porque Nueva York es una ciudad de aluvión en la que dejando al margen la zona central de Manhattan se vive un tipo de vida que tiene mucho de la intimidad vecinal que se da en los barrios europeos o las pequeñas ciudades de la América profunda.

Smoke es un buen ejemplo. El guión de Paul Auster llevado al cine recoge bien ese ambiente: la calle, la luz que cambia según las horas del día, el estanco, la gente, la calma…

Paseas por Brooklyn y buscas el estanco. Lo encuentras. No es el de la película pero podría serlo. En Nueva York, como en el resto de Estados Unidos, todo parece que lo has visto cuando lo miras por primera vez.

Desde el 11-S del 2001 la ciudad vive en régimen de ducha escocesa: olvidando la tragedia, tratando de normalizar la vida, recuperando la tranquilidad y sumiéndose en la histeria cuando el Gobierno pone a la ciudad en estado de color rojo, que es el de máxima alerta por riesgo de ataque terrorista.

Dicen que los héroes de ayer, bomberos y policías, están irritados.

Ahí está foto de la postal para probarlo: en la espalda del policía cuelga un cartelón al estilo de los que todavía se ven  por Broodway anunciado restaurantes y obras de teatro, solo que en este caso lo que se lee en la espalda del policía es Two tears without a contract… Is this any way to treat the heroes of 9-11?.

Los periodistas también se han acercado a lo largo de estos años a los familiares y amigos de víctimas del ataque terrorista a las torres gemelas. Hay en el discurso de esas gentes un tono de desencanto por la ayuda recibida, una crítica amarga a cómo se gestionó desde el gobierno el tiempo posterior a la tragedia y el deseo de poder votar en las elecciones presidenciales liberados de la atadura sentimental que representa todavía para ellos el recuerdo de lo que vivieron ese día.

Desde el 11 de septiembre del 91 la postal de Nueva York ofrece a la vista tres vacíos. Los tres siguen marcando a la ciudad  pasados tres años.

Un vacío físico: el espacio que ocupaban las torres gemelas.

Un vacío existencial: el  que surge de tener presente por qué  donde hay un enorme solar antes había un gigantesco edificio.

Un vacío de ideas críticas:  como si lo mejor de Nueva York esté sepultado bajo los escombros de las torres gemelas.

No es fácil vivir hoy en Nueva York.

La ciudad se siente frágil.

Quizá ya nunca recupere el orgullo de ser la ciudad que supera todas las crisis, “la ciudad en la que todo te estimula” en definición que me dio un día Tonny Richardson, cabeza de cartel del free cinema británico.

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Kevin Spacey y Mena Suvari en un fotograma de ‘American Beauty’

 

 

 

 

 

 

 

5. Un paisaje conocido

A través de sus mejores películas, Estados Unidos ha popularizado su paisaje. No debe haber sido fácil. Se necesita mucho talento.

Cuando el viajero sale a dar su primera vuelta con toda seguridad tendrá la sensación de que lo que aparece ante sus ojos ya lo ha visto antes muchas veces.

Las calles de Nueva York, San Francisco, Chicago o Miami. Ves esas calles y por tu cabeza pasan veloces los inolvidables fotogramas de películas memorables del cine negro de los años treinta o de seriales televisivos de hoy.

Avanzas por una carretera y en la destartalada gasolinera junto al cochambroso motel crees poder ver a los personajes de Bagdad Café. Si te paras en un restaurante griego de carretera tienes la tentación de husmear a través de la cortina que lleva a la cocina por si encima de la mesa todavía están follando Jessica Lange y  Jack Nicholson antes de cargarse al griego.

Cuando te paras ante el ventanuco desde el que te van a servir una hamburguesa sin que desciendas del coche esperas ver asomar el rostro de Kevin Spacey esperando sardónico a Annet Bening con su amante, esposa adultera en el cruel retrato de la sociedad norteamericana reflejado por American Beauty.

Los indios parece que asomarán galopando por el horizonte de un paisaje montañoso que lleva a un gran cañón –de nombre Negro o Colorado- sobre el que al amanecer sobrevuelan veloces  enormes nubes azules.

Gary Cooper sigue presente en los pueblos del Oeste que han conservado el trazado de sus calles y el culto al pasado: “Este pueblo tuvo el mayor censo de prostitutas de todo el Oeste”, se lee en una de las placas que en un pequeño monolito levantado en la calle principal de Telluride, turbulento pueblo de buscadores de oro en el pasado y hoy una estación de esquí en la que una casa modesta vale diez  millones de dólares o donde por 150.000 dólares anuales puedes tener durante cinco semanas al año un apartamento de lujo en régimen de tiempo compartido: tú te vas y dejas en el almacén todas tus pertenencias; cuando regreses para disfrutar de tus cinco semanas de vacaciones tus objetos personales estarán en el apartamento colocados como tu los dejaste. “Estoy en casa”, dirás. Los expertos en marketing le llaman a eso “la ilusión del propietario”. Es una fiebre que ves  extenderse por América.

Pero también ves el variopinto paisaje humano de Raymond Carver, hecho de historias de frustración, sexo y desamor en pueblos pequeños, perdidos en la Norteamérica profunda y en paisajes desolados en los que surgen de improviso colonias de vetustos remolques anclados para siempre en el suelo, habitáculos de paso para desarraigados que hace tiempo vagan sin ir a ninguna parte y para los cuales un motel barato es ya un lujo inaccesible.

¿Qué hace ese hombre que la postal muestra reclinado con gesto indolente sobre el alféizar de la ventana del pequeño hotel de desvaída fachada azul añil iluminado al atardecer por las luces de neón?

El hombre espera.

La postal nos mostrará poco después el objeto de la espera, una mujer rubia, con el pelo recogido en cola de caballo, alta, esbelta, descendiendo del autobús de Greyhound.

Es la única pasajera que ha bajado. El autobús se marcha. La pareja se aleja. Él la coge por el hombro. Ella lo enlaza por la cintura.

Bus-Stop. Pudo bajar Marilyn.

 

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6. Paradojas del antitabaquismo

Fumo en la barra de un restaurante rodeado de fumadores con perfil hedonista. Es uno de los pocos restaurantes de una ciudad cualquiera que, según las leyes de cada Estado, se han plantado en el número de mesas autorizado para fumar.

-Disfrute ahora. Dentro de  dos años es posible que la ley le impida incluso fumar en este local -me dice el dueño.

A los clientes se les ve felices fumando entre plato y plato y en larga sobremesa. Cuando abres la puerta del local te recibe una nube de humo y cuando te marchas es muy posible que si tu pareja no es fumadora no te deje entrar en casa salvo que tires toda tu vestimenta en el cesto de ropa sucia y te metas en la ducha. El penetrante olor del humo del tabaco te ha impregnado hasta los cabellos.

-Es lo bueno de venir a este tipo de restaurantes. Aunque luego tengas que estar un par de días sin fumar el olor que te llevas impregnado hasta en la piel te invade la casa y parece que sigues fumando –me comenta un fumador soltero.

La cruzada antitabaco deja al descubierto algunas paradojas. En Las Vegas se fuma a destajo. Puedes vengarte de la represión tirando a la cara del croupier el humo de tu cigarro. Nadie te dirá que te vayas a fumar a la calle. Al contrario: cuando finalices la gloriosa fumada de  tu cigarro una señorita se acercará a ofrecerte otro exhibiendo ante tus ojos un amplio surtido de tabaco junto a su busto espectacular y unos muslos bien moldeados emergiendo de unos mini shorts.

En las ciudades proliferan como novedad las tiendas de cigarros. Alguna se llama Havana –con uve-, quizá para sublimar la nostalgia de los que no pueden alcanzar el placer de un habano por culpa del embargo a Cuba. El colmo del masoquismo es la lujosa revista Cigar, en la que adictos a los puros dejan la piel de su nostalgia leyendo que entre los Churchill los dos mejores son de Cuba y no se pueden comprar en Estados Unidos.

Si pueden comprarse cigarros puros del resto del mundo. El surtido es variado. En los bares en los que se puede escuchar música y beber una copa mientras se fuma con delectación te ofrecen una carta con los cigarros puros que tienen en su cava. Es una carta en la que se detalla la procedencia del cigarro, su medida, su sabor y su precio. Hay restaurantes que no tienen una carta de vinos tan precisa.

Pero cuando se sale de esos reductos, últimos santuarios del tabaquismo irredento, el fumador vive la vida de un proscrito. En la máquina expendedora de tabaco oí como una niña le dijo a un hombre que con un cigarrillo en la comisura de los labios ponía monedas para que la máquina le escupiese una cajetilla:

-Fumar es peligroso.

El hombre se giró y, masticando lentamente las sílabas, le respondió a la niña, sin quitarse el cigarrillo de la comisura de los labios:

-Estúpida criatura.

La niña huyó despavorida y el hombre sonrió satisfecho. Al inclinarse para recoger el paquete de cigarrillo la ceniza del que sostenía entre sus labios le cayó en la pechera de la camisa. Se la sacudió y al pasar a mi lado observé que sonreía sardónico. Iba pensando, imagino, en el chasco que le había dado a la niña que no había hecho otra cosa que repetir lo que vienen escuchando en casa los niños: el tabaco es perjudicial para la salud.

Lo curioso es que muchos de los intransigentes cruzados del antitabaquismo posiblemente consuman drogas en algunas fiestas de amigos. La droga, cierta droga, como la cocaína, está bien vista. Ya se sabe: abre la mente, te hace sociable, desinhibe, es divertida. Como el alcohol.

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7. Los republicanos
y las princesas

 

“En este país republicano hay nostalgia por las princesas y los castillos, dos cosas que no tenemos”, me dice una señora.

Pregunto a la señora si al país republicano le gustaría tener reyes y princesas y me responde con un volátil gesto de horror. Luego dice, sonriendo:

-Tenemos nuestra monarquía republicana: nuestros Windsor son los Kennedy.

Como los Windsor, también los Kennedy son un desastre como dinastía: divorcios, escándalos sexuales, alcoholismo, unas vidas volcadas a lo público pero cerradas en lo personal en un  microcosmo de dinero y poder.

También, como los Windsor, son los Kennedy objeto de nuevas biografías. Parece que sobre estas dos dinastías está todo dicho pero siempre sorprende un nuevo libro con revelaciones casi nunca positivas. Y sin embargo la magia de John Kennedy perdura pese a las desmitificaciones que nos ha ido llegando sobre su vida pública y su vida personal,  incluidas sus aventuras extramaritales.

La doble vida sentimental de los inquilinos de la Casa Blanca que venden la imagen de vidas familiares intachables no ha sido privativa del promiscuo Clinton. Le precedieron otros presidentes demócratas: Franklin Roosevelt, que tuvo en su secretaria el equivalente de la becaria para Clinton o de Marilyn Monroe para Kennedy.

La ventaja que tuvo Roosevelt a su favor fue la de que en sus años de presidencia los medios de difusión no dedicaban su atención a las historias de alcoba. Quizá también jugó a su favor el hecho de que fuese paralítico y se moviese en silla de ruedas. ¿Quién iba a imaginar que aquel hombre impedido tenía apetitos sexuales que satisfacía con su secretaria?

Curioso país Estados Unidos. De moral puritana por una parte y manteniendo vivo el recuerdo de unos presidentes míticos de vida matrimonial adúltera.

Porque vivo sigue el recuerdo de lo que Roosevelt hizo por el país en los años de la depresión y de la segunda guerra mundial.

Vivo sigue, pese a su implicación en la guerra de Vietnam, el recuerdo de Kennedy y la glamour que con él y Jacqueline llegó a la Casa Blanca y, en cierto modo, se esparció entre un amplio sector del país.

Y vivo sigue el recuerdo de Clinton, “un presidente que, al contrario de Bush, leía”, en frase que le oí decir a Javier Solana en su hora predilecta para las confidencias, esto es, a las tres de la madrugada fumando un cigarro habano y bebiendo una botella de vino tinto después de haber pasado el día viajando desde Bruselas a Ankara, de Ankara a El Cairo, de El Cairo a Jerusalén tratando de mitigar, inútilmente,  el incendio de Oriente Medio.

En una pequeña librería de un pueblo perdido entre las grandes montañas vi una pegatina con un mensaje revelador de lo que piensa un amplio sector del país. En la pegatina se leía: “Te añoramos mucho, Clinton. Te perdonamos todo lo que hiciste”. ¿Serán los Clinton una nueva dinastía republicana a sumar a la de los Kenedy?

¿Por qué los Bush no son contemplados como una dinastía  pese a que en la práctica son los únicos que realmente lo son al no existir precedente de que el padre y uno de sus hijos hayan sido presidentes de Estados Unidos?

Les falta magia y les sobran connotaciones con los lobbys económicos que controlan el poder, sería la respuesta.