Arxiu de la categoria: Inventario

Una secció de Fabricio Caivano

Juan Goytisolo, el vértigo del vacío

Solía leer algún texto de los escritores que en su día admiré y cuya muerte se me anunciaba como una señal de humo desde un pasado de ficciones de papel. Con ocasión de la muerte de Juan Goytisolo he recuperado este ritual, ya casi olvidado más por pereza que por requerimiento de la nostalgia. A modo de adiós he releído su breve Telón de boca (Galaxia Gutenberg 2015)

Se trata de un hermoso texto suyo que hurga sin piedad en las aguas de la nostalgia, con la lucidez afilada de quien se asoma al balcón, escruta los ecos de “su plaza” (magnífica la ilustración de la aportada) acechando el brillo de su tiempo, listo ya para el último viaje. Hace inventario de la miseria del mundo pero también se entrega, sobrecogido, a la seducción infinita de su belleza.

Impresiona en especial el penúltimo capitulillo, un insólito diálogo con un Dios inventado, sombrío, desabrido, cínico y altivo.
Terriblemente adivinatoria es la primera amonestación divina al pobre humano que ya entregado a las sombras: “habéis nacido para perpetuar el olvido”, le espeta ese dios malnacido. Pero la memoria de la belleza es la más valerosa resistencia del humano ante tal amenaza, su mejor defensa. Este será el afán postrero de ese hombre derrotado que, sin dios, patria, ni tierra, sabe que va a partir. El esplendor y la ebriedad de la belleza. El único y leve equipaje de quien anda, desorientado y débil, camino de la sórdida y solitaria estación final. Como su invocado Tolstói, Goytisolo se muestra al lector, consciente de su propio umbral, deslumbrado por el recuerdo de una flor de cardo en un desierto mineral… antes de que le mordedura del olvido que sin tristeza ya presiente. No dejen de leerlo.

Menores en el bosque

La infancia abandonada suele ser protagonista habitual en la literatura llamada infantil. Frágiles caperucitas; hermanos acechados por la bruja; cerditos francamente comestibles; flautistas seductores; niños asilvestrados. Y esa panoplia de padres paupérrimos que abandonan a sus crías con fría maldad o por cruel imposibilidad de alimentarlos. El bosque tenebroso es el lugar preferido para escenificar esa amenaza con toda su coreografía espeluznante de bestias, monstruos, gigantes, íncubos y demás apariciones. Continua la lectura de Menores en el bosque

Ojos que no quieren ver

A los lectores conmocionados por Patria les recomiendo se atrevan con Ojos que no quieren ver

Fabricio Caivano
Periodista

Ojos que no quieren verLos lectores de la impactante novela Patria, de Fernando Aramburu, el contundente éxito editorial del 2017, deberían completar la intensidad de su emoción con la lectura de otra novela excepcional que aborda también el obsceno asunto de la violencia terrorista: Ojos que no ven, de José Ángel González Sainz (editorial Anagrama, 2009).

Literatura en estado de gracia que Ojos que no quieren verdescribe un ambicioso relato familiar y social. Novela dolorosa pero iluminada por una sutil belleza narrativa, por un impalpable esmero artesanal en el uso del idioma, pero afligida por una clarividencia profética en aquellos tiempos de plomo y de ceguera moral. Como señaló en su día Antonio Muñoz Molina, es de esa clase de alta literatura que hay que leer dos veces. Si Patria les inquietó, Ojos que no ven les dejará anonadados. Ya me dirán.

 

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Foto superior: José Antonio González Sainz

Reunión de pastores

Hace más de una década se hablaba todavía del “capitalismo caritativo”, un invento de Blair y acólitos para blanquear conciencias y pescar votos en la clases medias. Esquilmado el caladero y vendido todo el pescado, ahora ya pocos creen que el capitalismo sea capaz de mutar sus artes cualitativamente. Tras una metódica campaña política de acoso y derribo del trabajo digno y de severos recortes a los gastos sociales del estado del bienestar, ahora la tijera apunta a las pensiones.

Severino es un amigo, soriano recio que ha entrado ya en los ochenta, viudo y con una pensión de poco menos de quinientos euros. Fue pastor durante toda su vida laboral y hoy acude a un comedor social junto a mi casa. Le pregunté el pasado viernes su opinión sobre el debate sobre las pensiones que hoy empieza. Con una mueca irónica que frunció la telaraña de arruguillas sobre el vértice de sus ojos azules me contestó:

–“Patricio –así me llama–: reunión de pastores… oveja muerta”.

Vulnerables

Cuando queremos decir pobres decimos vulnerables. El pobre de antaño, de solemnidad se decía, ya no existe. Hoy crece una masa amorfa que centrífuga a las personas a la periferia del consumismo y las manda del limbo de un trabajo esclavista, sin transición, al infierno de la insolvencia económica. Sin dinero no hay dignidad posible. En esa situación de precariedad vital la gente vuelve a recibir hoy las inmemoriales heridas del hambre, el frío y de las nuevas formas de miseria moderna. Y los que fueron ciudadanos reaparecen travestidos de sujetos “que pueden ser heridos o recibir lesión, física o moral” (RAE).

Así es la cosa: el lenguaje descubre y oculta. Si hay gente que muere de hambre y frío en nuestras ciudades, decimos que son vulnerables para no enfrentarnos a la verdad. Y la verdad es simple: son pobres, los nuevos pobres. Cómo es posible que pase esto “en pleno siglo XXI”, se preguntan los inocentes que aún no han sido vulnerados… Precisamente porque este siglo ha llegado por fin a ser un perfecto mecanismo que produce algunos ricos famosos, una gran masa de ciudadanos atemorizados y una legión de pobres anónimos. Vulnerables no: pobres.

Tiempo de algoritmos

Fabricio Caivano
Periodista

El algoritmo es el motor furtivo de nuestras sociedades, la quinta esencia de la economía digital. Su todopoderosa inteligencia cuantitativa aprende en un minuto protocolos de conductas que a un humano le costaría años interiorizar. Aprende y sobre todo toma decisiones sin la menor huella de moralidad colectiva. No duda, correlaciona y ejecuta. Los algoritmos conducen coches, ordenan diariamente asombrosas inversiones financieras; conectan antojos y nos encuentran casa, coche, compañía, sexo, ideas y prejuicios; trafican con currículos, contratan jornaleros en la gran plaza del mundo, escrutan minuciosamente el espíritu y la mente de los entregados consumidores, atacan enfermedades y matan tumores, deforestan éticamente a comunidades enteras, dinamitan la clase media, arruinan masas, enriquecen elites.

algoritmo1_shutterstockNada escapa a su capacidad estadística de calificar y clasificar sujetos, nos evalúan, inventarían nuestros vicios y virtudes, nos comparan, nos clavan un alfiler y nos asignan un lugar exacto en el espacio del mercado mundial. Su combustible es el volátil exabyte. Un exabyte es la unidad de medida usada para almacenar información y datos. El mundo es un gran almacén embutido de datos que nos guiñan el ojo para que los correlacionemos. El negocio es el negocio y es imparable: desde el principio de los tiempos hasta el año 2003 la humanidad ha generado dos exabytes de información; exactamente el mismo volumen que generó en dos días en el 2011. En el 2020 empleará para generar lo mismo menos de diez minutos.

La sociedad líquida flota amarrada a un gran tinglado de datos sólidos. Habitamos ya en un mundo que se configura y reconstruye mediante información y datos instantáneamente semaforizado por algoritmos. Dios hace tiempo que fue jubilado y el presente es una incontenible hemorragia de exabytes. El algoritmo es nuestro Dios cuántico, un ente ajeno, cruel e impasible, hecho de luz y velocidad. Los datos cuentan y recuentan cosas y, también y en esa misma labor mecánica, nos cuentan a nosotros mismos. Hacen inventario de lo que deseamos y nos los cambian por cosas. El deseo humano de narraciones se nutría con tierna melodía de los relatos; hoy lo hace con el estruendo desmedido de la información. El caos es una entropía pero sabe venderse bien. ¿Cómo?

Mediante la potencia de la ley hegemónica en nuestra civilización: la ley capitalista de la oferta y la demanda. Ella ordena el tráfico de los deseos humanos, desde los más altos y nobles a los más siniestros y destructivos. Buscar, encontrar y vender: este es su único mandato. Hace milenios nuestros deseos se marcaban en una tabla de arcilla, hoy escrutamos la pantalla de un ordenador y esperamos una respuesta que nos iluminará bajo la apetitosa forma de mercancía. El algoritmo es una pirueta matemática que busca y encuentra agujas en un pajar en una milésima de segundo, es la brújula que orienta en la sociedad, global e interconectada, el inconmensurable flujo de capital en busca de beneficio. En la Red los humanos excretamos cantidades de información, objetiva y subjetiva, que alimenta esa danza de datos entregados a la belleza irresistible de los algoritmos. El riesgo es que vengamos a ser un fin de tales medios, que de consumidores acabemos en consumidos. Big Data le llaman.

Demanda y oferta se fecundan a la velocidad de la luz y alumbran milagros, talentos, monstruos y demonios. En el principio fue el verbo y este se hizo algoritmo. Hablar, reflexionar o narrar es un hábito en extinción, por lento y no competitivo. Un ejemplo: la agencia Associated Press (AP) usa un algoritmo que le escribe en un minuto dos mil textos financieros breves. La rentabilidad consiste en disponer de un algoritmo potente, ingrávido y gentil que convierta nuestros sueños en datos, en secuencias estadísticas, en informaciones con sentido. Un chollo educativo para las autoridades: de insumisos sujetos deseantes a mansos usuarios de mercancías. Habitamos un tiempo de caos y algoritmos, una entropía desnortada y, al parecer, sin vuelta atrás. Tiempo de retos pero, como consolación vale decir que también de oportunidades: una inercia que tanto puede hacernos esclavos como dioses. Pobre consuelo sí, pero de una alta y comprobada solvencia poética: allá donde crece lo que nos vulnera lo hace también lo que puede salvarnos. Y la poesía, como es bien sabido, es kriptonita letal para los algoritmos.

 

P.E. “¿Y si el algoritmo de Google no te encuentra, entonces…no existes”

El método de mi amigo, el de la pipa

Fabricio Caivano
Periodista

Una manada de menores le propina una paliza a una niña en el patio de su colegio. La niña pateada es hospitalizada con “policontusiones”. Los adultos escrutamos con ansiedad a diversos  expertos, que proponen gravemente nuevos protocolos administrativos contra semejantes hechos.  El mismísimo ministro del Interior tranquiliza los ánimos, inefable, asegurando que “el hecho” es una conducta esporádica no tipificable como acoso escolar continuado. La policía blinda el centro escolar y se “abre una amplia investigación”. Familia, municipio y sindicato echan humo.  Pero el hecho caerá en el olvido mediático en pocos días. Hasta el siguiente. ¿Qué hacer?

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El método de mi amigo, el de la pipa

Fabricio Caivano
Periodista

Una manada de menores le propina una paliza a una niña en el patio de su colegio. La niña pateada es hospitalizada con “policontusiones”. Los adultos escrutamos con ansiedad a diversos expertos, que proponen gravemente nuevos protocolos administrativos contra semejantes hechos. El mismísimo ministro del Interior tranquiliza los ánimos, inefable, asegurando que “el hecho” es una conducta esporádica no tipificable como acoso escolar continuado. La policía blinda el centro escolar y se “abre una amplia investigación”. Familia, municipio y sindicato echan humo. Pero el hecho caerá en el olvido mediático en pocos días. Hasta el siguiente. Continua la lectura de El método de mi amigo, el de la pipa