Arxiu de la categoria: Inventario

Una secció de Fabricio Caivano

Reunión de pastores

Hace más de una década se hablaba todavía del “capitalismo caritativo”, un invento de Blair y acólitos para blanquear conciencias y pescar votos en la clases medias. Esquilmado el caladero y vendido todo el pescado, ahora ya pocos creen que el capitalismo sea capaz de mutar sus artes cualitativamente. Tras una metódica campaña política de acoso y derribo del trabajo digno y de severos recortes a los gastos sociales del estado del bienestar, ahora la tijera apunta a las pensiones.

Severino es un amigo, soriano recio que ha entrado ya en los ochenta, viudo y con una pensión de poco menos de quinientos euros. Fue pastor durante toda su vida laboral y hoy acude a un comedor social junto a mi casa. Le pregunté el pasado viernes su opinión sobre el debate sobre las pensiones que hoy empieza. Con una mueca irónica que frunció la telaraña de arruguillas sobre el vértice de sus ojos azules me contestó:

–“Patricio –así me llama–: reunión de pastores… oveja muerta”.

Vulnerables

Cuando queremos decir pobres decimos vulnerables. El pobre de antaño, de solemnidad se decía, ya no existe. Hoy crece una masa amorfa que centrífuga a las personas a la periferia del consumismo y las manda del limbo de un trabajo esclavista, sin transición, al infierno de la insolvencia económica. Sin dinero no hay dignidad posible. En esa situación de precariedad vital la gente vuelve a recibir hoy las inmemoriales heridas del hambre, el frío y de las nuevas formas de miseria moderna. Y los que fueron ciudadanos reaparecen travestidos de sujetos “que pueden ser heridos o recibir lesión, física o moral” (RAE).

Así es la cosa: el lenguaje descubre y oculta. Si hay gente que muere de hambre y frío en nuestras ciudades, decimos que son vulnerables para no enfrentarnos a la verdad. Y la verdad es simple: son pobres, los nuevos pobres. Cómo es posible que pase esto “en pleno siglo XXI”, se preguntan los inocentes que aún no han sido vulnerados… Precisamente porque este siglo ha llegado por fin a ser un perfecto mecanismo que produce algunos ricos famosos, una gran masa de ciudadanos atemorizados y una legión de pobres anónimos. Vulnerables no: pobres.

Tiempo de algoritmos

Fabricio Caivano
Periodista

El algoritmo es el motor furtivo de nuestras sociedades, la quinta esencia de la economía digital. Su todopoderosa inteligencia cuantitativa aprende en un minuto protocolos de conductas que a un humano le costaría años interiorizar. Aprende y sobre todo toma decisiones sin la menor huella de moralidad colectiva. No duda, correlaciona y ejecuta. Los algoritmos conducen coches, ordenan diariamente asombrosas inversiones financieras; conectan antojos y nos encuentran casa, coche, compañía, sexo, ideas y prejuicios; trafican con currículos, contratan jornaleros en la gran plaza del mundo, escrutan minuciosamente el espíritu y la mente de los entregados consumidores, atacan enfermedades y matan tumores, deforestan éticamente a comunidades enteras, dinamitan la clase media, arruinan masas, enriquecen elites.

algoritmo1_shutterstockNada escapa a su capacidad estadística de calificar y clasificar sujetos, nos evalúan, inventarían nuestros vicios y virtudes, nos comparan, nos clavan un alfiler y nos asignan un lugar exacto en el espacio del mercado mundial. Su combustible es el volátil exabyte. Un exabyte es la unidad de medida usada para almacenar información y datos. El mundo es un gran almacén embutido de datos que nos guiñan el ojo para que los correlacionemos. El negocio es el negocio y es imparable: desde el principio de los tiempos hasta el año 2003 la humanidad ha generado dos exabytes de información; exactamente el mismo volumen que generó en dos días en el 2011. En el 2020 empleará para generar lo mismo menos de diez minutos.

La sociedad líquida flota amarrada a un gran tinglado de datos sólidos. Habitamos ya en un mundo que se configura y reconstruye mediante información y datos instantáneamente semaforizado por algoritmos. Dios hace tiempo que fue jubilado y el presente es una incontenible hemorragia de exabytes. El algoritmo es nuestro Dios cuántico, un ente ajeno, cruel e impasible, hecho de luz y velocidad. Los datos cuentan y recuentan cosas y, también y en esa misma labor mecánica, nos cuentan a nosotros mismos. Hacen inventario de lo que deseamos y nos los cambian por cosas. El deseo humano de narraciones se nutría con tierna melodía de los relatos; hoy lo hace con el estruendo desmedido de la información. El caos es una entropía pero sabe venderse bien. ¿Cómo?

Mediante la potencia de la ley hegemónica en nuestra civilización: la ley capitalista de la oferta y la demanda. Ella ordena el tráfico de los deseos humanos, desde los más altos y nobles a los más siniestros y destructivos. Buscar, encontrar y vender: este es su único mandato. Hace milenios nuestros deseos se marcaban en una tabla de arcilla, hoy escrutamos la pantalla de un ordenador y esperamos una respuesta que nos iluminará bajo la apetitosa forma de mercancía. El algoritmo es una pirueta matemática que busca y encuentra agujas en un pajar en una milésima de segundo, es la brújula que orienta en la sociedad, global e interconectada, el inconmensurable flujo de capital en busca de beneficio. En la Red los humanos excretamos cantidades de información, objetiva y subjetiva, que alimenta esa danza de datos entregados a la belleza irresistible de los algoritmos. El riesgo es que vengamos a ser un fin de tales medios, que de consumidores acabemos en consumidos. Big Data le llaman.

Demanda y oferta se fecundan a la velocidad de la luz y alumbran milagros, talentos, monstruos y demonios. En el principio fue el verbo y este se hizo algoritmo. Hablar, reflexionar o narrar es un hábito en extinción, por lento y no competitivo. Un ejemplo: la agencia Associated Press (AP) usa un algoritmo que le escribe en un minuto dos mil textos financieros breves. La rentabilidad consiste en disponer de un algoritmo potente, ingrávido y gentil que convierta nuestros sueños en datos, en secuencias estadísticas, en informaciones con sentido. Un chollo educativo para las autoridades: de insumisos sujetos deseantes a mansos usuarios de mercancías. Habitamos un tiempo de caos y algoritmos, una entropía desnortada y, al parecer, sin vuelta atrás. Tiempo de retos pero, como consolación vale decir que también de oportunidades: una inercia que tanto puede hacernos esclavos como dioses. Pobre consuelo sí, pero de una alta y comprobada solvencia poética: allá donde crece lo que nos vulnera lo hace también lo que puede salvarnos. Y la poesía, como es bien sabido, es kriptonita letal para los algoritmos.

 

P.E. “¿Y si el algoritmo de Google no te encuentra, entonces…no existes”

El método de mi amigo, el de la pipa

Fabricio Caivano
Periodista

Una manada de menores le propina una paliza a una niña en el patio de su colegio. La niña pateada es hospitalizada con “policontusiones”. Los adultos escrutamos con ansiedad a diversos  expertos, que proponen gravemente nuevos protocolos administrativos contra semejantes hechos.  El mismísimo ministro del Interior tranquiliza los ánimos, inefable, asegurando que “el hecho” es una conducta esporádica no tipificable como acoso escolar continuado. La policía blinda el centro escolar y se “abre una amplia investigación”. Familia, municipio y sindicato echan humo.  Pero el hecho caerá en el olvido mediático en pocos días. Hasta el siguiente. ¿Qué hacer?

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El método de mi amigo, el de la pipa

Fabricio Caivano
Periodista

Una manada de menores le propina una paliza a una niña en el patio de su colegio. La niña pateada es hospitalizada con “policontusiones”. Los adultos escrutamos con ansiedad a diversos expertos, que proponen gravemente nuevos protocolos administrativos contra semejantes hechos. El mismísimo ministro del Interior tranquiliza los ánimos, inefable, asegurando que “el hecho” es una conducta esporádica no tipificable como acoso escolar continuado. La policía blinda el centro escolar y se “abre una amplia investigación”. Familia, municipio y sindicato echan humo. Pero el hecho caerá en el olvido mediático en pocos días. Hasta el siguiente. Continua la lectura de El método de mi amigo, el de la pipa

Ya lo día yo…

Fabricio Caivano
Periodista

Los jubilados somos muy dados a recordar. Y, lo que es peor, creemos tener razón por acumular lo que llamamos “experiencia”, o sea el relato amable de nuestros errores. Pero hay ocasiones en que la memoria trae con acertada tozudez los ecos de indignaciones pasadas. “Ya lo decía yo…” es el inicio de un discurso lamentable que los ancianos activamos a menudo.

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Sentarse en una mesa

Los queridos cabezones de Antonio, profesor de instituto

La gente suele llamar a la radio para dar su opinión sobre la agenda de temas que les dictan los regidores mediáticos de esa ficción construida que llamamos “actualidad”:  el último gol histórico, sus preferencias culinarias, el sexo de los ángeles, o el titular político del día. Tendencias comunicacionales,  trending topic en el idioma pedantés.

Otros, los menos, llaman para compartir el dolor o la alegría de sus circunstancias, sus sentimientos o sus sueños. Las unas son palabras prescindibles que olvidaremos nada más dichas; las otras son verdaderas, nos alcanzan y nos resonará su testimonio por un tiempo.

En este enlace pueden escuchar el testimonio verbal de Antonio, profesor en un instituto de formación profesional. Hay en su voz el cansancio del fin de curso, la herida de los recortes y del constate agobio administrativo. Pero tiembla en ella también la emoción de dejar al borde de la vida adulta a sus  “cabezones”, sus queridos alumnos cargados de ilusión, entusiasmo, desconcierto y de rabia también. Vitalidad contra toxicidad. Merece los setenta y nueve segundos de escucha. Voces como la suya, las de miles de docentes anónimos que han volcado con pasión toda su vida en la educación,  son urgentes, imprescindibles, hoy para saber dónde estamos en verdad y qué nos hace falta para dar a la vida algo de sustancia humana. Compromiso, dignidad y compasión, por ejemplo. Gracias, maestro.

Aventis

Recordaré siempre el acerado brillo en los ojos de Miguel de la Quadra Salcedo sobrevolando el Parque Nacional de Canaima en una precaria avioneta bimotor. Repentinamente el piloto nos dejó petrificados con una interminable caída en picado sobre la espumosa vertical del Salto Ángel, una prodigiosa caída de agua de 1.283 metros. Esa inolvidable mirada infantil, plena de asombro, alegría y exaltación vital, me reveló la clave de su personalidad: una curiosidad ilimitada por el milagro del mundo y de sus gentes.

Humo de metáfora

Fabricio Caivano
Periodista

Ahí tienen una metáfora facilona: el incendio del cementerio de neumáticos de Seseña y el estado moral de la nación. Una metáfora suele sugerir la analogía de dos territorios conceptuales alejados. Un enorme vertedero ilegal pegadito a los bloques que construyó aquél albañil sagaz apelado El Pocero, uno de los sumos sacerdote de aquél ceremonial mafioso del ladrillo. El fuego ilumina el escenario. La codicia, el chollo y el sálvese quien pueda. La previsible corruptibilidad de las variadas administraciones implicadas. La opacidad en los trámites que amparan cualquier desaguisado. Si llega el escándalo, se pone en marcha el ventilador del y tú más entre los políticos locales. Y rematando metafóricamente la chapuza, esa sólida habilidad tan española de barrer la basura, o sea todo lo sobrante del festín capitalista, bajo la alfombra. Si hay un incendio ya lo apagarán. Que arreen los que vengan.

Hay decenas de vertederos similares en la nómina conocida pero furtiva del estercolero nacional, el más grande en un entorno como Lanzarote. Con la humareda negra de Seseña se disipirá también el olor mediático, y en días volverá el color azul en el cielo informativo. ¡Viva la Liga y la Blanca Paloma! Con un poco de suerte en unos añitos se instruirá judicialmente el asunto, si acaso no llega prescribir o se reabre por la confesión de un quinqui que pasaba por ahí. Menos mal que, según insisten hoy fuentes acreditadamente fiables, ese humo negro apestoso es ‘benigno’. Y que nadie tosa.