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Una secció de Fabricio Caivano

Salimos de la crisis

Fabricio Caivano
Periodista

Salimos de la crisis, repiten. España de nuevo va bien, afirman. Los datos de paro lo demostrarían. La estadística es el único referente moral de los contables vivientes. Pronto podremos consumir otra vez por encima de nuestras posibilidades. ¡Qué bien¡ La ciudadanía oye tantas veces esta letanía optimista que acaba por no dar crédito a lo que constata en la realidad. Hay lágrimas, pero son de las risas. El pesimismo el vicio de perezosos, la pobreza una enfermedad contagiosa. Más emprender y menos aprender. Más talento y menos cuento. El lenguaje se ha vuelto taxativo: es lo que hay; como no puede ser de otra manera; y punto…

Y no es así. La crisis ha cumplido con su primer objetivo estratégico: desregularizar el anterior mercado de trabajo y producir en masa trabajadores pobres, el ejército de reserva del precariado y las nuevas formas de exclusión. Capital gana, trabajo pierde. Solo lo que es productivo tiene consideración, lo demás es gasto inútil que hay que recortar: educación, sanidad…

Y encima los pobres del siglo XXI deben estar agradecidos a la bondad asistencial de quienes les esclavizan y apartan. Juan de Robres fue modelo de usureros del siglo XVIII. Hoy cabalga de nuevo en el circo financiero. ¿Recuerdan el epigrama de Juan de Iriarte? Viene a cuento recordarlo:

El señor Don Juan de Robres,
con caridad sin igual,
hizo este santo hospital…
y también hizo los pobres

El día que fui Dios una horita

Por Fabricio Caivano

Hace más treinta años y durante una hora yo fui Dios, así, con mayúsculas. Era una mañana de abril del año 1985. En una de mis escapadas a visitar escuelas  prodigiosas por las españas, recalé en Sevilla, acogido con afecto por un grupo de docentes ecologistas.  El entusiasmo era el color de aquellos tiempos en los que íbamos a sembrar un hombre nuevo para que habitara dignamente un mundo nuevo también. La moderación no es un vicio juvenil,  eso llega con el paso del tiempo y si acaso llega.

Al acabar el encuentro de seis días, una maestra maravillosa, mayor y hechicera de nombre Carmen,  me propuso alojarme por una noche en  el Coto de Doñana, donde ella había iniciado un trabajo de campo sobre las aves migratorias. Nos trasladamos en su viejo R4 verde de la consejería de agricultura de la Junta, al anochecer, hasta una precaria casetilla encalada, cuatro camastros desvencijados y una ducha de “cordel regadera” en un cañizo exterior,  aneja al Palacio de Doñana que entonces estaba en obras. Recuerdo que me musitó esta orden mágica: “salimos al amanecer”. Un eco de la inolvidable voz  de mando de R.L. Stevenson y compañía, promesa de todas las aventuras… “! zarpamos al amanecer ¡”

Poco después de las cinco, oscuro, echamos a andar por los arenales hacia el mar. Imposible describir el gozo inquietante del azote moral de tanta belleza, recién nacida a la luz flameante, rojiza. Dicen que los niños estrenan el mundo cada mañana y que por eso mismo, para no olvidar nunca esa primigenia sensación que les hace nacer el lenguaje,  preguntan el nombre de cada cosa asombrados de su propio asombro fundacional.  Hasta que optan por calla.  Por eso la única patria verdadera acaba siendo la infancia.

Eso hice yo, lo mismo que Dios según el fastuoso relato del Génesis: descansar el séptimo día y dedicarse a nombrar toda cosa o animal  alumbrado por su descarada omnipotencia.  Yo también fui Dios por una horita. La verdad, un gustazo.  Sin palabras ante el espectáculo inesperado del paraíso bajo la luz del sol naciente:  humedales, pinos, caballos, corzos,  aves, dunas, tortugas, nutrias, dos ríos, un mar color vino… Y un silencio coral como  callada música. Ese es mi recuerdo original del Coto de Doñana, recuerdo que aún conservaba intacto.  Hoy, enfangados en estos tiempos de desencanto y fuego, me lo ha borrado la brutalidad de las imágenes del reciente incendio en Doñana; eso sí, ya declarado “totalmente controlado” por unos bufones  militarizados y con mando en plaza… hasta el próximo parte de guerra.  Fingen luchar contra el fuego que ellos mismos alimentan.

Hoy el último fuego corroe el borde de aquél vergel de Doñana.  Ayer fue la tan repetida imagen, cenicienta y trágica,  de una larga carretera portuguesa, a vista de dron,  sembrada de automóviles calcinados…  Mientras una docena de ladrones encorbatados nos mienten desde el pulpiTV, una vez más, con la indolente solemnidad del cínico, los ciudadanos del planeta entramos, algunos conscientemente, en  una nueva era de desasosiego, soledad y  miedo, tan bien descrita por Corman McCarthy en su inquietante distopía titulada, con profética precisión a la vista de esa imagen portuguesa, “La Carretera”.

Realidad y ficción cantan un largo cuento:  una narración iniciada ayer con nuestra expulsión del paraíso original, hasta hoy, en que los cuatro perros usureros del apocalipsis nos llevan pastoreando, al alegre berrido planetario de !!GOOOOOOOL ¡¡, hacia la caverna final de un infierno de plasma y aire acondicionado. Esto huele a fin del mundo, amigos. Pero que me quiten este baile inolvidable:  yo también fui Dios por una horita.

 

Juan Goytisolo, el vértigo del vacío

Solía leer algún texto de los escritores que en su día admiré y cuya muerte se me anunciaba como una señal de humo desde un pasado de ficciones de papel. Con ocasión de la muerte de Juan Goytisolo he recuperado este ritual, ya casi olvidado más por pereza que por requerimiento de la nostalgia. A modo de adiós he releído su breve Telón de boca (Galaxia Gutenberg 2015)

Se trata de un hermoso texto suyo que hurga sin piedad en las aguas de la nostalgia, con la lucidez afilada de quien se asoma al balcón, escruta los ecos de “su plaza” (magnífica la ilustración de la aportada) acechando el brillo de su tiempo, listo ya para el último viaje. Hace inventario de la miseria del mundo pero también se entrega, sobrecogido, a la seducción infinita de su belleza.

Impresiona en especial el penúltimo capitulillo, un insólito diálogo con un Dios inventado, sombrío, desabrido, cínico y altivo.
Terriblemente adivinatoria es la primera amonestación divina al pobre humano que ya entregado a las sombras: “habéis nacido para perpetuar el olvido”, le espeta ese dios malnacido. Pero la memoria de la belleza es la más valerosa resistencia del humano ante tal amenaza, su mejor defensa. Este será el afán postrero de ese hombre derrotado que, sin dios, patria, ni tierra, sabe que va a partir. El esplendor y la ebriedad de la belleza. El único y leve equipaje de quien anda, desorientado y débil, camino de la sórdida y solitaria estación final. Como su invocado Tolstói, Goytisolo se muestra al lector, consciente de su propio umbral, deslumbrado por el recuerdo de una flor de cardo en un desierto mineral… antes de que le mordedura del olvido que sin tristeza ya presiente. No dejen de leerlo.

Menores en el bosque

La infancia abandonada suele ser protagonista habitual en la literatura llamada infantil. Frágiles caperucitas; hermanos acechados por la bruja; cerditos francamente comestibles; flautistas seductores; niños asilvestrados. Y esa panoplia de padres paupérrimos que abandonan a sus crías con fría maldad o por cruel imposibilidad de alimentarlos. El bosque tenebroso es el lugar preferido para escenificar esa amenaza con toda su coreografía espeluznante de bestias, monstruos, gigantes, íncubos y demás apariciones. Continua la lectura de Menores en el bosque

Ojos que no quieren ver

A los lectores conmocionados por Patria les recomiendo se atrevan con Ojos que no quieren ver

Fabricio Caivano
Periodista

Ojos que no quieren verLos lectores de la impactante novela Patria, de Fernando Aramburu, el contundente éxito editorial del 2017, deberían completar la intensidad de su emoción con la lectura de otra novela excepcional que aborda también el obsceno asunto de la violencia terrorista: Ojos que no ven, de José Ángel González Sainz (editorial Anagrama, 2009).

Literatura en estado de gracia que Ojos que no quieren verdescribe un ambicioso relato familiar y social. Novela dolorosa pero iluminada por una sutil belleza narrativa, por un impalpable esmero artesanal en el uso del idioma, pero afligida por una clarividencia profética en aquellos tiempos de plomo y de ceguera moral. Como señaló en su día Antonio Muñoz Molina, es de esa clase de alta literatura que hay que leer dos veces. Si Patria les inquietó, Ojos que no ven les dejará anonadados. Ya me dirán.

 

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Foto superior: José Antonio González Sainz

Reunión de pastores

Hace más de una década se hablaba todavía del “capitalismo caritativo”, un invento de Blair y acólitos para blanquear conciencias y pescar votos en la clases medias. Esquilmado el caladero y vendido todo el pescado, ahora ya pocos creen que el capitalismo sea capaz de mutar sus artes cualitativamente. Tras una metódica campaña política de acoso y derribo del trabajo digno y de severos recortes a los gastos sociales del estado del bienestar, ahora la tijera apunta a las pensiones.

Severino es un amigo, soriano recio que ha entrado ya en los ochenta, viudo y con una pensión de poco menos de quinientos euros. Fue pastor durante toda su vida laboral y hoy acude a un comedor social junto a mi casa. Le pregunté el pasado viernes su opinión sobre el debate sobre las pensiones que hoy empieza. Con una mueca irónica que frunció la telaraña de arruguillas sobre el vértice de sus ojos azules me contestó:

–“Patricio –así me llama–: reunión de pastores… oveja muerta”.

Vulnerables

Cuando queremos decir pobres decimos vulnerables. El pobre de antaño, de solemnidad se decía, ya no existe. Hoy crece una masa amorfa que centrífuga a las personas a la periferia del consumismo y las manda del limbo de un trabajo esclavista, sin transición, al infierno de la insolvencia económica. Sin dinero no hay dignidad posible. En esa situación de precariedad vital la gente vuelve a recibir hoy las inmemoriales heridas del hambre, el frío y de las nuevas formas de miseria moderna. Y los que fueron ciudadanos reaparecen travestidos de sujetos “que pueden ser heridos o recibir lesión, física o moral” (RAE).

Así es la cosa: el lenguaje descubre y oculta. Si hay gente que muere de hambre y frío en nuestras ciudades, decimos que son vulnerables para no enfrentarnos a la verdad. Y la verdad es simple: son pobres, los nuevos pobres. Cómo es posible que pase esto “en pleno siglo XXI”, se preguntan los inocentes que aún no han sido vulnerados… Precisamente porque este siglo ha llegado por fin a ser un perfecto mecanismo que produce algunos ricos famosos, una gran masa de ciudadanos atemorizados y una legión de pobres anónimos. Vulnerables no: pobres.

Tiempo de algoritmos

Fabricio Caivano
Periodista

El algoritmo es el motor furtivo de nuestras sociedades, la quinta esencia de la economía digital. Su todopoderosa inteligencia cuantitativa aprende en un minuto protocolos de conductas que a un humano le costaría años interiorizar. Aprende y sobre todo toma decisiones sin la menor huella de moralidad colectiva. No duda, correlaciona y ejecuta. Los algoritmos conducen coches, ordenan diariamente asombrosas inversiones financieras; conectan antojos y nos encuentran casa, coche, compañía, sexo, ideas y prejuicios; trafican con currículos, contratan jornaleros en la gran plaza del mundo, escrutan minuciosamente el espíritu y la mente de los entregados consumidores, atacan enfermedades y matan tumores, deforestan éticamente a comunidades enteras, dinamitan la clase media, arruinan masas, enriquecen elites.

algoritmo1_shutterstockNada escapa a su capacidad estadística de calificar y clasificar sujetos, nos evalúan, inventarían nuestros vicios y virtudes, nos comparan, nos clavan un alfiler y nos asignan un lugar exacto en el espacio del mercado mundial. Su combustible es el volátil exabyte. Un exabyte es la unidad de medida usada para almacenar información y datos. El mundo es un gran almacén embutido de datos que nos guiñan el ojo para que los correlacionemos. El negocio es el negocio y es imparable: desde el principio de los tiempos hasta el año 2003 la humanidad ha generado dos exabytes de información; exactamente el mismo volumen que generó en dos días en el 2011. En el 2020 empleará para generar lo mismo menos de diez minutos.

La sociedad líquida flota amarrada a un gran tinglado de datos sólidos. Habitamos ya en un mundo que se configura y reconstruye mediante información y datos instantáneamente semaforizado por algoritmos. Dios hace tiempo que fue jubilado y el presente es una incontenible hemorragia de exabytes. El algoritmo es nuestro Dios cuántico, un ente ajeno, cruel e impasible, hecho de luz y velocidad. Los datos cuentan y recuentan cosas y, también y en esa misma labor mecánica, nos cuentan a nosotros mismos. Hacen inventario de lo que deseamos y nos los cambian por cosas. El deseo humano de narraciones se nutría con tierna melodía de los relatos; hoy lo hace con el estruendo desmedido de la información. El caos es una entropía pero sabe venderse bien. ¿Cómo?

Mediante la potencia de la ley hegemónica en nuestra civilización: la ley capitalista de la oferta y la demanda. Ella ordena el tráfico de los deseos humanos, desde los más altos y nobles a los más siniestros y destructivos. Buscar, encontrar y vender: este es su único mandato. Hace milenios nuestros deseos se marcaban en una tabla de arcilla, hoy escrutamos la pantalla de un ordenador y esperamos una respuesta que nos iluminará bajo la apetitosa forma de mercancía. El algoritmo es una pirueta matemática que busca y encuentra agujas en un pajar en una milésima de segundo, es la brújula que orienta en la sociedad, global e interconectada, el inconmensurable flujo de capital en busca de beneficio. En la Red los humanos excretamos cantidades de información, objetiva y subjetiva, que alimenta esa danza de datos entregados a la belleza irresistible de los algoritmos. El riesgo es que vengamos a ser un fin de tales medios, que de consumidores acabemos en consumidos. Big Data le llaman.

Demanda y oferta se fecundan a la velocidad de la luz y alumbran milagros, talentos, monstruos y demonios. En el principio fue el verbo y este se hizo algoritmo. Hablar, reflexionar o narrar es un hábito en extinción, por lento y no competitivo. Un ejemplo: la agencia Associated Press (AP) usa un algoritmo que le escribe en un minuto dos mil textos financieros breves. La rentabilidad consiste en disponer de un algoritmo potente, ingrávido y gentil que convierta nuestros sueños en datos, en secuencias estadísticas, en informaciones con sentido. Un chollo educativo para las autoridades: de insumisos sujetos deseantes a mansos usuarios de mercancías. Habitamos un tiempo de caos y algoritmos, una entropía desnortada y, al parecer, sin vuelta atrás. Tiempo de retos pero, como consolación vale decir que también de oportunidades: una inercia que tanto puede hacernos esclavos como dioses. Pobre consuelo sí, pero de una alta y comprobada solvencia poética: allá donde crece lo que nos vulnera lo hace también lo que puede salvarnos. Y la poesía, como es bien sabido, es kriptonita letal para los algoritmos.

 

P.E. “¿Y si el algoritmo de Google no te encuentra, entonces…no existes”

El método de mi amigo, el de la pipa

Fabricio Caivano
Periodista

Una manada de menores le propina una paliza a una niña en el patio de su colegio. La niña pateada es hospitalizada con “policontusiones”. Los adultos escrutamos con ansiedad a diversos  expertos, que proponen gravemente nuevos protocolos administrativos contra semejantes hechos.  El mismísimo ministro del Interior tranquiliza los ánimos, inefable, asegurando que “el hecho” es una conducta esporádica no tipificable como acoso escolar continuado. La policía blinda el centro escolar y se “abre una amplia investigación”. Familia, municipio y sindicato echan humo.  Pero el hecho caerá en el olvido mediático en pocos días. Hasta el siguiente. ¿Qué hacer?

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