Arxiu de la categoria: Ellas y ellos

Una sección de José Martí Gómez

Los Ruiz Mateos

Si en La isla del tesoro cantaban “quince hombres van en el cofre del muerto”, en el juicio que se ha iniciado en la Audiencia de Palma se podría  cantar “seis hombres van pasándole la estafa al muerto”. Los seis hombre son los hijos de Ruiz Mateos.

En la foto en la que en los buenos tiempos posaban arropando al patriarca de la familia se les ve como seis hombres con buena percha.

Muerto el patriarca, los seis hijos le pasan el cobre al muerto. Ellos solo hacían lo que ordenaba papá, en el que tenían fe ciega. Los Ruiz Mateos siempre han sido gentes de fe ciega, sea en religión o economía.

Esa fe se transpiraba en los mensajes que el patriarca me envió en los tiempos del derrumbe de la primera Rumasa:

–Dios mío: ¿qué le echo yo a usted?

O:

–La santa de mi madre siempre decía  “devuelve bien por mal”. Obedeciendo sus intenciones y, pese a todo, le deseo lo mejor.

O:

–Espero que Dios le perdone como yo le perdono.

Todas las cartas me llegaron con tarjetones con el membrete Marqués de Olivara, título sin peso específico en el Gotha de la aristocracia por venderse, junto a mucho otros títulos nobiliarios, en la Serenísima República de San Marino.

La última carta llegó con la firma de uno de los hijos que ahora dice no saber nada de los negocios de la familia. La síntesis de la misiva era que el expolio de Rumasa había sido una vergüenza y una escándalo sin precedentes.

Ya no escribí nada sobre la Nueva Rumasa, cuyos flecos con varios delitos societarios se ventila ahora. Los hijos le pasan la responsabilidad al muerto pero también rechina que la autoridad económica del Estado no se mostrase enérgica frenando aquella aventura empresarial en la que creyeron personas que vieron volatilizarse sus ahorros tras depositar su fe en el mesiánico Ruiz Mateos.

Lluís Barbé

Por José Martí Gómez

“Que Lluís Barbé naciese en Santa Cruz de Tenerife en 1937 y no naciese en Londres a finales del 1800 fue un error del destino dado que es un bloomsberiano genético que ha alternado sus clases como catedrático de Economía con su pasión pro la historia inglesa, firmando unas veces como John Cromàtic y otras con su apellido.  Este último caso se dio en Retrat de familia sobre fons de trévols,  ganadora de un premio Sant Joan, la novela-biografía-historia de Antonio Eroles, de su familia y su exilio, un prodigio de investigación histórica y de ralato novelesco en el que afloran las privaciones, el orgullo, la frutración, la soledad”. (Resumen de las palabras que dije hace años en la presentación de la novela en la sala de actos  la Caixa de Sabadell).

Lluís Barbé, Mariquita TennantAhora, el incansable Lluís Barbé insiste en una variante de la historia que nos contó en su día. Mariquita Tennnant es el título de la biografía editada por Pagès editores, una joya para que aquellos que aman la historia y la cultura inglesa disfruten con los avatares de liberales españoles en el exilio.

Fue el caso del protagonista de la novela, un tal Eroles del que en su momento se dijo que siendo absolutista se refugió en Inglaterra huyendo del absolutismo de Fernado VII, que lo mismo que sugerir que el tal Eroles era un super absolutista.

No. Barbé demostró en su obra que Eroles cogió el camino del exilio por ser liberal.

¿Y quién fue Mariquita Tennnant, la mujer de origen catalán que mereció una placa azul, homenaje muy inglés, en la casa en la que vivió en Windsor?  Barbé asegura que esta mujer es la única española que tiene una placa azul en Gran Bretaña.

La historia que se cuenta en Mariquita Tennnant  enlaza con las páginas de Retrat de familia sobre fons de trévols: de soltera, Mariquita Tennant fue Maria Francesca Eroles i Eroles, la hija menor, la hermana guapa, generosa e inteligente que salvó más de una situacion comprometida, fuese sentimental o económica, de la familia.

Una biografía que solo podía escribir Lluís Barbé, que yo creo siempre ha soñado en ser la reencarnación de Lytton Strachey, el de victorianos eminentes.

Hugh Thomas

Por José Martí Gómez

En 1969 el historiador británico llegaba por primera vez a Barcelona, cuando menos públicamente, para participar en un acto organizado por el club Mundo. La sala estaba a rebosar, con gente sentada en el suelo por los pasillos. No valió la pena el esfuerzo. Hugh Thomas, que lucia una gran melena, no se mojó ni una sola vez. La concurrencia salió muy  decepcionada. Ha muerto.

En  1961 Thomas había publicado en Ruedo Ibérico, editorial ubicada en París, La guerra civil española, libro que causó una profunda conmoción en una España todavía bajo la dictadura.

El libro fue prohibido pero se vendió mucho de forma clandestina.  Sus 782 páginas  fueron la primera aproximación a la guerra civil desde una óptima de neutralidad. Para mucha gente, excesiva neutralidad.

Diez años después de su conferencia en el club Mundo, concretamente en octubre del 79, Thomas volvió a Barcelona para presentar una querella, que llevó el abogado Víctor Sen, contra el diario El Imparcial acusado de  manipular paginas de su libro.

Desayunamos junto en la terraza de su habitación en el sexto piso del hotel Colón. Thomas ya no llevaba melena a lo Bob Dylan y ya no militaba en el ala conservadora del partido Laborista. Había cruzado el Rubicón y ya era militante del partido Conservador, su espacio ideológico natural.

Si en la conferencia del 69 no se mojó tampoco se mojó conversando conmigo. La tarde anterior se había entrevistado en la Generalitat con el president Tarradellas, al que me definió como un hombre serio, sencillo, inteligente y con experiencia. “Me ha impresionado su clarividencia”, añadió.

Fue lo más interesante de la conversación, según leo ahora en las notas que tome aquella mañana.

-¿El futuro en España? -le pregunté.

-Los vaticinios son difíciles -respondió.

En España ya había paro por entonces. Y terrorismo. Y crisis económica.  Para Thomas eran problemas comunes a todos los países.

-¿Solución? -pregunté.

-Democracia -respondió.

Jean Tirole

Son tiempos confusos en los que el Estado ha pasado de ser proveedor a árbitro, sin acabar de encontrar el ajuste con el mercado. ¿Cabe preguntar si en este mundo tan complejo no sería mejor reducir el número de parlamentarios y ampliar el de los asesores en materias que requieren especialistas? ¿Buscamos los ciudadanos opiniones diversas o preferimos escuchar solo al que nos explica lo que creemos creer? Una economía que solo busca la rentabilidad a corto plazo ¿lleva a un comportamiento poco ético?

Son preguntas que te formulas leyendo el libro La economía del bien común, del Nobel fancés Jean Tirole.
Fue enriquecedor entrevistarle junto a Javier del Pino en el programa que dirige,
A vivir que son dos días. Como fue enriquecedora la lectura del libro, que provoca te preguntes, por poner tres ejemplos, si nos basamos más en emociones que en información en el momento de votar, si el origen de la desigualdad no está en una mala redistribución de la política fiscal o si estamos preparados –Tirole opina que no– para un futuro con nuevos trabajos.

Tirole plantea un tema interesante, que pone en cuestión a la clase política: en un mundo cada día más complejo ¿sobran parlamentarios y faltan asesores?

Es un hecho que un político no sabe de todo. Incluso podríamo decir que en muchos casos no sabe apenas nada de lo que se ventila hoy en el mundo de la ciencia, de la economía de la digitilización que está cambiando el presente y el futuro del mundo del trabajo.

En ese contexto de vorágine de cambio ¿para qué tantos diputados o senadores que solo sirven para votar lo que indica su líder?

¿Por qué no ir a parlamentos y senados más reducidos, formados con gentes muy preparadas y que tengan a su lado buenos asesores?

Suscribo la idea.

Albert Camus, brújula moral

El historiador Tony Judt escribió en El peso de la responsabilidad que con los gigantes intelectuales del pasado reciente reducidos a escombros de embarazosas citas, Albert Camus es,  hoy, el testigo más noble de una época más bien innoble. En Menorca, origen familiar de su saga argelina, se ha hablado estos días de Albert Camus conmemorado el sexagésimo aniversario de recibir el Nobel.

Se le ha definido como brújula moral. Esa brújula hoy perdida, necesaria para regir conductas tanto políticas como  ciudadanas, ambas en crisis de identidad moral.

En los años setenta leer a Camus era como perder el tiempo. Estaban de moda otros autores, más comprometidos con el marxismo, el nihilismo, el existencialismo… y con menos dudas que el autor de El Extranjero.

Por aquellas fechas un querido amigo, Josep Ramoneda, me dijo que leyendo a Camus yo era un hombre desfasado. Le seguí leyendo y hace algún tiempo vi que había vuelto a leerlo él.

La actriz María Casares fue uno de los grandes amores de Albert Camus. Conversando con ella en su piso de París me explicó qué le fascinó de aquel hombre.

Me dijo:

–Me fascinó y me emocionó estéticamente la imagen del hombre con todas las contradicciones y la exigencia que da el crear para llegar a una unidad, una armonía, una libertad interior y una verdad sin dejar jamás de lado el camino que quería seguir. Para Camus, el trayecto había que hacerlo con todas las contradicciones a cuestas porque de no ser así la cosa era falsa. Lo cual es verdad. Vivió sin trampa.

Al final de su ensayo sobre Camus, Toy Judt escribe:

“En una discusión con Sartre, Malraux, Koestler y Sperber celebrada la tarde del 29 de octubre de 1946 Camus le preguntó: –No creéis que todos somos responsables de la ausencia de valores? ¿Y si nosotros anunciamos públicamente que estábamos equivocados y los valores morales existen y que debemos hacer lo que sea necesario para restablecerlos e ilustrarlos? ¿No creéis que eso podría ser  el comienzo de la esperanza?”

Releyendo a  Camus se comprende porqué la filósofa alemana Hannah Arend le definió en su día, cuando parecía arrasado por Sartre, como el mejor hombre de Francia.    

Confesiones tardías

Por José Martí Gómez

Los procesados por el caso Adigsa reconocen que percibieron un 3% de comisión. Con el reconocimiento de su culpabilidad tratan de evitar ir a la cárcel. Se ha puesto de moda reconocer la culpabilidad en el momento de sentarse en el banquillo. Siempre un poco tarde. En este caso, doce años.

Los del caso Palau parecían pasar por un confesionario con sus actos de contrición.

Dos del caso Pretoria casi hacían llorar escuchando su yo pecador, pese a que son  agnósticos.

Oriol Pujol y el caso ITV, con el hijo del presidente, en su día escoltado en su declaración ante el juez por tres capitostes de Convergència que defendían su honor ante el juez, reconociendo su culpabilidad antes de sentarse en el banquillo y así salvar  a su mujer de ir a la cárcel.

Ahora llega la última hornada, la de Adigsa, para conmovernos con su sinceridad reconociendo que se forraron.

Las fotos de grupo nos muestran a unos sinvergüenzas que tuvieron los respaldos de otros sinvergüenzas que quedan en la sombra.

Jurídicamente debe ser legal esa conmutación de la pena a cambio de la confesión. Pero como lego en la materia me pregunto si ese acto de contrición más falso que el beso de Judas solo debería ser válido en el proceso de la instrucción sumarial, no cuando todos los recursos se han agotado  y los sinvergüenzas se ven perdidos.

Moral o éticamente, como se quiera decir, no está claro que se beneficien de medidas penalmente inocuas gentes que delinquieron abusando de sus cargos políticos.

Los ciudadanos decentes quedan como imbéciles.

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Foto de portada: Los acusados del caso Adigsa sentados en el banquillo de la Audiència de Barcelona. Foto: ACN.

Palomo Linares

Por José Martí Gómez

No me gustan las corridas de toros pero siempre me ha gustado ver al torero antes de la corrida, tumbado en la cama del hotel, rodeado de estampas y medallas de vírgenes y santos, la habitación en la penumbra, la ventana entreabierta, un enjambre de gentes esperando en la puerta del hotel la salida de los toreros para pedirles dinero. En una de esas habitaciones entrevisté a finales de los años sesenta a Palomo Linares,  que ahora ha  muerto.

Era muy joven. Tenía rostro de niño. Fue uno de los pocos maletillas que salió del hambre a través del toreo tras noches de capeas a la luz de la luna. Se le conocía como uno de los guerrilleros que había roto el modelo capitalista de las empresas que controlaban el mundo de las corridas. El otro guerrillero famoso fue El Cordobés. Sobre la mesilla de noche en la habitación de Palomo Linares, dos libros: La piel y Cien años de soledad.

-¿Lees mucho?

-Bastante, pese a que no he podido estudiar. Por eso ahora que tengo dinero trato de hacerme con una cultura que me permita ir por el mundo.

-¿Te gusta la política?

-Creo que la política no es otra cosa que buscar un mundo más justo.

-¿Y el mundo te parece injusto?

– Más que el mundo, la vida.

-¿Qué es la vida?

-La comparo a una rosa: sale capullo, se abre, se marchita, y se acabó.

-¿Y tu rosa cómo está?

-Se está abriendo ahora.

-¿Tienes amigos entre eso que se llama la izquierda?

-Creo que todos mis amigos políticos son de derechas. Mi única relación la izquierda es con la mano con la que toreo.

-¿Qué haces cuando no toreas?

-Escribo. Tonterías que tiro a la papelera. También me gusta mucho pintar. Voy de abstracto.

-¿Fue duro ser guerrillero?

-Mucho.

El zafarrancho madrileño

Al paso que va el zafarrancho de la corrupción del Partido Popular en Madrid se hará realidad el viejo chiste:

-No hablaré sin la presencia de mi abogado -dice el acusado.

-Su abogado también ha sido detenido esta mañana -replica el policía.

Más allá del chiste, conviene recordar en tiempo de pérdida de memoria  cómo esa gentuza del PP llegó al poder en la Comunidad de Madrid.

Fue el 2003. José Luis Balbás, hombre de aspecto desastrado, viscoso, grasiento, pobre diablo en su apariencia externa pero que controla una fortuna  y tiene en su órbita a profesionales valiosos, da el golpe de mano en el mercadeo de votos del socialismo madrileño, un gallinero en los  tiempos de la República y gallinero el 2003: rudos fajadores guerristas, Barranco y Acosta, frente a finos estilistas como Almunia y Leguina con la izquierda socialista de Morán y Santasmases recibiendo bofetadas de unos y otros justo por estar en medio.

En ese contexto de guerras internas, dos diputados socialistas en la órbita de Balbás,  un hombre, Tamayo, y una mujer Sáez, rompen la disciplina de voto socialista y como tránsfugas que se venden no se supo a cambio de qué, pero a cambio de algo sería, dan la victoria al PP liderado por Esperanza Aguirre, que había perdido las elecciones.

Así empezó todo. Dos trásfugas miserables en una operación en la que se mezcló negocio y política de forma confusa dieron paso a gobiernos presididos por Esperanza Aguirre primero y González después, años en los que la política estuvo al servicio del negocio y la corrupción.

En esos años, insistiendo en lo que escribí en una columna anterior, Mariano Rajoy “estaba por ahí”.