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Una sección de José Martí Gómez

Lluís Barbé

Por José Martí Gómez

“Que Lluís Barbé naciese en Santa Cruz de Tenerife en 1937 y no naciese en Londres a finales del 1800 fue un error del destino dado que es un bloomsberiano genético que ha alternado sus clases como catedrático de Economía con su pasión pro la historia inglesa, firmando unas veces como John Cromàtic y otras con su apellido.  Este último caso se dio en Retrat de familia sobre fons de trévols,  ganadora de un premio Sant Joan, la novela-biografía-historia de Antonio Eroles, de su familia y su exilio, un prodigio de investigación histórica y de ralato novelesco en el que afloran las privaciones, el orgullo, la frutración, la soledad”. (Resumen de las palabras que dije hace años en la presentación de la novela en la sala de actos  la Caixa de Sabadell).

Lluís Barbé, Mariquita TennantAhora, el incansable Lluís Barbé insiste en una variante de la historia que nos contó en su día. Mariquita Tennnant es el título de la biografía editada por Pagès editores, una joya para que aquellos que aman la historia y la cultura inglesa disfruten con los avatares de liberales españoles en el exilio.

Fue el caso del protagonista de la novela, un tal Eroles del que en su momento se dijo que siendo absolutista se refugió en Inglaterra huyendo del absolutismo de Fernado VII, que lo mismo que sugerir que el tal Eroles era un super absolutista.

No. Barbé demostró en su obra que Eroles cogió el camino del exilio por ser liberal.

¿Y quién fue Mariquita Tennnant, la mujer de origen catalán que mereció una placa azul, homenaje muy inglés, en la casa en la que vivió en Windsor?  Barbé asegura que esta mujer es la única española que tiene una placa azul en Gran Bretaña.

La historia que se cuenta en Mariquita Tennnant  enlaza con las páginas de Retrat de familia sobre fons de trévols: de soltera, Mariquita Tennant fue Maria Francesca Eroles i Eroles, la hija menor, la hermana guapa, generosa e inteligente que salvó más de una situacion comprometida, fuese sentimental o económica, de la familia.

Una biografía que solo podía escribir Lluís Barbé, que yo creo siempre ha soñado en ser la reencarnación de Lytton Strachey, el de victorianos eminentes.

Hugh Thomas

Por José Martí Gómez

En 1969 el historiador británico llegaba por primera vez a Barcelona, cuando menos públicamente, para participar en un acto organizado por el club Mundo. La sala estaba a rebosar, con gente sentada en el suelo por los pasillos. No valió la pena el esfuerzo. Hugh Thomas, que lucia una gran melena, no se mojó ni una sola vez. La concurrencia salió muy  decepcionada. Ha muerto.

En  1961 Thomas había publicado en Ruedo Ibérico, editorial ubicada en París, La guerra civil española, libro que causó una profunda conmoción en una España todavía bajo la dictadura.

El libro fue prohibido pero se vendió mucho de forma clandestina.  Sus 782 páginas  fueron la primera aproximación a la guerra civil desde una óptima de neutralidad. Para mucha gente, excesiva neutralidad.

Diez años después de su conferencia en el club Mundo, concretamente en octubre del 79, Thomas volvió a Barcelona para presentar una querella, que llevó el abogado Víctor Sen, contra el diario El Imparcial acusado de  manipular paginas de su libro.

Desayunamos junto en la terraza de su habitación en el sexto piso del hotel Colón. Thomas ya no llevaba melena a lo Bob Dylan y ya no militaba en el ala conservadora del partido Laborista. Había cruzado el Rubicón y ya era militante del partido Conservador, su espacio ideológico natural.

Si en la conferencia del 69 no se mojó tampoco se mojó conversando conmigo. La tarde anterior se había entrevistado en la Generalitat con el president Tarradellas, al que me definió como un hombre serio, sencillo, inteligente y con experiencia. “Me ha impresionado su clarividencia”, añadió.

Fue lo más interesante de la conversación, según leo ahora en las notas que tome aquella mañana.

-¿El futuro en España? -le pregunté.

-Los vaticinios son difíciles -respondió.

En España ya había paro por entonces. Y terrorismo. Y crisis económica.  Para Thomas eran problemas comunes a todos los países.

-¿Solución? -pregunté.

-Democracia -respondió.

Jean Tirole

Son tiempos confusos en los que el Estado ha pasado de ser proveedor a árbitro, sin acabar de encontrar el ajuste con el mercado. ¿Cabe preguntar si en este mundo tan complejo no sería mejor reducir el número de parlamentarios y ampliar el de los asesores en materias que requieren especialistas? ¿Buscamos los ciudadanos opiniones diversas o preferimos escuchar solo al que nos explica lo que creemos creer? Una economía que solo busca la rentabilidad a corto plazo ¿lleva a un comportamiento poco ético?

Son preguntas que te formulas leyendo el libro La economía del bien común, del Nobel fancés Jean Tirole.
Fue enriquecedor entrevistarle junto a Javier del Pino en el programa que dirige,
A vivir que son dos días. Como fue enriquecedora la lectura del libro, que provoca te preguntes, por poner tres ejemplos, si nos basamos más en emociones que en información en el momento de votar, si el origen de la desigualdad no está en una mala redistribución de la política fiscal o si estamos preparados –Tirole opina que no– para un futuro con nuevos trabajos.

Tirole plantea un tema interesante, que pone en cuestión a la clase política: en un mundo cada día más complejo ¿sobran parlamentarios y faltan asesores?

Es un hecho que un político no sabe de todo. Incluso podríamo decir que en muchos casos no sabe apenas nada de lo que se ventila hoy en el mundo de la ciencia, de la economía de la digitilización que está cambiando el presente y el futuro del mundo del trabajo.

En ese contexto de vorágine de cambio ¿para qué tantos diputados o senadores que solo sirven para votar lo que indica su líder?

¿Por qué no ir a parlamentos y senados más reducidos, formados con gentes muy preparadas y que tengan a su lado buenos asesores?

Suscribo la idea.

Albert Camus, brújula moral

El historiador Tony Judt escribió en El peso de la responsabilidad que con los gigantes intelectuales del pasado reciente reducidos a escombros de embarazosas citas, Albert Camus es,  hoy, el testigo más noble de una época más bien innoble. En Menorca, origen familiar de su saga argelina, se ha hablado estos días de Albert Camus conmemorado el sexagésimo aniversario de recibir el Nobel.

Se le ha definido como brújula moral. Esa brújula hoy perdida, necesaria para regir conductas tanto políticas como  ciudadanas, ambas en crisis de identidad moral.

En los años setenta leer a Camus era como perder el tiempo. Estaban de moda otros autores, más comprometidos con el marxismo, el nihilismo, el existencialismo… y con menos dudas que el autor de El Extranjero.

Por aquellas fechas un querido amigo, Josep Ramoneda, me dijo que leyendo a Camus yo era un hombre desfasado. Le seguí leyendo y hace algún tiempo vi que había vuelto a leerlo él.

La actriz María Casares fue uno de los grandes amores de Albert Camus. Conversando con ella en su piso de París me explicó qué le fascinó de aquel hombre.

Me dijo:

–Me fascinó y me emocionó estéticamente la imagen del hombre con todas las contradicciones y la exigencia que da el crear para llegar a una unidad, una armonía, una libertad interior y una verdad sin dejar jamás de lado el camino que quería seguir. Para Camus, el trayecto había que hacerlo con todas las contradicciones a cuestas porque de no ser así la cosa era falsa. Lo cual es verdad. Vivió sin trampa.

Al final de su ensayo sobre Camus, Toy Judt escribe:

“En una discusión con Sartre, Malraux, Koestler y Sperber celebrada la tarde del 29 de octubre de 1946 Camus le preguntó: –No creéis que todos somos responsables de la ausencia de valores? ¿Y si nosotros anunciamos públicamente que estábamos equivocados y los valores morales existen y que debemos hacer lo que sea necesario para restablecerlos e ilustrarlos? ¿No creéis que eso podría ser  el comienzo de la esperanza?”

Releyendo a  Camus se comprende porqué la filósofa alemana Hannah Arend le definió en su día, cuando parecía arrasado por Sartre, como el mejor hombre de Francia.    

Confesiones tardías

Por José Martí Gómez

Los procesados por el caso Adigsa reconocen que percibieron un 3% de comisión. Con el reconocimiento de su culpabilidad tratan de evitar ir a la cárcel. Se ha puesto de moda reconocer la culpabilidad en el momento de sentarse en el banquillo. Siempre un poco tarde. En este caso, doce años.

Los del caso Palau parecían pasar por un confesionario con sus actos de contrición.

Dos del caso Pretoria casi hacían llorar escuchando su yo pecador, pese a que son  agnósticos.

Oriol Pujol y el caso ITV, con el hijo del presidente, en su día escoltado en su declaración ante el juez por tres capitostes de Convergència que defendían su honor ante el juez, reconociendo su culpabilidad antes de sentarse en el banquillo y así salvar  a su mujer de ir a la cárcel.

Ahora llega la última hornada, la de Adigsa, para conmovernos con su sinceridad reconociendo que se forraron.

Las fotos de grupo nos muestran a unos sinvergüenzas que tuvieron los respaldos de otros sinvergüenzas que quedan en la sombra.

Jurídicamente debe ser legal esa conmutación de la pena a cambio de la confesión. Pero como lego en la materia me pregunto si ese acto de contrición más falso que el beso de Judas solo debería ser válido en el proceso de la instrucción sumarial, no cuando todos los recursos se han agotado  y los sinvergüenzas se ven perdidos.

Moral o éticamente, como se quiera decir, no está claro que se beneficien de medidas penalmente inocuas gentes que delinquieron abusando de sus cargos políticos.

Los ciudadanos decentes quedan como imbéciles.

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Foto de portada: Los acusados del caso Adigsa sentados en el banquillo de la Audiència de Barcelona. Foto: ACN.

Palomo Linares

Por José Martí Gómez

No me gustan las corridas de toros pero siempre me ha gustado ver al torero antes de la corrida, tumbado en la cama del hotel, rodeado de estampas y medallas de vírgenes y santos, la habitación en la penumbra, la ventana entreabierta, un enjambre de gentes esperando en la puerta del hotel la salida de los toreros para pedirles dinero. En una de esas habitaciones entrevisté a finales de los años sesenta a Palomo Linares,  que ahora ha  muerto.

Era muy joven. Tenía rostro de niño. Fue uno de los pocos maletillas que salió del hambre a través del toreo tras noches de capeas a la luz de la luna. Se le conocía como uno de los guerrilleros que había roto el modelo capitalista de las empresas que controlaban el mundo de las corridas. El otro guerrillero famoso fue El Cordobés. Sobre la mesilla de noche en la habitación de Palomo Linares, dos libros: La piel y Cien años de soledad.

-¿Lees mucho?

-Bastante, pese a que no he podido estudiar. Por eso ahora que tengo dinero trato de hacerme con una cultura que me permita ir por el mundo.

-¿Te gusta la política?

-Creo que la política no es otra cosa que buscar un mundo más justo.

-¿Y el mundo te parece injusto?

– Más que el mundo, la vida.

-¿Qué es la vida?

-La comparo a una rosa: sale capullo, se abre, se marchita, y se acabó.

-¿Y tu rosa cómo está?

-Se está abriendo ahora.

-¿Tienes amigos entre eso que se llama la izquierda?

-Creo que todos mis amigos políticos son de derechas. Mi única relación la izquierda es con la mano con la que toreo.

-¿Qué haces cuando no toreas?

-Escribo. Tonterías que tiro a la papelera. También me gusta mucho pintar. Voy de abstracto.

-¿Fue duro ser guerrillero?

-Mucho.

El zafarrancho madrileño

Al paso que va el zafarrancho de la corrupción del Partido Popular en Madrid se hará realidad el viejo chiste:

-No hablaré sin la presencia de mi abogado -dice el acusado.

-Su abogado también ha sido detenido esta mañana -replica el policía.

Más allá del chiste, conviene recordar en tiempo de pérdida de memoria  cómo esa gentuza del PP llegó al poder en la Comunidad de Madrid.

Fue el 2003. José Luis Balbás, hombre de aspecto desastrado, viscoso, grasiento, pobre diablo en su apariencia externa pero que controla una fortuna  y tiene en su órbita a profesionales valiosos, da el golpe de mano en el mercadeo de votos del socialismo madrileño, un gallinero en los  tiempos de la República y gallinero el 2003: rudos fajadores guerristas, Barranco y Acosta, frente a finos estilistas como Almunia y Leguina con la izquierda socialista de Morán y Santasmases recibiendo bofetadas de unos y otros justo por estar en medio.

En ese contexto de guerras internas, dos diputados socialistas en la órbita de Balbás,  un hombre, Tamayo, y una mujer Sáez, rompen la disciplina de voto socialista y como tránsfugas que se venden no se supo a cambio de qué, pero a cambio de algo sería, dan la victoria al PP liderado por Esperanza Aguirre, que había perdido las elecciones.

Así empezó todo. Dos trásfugas miserables en una operación en la que se mezcló negocio y política de forma confusa dieron paso a gobiernos presididos por Esperanza Aguirre primero y González después, años en los que la política estuvo al servicio del negocio y la corrupción.

En esos años, insistiendo en lo que escribí en una columna anterior, Mariano Rajoy “estaba por ahí”.

Eduardo Mendoza

Por José Martí Gómez

Algunas veces, no siempre, el paso del tiempo pone las cosas en su sitio. La verdad sobre el caso Savolta no gustó a la censura. El censor de turno la definió como “un novelón confuso y estúpido escrito sin pies ni cabeza”. Eduardo Mendoza, su autor, ha recibido en Alcalá de Henares el premio  Cervantes tras una  brillante trayectoria novelística iniciada en 1975 con aquella novela vilipendiada por la censura.

Eduardo Mendoza es un hombre educado y con un acusado sentido del humor. Confiesa que durante los años que pasó en Estados Unidos como traductor e intérprete en la ONU el cuello se le estiró: “El intérprete debe tener el cuello como una manguera porque ha de meter la cabeza cerca de la persona a la que debe traducir pero no todo el cuerpo”, dice.

Fue durante su estancia en Estados Unidos que se familiarizó con los late night talk show, espacios donde se cultiva la ironía, la respuesta rápida e ingeniosa, que ha llevado a  sus novelas pero en su obra también hay una clara influencia de El Quijote, libro que leyó en su adolescencia, ha releído en la madurez y  ha influido en su lenguaje y en su humor.

Desde hace años suele pasar bastante tiempo en Londres, concretamente en el piso que compró, según él a buen precio, en el barrio de Chelsea, que no es mal barrio. Alejarse de Barcelona le permite liberarse de muchos compromisos, tener tiempo para escribir y tiempo también para releer a los clásicos ingleses.

Admira a Dickens y a Jane Austen. La última vez que nos vimos, allá por Navidad, le hice participe de mi perplejidad sobre el caso Austen: cómo era posible que una mujer joven y soltera que nunca salió de su pequeño territorio, en un siglo ya lejano, sea tan actual en el siglo que vivimos.

Creo recordar que me dijo que tampoco él tenía respuesta. Son los misterios de la creación.

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Discurso íntegro de Eduardo Mendoza al recoger el premio Cervantes:

No creo equivocarme si digo que la posición que ocupo, aquí, en este mismo momento, es envidiable para todo el mundo, excepto para mí.

Han transcurrido varios meses desde que me llamó el señor Ministro para comunicarme que me había sido concedido el premio Cervantes y todavía no sé cómo debo reaccionar. Espero no haber quedado mal entonces, ni quedar mal ahora, ni en el futuro.

Porque un premio de esta importancia, tanto por lo que representa como por las personas que lo han recibido a lo largo de los años, no es fácil de asimilar adecuadamente, sin orgullo ni modestia. No peco de insincero al decir que nunca esperé recibirlo.

En mis escritos he practicado con reincidencia el género humorístico y estaba convencido de que eso me pondría a salvo de muchas responsabilidades. Ya veo que me equivoqué. Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia.

Pero no soy yo quien ha de explicar las razones del jurado ni menos aún justificar su decisión. Tan sólo expresarle mi más profundo agradecimiento y decirles, plagiando una frase ajena, que me considero un invitado entre los grandes.

En el acta que nos acaba de ser leída, se me honra mencionando mi vinculación con la obra de Cervantes. Es una vinculación que admito con especial satisfacción. He sido y sigo siendo un fiel lector de Cervantes y, como es lógico, un asiduo lector del Quijote. Con mucha frecuencia acudo a sus páginas como quien visita a un buen amigo, a sabiendas de que siempre pasará un rato agradable y enriquecedor. Y así es: con cada relectura el libro mejora y, de paso, mejora el lector.

Pero en mi memoria quedan cuatro lecturas cabales del Quijote, que ahora me gustaría recordar.

Leí por primera vez el Quijote por obligación, en la escuela. En algún sitio he leído que la presencia obligatoria del Quijote en la enseñanza no pasa de ser una leyenda urbana. Es cierto, pero toda regla tiene su excepción. En nuestro copioso surtido de planes de enseñanza, hubo, tiempo atrás, un curso llamado preuniversitario, coloquialmente “el preu”, cuyo programa era monográfico, es decir: un solo tema por cada materia. A los que hicimos preuniversitario el año académico de 1959/60 nos tocó leer y comentar el Quijote, tanto a los que habíamos optado por el bachillerato de letras como por el de ciencias. A diferencia de lo que ocurre hoy, en la enseñanza de aquella época prevalecía la educación humanística, en detrimento del conocimiento científico, de conformidad con el lema entonces vigente: que inventen ellos.

Las cosas cambian de nombre en función de la distancia. El suelo que ahora piso se llama paisaje cuando está lejos. Y cuando ya no está, se llama Geografía.

Del mismo modo, la pomposa abstracción que hoy llamamos Humanidades, antes se llamaba, humildemente, Curso de Lengua y Literatura. Y para mis compañeros de curso y para mí, aún más humildemente, la clase del Hermano Anselmo.

El colegio donde se encontraba esta clase era un edificio vetusto, de ladrillo oscuro, frío en invierno, en una Barcelona muy distinta de la que es hoy. Por las ventanas se veían las cuatro torres de la Sagrada Familia tal como las dejó Gaudí, negras de hollín y felizmente dejadas de la mano de Dios. En la clase de Literatura nos enseñaban algunas cosas que luego no me han servido de mucho, pero que me gustó aprender y me gusta recordar. Por ejemplo, la diferencia entre sinécdoque, metonimia y epanadiplosis. O que un soneto es una composición de catorce versos a la que siempre le sobran diez.

Y allí, contra aquel fiero rebaño compuesto por treinta adolescentes sin chicas que era la clase del Hermano Anselmo, arremetió lanza en ristre don Alonso Quijano el Bueno, no sé si en la edición de Riquer o en la de Zamora Vicente para la lectura, y en la desmesurada edición de Rodríguez Marín para ir por nota. Porque de esto hace mucho y el Profesor don Francisco Rico aún no había alcanzado el uso de razón.

La verdad es que don Quijote y Sancho no fueron bien recibidos. Nuestra imaginación literaria se nutría de El Coyote y Hazañas Bélicas y las sesiones dobles del cine de barrio eran nuestro Shangri-La. Pero el Siglo de Oro, francamente, no.

Hay que decir, en nuestro descargo, que en aquellos años, que Juan Marsé llamó de incienso y plomo, la figura de don Quijote había sido secuestrada por la retórica oficial para convertirla en el arquetipo de nuestra raza y el adalid de un imperio de fanfarria y cartón piedra. También, solo o con Sancho, a pie o a caballo, se vendía a la gruesa en estaciones y aeropuertos, y en muchos hogares estaba presente como cenicero, pisapapeles o apoyalibros. Malas tarjetas de visita para un aspirante a superhéroe.

Pero entonces no se iba a la escuela a jugar, sino a estudiar y a obedecer. Tampoco nos apetecía aprender de memoria los afluentes del Ebro. Y con el mismo entusiasmo emprendimos la lectura de lo que parecía ser una tortura dividida en dos partes.

Como es de suponer de inmediato y casi contra mi voluntad me rendí a su encanto.

Curiosamente, lo que me fascinó entonces no fue la figura de don Quijote, ni sus empresas y sus infortunios, sino el lenguaje cervantino. Desde niño yo quería ser escritor. Pero hasta ese momento los resultados no se correspondían ni con el entusiasmo ni con el empeño. Las vocaciones tempranas son árboles con muchas hojas, poco tronco y ninguna raíz. Yo estaba empeñado en escribir, pero no sabía ni cómo ni sobre qué.

La lectura del Quijote fue un bálsamo y una revelación. De Cervantes aprendí que se podía cualquier cosa: relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje, transcribir un diálogo, intercalar un discurso o hacer un comentario, sin forzar la prosa, con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia

“Apeáronse don Quijote y Sancho y, dejando al jumento y a Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a las alforjas y, sin ceremonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo comieron lo que ellas hallaron”. No se puede dar una información más expresiva con palabras más sencillas y una sintaxis más limpia.

Cuál no sería mi entusiasmo que traté de compartirlo con mi padre, hombre aficionado a la literatura. Mi padre me escuchó y me respondió que sí, que bueno, pero que era mejor Lope de Vega. Hasta en eso teníamos que disentir.

Leí el Quijote de cabo a rabo por segunda vez una década más tarde. Yo ya era lo que en tiempos de Cervantes se llamaba un bachiller, quizá un licenciado, lo que hoy se llama un joven cualificado, y lo que en todas las épocas se ha llamado un tonto.

Llevaba el pelo revuelto y lucía un fiero bigote. Era ignorante, inexperto y pretencioso. Pero no había perdido el entusiasmo. Seguía escribiendo con perseverancia, todavía con pasos aún inciertos, en busca una voz propia.

Como tenía otros modelos literarios, de mayor graduación alcohólica, por decirlo de algún modo, como Dostoievski, Kafka, Proust y Joyce), en esa ocasión me atrajo sobre todo el Caballero de la Triste Figura, su tenacidad y su arrojo. Porque, salvando todas las distancias, yo aspiraba a lo mismo que don Alonso Quijano: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos.

Algo conseguí de lo primero; en lo segundo me llevé bastantes chascos, y en lugar de deshacer entuertos, causé algunos, más por irreflexión que por mala voluntad.

Tampoco a don Quijote le salen bien las cosas. También él se equivoca en el planteamiento. Cree seguir las normas de la Caballería andante pero es un hijo de Erasmo y de la Reforma. Para él no son las leyes humanas o divinas las que determinan su conducta, sino la ética personal. Cree defender a los débiles pero defiende a los rebeldes y a los que luchan por la libertad, aunque sean delincuentes. Antepone sus deseos a la realidad, y es, en definitiva, el paradigma del idealismo desencaminado, si esta expresión no es una redundancia. Poco importa, porque “la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá oscurecer malicia alguna”.

Y por eso me gustaba. Porque si Cervantes es hijo de Erasmo, yo era hijo del Romanticismo, y no me atraían los héroes épicos sino los héroes trágicos. Un héroe épico se vuelve un pelma cuando ya ha hecho lo suyo. En cambio un héroe trágico nunca deja de ser un héroe, porque es un héroe que se equivoca. Y en eso a don Quijote, como a mí, no nos ganaba nadie.

La tercera vez que leí el Quijote ya era, al menos nominalmente, lo que nuestro código civil llama “un buen padre de familia”.

Cuando emprendí esta nueva lectura del Quijote no tenía motivos de queja. Como don Quijote, había recibido algunos palos, ni muchos ni muy fuertes. Como Sancho Panza, me había apeado muchas veces del burro. Pero había conseguido publicar algunos libros que habían recibido un trato benévolo de la crítica y una buena acogida del público. Hago un paréntesis para decir que, sin quitarme el mérito que me pueda corresponder, mucho debo al apoyo y, sobre todo, al cariño de algunas personas. Y creo que sería injusto silenciar, a este respecto, la contribución especial de dos personas a mi carrera literaria. Una es Pere Gimferrer, que me dio la primera oportunidad y es mi editor vitalicio y mi amigo incondicional. La otra es, por supuesto, Carmen Balcells, cuya ausencia empaña la alegría de este acto.

En aquella tercera lectura del Quijote, descubrí y admiré el humor que preside la novela. Lo que digo puede parecer una obviedad, pero a mi juicio no lo es. Cuando el Quijote vio la luz sin duda fue recibido y leído como un libro cómico. Pero los tiempos cambian y aunque el humor es el mismo, nuestra percepción de lo cómico ha cambiado. En este sentido, en la actualidad el Quijote ha perdido buena parte de su comicidad. Visto desde mi perspectiva, los episodios jocosos no son muchos ni muy variados. Hay alguno espléndido, como el de los molinos de viento, pero el resto repiten un patrón convencional: confusión y paliza. Una parodia del estilo artificioso de las novelas de caballerías y varias intervenciones divertidas de Sancho completan el panorama. Nada de esto desmerecía a mis ojos la calidad de la obra ni rebajaba mi admiración, pero así pensaba yo.

Lo que descubrí en la lectura de madurez fue que había otro tipo de humor en la obra de Cervantes. Un humor que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo. Un humor que camina en paralelo al relato y que reclama la complicidad entre el autor y el lector. Una vez establecido el vínculo, pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma.

Es precisamente el Quijote el que crea e impone este tipo de relación secreta. Una relación que se establece por medio del libro, pero fuera del libro, y que a partir de ese momento constituirá la esencia de lo que denominamos la novela moderna. Una forma de escritura en la cual el lector no disfruta tanto de la intriga propia del relato como de la compañía de la persona que lo ha escrito.

Aunque raro es el año en que no vuelva a picotear en el Quijote, con la única finalidad de pasar un rato agradable y levantarme el ánimo, lo cierto es que no lo había vuelto a releer de un tirón, hasta que la cordial e inesperada llamada del señor Ministro me notificó que me había sido concedido este premio, y por añadidura en el cuarto centenario de la muerte de Cervantes. Así las cosas, pensé que tenía el deber moral y la excusa perfecta para volver, literalmente, a las andadas.

En esta ocasión seguía y sigo estando, en términos generales, satisfecho de la vida. De nada me puedo quejar e incluso ha mejorado mi estado de salud: antes padecía pequeños desarreglos impropios de mi edad y ahora estos desarreglos se han vuelto propios de mi edad.

Sin embargo, cuando se lee el Quijote, uno nunca sabe lo que le puede pasar. En lecturas anteriores yo había seguido al caballero y a su escudero tratando de adivinar la dirección que llevaba su peregrinaje. Esta vez, y sin que en ello interviniera de ningún modo la melancolía, me encontré acompañando al caballero en su camino de vuelta a un lugar de la Mancha cuyo nombre nunca hemos olvidado, aunque a menudo lo hayamos intentado.

Alguna vez me he preguntado si don Quijote estaba loco o si fingía estarlo para transgredir las normas de una sociedad pequeña, zafia y encerrada en sí misma.

Aunque ésta es una incógnita que nunca despejaremos, mi conclusión es que don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza. Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera, y por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el mundo.

Pero en una cosa le llevo ventaja a don Quijote: en que yo soy de verdad y él un personaje de ficción.

Una novela es lo que es: ni la verdad ni la mentira. El que lee una obra de ficción y no se cree nada de lo que allí se cuenta, va mal; pero el que se lo cree todo, va peor. Hoy esto es de conocimiento general. Pero el Quijote es la primera novela moderna y el pobre don Quijote no ha tenido tiempo de asimilar los cambios que él mismo trae al mundo. Al contrario, él es el primer caso certificado de lector demasiado crédulo. No es raro que se haga un lío. Y así va, hasta que un mal día, en la misma ciudad de Barcelona, donde yo habría de descubrirlo unos cuantos siglos más tarde, don Quijote visita una imprenta y allí descubre que en realidad es el protagonista de una novela. Y como ya no sabe qué hacer a continuación, da media vuelta y regresa a casa.

Lo que tampoco sabe es que su breve periplo, de poco más de un mes, no ha sido en balde.

Todo personaje de ficción es transversal. Va de lector en lector, sin detenerse en ninguno. Eso mismo hace don Quijote. Exceptuando a Sancho, todos los personajes del libro están donde Dios los puso. Don Quijote es lo contario: va de paso y atraviesa fugazmente por sus vidas. Generalmente les causa un pequeño trastorno, pero les paga con creces. Sin la incidencia atropellada de don Quijote, hidalgos, venteros, labriegos, curas y mozas del partido reposarían en la fosa común de la 9 antropología cultural. Gracias a don Quijote hoy están aquí, con nosotros, tan reales como nosotros mismos y, en algunos casos, quizás un poco más.

Ésta es, a mi juicio, la función de la ficción. No dar noticia de unos hechos, sino dar vida a lo que, de otro modo, acabaría convertido en mero dato, en prototipo y en estadística. Por eso la novela cuenta las cosas de un modo ameno, aunque no necesariamente fácil: para que las personas, a lo largo del tiempo, la consuman y la recuerden sin pensar, como los insectos que polinizan sin saber que lo hacen.

Recalco estas cosas bien sabidas porque vivimos tiempos confusos e inciertos. No me refiero a la política y la economía. Ahí los tiempos siempre son inciertos, porque somos una especie atolondrada y agresiva y quizá mala, si hubiera otra especie con la que nos pudiéramos comparar.

La incertidumbre y la confusión a las que yo me refiero son de otro tipo. Un cambio radical que afecta al conocimiento a la cultura, a las relaciones humanas, en definitiva, a nuestra manera de estar en el mundo. Pero al decir esto no pretendo ser alarmista. Este cambio está ahí, pero no tiene por qué ser nocivo, ni brusco, ni traumático.

En este sentido, ahora que los dos vamos de vuelta a casa, me gustaría discrepar de don Quijote cuando afirma que no hay pájaros en los nidos de antaño. Sí que los hay, pero son otros pájaros.

Ocasiones como la presente entrañan para el premiado un riesgo inverso al que corrió don Quijote: creerse protagonista de un relato más bonito que la realidad. Prometo hacer todo lo posible para que no me ocurra tal cosa.

Para los que tratamos de crear algo, el enemigo es la vanidad. La vanidad es una forma de llegar a necio dando un rodeo. Es un peligro que no debería existir: mal puede ser vanidoso el que a solas va escribiendo una palabra tras otra, con mimo y con afán y con la esperanza de que al final algo parezca tener sentido. La tecnología ha cambiado el soporte de la famosa página en blanco, pero no ha eliminado el terror que suscita ni el esfuerzo que hace falta para acometerla.

Por lo demás, al que se echa a los caminos la vida le ofrece recordatorios de su insignificancia. Hace muchos años, cuando yo vivía en Nueva York, quedé en un bar con un amigo, ilustre poeta leonés. Como vimos que la camarera que nos atendía era hispanohablante, probablemente portorriqueña, cuando vino a tomarnos la comanda nos dirigimos a ella en castellano. La camarera tomó nota y luego nos preguntó si éramos franceses. Le respondimos que no. ¿Qué le había hecho pensar eso? Oh, dijo ella, como habláis tan mal el español… En su momento, esta anécdota nimia me produjo una gran alegría que nunca se ha disipado. Porque comprendí que habitaba un mundo diverso, rico, divertido y con un amplísimo horizonte. Y que todas las lenguas del mundo son amables y generosas para quien las quiere bien y las trabaja.

Y aquí termino, repitiendo lo que dije al principio. Que recojo este premio con profunda gratitud y alegría, y que seguiré siendo el que siempre he sido: Eduardo Mendoza, de profesión, sus labores. Muchas gracias

Rajoy

Por José Martí Gómez

Siendo ministro de Interior cené con Mariano Rajoy una noche de verano. Le recuerdo como un hombre tranquilo, con sentido del humor y un tono displicente tirando a cínico en su visión de la política. Una frase me quedó grabada.

-Cuando sucede algo grave lo mejor es estar por ahí.

Mariano Rajoy debe haber estado “por ahí” cuando el Partido Popular andaba en el lodazal de la corrupción. Estar “por ahí” era la mejor forma de no enterarse de lo que pasaba… sabiendo lo que pasaba.

Ahora le llaman a declarar como testigo por el caso Gürtel. En teoría, un testigo viene obligado a no mentir en su declaración, cosa que si pueden hacer los acusados. Ahí está su ex colega de gabinete, Rodrigo Rato, mintiendo como un bellaco en sus declaraciones por corrupción.

Dicen algunos expertos que los casos de corrupción ya están amortizados políticamente. Lo dudo. La sombra de la corrupción sigue ahí, latente, oprimiendo a la sociedad y a la credibilidad de los partidos políticos. Y hay para años.

Sube ahora al escenario la versión teatral de la novela de Chirbes En la orilla. Relato dramático de como la corrupción política ha llegado a corromper a amplios sectores de la sociedad civil.

Esa es la responsabilidad que han contraído los líderes políticos que, como Rajoy, han estado “por ahí”, mirando hacia otro lado mientras la corrupción de los suyos  – el PP, el PSOE, CiU- se expandía.