Arxiu de la categoria: Callejeando

Perros

Por M.Eugenia Ibáñez

Los ayuntamientos deberían retirar las señales que, sistemáticamente, son ignoradas por los ciudadanos. Más fácil aún: que no las instalen. Con esta medida se conseguiría, por un lado, suprimir un costo inútil y, por el otro, evitar la pérdida de autoridad que supone el incumplimiento público de las disposiciones municipales. ¿Ejemplos? Hay muchos y variados, pero empecemos por los parques públicos.

En todos ellos, por lo menos en los de Barcelona, figuran señales con la exigencia de que los perros vayan atados, además, en la gran mayoría de esos espacios se han habilitado áreas para el uso libre de los animales. No hay pues error posible de interpretación; cada uno con su espacio para evitar molestias mutuas. Pero la realidad es muy distinta, porque es  habitual que en parques y jardines, por lo menos en los de Barcelona,  perros sin ataduras campen a sus anchas por zonas destinadas a las personas y marquen el territorio con deposiciones y micciones que sus propietarios no siempre retiran. Las ordenanzas municipales, por lo menos las de Barcelona, son claras al respecto: Los perritos deben ir atados salvo en los espacios para ellos destinados y, en caso contrario, los agentes de la autoridad municipal podrán requerir el cumplimiento de la ordenanza municipal.

Sugiero un paseo por los parques barceloneses, a la hora de asueto conjunto de perros y sus dueños. Jolgorio canino total. No hay ordenanza que valga. ¿Un ejemplo? Jardines de Rosa Luxemburg, barrio del Vall d’Hebron. A cien metros escasos de ese parque se encuentra una sede de la Guardia Urbana del distrito. Si a un vecino del barrio se le ocurre denunciar el uso indebido de ese espacio público el guardia de turno le dirá que la denuncia debe formularla marcando el 112 en su teléfono. Auténtica policía de proximidad.

Somorrostro

Por M.Eugenia Ibáñez

En 1966, la visita de Francisco Franco a Barcelona para asistir a un acto militar, la Primer Semana Naval, puso fin a más de seis décadas de existencia de uno de los núcleos más duros del barraquismo barcelonés: Somorrostro.

 

Unas 15.000 personas, ocupantes de más de 2.400 chabolas, habían malvivido durante casi seis décadas junto a una playa insalubre y residuos industriales, en una zona situada en el límite del Poblenou, junto al hoy Hospital del Mar, entonces Hospital de Infecciosos. Eran emigrantes huidos de otras miserias, de otras represiones, a los que la ciudad no había sabido acoger con dignidad. La exhibición de los barquitos del dictador  fue la excusa para que, sin aviso previo, aquellos seres humanos fueran trasladados en camiones al polígono de Sant Roc, en Badalona, a un conjunto de barracones provisionales y edificios aún en obras, sin equipamientos, apenas sin servicios. Seis días después de aquel rápido traslado, la marina española escenificó un desembarco en la Barceloneta. La playa estaba limpia de barracas, de gente, así que se supone que los militares tomaron su objetivo sin resistencia alguna.

Y el recuerdo del Somorrostro lentamente empezó a diluirse en la memoria de Barcelona, como si aquellas barracas nunca hubieran existido. Hasta que en el 2008 el Museo d’Historia de la Ciutat montó la exposición Barraques. La ciutat informal. Y siguieron estudios sobre lo que aquel pasado había significado, y libros y apareció el orgullo escondido de los vecinos de aquellos barrios. El próximo martes, día 22, a las 18,45 horas, el Born, se cerrará un ciclo de la recuperación de aquella historia olvidada, un encuentro para recordar el 50 aniversario de la desaparición del barrio del Somorrostro. Mercè Tatjer, Marti Marín Corbera, Jordi Borja, Salvador Carrasco, Julia Aceituno y antiguos ocupantes de aquellas barracas nos hablarán de lo que Somorrostro fue y significó. Para que la historia, en sus múltiples variantes, no vuelva a repetirse.

El Park Güell

Rodrigo Royo y su pancarta
Rodrigo Royo y su pancarta

M. Eugenia Ibáñez

A Rodrigo Arroyo se le puede ver en cualquier encuentro multitudinario pancarta en ristre y repartiendo pasquines políglotas, en castellano, catalán e incluso en chino y japonés, porque se trata de que su mensaje llegue a turistas y barceloneses. Es integrante de la Plataforma Defensem el Park Güell que desde hace casi cinco años pugna por el uso libre y gratuito de ese espacio, petición que ha recogido ya 60.000 firmas. Continua la lectura de El Park Güell

Fe en la política

E. Madueño

Com repeteix fins a la sacietat el director teatral Àngel Alonso, el cinisme s’ha instal·lat de forma crònica en la vida espanyola. Un cínic és, segons la RAE, algú que menteix amb desvergonyiment. Un exemple de cinisme quotidià és el de les companyies de subministrament, o les de telefonia, que en realitat ens truquen per apujar-nos les quotes però diuen que és per a millorar-nos el servei. Cínic és Josep Lluís Núñez, destructor de cantonades a Barcelona, que ara s’anuncia a la premsa dient que la seva empresa creu que «respectar el passat és creure en el futur». Cínics són els polítics que prometen millorar-nos les condicions de vida quan saben que no disposen d’un euro per fer-ho.

Però el cínic Prèmium d’aquests dies és el portant-veu del grup parlamentari del PSOE al Congrés, Antonio Hernando. Fins ara ha estat la cara i la boca de Pedro Sánchez. La boca de la qual han sortit les frases més contundents contra Rajoy i el PP. «No és No». Doncs ja veuran amb quin convenciment argumenta aquest dies que el PSOE s’abstingui per fer Rajoy president.

Wagner Moura, el 'Pablo Escobar' de 'Narcos'
Wagner Moura, el ‘Pablo Escobar’ de ‘Narcos’

En ve al cap la frase de Groucho Marx. «Aquest són els meus principis. Sinó els agraden, tinc uns altres». També un diàleg que vaig sentir a la serie ‘Narcos’ i que corrobora el sentiment general de la gent quan els preguntes si encara tenen fe en la política.

Un sicari ensenya a Pablo Escobar l’arsenal armamentístic que porta al maleter al costat d’una bossa amb tres milions de dòlars.
-Però què fas amb aquestes armes? –li pregunta Escobar–. No vas a reunir-te amb bandits, sinó amb polítics.
El sicari se li queda mirant amb perplexitat, i respon:
-Ah, ¿però no són el mateix?

Las bolsas de plástico

baixaM. Eugenia Ibáñez

Hace aproximadamente dos años, las bolsas de plástico dejaron de ser gratuitas en tiendas y supermercados con el fin de reducir el uso cotidiano de ese material. Y nos dieron las razones de aquella decisión: fabricar una bolsa dura cinco minutos y su vida útil no pasa de los diez, pero según el Programa de las Naciones para el Medio Ambiente (PNUMA) entre el 70% y el 80% de los residuos acuáticos son plásticos, así que no es descartable que el pescado que comemos contenga restos no orgánicos.

No he vuelto a usar una bolsa de plástico porque las razones que me dieron eran más que convincentes. Así que si no llevo bolsa de tela o papel al super prefiero coger los melocotones en la mano o colocarlos en el bolso mezclados con las llaves de la casa. Tampoco quiero pagar cuatro céntimos por la bolsita en cuestión porque supone poner en circulación un objeto que no sé donde acabará.

Ahora bien, cuando descargo el carro de la compra me encuentro con el siguiente panorama: tomates en una base de porexpán y envueltos en plástico; botellas de leche y agua sujetas con plástico; judías verdes con envase de plástico; fruta en bandejas y protegidas con plástico; bollería en bolsas de plástico; lechugas en recipiente y film de plástico…¿sigo? Sigo.

Si hago la compra en el super del Corte Inglés hay que pagar la bolsa de plástico, de acuerdo, pero si esa compra es en el Rincón del Gourmet del mismo establecimiento la latita de berberechos me la entregan en una hermosa bolsa de plástico. Al parecer el plus de elitismo de este rincón no perjudica a la merluza que me voy a comer.

¿No es todo ello un ejercicio de hipocresía? ¿Por qué medidas para defender el medio ambiente solo afectan al último eslabón de la línea del consumo, al más débil, al consumidor, y no a distribuidores, productores, y vendedores? ¿Por qué no se toman medidas para reducir ese uso masivo de plásticos que llegan a los hogares sin que el comprador pueda evitarlo? No se atreven.

El medio ambiente no es tan importante como para forzar otras formas de empaquetado y venta. De momento, los supermercados y tiendas han logrado no cargar con que el costo de las bolsitas de marras.

El Pont del Petroli

E. Madueño

Dona gust passejar pel nou litoral de Badalona i comprovar com la gent dels barris interiors se’l fan seu. Des que va ser inaugurat el 2012 (per l’alcalde Garcia Albiol i el ministre Fernández Díaz, ves per on), el passeig no ha deixat de revaloritzar-se. No només pel preu dels pisos que s’han construït en primera línia de mar, que també, sinó pel nivell d’utilització massiva dels nous espais públics que en fa la gent.

pont-petroliEn la remodelació del passeig i la seva conversió en pol d’atracció cívica ha jugat un paper cabdal el remodelat Pont del Petroli, convertit ara en una passarel·la mar endins des del final de la qual es poden gaudir unes vistes magnífiques sobre el frontal marítim de Badalona, el baix Maresme i Sant Adrià i Barcelona. El nou passeig marítim i el Pont del Petroli conformen una nova centralitat urbana en la que es citen passejants i esportistes, bars i restaurants, parelles de nuvis que el fan servir de marc per fer-se les fotos de boda i pescadors de canya atrets per la varietat de peixos que congrega.

Una placa recorda a l’entrada del pont (al costat de l’escultura del mono de l’anís) que l’indret –que ara també compta amb una estació meteorològica i oceanogràfica gestionada per la UPC– va ser durant més d’un segle propietat de la petroliera Campsa, i que s’ha pogut salvar com espai ciutadà gràcies a la mobilització d’un grup de submarinistes i altres forces vives de la població encapçalades pel badaloní Josep Valls.

A aquesta petita història del Pont del Petroli, explicada en nombrosos llocs digitals, li falta afegir un parell de noms més. El del periodista badaloní Enric Juliana, instigador i mantenidor de la insistent i pertinaç campanya que sota l’epígraf ‘Salvem el Pont del Petroli’ va portar a terme durant mesos el diari La Vanguardia. I el de l’ex ministre Miguel Boyer, president aleshores de CLH –hereva de Campsa i per tant propietària del pont– que, atabuixat per la campanya mediàtica es va avenir a cedir el pont.

Un día contra el olvido

Por M.Eugenia Ibáñez

El 17 de octubre, lunes, será el Día de las escritoras. Sobre las 20 horas, grupos de mujeres, y hay que confiar en que también de hombres, se reunirán en diversos locales de España para hacer una lectura continuada de textos escritos por mujeres.  El punto de encuentro en Barcelona será la Biblioteca de Catalunya y en Madrid, la Biblioteca Nacional. El acto quiere hacer visible el trabajo femenino en el mundo de la cultura, un trabajo real y mayoritario, pero casi escondido, discriminado a lo largo de la historia y aún no reconocido en la actualidad. No hay para tanto, dirán algunos. Exageraciones y lamentos feministas, como siempre, apuntarán otros. Veamos:

  • El Premio Nobel de Literatura lo han obtenido 99 hombres y 16 mujeres.
  • En 38 años de la historia del Premio Cervantes solo cuatro mujeres han sido las ganadoras. Desde 1977, el Nacional de Narrativa solo lo han obtenido dos mujeres.
  • Entre los 46 académicos de la RAE solo 7 son mujeres.

Quizá si es necesario un Día de las Escritoras para refrescar la memoria a los desmemoriados.  La cita será anual y se celebrará el lunes siguiente a la festividad de Santa Teresa, el 15 de octubre.

Y no entra en este capítulo pero no está de más recordar que la décima secretaria general de las Naciones Unidas debería haber sido una mujer. Toca seguir esperando.

 

Un Palau de la Música para bajitos

M. Eugenia Ibáñez
Periodista

Estoy convencida de que los hombres y mujeres de la primera década del siglo pasado, cuando se construyó el Palau de la Música, eran más bajitos que los actuales, en especial los que ocupaban los asientos del segundo piso, pero no entiendo por qué la profunda reforma que a partir de 1982 se llevó a cabo en el edificio de Domenech i Montaner no tuvo en cuenta que al cabo de 90 años los barceloneses habían crecido un poco e, incluso, habían aumentado de peso. Continua la lectura de Un Palau de la Música para bajitos

Colau y los libros

E. Madueño
Periodista

Incluir un texto de presentación al comienzo del libro, firmado por el alcalde, el conseller o el presidente de la institución que lo publica es un peaje que todos los autores han de pagar. Es una práctica tan generalizada y tan institucionalizada, que nadie la cuestiona. Pues bien, esa norma se ha roto en Barcelona. Los libros que se publican desde que Colau es alcaldesa ya no han de sufrir la imposición de un texto anodino –normalmente escrito por los gabinetes de comunicación– acompañado de la foto oficial del mandatario, que no aporta otra cosa al libro que hacerle propaganda a la autoridad competente en un soporte que ni él ni su partido pagan.
Ha sido esta precisamente la razón que ha dado Colau para romper con la norma. “¿Por qué tengo que salir yo en el libro, si el que lo financia es el Ayuntamiento?”
Que la alcaldesa actúe con esta lógica aplastante no quiere decir que el resto de colegas del consistorio –ni de otras instituciones públicas– lo compartan, ni vayan a ponerlo en práctica. De hecho los que tienen más necesidad de protagonismo ya han encontrado la manera de cobrarse el peaje en forma de tarjetón que se intercala entre las páginas del libro.

Clive, el hombre del sombrero de papel

img_0063M. Eugenia Ibáñez
Periodista

Le pueden ver ustedes sentado en el metro, paseando por la Rambla o en cualquier aglomeración de gente, de turistas o nativos. El personaje es fácilmente reconocible. Luce a guisa de sombrero un rectángulo de papel con un único mensaje escrito en tres o cuatro idiomas: “¿Por qué dejamos que este turismo destruya nuestra ciudad?” En la mano suele llevar una especie de aro con un agujero central que, si se lo piden, puede enmarcar el rostro del paseante curioso o el suyo propio, no importa, para convertirlo en recuerdo fotográfico. Se llama Clive, nació en un lugar de Inglaterra próximo a la frontera con Gales y lleva la friolera de 36 años viviendo en Barcelona.

 

Clive no es hombre de mítines solitarios, pero sí entabla fácil conversación con quien le pregunta el motivo de su singular acto de protesta. Y a quien lo hace le contesta que ama Barcelona, que siempre se ha sentido cómodo en la ciudad hasta que empezó a desarrollarse un modelo de turismo que considera agresivo, inadecuado e impropio. Dice que no entiende a esos visitantes que se creen con el derecho de hacer en estas calles lo que, seguro, no harían en las propias, y lamenta que ninguna autoridad de Barcelona sea capaz de exigir el cumplimiento de unas normas para que no se altere la convivencia, para que los nativos puedan seguir reconociendo a la ciudad como propia.

Le dejo en la plaza del Pi intentado convencer a unos recios mozos, creo que también ingleses, sobre la conveniencia de moderar su afición etílica.