Arxiu de la categoria: Callejeando

Monturiol’s Band

Por M. Eugenia Ibáñez

Son seis chicos y cinco niñas que forman, probablemente, la banda de música más joven de Barcelona. Estudian en el instituto Narcís Monturiol del barrio de Montbau y son continuadores de una experiencia que comenzó en el 2006, alentada por el entusiasmo de una enseñante. Aquel año, a Isabel Ribera se le ocurrió que la formación de un grupo musical podía dar salida y estimular a los alumnos más capacitados o con mayor interés. El claustro y la asociación de padres aprobaron la idea y los alumnos asumieron el reto. Así nació la Monturiol’s Band que a lo largo de más de diez años de funcionamiento ha mantenido unos rasgos de identidad muy propios: sus componentes deben estudiar en el instituto y abandonar la banda al concluir sus estudios en el centro, los tres directores que ha tenido el grupo han sido alumnos del colegio, los instrumentos son propiedad de sus intérpretes, la banda funciona con autonomía y gestiona su trabajo, ensayos y dedicación. Los adultos, maestros o padres, hacen las veces de productores para conseguir ayudas económicas o buscar actuaciones.

Este peculiar reglamento hace que la experiencia de los componentes de la banda sea muy diversa, con alumnos desde primero de secundaria, 12 años, hasta segundo de bachillerato, 17/18 años, e incluso con conocimientos musicales desiguales que han sido modelados por sus tres directores, dos de ellos hermanos, Lluch y Joan Casares, ya profesionales y con carrera consolidada, y el actual, Jordi Consegal, estudiante en la Escuela Superior de Música de Catalunya (ESMUC). Los instrumentos del grupo varían de un curso a otro, según las preferencias de los jóvenes músicos o las posibilidades de sus padres. Este año, la banda dispone de batería, dos guitarras, un bajo eléctrico, piano, dos flautas traveseras, un saxo y dos trompetas. Y suenan bien, muy bien.

Isabel Ribera, ya jubilada, y Carme Castro, actual coordinadora del grupo, aseguran que entre la Monturiol’s Band y el instituto se genera un interesante intercambio de valores. Admiración por el trabajo de los aprendices de músicos y el orgullo de tener una banda que lleva el nombre del instituto en el que todos, de una u otra forma, se están formando. La disciplina que imponen los ensayos ayuda a madurar e impone criterios de solidaridad de los veteranos del grupo hacia los novatos que se inician en los rigores del pentagrama. El colegio ha logrado un elemento singularizador por el que vale la pena esforzarse.

Tienen una media de seis salidas por curso, en fiestas del distrito, en otras escuelas, en diversos centros de los barrios. Isabel Ribera suele acudir a esas actuaciones y, si alguien le pregunta, no duda en decir que tras 36 años de ejercicio profesional la Monturiol’s Ban es una de las experiencias más interesantes que ha vivido. Es probable que, dentro de un tiempo, sus pequeños músicos acaben pensando lo mismo.

Alberto

Por M. Eugenia Ibáñez

Vive en la Zona Franca y cada mañana se traslada a la otra punta de la ciudad, al centro de la Gent Gran del Casc Antic, donde come y pasa el día. Después regresa a su barrio. Y así, hasta el día siguiente. Pero el desplazamiento de este hombre no es un viaje de ida y vuelta anodino, sin huellas, porque en ese rincón del Casc Antic Alberto deja su impronta de buen ciudadano. Se le suele ver con un cubo de agua pasando el mocho por el entorno más próximo al centro que le acoge, la confluencia de las calles de la Sèquia y Basses de Sant Pere. Si se le pregunta por qué limpia con tanto esmero un espacio mil veces pateado responderá que porque está sucio, que la gente no es cuidadosa, que por las noches sobre aquellas aceras caen muchas cosas que por la mañana nadie ha limpiado, y que el suelo se pisa y el pringue crece. Y que a él le sobra tiempo y no le importa limpiar una calle en la que pasará buena parte del día.

Creo que la estirpe de Alberto está en vías de extinción, que quedan pocas personas capaces de dar ejemplos de civismo como el suyo. Tendremos que agarrarnos a su insólito mocho y cubo de agua y confiar en que aún hay esperanza para las calles de la ciudad.

Segways

Por M. Eugenia Ibáñez

El Ayuntamiento de Barcelona ha decidido regular el uso de esos  artilugios con ruedas que proliferan por aceras y espacios peatonales, en su mayoría utilizados por turistas que aún no han descubierto el inmenso placer de callejear por una ciudad. La medida me parece perfecta, aunque  tardía por lo que se refiere a la responsabilidad de anteriores alcaldes bajo cuyo mandado comenzó esa modalidad turística.

Dicho esto, y a la espera de que las buenas intenciones se conviertan en una ordenanza y que, por supuesto, se exija su cumplimiento, la normativa que ha trascendido parece un tanto tímida, como si los responsables de su redacción no estuvieran del todo convencidos de sus objetivos. Si nos atenemos a lo que hasta ahora ha trascendido, esos artefactos –segways, ruedas, patinetes y triciclos eléctricos y chismes varios– podrán utilizarse en calles peatonales y parques públicos. Con matices según tamaño y la velocidad que puedan adquirir, circularán por carriles-bici, parques públicos y ciertas calles. Es decir, peatones y vehículos seguirán compartiendo espacio.

¿Tan difícil resulta excluir vehículos con motor, por limitada que sea su potencia, de las zonas donde, se supone, el peatón tiene prioridad absoluta? ¿Es lógico que un artefacto eléctrico comparta espacio con los niños en un parque? ¿Quedará garantizada la seguridad de un ciclista en un carril-bici  que también utilizará un segway, por ejemplo?

Me pregunto si detrás de esas ambigüedades no hay cierto temor al descontento que la nueva ordenanza puede generar entre empresas y empresitas dispuestas a convertir Barcelona en un parque temático del turismo donde se puede hacer casi de todo. La nueva normativa debería apuntar con claridad hacia el modelo de movilidad que busca el gobierno municipal de Ada Colau. Las medias tintas no nos resuelven las dudas.

Ronda de Dalt

Por M. Eugenia Ibáñez

He pasado unos 35 años siendo testigo de las peticiones que los vecinos planteaban al Ayuntamiento de Barcelona pero hasta hoy nunca había escuchado que esos ciudadanos le rogaran encarecidamente a su gobierno municipal que no hiciera nada, que les dejen como están. El escenario de ese insólito ruego es el Vall d’Hebron, barrio cruzado por la Ronda de Dalt, por la que circularan unos 200.000 vehículos diarios con niveles de contaminación atmosférica y acústica que incumplen las ordenanzas municipales de medio ambiente y todas las recomendaciones europeas habidas y por haber. Un tramo de esa ronda queda la altura del segundo piso de varios bloques de viviendas. Tras más de 20 años pidiendo al ayuntamiento el soterramiento de esa autovía urbana, en febrero del 2015, técnicos municipales presentaron un estudio de viabilidad que permitía las obras solicitadas. No se descorchó cava en el barrio, pero casi.

Un año después el nuevo gobierno municipal anuncia a los vecinos que el anterior proyecto no se llevará a cabo, porque es muy caro, porque el ayuntamiento no dispone de tanto dinero, porque no quieren hacerlo por fases y en cómodos plazos. Como paliativo, presentan una propuesta que implica, entre otras variantes, levantar un edificio de dos plantas sobre la ronda a modo de muro pantalla que evitará a los vecinos más próximos, dicen, las molestias derivadas del continuo rodas de vehículos. Y ahí es cuando esos ciudadanos entonan el ¡¡ virgencita, virgencita que me quede como estoy ¡¡, con CO2, con decibelios a troche y moche, pero sin muro pantalla, sin cemento al abrir las ventanas. Pedían mejoras, no un castigo.

Perros

Por M.Eugenia Ibáñez

Los ayuntamientos deberían retirar las señales que, sistemáticamente, son ignoradas por los ciudadanos. Más fácil aún: que no las instalen. Con esta medida se conseguiría, por un lado, suprimir un costo inútil y, por el otro, evitar la pérdida de autoridad que supone el incumplimiento público de las disposiciones municipales. ¿Ejemplos? Hay muchos y variados, pero empecemos por los parques públicos.

En todos ellos, por lo menos en los de Barcelona, figuran señales con la exigencia de que los perros vayan atados, además, en la gran mayoría de esos espacios se han habilitado áreas para el uso libre de los animales. No hay pues error posible de interpretación; cada uno con su espacio para evitar molestias mutuas. Pero la realidad es muy distinta, porque es  habitual que en parques y jardines, por lo menos en los de Barcelona,  perros sin ataduras campen a sus anchas por zonas destinadas a las personas y marquen el territorio con deposiciones y micciones que sus propietarios no siempre retiran. Las ordenanzas municipales, por lo menos las de Barcelona, son claras al respecto: Los perritos deben ir atados salvo en los espacios para ellos destinados y, en caso contrario, los agentes de la autoridad municipal podrán requerir el cumplimiento de la ordenanza municipal.

Sugiero un paseo por los parques barceloneses, a la hora de asueto conjunto de perros y sus dueños. Jolgorio canino total. No hay ordenanza que valga. ¿Un ejemplo? Jardines de Rosa Luxemburg, barrio del Vall d’Hebron. A cien metros escasos de ese parque se encuentra una sede de la Guardia Urbana del distrito. Si a un vecino del barrio se le ocurre denunciar el uso indebido de ese espacio público el guardia de turno le dirá que la denuncia debe formularla marcando el 112 en su teléfono. Auténtica policía de proximidad.

Somorrostro

Por M.Eugenia Ibáñez

En 1966, la visita de Francisco Franco a Barcelona para asistir a un acto militar, la Primer Semana Naval, puso fin a más de seis décadas de existencia de uno de los núcleos más duros del barraquismo barcelonés: Somorrostro.

 

Unas 15.000 personas, ocupantes de más de 2.400 chabolas, habían malvivido durante casi seis décadas junto a una playa insalubre y residuos industriales, en una zona situada en el límite del Poblenou, junto al hoy Hospital del Mar, entonces Hospital de Infecciosos. Eran emigrantes huidos de otras miserias, de otras represiones, a los que la ciudad no había sabido acoger con dignidad. La exhibición de los barquitos del dictador  fue la excusa para que, sin aviso previo, aquellos seres humanos fueran trasladados en camiones al polígono de Sant Roc, en Badalona, a un conjunto de barracones provisionales y edificios aún en obras, sin equipamientos, apenas sin servicios. Seis días después de aquel rápido traslado, la marina española escenificó un desembarco en la Barceloneta. La playa estaba limpia de barracas, de gente, así que se supone que los militares tomaron su objetivo sin resistencia alguna.

Y el recuerdo del Somorrostro lentamente empezó a diluirse en la memoria de Barcelona, como si aquellas barracas nunca hubieran existido. Hasta que en el 2008 el Museo d’Historia de la Ciutat montó la exposición Barraques. La ciutat informal. Y siguieron estudios sobre lo que aquel pasado había significado, y libros y apareció el orgullo escondido de los vecinos de aquellos barrios. El próximo martes, día 22, a las 18,45 horas, el Born, se cerrará un ciclo de la recuperación de aquella historia olvidada, un encuentro para recordar el 50 aniversario de la desaparición del barrio del Somorrostro. Mercè Tatjer, Marti Marín Corbera, Jordi Borja, Salvador Carrasco, Julia Aceituno y antiguos ocupantes de aquellas barracas nos hablarán de lo que Somorrostro fue y significó. Para que la historia, en sus múltiples variantes, no vuelva a repetirse.

El Park Güell

Rodrigo Royo y su pancarta
Rodrigo Royo y su pancarta

M. Eugenia Ibáñez

A Rodrigo Arroyo se le puede ver en cualquier encuentro multitudinario pancarta en ristre y repartiendo pasquines políglotas, en castellano, catalán e incluso en chino y japonés, porque se trata de que su mensaje llegue a turistas y barceloneses. Es integrante de la Plataforma Defensem el Park Güell que desde hace casi cinco años pugna por el uso libre y gratuito de ese espacio, petición que ha recogido ya 60.000 firmas. Continua la lectura de El Park Güell

Fe en la política

E. Madueño

Com repeteix fins a la sacietat el director teatral Àngel Alonso, el cinisme s’ha instal·lat de forma crònica en la vida espanyola. Un cínic és, segons la RAE, algú que menteix amb desvergonyiment. Un exemple de cinisme quotidià és el de les companyies de subministrament, o les de telefonia, que en realitat ens truquen per apujar-nos les quotes però diuen que és per a millorar-nos el servei. Cínic és Josep Lluís Núñez, destructor de cantonades a Barcelona, que ara s’anuncia a la premsa dient que la seva empresa creu que «respectar el passat és creure en el futur». Cínics són els polítics que prometen millorar-nos les condicions de vida quan saben que no disposen d’un euro per fer-ho.

Però el cínic Prèmium d’aquests dies és el portant-veu del grup parlamentari del PSOE al Congrés, Antonio Hernando. Fins ara ha estat la cara i la boca de Pedro Sánchez. La boca de la qual han sortit les frases més contundents contra Rajoy i el PP. «No és No». Doncs ja veuran amb quin convenciment argumenta aquest dies que el PSOE s’abstingui per fer Rajoy president.

Wagner Moura, el 'Pablo Escobar' de 'Narcos'
Wagner Moura, el ‘Pablo Escobar’ de ‘Narcos’

En ve al cap la frase de Groucho Marx. «Aquest són els meus principis. Sinó els agraden, tinc uns altres». També un diàleg que vaig sentir a la serie ‘Narcos’ i que corrobora el sentiment general de la gent quan els preguntes si encara tenen fe en la política.

Un sicari ensenya a Pablo Escobar l’arsenal armamentístic que porta al maleter al costat d’una bossa amb tres milions de dòlars.
-Però què fas amb aquestes armes? –li pregunta Escobar–. No vas a reunir-te amb bandits, sinó amb polítics.
El sicari se li queda mirant amb perplexitat, i respon:
-Ah, ¿però no són el mateix?