Arxiu de la categoria: Callejeando

Vandalismo

Por M. Eugenia Ibáñez

Es cierto, primero fue un acto incívico, o incluso varios, continuados todos ellos en el uso cotidiano y masivo del metro barcelonés. También acepto que el transporte público es víctima fácil del vandalismo y de la falta de educación y que no es posible colocar a un vigilante en cada vagón ni evitar que los descerebrados de turno la tomen con los espacios comunes que, por el mero hecho de serlo, deberían ser respetados. Ninguna objeción a todo lo anterior, completamente de acuerdo. Pero dicho esto, la persistencia en los vagones de metro de pintadas mal borradas, asientos rayados y garabatos cuya deficiente limpieza no hace otra cosa que dispersar la suciedad, todo eso es desidia, es negligencia por parte de quienes tienen la obligación de ofrecer una imagen correcta del transporte público y hacerlo atractivo y sugerente para todos los usuarios.

Las fotos que acompañan este texto corresponden a vagones de la línea 3 del metro y a lo largo de semanas, quizá meses, han sido el entorno cotidiano de millares de usuarios que no tienen la culpa ni del vandalismo de unos ni de la falta de rigor de quienes debieran corregir el uso incívico de un servicio público. Si el abandono genera más abandono no parece una medida adecuada mantener restos de barbaridades anteriores. Conservar la imagen adecuada del metro es hacer más atractivo el transporte público, es inducir al usuario a utilizarlo, es lanzarle al gamberro el claro mensaje de que no tiene posibilidad alguna de deteriorar una propiedad pública.

Transports Metropolitans de Barcelona debería limpiar y conservar con mayor entusiasmo y eficacia.

Paisaje roto

Por M. Eugenia Ibáñez

Pocos barceloneses conocen la existencia de esa calle, un viejo sendero que probablemente durante siglos comunicó las muchas masías que salpicaban lo que es hoy el barrio del Vall d’Hebron y que figura en el callejero actual como Camino de Sant Genís a Horta, porque esos fueron sus extremos, el antiguo municipio de Horta y la iglesia de Sant Genís. Hasta hace unos meses, parte de ese camino fue para mí la calle más hermosa de Barcelona, una de las pocas que mantenía el aire de un pasado que han arrasado las nuevas construcciones y la falta de respeto hacia una arquitectura sencilla y representativa de la actividad rural perdida.

El camino de Sant Genís antes de que se iniciaran las obras

 

El estrecho tramo situado entre las avenidas de Cardenal Vidal  Barraquer y Martí Codolar discurre entre los muros del convento de clausura de las monjas Mínimas, a un lado, y los de una institución Salesiana al otro, con la recoleta masía  de Can Peronet al final del camino. Gruesas paredes de tapial superadas por una vegetación que alejan al visitante de la ciudad y sus ruidos y le trasladan al silencio y la tranquilidad. Si quien esto lea no conoce ese rincón de Barcelona, sugiero que se lo visite lo antes posible porque ya nada será igual.

En lo que fuera huerto de las monjas Mínimas ha ido creciendo una construcción de cuatro plantas que supera el muro de tapial, rompe el perfil de la calle, mata el silencio, se levanta amenazadora sobre la hermosa masía de Can Peronet y devuelve el viejo camino a su condición de parte de una Barcelona de la que quería esconderse. Dicen en el distrito de Horta-Guinardó que el edificio, posiblemente destinado a geriátrico, cumple todas las exigencias urbanísticas aplicables a la zona. No lo sé, lo dudo, porque no hay nada tan manipulable como una normativa urbanística, pero, en cualquier caso, lo que no se ha aplicado ha sido el sentido común ni el respeto a un patrimonio histórico ya irrecuperable. Cuesta creer que quienes concedieron la licencia de obras de ese dichoso geriátrico, o lo que sea, paseara alguna vez por el viejo camino de Sant Genís a Horta. Si lo hubiera hecho con un mínimo de sensibilidad, su firma, seguro, no hubiera roto un paisaje.

Músicos

Por M. Eugenia Ibáñez

En el amplio vestíbulo que comunica la conexión de las líneas 3 y 5 del metro, en la estación de Diagonal, se oía el otro día una música poco habitual en aquel subterráneo. Casi pegada a la pared, una mujer joven tocaba en un piano eléctrico el Rondo caprichoso de Felix Mendelssohn. Delante de ella, la funda abierta de un instrumento musical y unas cuantas monedas. Se llama Merx es estudiante de música clásica y desde hace dos años frecuenta los escenarios del metro barcelonés, auditorio en el que, asegura, no encuentra barreras y toca lo que le apetece.

Dice que el ir y venir de los viajeros es casi un silencio en el que se siente a gusto, que el público no la molesta, que resulta agradable comprobar como, de vez en cuando, alguien se detiene para escuchar un ratito y sigue su viaje. Merx  se dedica a la música clásica, especialidad de la que, asegura, es muy difícil vivir. Los auditorios y salas de conciertos son escasos, no hay oportunidades para los jóvenes que empiezan y el alto precio de las entradas y la falta de promoción impiden su conocimiento por parte de la mayor parte de la población. Todo eso, insiste, convierte la música clásica en privilegio para unos pocos.

–¿Cuánto dinero puedes conseguir en una mañana de audición en el metro?

–Unos días más y otros menos, depende, pero a  veces me considero bien pagada cuando alguien me dice que nunca había oído ese tipo de música, que suena bien y que le gusta mucho.

Pasillos del metro: un escenario para todos.

Hoteles

Por M. Eugenia Ibáñez

Mantengo la esperanza de que las calles del centro de Barcelona tengan rostros reconocibles de una semana a otra, que los pequeños y medianos locales comerciales puedan repetir clientes, que las casas mantengan los buzones de sus vecinos, que las ventanas de los edificios no estén permanentemente cerradas y que, quizá, algunos balcones luzcan macetas con plantas que alguien riegue. No sé si lo anterior es realidad o  ensoñación pero si hay esperanza para que esas calles y algunos barrios no se conviertan en coto privado del turismo no nos queda otro remedio que confiar en el plan que el gobierno municipal acaba de aprobar para limitar el número de hoteles.

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Palmeras

Por M.Eugenia Ibáñez

El paisaje de los jardines de Pedralbes ha cambiado. Las dos palmeras que enmarcaban el palacio y que hasta ahora aparecían en tantas y tantas fotos de visitantes, folletos turísticos y promociones culturales, esos árboles emblemáticos han desaparecido. Han sido víctimas, quizá dos de las últimas, del morrut, el picudo rojo que a lo largo de más de veinte años ha alterado la imagen de muchas zonas mediterráneas.

En Barcelona, esa plaga de coleópteros ha acabado en los últimos diez años con casi mil palmeras, según un portavoz municipal, con un pico de 297 en el 2014, cifra que el año pasado se redujo a 82 árboles talados. Las mismas fuentes aseguran que en la ciudad se han tratado más de 9.000 palmeras y que aproximadamente el 2% de esos tratamientos no ha sido efectivo. No lo fue para los dos ejemplares de Pedralbes y tampoco para el de la plaza de La Palmera de Sant Martí. Mala suerte.

Festival Jardins de Pedralbes

Los dos ejemplares tenían la calificación de árboles de interés local y formaban parte de la historia del recinto del palacio de Pedralbes, un generoso regalo que el industrial Eusebi Güell, mecenas de Antoni Gaudí, hizo a los reyes de España tras recibir el título de conde. Lo cierto es que palacio y palmeras han vivido sin aparentes problemas la cambiante historia de España y han dado sombra a la monarquía, la república y la dictadura. Fueron residencia real entre 1919 y 1931 y cobijaron a Juan Negrín, presidente del consejo de ministros, cuando el Gobierno de la República se trasladó a Barcelona, en octubre de 1937, ya con la Guerra Civil decantada hacia el golpista Franco, militar que convirtió el recinto en su residencia en las visitas a Barcelona. Los dos árboles lo han resistido todo, incluso el elitista Festival Jardins de Pedralbes, que en verano las dejaba encorsetadas entre gradas, asientos y espectadores molestos, quizá, porque sus amplias hojas limitaban la visión del espectáculo. Lo han resistido todo menos al maldito morrut.

Imagen tomada en octubre del 2016, poco antes de la tala de la última palmera

El servicio municipal de Parques y Jardines se ha comprometido a reponer antes del verano las palmeras perdidas con ejemplares de especies  resistentes al picudo rojo. No será lo mismo, añoraremos la prestancia de aquellas magníficas palmeras, testigos talados de la historia de Barcelona, pero intentaremos adaptarnos al cambio.

Monturiol’s Band

Por M. Eugenia Ibáñez

Son seis chicos y cinco niñas que forman, probablemente, la banda de música más joven de Barcelona. Estudian en el instituto Narcís Monturiol del barrio de Montbau y son continuadores de una experiencia que comenzó en el 2006, alentada por el entusiasmo de una enseñante. Aquel año, a Isabel Ribera se le ocurrió que la formación de un grupo musical podía dar salida y estimular a los alumnos más capacitados o con mayor interés. El claustro y la asociación de padres aprobaron la idea y los alumnos asumieron el reto. Así nació la Monturiol’s Band que a lo largo de más de diez años de funcionamiento ha mantenido unos rasgos de identidad muy propios: sus componentes deben estudiar en el instituto y abandonar la banda al concluir sus estudios en el centro, los tres directores que ha tenido el grupo han sido alumnos del colegio, los instrumentos son propiedad de sus intérpretes, la banda funciona con autonomía y gestiona su trabajo, ensayos y dedicación. Los adultos, maestros o padres, hacen las veces de productores para conseguir ayudas económicas o buscar actuaciones.

Este peculiar reglamento hace que la experiencia de los componentes de la banda sea muy diversa, con alumnos desde primero de secundaria, 12 años, hasta segundo de bachillerato, 17/18 años, e incluso con conocimientos musicales desiguales que han sido modelados por sus tres directores, dos de ellos hermanos, Lluch y Joan Casares, ya profesionales y con carrera consolidada, y el actual, Jordi Consegal, estudiante en la Escuela Superior de Música de Catalunya (ESMUC). Los instrumentos del grupo varían de un curso a otro, según las preferencias de los jóvenes músicos o las posibilidades de sus padres. Este año, la banda dispone de batería, dos guitarras, un bajo eléctrico, piano, dos flautas traveseras, un saxo y dos trompetas. Y suenan bien, muy bien.

Isabel Ribera, ya jubilada, y Carme Castro, actual coordinadora del grupo, aseguran que entre la Monturiol’s Band y el instituto se genera un interesante intercambio de valores. Admiración por el trabajo de los aprendices de músicos y el orgullo de tener una banda que lleva el nombre del instituto en el que todos, de una u otra forma, se están formando. La disciplina que imponen los ensayos ayuda a madurar e impone criterios de solidaridad de los veteranos del grupo hacia los novatos que se inician en los rigores del pentagrama. El colegio ha logrado un elemento singularizador por el que vale la pena esforzarse.

Tienen una media de seis salidas por curso, en fiestas del distrito, en otras escuelas, en diversos centros de los barrios. Isabel Ribera suele acudir a esas actuaciones y, si alguien le pregunta, no duda en decir que tras 36 años de ejercicio profesional la Monturiol’s Ban es una de las experiencias más interesantes que ha vivido. Es probable que, dentro de un tiempo, sus pequeños músicos acaben pensando lo mismo.

Alberto

Por M. Eugenia Ibáñez

Vive en la Zona Franca y cada mañana se traslada a la otra punta de la ciudad, al centro de la Gent Gran del Casc Antic, donde come y pasa el día. Después regresa a su barrio. Y así, hasta el día siguiente. Pero el desplazamiento de este hombre no es un viaje de ida y vuelta anodino, sin huellas, porque en ese rincón del Casc Antic Alberto deja su impronta de buen ciudadano. Se le suele ver con un cubo de agua pasando el mocho por el entorno más próximo al centro que le acoge, la confluencia de las calles de la Sèquia y Basses de Sant Pere. Si se le pregunta por qué limpia con tanto esmero un espacio mil veces pateado responderá que porque está sucio, que la gente no es cuidadosa, que por las noches sobre aquellas aceras caen muchas cosas que por la mañana nadie ha limpiado, y que el suelo se pisa y el pringue crece. Y que a él le sobra tiempo y no le importa limpiar una calle en la que pasará buena parte del día.

Creo que la estirpe de Alberto está en vías de extinción, que quedan pocas personas capaces de dar ejemplos de civismo como el suyo. Tendremos que agarrarnos a su insólito mocho y cubo de agua y confiar en que aún hay esperanza para las calles de la ciudad.

Segways

Por M. Eugenia Ibáñez

El Ayuntamiento de Barcelona ha decidido regular el uso de esos  artilugios con ruedas que proliferan por aceras y espacios peatonales, en su mayoría utilizados por turistas que aún no han descubierto el inmenso placer de callejear por una ciudad. La medida me parece perfecta, aunque  tardía por lo que se refiere a la responsabilidad de anteriores alcaldes bajo cuyo mandado comenzó esa modalidad turística.

Dicho esto, y a la espera de que las buenas intenciones se conviertan en una ordenanza y que, por supuesto, se exija su cumplimiento, la normativa que ha trascendido parece un tanto tímida, como si los responsables de su redacción no estuvieran del todo convencidos de sus objetivos. Si nos atenemos a lo que hasta ahora ha trascendido, esos artefactos –segways, ruedas, patinetes y triciclos eléctricos y chismes varios– podrán utilizarse en calles peatonales y parques públicos. Con matices según tamaño y la velocidad que puedan adquirir, circularán por carriles-bici, parques públicos y ciertas calles. Es decir, peatones y vehículos seguirán compartiendo espacio.

¿Tan difícil resulta excluir vehículos con motor, por limitada que sea su potencia, de las zonas donde, se supone, el peatón tiene prioridad absoluta? ¿Es lógico que un artefacto eléctrico comparta espacio con los niños en un parque? ¿Quedará garantizada la seguridad de un ciclista en un carril-bici  que también utilizará un segway, por ejemplo?

Me pregunto si detrás de esas ambigüedades no hay cierto temor al descontento que la nueva ordenanza puede generar entre empresas y empresitas dispuestas a convertir Barcelona en un parque temático del turismo donde se puede hacer casi de todo. La nueva normativa debería apuntar con claridad hacia el modelo de movilidad que busca el gobierno municipal de Ada Colau. Las medias tintas no nos resuelven las dudas.

Ronda de Dalt

Por M. Eugenia Ibáñez

He pasado unos 35 años siendo testigo de las peticiones que los vecinos planteaban al Ayuntamiento de Barcelona pero hasta hoy nunca había escuchado que esos ciudadanos le rogaran encarecidamente a su gobierno municipal que no hiciera nada, que les dejen como están. El escenario de ese insólito ruego es el Vall d’Hebron, barrio cruzado por la Ronda de Dalt, por la que circularan unos 200.000 vehículos diarios con niveles de contaminación atmosférica y acústica que incumplen las ordenanzas municipales de medio ambiente y todas las recomendaciones europeas habidas y por haber. Un tramo de esa ronda queda la altura del segundo piso de varios bloques de viviendas. Tras más de 20 años pidiendo al ayuntamiento el soterramiento de esa autovía urbana, en febrero del 2015, técnicos municipales presentaron un estudio de viabilidad que permitía las obras solicitadas. No se descorchó cava en el barrio, pero casi.

Un año después el nuevo gobierno municipal anuncia a los vecinos que el anterior proyecto no se llevará a cabo, porque es muy caro, porque el ayuntamiento no dispone de tanto dinero, porque no quieren hacerlo por fases y en cómodos plazos. Como paliativo, presentan una propuesta que implica, entre otras variantes, levantar un edificio de dos plantas sobre la ronda a modo de muro pantalla que evitará a los vecinos más próximos, dicen, las molestias derivadas del continuo rodas de vehículos. Y ahí es cuando esos ciudadanos entonan el ¡¡ virgencita, virgencita que me quede como estoy ¡¡, con CO2, con decibelios a troche y moche, pero sin muro pantalla, sin cemento al abrir las ventanas. Pedían mejoras, no un castigo.