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Una secció de Miguel Aznar

La ley de los pequeños números

7.504.008 catalanes están en vilo.

Los votantes de las asamblearias Candidaturas de Unidad Popular, en cuyas manos está que haya o no haya gobierno en Cataluña y que se tire o no adelante el plan de secesión, fueron 337.794.

De ellos, los inscritos para asistir a la Asamblea de Manresa, para tratar de si las CUP apoyarían la candidatura a la presidencia de Mas, fueron 1.600.

De ellos, los que finalmente asistieron fueron 1.284.

De ellos, la mayoría que rechazó a Mas fueron 823.

La progresión (hacia dónde, no se sabe) continua: Ahora se dice que habrá más pasos.

Al parecer esto depende, ahora, de 2 de ellos. Digamos Pere y Joan.

In manus vestras commendo spiritum meum.

No a la guerra

En 1934, siendo miembro del gobierno, Chamberlain formó parte del equipo que redactó un informe sobre defensa que decía: “Alemania es el máximo enemigo potencial contra quien, a largo plazo, debe dirigirse nuestra política de defensa”. Razones tenía: Ese año el régimen nazi asesinó al Canciller austríaco Dollfuss en sus ansias por anexionarse Austria. Pero Chamberlain se mantuvo: No a la guerra.

Los demócratas austríacos se jodieron y los que tuvieron vista comenzaron a huir.

En 1937, en conversaciones con dirigentes alemanes que exponían sus reclamaciones internacionales y militares, Chamberlain se esforzó en alcanzar un acuerdo general. Sostenía que las dictaduras aparecen cuando los pueblos se sienten agraviados y que si se eliminan estos agravios las dictaduras se convierten en dictablandas. Cediendo en esos agravios Alemania aceptaría y garantizaría la paz en Europa. Y dijo: No a la guerra.

Los demócratas alemanes se jodieron.

Ese mismo año 1937, se esforzó en llegar a acuerdos con Italia, entre ellos que la marina italiana, junto con las marinas inglesa y francesa, vigilara que los submarinos ‘piratas’ italianos que torpedeaban los barcos de suministros de la República Española, no lo hicieran, como medida de conseguir la paz en España. Porque Chamberlain dijo: No a la guerra.

Los españoles se jodieron.

En 1938, según su política de eliminar agravios, planteó el asunto de devolver a Alemania sus antiguas colonias en África, dentro de un acuerdo general de paz en Europa. Porque seguía pensando: No a la guerra.

Cuando llegó la noche de los cristales rotos los demócratas alemanes y especialmente los judíos comenzaron a temblar y a joderse de verdad.

Ese mismo año 1938 llegó a un acuerdo con Italia en el que se tragaba todas atrocidades fascistas anteriores en África, España, etc. a cambio de paz en el Mediterráneo. Después de la firma, Inglaterra fue abandonando a la República Española, y Mussolini siguió enviando tropas y ayuda a los franquistas. Pero Chamberlain dijo: No a la guerra.

Los españoles se prepararon para joderse definitivamente.

Siguiendo en 1938, Hitler decidió anexionarse Austria. El gobierno inglés decidió que no podía evitarlo y dijo: No a la guerra.

Los austríacos no nazis se jodieron.

Y la merienda continuó: Hitler quiso anexionarse los Sudetes. Existía un pacto de defensa franco-checoslovaco explícitamente redactado para evitarlo, y un acuerdo anglo-francés de apoyo militar mutuo. Chamberlain le dijo a Hitler que le dijera exactamente qué quería para los alemanes que vivían en los Sudetes y que, a poco que fuera razonable, él convencería a los checoslovacos para que se lo concedieran, si Hitler se comprometía a ser razonable en el futuro. La guerra estaba en el ambiente: El Comité de Defensa comenzó a evaluar los muertos que podría sufrir el Reino Unido, y dijo: No a la guerra. Los países de la Commonwealth (Canadá, Australia, Sudáfrica…) dijeron: No a la guerra.

Los checos empezaron a sentirse verdaderamente abandonados y jodidos.

Chamberlain se ofreció a ir a Alemania para negociar. Hitler, que siempre decía: no a la guerra, se vio en la necesidad de recibirle. Chamberlain aceptó y dijo que convencería a los checoslovacos, con la ayuda de Francia, para que cediesen a Alemania todos los territorios de mayoría étnica alemana. Menos los checoslovacos, todos dijeron: No a la guerra.

Los checoslovacos se sintieron vendidos y que les iban a joder.

A su regreso a Londres, Chamberlain se enteró de que Hitler rechazaba el acuerdo y reclamaba la totalidad de los Sudetes, ya. Su reacción fue salir por la radio, en una memorable intervención del 27 de septiembre, y decir alto y claro: “Sería increíble que aquí, nosotros, tuviéramos que estar cavando trincheras y llevando máscaras de gas por una pelea en un país lejano entre gentes de las que nosotros no sabemos nada… Yo soy un hombre de paz hasta el fondeo de mi alma”. Y dijo: No a la guerra.

Los checoslovacos se jodieron.

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Chamberlain

Para rematar el año, Hitler aceptó celebrar con Chamberlain en Munich una reunión a cuatro, con Mussolini y el primer ministro francés como invitados. Allí se concedió a Hitler todo lo que quiso. Al regreso, en el mismo aeropuerto (más o menos por donde ahora está Heathrow) soltó un discurso en el que proclamó que se había conseguido “Paz para nuestro tiempo” y enseñó el documento firmado. La multitud, entusiasmada, estuvo con él: No a la guerra.

Los demócratas europeos se sintieron vendidos y sospecharon que les iban a joder a todos.

Llegó el 1939 y Hitler invadió el resto de Checoslovaquia. Chamberlain se sintió engañado. Pero dijo: No a la guerra.

Los checoslovacos, además de jodidos, comenzaron a ser masacrados.

Mientras, en Oriente, Japón había invadido China y, de paso, había confiscado los ferrocarriles ingleses de la China. El gobierno británico se limitó a emitir una nota de protesta y solicitó a los Estados Unidos una alianza para parar los pies a los japoneses en el Pacífico. Roosevelt dijo: No a la guerra. Chamberlain dijo: OK. No a la guerra.

Los chinos siguieron siendo jodidos y masacrados. Pero estaban muy lejos y eran chinos.

En ese 1939 los alemanes y los soviéticos establecieron una serie de progresivos acuerdos desde comerciales hasta de no agresión. Su filosofía era que existía un elemento común en la ideología de Alemania, Italia y la URSS, que era la oposición a las democracias capitalistas occidentales. Los rusos renunciaron a la expansión mundial de su revolución y dijeron: No a la guerra.

Los ciudadanos de Centroeuropa, del Báltico al Mar Negro, comenzaron a sentirse vendidos y a prepararse para que les jodieran.

A la vista de la destrucción del Estado Checoslovaco, Chamberlain decidió dar un discurso en Birmingham, diciendo que a la guerra se llegaría ‘si fuera necesario’. Luego a su gabinete les precisó que había llegado a la conclusión de que el comportamiento de Hitler hacía imposible continuar sobre las antiguas bases, que los líderes nazis no merecían confianza y que si seguían en esa dirección habría que hacer algo… Pero que, por el momento siguió diciendo: No a la guerra.

Los países centroeuropeos, desde Polonia a Rumania, por su parte, empezaron a pensar que la cosa estaba jodida para todos ellos.

Fue entonces, con España ya entregada al nazismo, que reventó el tema del corredor de Dantzig. Dantzig era un pedazo de la Prusia Oriental separada de Alemania por un corredor por el que Polonia se asomaba al mar. Hitler lo quería. Al mismo tiempo, en China, los japoneses reclamaron la entrega de algunos chinos que decían estar escondidos en Tien Tsin un enclave ingles al norte del país. Los japoneses controlaron a los ingleses y especialmente a las inglesas desnudándolas para registrarlas bajo amenaza de las armas. Un tanto feo, pero, en fin, nada que no hicieran los franquistas con las sospechosas de ser rojas en aquellos tiempos y aún muchos años después, sin que los ingleses protestaran por ello. El problema fue sólo diplomático porque Chamberlain alertó a la Royal Navy pero dijo: No a la guerra.

Los ciudadanos y ciudadanas de medio mundo se jodieron y pensaron que, bien mirado, aún podía ser peor.

Adolf Hitler saluda a las tropas de la Wehrmacht en Varsovia, Polonia, el 5 de octubre de 1939 después de la invasión alemana
Adolf Hitler saluda a las tropas de la Wehrmacht en Varsovia, Polonia, el 5 de octubre de 1939 después de la invasión alemana

El problema, claramente, estaba maldito: Hitler quería una guerra contra Polonia, porque quería anexionarse el país y Chamberlain se limitaba a preguntar qué condiciones pedía Hitler para mantener la paz, con el argumento de que la guerra era la peor salida del problema. Cuando la invasión comenzó Chamberlain dio a Hitler una última oportunidad: Si se retiraba se consideraría que, pelillos a la mar, aquí no pasa nada: No a la guerra.

Los polacos morían como moscas.

Cuando la guerra comenzó, Chamberlain se dirigió al pueblo británico para expresar su amargura porque había fracasado buscando la paz y diciendo que no podía creer que no hubiera otra alternativa y que Hitler hacía trampas y que no era de fiar.

Luego se fue al Parlamento y, desolado, declaró que todo aquello en lo que había creído, todo aquello en lo que había puesto sus esperanzas, se había hecho pedazos, por lo que ese era un día triste para todos, y, para él, para el que más. Al parecer no pensó que igual era aún más triste para todas las víctimas del nazismo y sus aliados, todos esos muertos y maltratados en el mundo, desde España hasta la China, desde Austria hasta Abisinia, desde Checoslovaquia hasta Polonia.

Chamberlain comenzó la guerra con mala pata: Un lío de nombramientos ministeriales y el fracaso de la expedición a Noruega para defenderla del ataque nazi. Entonces, en los Comunes, Leo Amery, un íntimo amigo suyo se levantó y le dedicó las mismas palabras que Cromwell dirigió a lo que quedaba del Parlamento de Carlos I:

You have sat too long here for any good you have been doing. Depart, I say, and let us have done with you. In the name of God, go.

“Ya ha estado aquí demasiado tiempo sin hacer nada útil. Le digo que se vaya y que nos libre de usted. En nombre de Dios, váyase”. El uso del you valía tanto para el plural de Comwell como para el singular de Amery.

Su gobierno, que para eso era conservador, ganó la votación. Al día siguiente los alemanes invadieron los Países Bajos. Hasta aquel momento Chamberlain creyó que todo era un malentendido, que se trataría de una pequeña guerra aislada y limitada y que un bloqueo económico británico bastaría para volver las cosas al orden. O sea, básicamente: No a la guerra.

Chamberlain tenía más vergüenza torera que otros gobernantes conservadores: Presentó su dimisión al rey y recomendó nombrar premier a Churchill. Su ‘no a la guerra’ supuso, para el Reino Unido y para toda la Humanidad, blood, toil, tears and sweat. Él se murió a los seis meses.

Setenta millones de muertos y treinta millones de desplazados, además de todas las atrocidades anteriores al comienzo oficial de la guerra, fue el precio que costó el caballeroso comportamiento de un gentleman inglés amante de la paz con unos desalmados dispuestos a la masacre. No seré yo quien haga el reparto de cuántos muertos le tocan a cada uno.

Moraleja: La guerra no estalla y nos envuelve porque digamos ‘sí’ o ‘no’. Si otros nos la montan nos arrasará tanto si decimos ‘no’, o ‘sí’, o nos quedamos discutiendo si son galgos o podencos.

 

¿Catarsis o espectáculo morboso?

La actual situación política en Cataluña y en España podría bien definirse como de exhibicionismo impúdico: Toda la basura acumulada en el último siglo está siendo sacada a la luz con absoluto deleite de todo el personal: de los que lo sacan con gestos justicieros y de los que contemplan el espectáculo con escándalo hipócrita. Nunca tantos lo habían pasado tan bien a cuenta de otros tantos.

Bien cierto es que todo se sabía, pero unos y otros disimulaban, primero por aquello de ‘hoy por ti mañana por mí’ y luego pensando que mejor tener la bala en la recámara para cuando pudiera hacer más daño.

Ya está: ya llegó el momento de tirar de todas las mantas y mantones y ya tenemos a todo el personal político con las vergüenzas al aire y a todos los votantes escandalizados fingiendo que no sabían nada y que los políticos les tenían engañados. ¿Y ahora qué?

Los viejos sabios trágicos griegos dirían que la situación es magnífica: ¡Es la hora de la catarsis! El horror y el dolor por lo presente, con incestos, crímenes rituales, cadáveres insepultos, ojos taladrados, etc… deberá servir para lograr una purificación general y todo el mundo se irá a casa con buenos propósitos y promesas de sensatez para el futuro: No más corrupción, no más demagogia, no más embustes, no más totalitarismo, no más disimular ni decir que no nos dábamos cuenta…

Desgraciadamente hay una opción B: Los políticos, sintiéndose ya justificados con sus stripteases, preparan sin demasiado disimulo su vuelta a las andadas. El personal, entusiasmado ante el espectáculo que le ha proporcionado emociones a raudales, como nunca antes, aplaude para que siga el show: ¡Otro toro, otro toro…! Que no decaiga.

En el viejo chiste de los dos cazadores, en realidad nos deberíamos preguntar: ¿El vivo era realmente idiota? ¿O era tan profundamente neurótico que se dejó arrebatar por su sed de emociones morbosas? ¿Qué nuevas instrucciones, en el fondo de su alma retorcida, esperaba que le dieran los del 112 para que su excitación no decayera?

Y, volviendo a nuestra realidad: ¿Qué son más los españoles: sensatos laboriosos que quieren trabajar para mejorar o cainitas serviles que quieren ver como el toro coge al torero? ¿Qué son más los catalanes: assenyats coherentes que quieren lo mejor para hoy y sobre todo para mañana, o arrauxats que están dispuestos a disfrutar reventando el mundo (aunque sólo sea este pequeño rincón) para darse el gusto de vivir el espectáculo?

¿De verdad el cartero llama dos veces?

Debía tener yo siete u ocho años cuando me regalaron Las Aventuras de Tom Sawyer. No se trataba de una mamarrachadilla abreviada, sino de una magnífica traducción, en formato pequeñísimo – Colección Crisol– cubiertas de piel roja y papel biblia, que, además, contenía dos secuelas. Su lectura me abdujo, como poco antes me había pasado con el Emilio -no el de Roussau, sino el de Kästner-, con Guillermo el de Crompton  y con las Just so Stories de Kipling, pero mucho más. Aquel diminuto libro me acompañó en el bolsillo, durante años, en viajes, excursiones y visitas poco interesantes. Acabó con su piel destrozada por arañazos pero yo lo leí cientos de veces. Cuando unos años después lo afronté en inglés, temiendo su lenguaje coloquial decimonónico americano, me di cuenta de que lo entendía todo porque sabía, línea a línea, lo que iba a decir. Eso me permitió afrontar el Huckelberry Finn, que desde entonces consideré una obra maestra de los libros de viajes iniciáticos, a la altura del Quijote, el Pickwick, la Odisea o el Peer Gynt. Creo firmemente que sin ellos yo no sería yo.

En aquel pequeño volumen de Aguilar, como he dicho, había dos secuelas que claramente eran corridas de beneficencia a favor del autor. La segunda de ellas, una inverosímil Tom en el Extranjero, contenía una narración que, más allá de la intención satírica del autor, me asombró. Se trata de la historia de Nat Parsons, el viejo cartero del pueblo que durante treinta años, hasta las aventuras de Tom por el Mississippi, había sido la persona más viajada del territorio.

Su relato era una epopeya: Joven cartero en el pueblo, le llega una carta de destinatario inidentificable. Ansioso por cumplir con su deber se patea el condado buscándolo y al no conseguirlo se angustia durante semanas; como no puede cobrar los diez centavos al destinatario (sistema de pago de la época) siente que está robando al Gobierno: la esconde bajo el suelo, pero cuando alguien se acerca  a ella teme que descubrirán su secreto; la entierra, pero sucede lo mismo. Se vuelve raro, hasta el punto que los vecinos sospechan que debe haber matado a alguien; si fuera un forastero, ya le habrían linchado…  Desesperado decide ir a suplicar misericordia al Presidente de los Estados Unidos, en Washington: Cuatro semanas de viaje en barco de vapor por el río, luego en diligencia y finalmente a galope. El llegar a la capital se entera de que el Presidente está en el Capitolio y luego se va a Filadelfia. Su caballo está reventado. Alquila un coche desastrado que conduce un negro al que promete una propina si llega a tiempo. El negro azuza al caballo a tope, mientras el coche se va destrozando por el camino y Nat, atrapado entre los restos, llega corriendo, descalzo y con la ropa hecha jirones. Se postra ante el Presidente, le expone su caso, recibe su perdón y regresa.

descargaLa historia, claramente, era una barbaridad. Pero necesitaba tener un fondo creíble para que fuera aceptada por los lectores: Podía ser satíricamente exagerada en la forma, pero precisaba de una base de credibilidad, que era precisamente ésta: El servicio postal, el trabajo de cartero, era algo sagrado en aquel inmenso país que pretendía ser algo serio; y la gente así lo creía. Con esta historia entendí entonces por qué el Pony Express de Búffalo Bill y compañía era tan importante. Cuando muchos años después tuve ocasión de ver una película de Kevin Costner (en casa le llamamos ‘Culito’, por su manía de enseñarlo siempre que podía), prototipo de patrioterismo y sentimentalismo y que fue una ruina de crítica y taquilla, que se llamaba The Postman, en la que en un mundo postapocalíptico el país (los USA) y el mundo, se rehacen gracias a la fe de los americanos en la importancia de su servicio postal, entendí que Culito se comprometiera en dirigirla, producirla y actuar en ella: La idea motriz del argumento estaba en el ADN de los americanos. Otra cosa era que el producto mereciera los premios Razzie al peor actor, el peor director, la peor película, el peor guión y la peor música…

Estos días se celebra el juicio contra un cartero, en Málaga, por quemar miles de cartas no repartidas. La policía logró salvar del Fahrenheit, 3.583. El cartero había pasado medio año sin repartir correspondencia y decidió resolver el problema por las bravas; se ve que tenía poca fe en ir a postrarse a la Moncloa. La noticia, que según los estándares americanos descritos, allí hubiera sido un escándalo, aquí a penas merece unas líneas en interior, página par.

Me he pasado años quejándome del desastre del correo en España. Durante años, en mi pueblo, por hablar sólo de primer mano, hemos sufrido retrasos de entregas de meses, distribuciones aleatorias por los buzones del barrio, sacas vaciadas detrás de tapias de casas deshabitadas, volantes de recogida de paquetes o certificados dejados en el buzón sin llamar a la puerta… y siempre con prepotentes justificaciones basadas en derechos que les conferían a los de Correos unas misteriosas normas de la Unión Postal Universal. Durante este tiempo hemos visto, todos, como el muy substanciosos negocio de paquetería, ante tanta inoperancia postal, se desviaba hacia empresas privadas que se han forrado y lo siguen haciendo, mientras los españoles seguíamos pagando las pérdidas, durante décadas no cuantificadas, del servicio de Correos.

Ahora parece ser que a uno de los pequeños culpables de tanta mierda se le juzga con la amenaza de que le inhabiliten por seis años. Eso, claro está, siempre que el jurado no le aplique la doctrina Camps y opine que lo hacía por el bien del Partido (del Partido de los miembros del jurado) y dejen la canallada impune.

Que Berlanga (¡Culito, no!) resucitado nos haga una película, para que, al menos, saquemos algo de todo esto…

¡Fuego!

Por Miguel Aznar

Hace un millón y medio de años el homínido y la homínida de turno empezaron a manejar el fuego, aunque con bastante poca traza. Tardaron un millón de años en comenzar a controlarlo para diversos usos. Y no ha sido hasta hace unos pocos siglos que se inventó la chimenea, que, para los de letras, recordaremos que no es un canuto para que el humo se escape sino una sofisticada máquina que, caliente ella y llena de humo caliente, ejerce una fuerza de ascensión (como los globos) llamada ‘tiro’, que tira del humo hacia arriba e impide que se reparta por la habitación en la que está encendido el fuego, cosa que ocurriría si no hubiera ninguna salida excepto la entrada del habitáculo (o sea, una cueva) o si hubiera un simple agujero para que el humo intentara escaparse motu propio, cosa que en general va contra su mudable genio. Dicho así parece poca cosa, pero eso significa que, para bronquios negros, los del homo erectus y demás familia, que si no murieron todos de cáncer de pulmón fue porque antes se los jamó un tigre de dientes de sable o un vecino con gazuza. O, simplemente, murieron en ese otro invento, la guerra, que en el fuego encontró un arma complementaria a las quijadas de burro y otros artefactos incisivo-contundentes.

Ese profundo tema de meditación me vino a la mente al contemplar varias veces seguidas (no podía apartarme de la pantalla) el cazabombardero ruso cazado cuando intentaba bombardear por otro cazabombardero turco, que caía entre llamaradas intermitentes hasta que desaparecía detrás de una loma y una nube de color negro-humo-de-petróleo, nos anunciaba que había terminado su cazabombardera existencia. Anunciando también que se abría una rifa general para ver si nos tocaba un apocalipsis con todos los fuegos de todos los infiernos.

Porque en un millón y medio de años de fuegos de madera en grandes dosis, teníamos otras formas de morirnos y matarnos desde fuera. Y cuando encontramos la forma de evitarlo, descubrimos el fuego de madera en pequeñas dosis, de picadura, hojas enrolladas o cilindrines, que nos mataba desde dentro. Más o menos al tiempo que inventábamos el fuego de líquidos y gases fósiles y el fuego químico que, técnicamente utilizados, podían matar al por mayor.  Y, por si eso no fuera poco, nos hemos ingeniado la manera de hacer fuego con materiales que parecerían simples piedras incombustibles, si no fuera porque pueden quemar a lo bestia, por millones de esos hombrecillos y mujercillas descendientes más o menso directos de esos palurdos erectos que se creían importantes porque habían aprendido a controlar, manejar y aprovechar el fuego.

Y viendo cómo el cazabombardero cazado y bombardeado caía entre llamaradas de fuegos, no ya fatuos sino sencillamente majaderos, pensaba en que alguien que se sabía con posibilidad de montar el fin del mundo preguntó: “¿Fuego?”. Y alguien que decidió que jugaba a la ruleta rusa respondió: “¡Fuego!”. Y allí que fueron. Y allá que vamos.

–  ¿Ves? ¡No pasa nada…!

… dijo el gilipollas que jugó a la ruleta ruso cuando oyó el clic.

Asfalto azul y cielo gris

Jardiel, demás de un gran versificador, fue un poeta, aunque probablemente por vergüenza se limitaba a colocar disimuladamente pequeñas píldoras de poesía entre raudales de humor.

La primera vez que estuve en Nueva York aparecí por una boca de metro de la quinta avenida: Tal como subía las escaleras la vista no se ensanchaba: más allá del agujero sus paredes se alargaban hacia el cielo y llegué a la calle con la cabeza echada para atrás intentando ver una nube entre los rascacielos, mientras la gente me miraba como si yo fuera un marciano. Había leído a Jardiel desde crío y me vino a la cabeza un par de líneas del verso que dedicó a esa ciudad:

… y el cielo pilla tan lejos
que nadie mira a lo alto.

Lo mismo me pasó con París. La primera vez que me acercaba recordé:

París, París, voilà París!
…asfalto azul y cielo gris…

Luego resultó que llegué de noche, y tuve que esperar al día siguiente para comprobar que, efectivamente, el cielo era gris, pero gris, gris; y el asfalto azuleaba, al menso por comparación, excepto allí donde lo que había eran adoquines (en el que luego sería mi barrio y en muchos barrios más) hasta que llegó el ’68 y las brigadas municipales los retiraron por considerarlos peligrosas armas de guerra, dejando pequeños arcos de granito en el pavimento, a modo de muestra y añoranza de lo que fue.

Vista del canal de Saint-Denis y edificios de la comuna
Vista del canal de Saint-Denis y edificios de la comuna

En aquel mismo poema había otra referencia: Hacía rimar “aristocracia en flor de lis” con “Saint Denis”. Naturalmente fui a conocer la basílica de la torre viuda, en donde reposan los restos de los reyes de Francia, si es que quienes los recuperaron después de la revolución acertaron al señalarlos, después de la destrucción antimonárquica ritual. Aquello era toda la aristocracia y flores de lis que quedaba allí. En aquellos años era un municipio de la proche banlieue, dentro del continuo edificado de París, habitado por clases populares discretas.

Años después tuve una oportunidad de conocer más la zona: En la primavera del ’66 se presentó, en el teatro Gérard Philipe, cerca de la revuelta que da por allí el Sena, Ronda de Mort a Sinera, en la versión que Salvat había estrenado un año antes en Barcelona y que nos había alucinado a todos. Yo fui especialmente para ver un amigo que, finalmente, no llegó. Y me encontré con otro espectáculo insólito, además del ya conocido que se representaba en las tablas: La sala estaba llena a rebosar de catalanes emigrados al final de la guerra, que añoraban delicuescentemente su tierra y que aplaudían a rabiar a cada referencia de su pobra, trista, dissortada pàtria que aparecía en escena y de la que se ausentaron veinticinco o treinta años antes.

Me mezclé con ellos, indagué y me enteré: Allí, en Saint Denis, y al lado en Aubervilliers y también en alguna comuna vecina de la banlieue norte, estaba el grueso de los catalanes, junto con gran número de españoles, escapados en los peores momentos del país. Allí se habían instalado al lado de los sencillos franceses originales y algunos otros emigrantes de aquí y de allá; pero, de alguna manera, ellos eran los que marcaban un poco el estilo del barrio. Eran republicanos y más o menos de izquierdas y esperaban que algún día las cosas cambiarían en Cataluña y en España; y participaban discretamente y remotamente en las actividades antifranquistas que se montaban en las calles del barrio latino o en la Mutualité en las que los españoles que estudiábamos en las universidades de París nos movíamos como Pedro por su casa.

Poco tiempo después llegó el mayo del ’68, y París se dio la vuelta. El mundo serio y bastante organizado de la izquierda española se incorporó moderadamente a la movida y el Colegio de España de la Ciudad Universitaria jugó sus bazas en ello. Hasta que, de repente, apareció una turba de esbojarrats destructores e incendiarios que después de amenazar a los estudiantes que allí se encontraban, diciéndoles que iban a matarles por franquistas, arrasó el Colegio y le metió fuego por donde pudieron, que gracias a Dios no fue demasiado porque eran tan brutos que, ellos que querían incendiar el mundo, por no saber no sabían ni pegar fuego a un edificio. Se dijo que Arrabal, que fungía de anarco divino, se jactaba de haber sido quien montó el asalto. En todo caso parece ser que aquellas bestezuelas provenían en buena parte de Saint Denis y otras comunas vecinas: era los hijos de aquellos moderados izquierdistas republicanos que se habían echado al monte y ya que no podían pasar el Ebro, al menos pasaban el Sena.

Con los años, me dijeron después, los viejos republicanos se han ido muriendo y sus hijos se han ido adaptando y ahora son franceses que en buena parte votan a Le Pen, y que, por poco que han podido, se han mudado a barrios de más categoría, que últimamente todo aquello está lleno de moros y otras gentes de mal vivir. Ahora han hecho un campo de fútbol monumental, pero los que allí van son de fuera; y, desde luego, sigue estando la basílica, pero aquello es como la tumba de Napoleón, sólo para colegios y turistas.
Y así es como estaban las cosas hasta que la realidad ha estallado, para unos real y para los demás metafóricamente, en nuestras narices, y nos enteramos que nuestro Saint Denis, como nuestro ‘rincón del diablo’ y parece ser que todas nuestra vieja Europa, se está yendo al infierno.

Al otro lado del canal

El día de San Jaime de 1.963 salíamos un compañero y yo en autostop de Vézelay hacia Chartres. Íbamos saturados de espiritualidad y de historia, que no en vano allí San Bernardo predicó cruzada y el Rey de Francia y Ricardo Corazón de León se reunieron para ir de guerra santa a Palestina.

Al poco nos paró un camión cargado de gente más o menos desarrapada, cosas de las normas de circulación de la época, que lo permitían. Subimos y nos acomodamos como pudimos. Al bajar, a la entrada de París (tuvimos que llegar a Chartres en tren) ya nos habíamos hecho amigos de la banda y habíamos quedado para vernos en su casa, en Bruselas.

– La encontraréis sin problema: en la rue de la Poudrière. Todos nos conocen.

Muchas veces, en los doce años siguientes, tuve ocasión pasar por allá; siempre que tenía que ir por un curso o un congreso o un trabajo a Bélgica, u Holanda o Luxemburgo o Renania pasaba allá unas horas o unos días.

Aquel invento, que ellos llamaban Comunidad, y la gente por su ubicación añadía ‘de la Poudrière’ (el viejo polvorín que dio nombre a la calle), tenía su origen en una decisión tomada cinco años antes de nuestro primer encuentro por el superior de la orden de los Oblatos que, sabía que aquellos andurriales, los alrededores de la vieja puerta de Ninove que la gente llamaba ‘le coin du diable’, el rincón del demonio (inmuebles muy viejos con pésimos servicios y habitados por el más abandonado proletariado urbano), carecía de asistencia religiosa de cualquier especie.

El superior era una persona con vista: Envió a père Aimé, cura de gran espiritualidad y escasos recursos físicos, y a père Léon, una fuerza de la naturaleza con aspecto de descargador de los muelles y entusiasmo para movilizar una nación. Les dio instrucciones inhabituales para una misión inhabitual: Se trataba sencillamente de ‘estar presentes’, dar testimonio de su fe y hacer lo que consideraran oportuno.

Un matrimonio muy cristiano, Lion y Poney con dos hijos pequeños, les propuso unirse a ellos. Era una locura, pero aceptaron. Se buscaron un local donde instalarse y pusieron en común los sueldos: el muy modesto del seglar y las propinas aún más modestas que los curas iban sacando haciendo alguna chapuza. La segunda locura fue aceptar con ellos a un sin techo que les fue a pedir que le recogieran: la primera reacción fue decirle que no; la segunda fue decirle que sí; lo que vino a continuación fue una riada de clochards que les llegaron allá.

Aquella gente no estaba para que les predicaran sermones; mencionar palabras como ‘caridad’ o ‘amor’ hubiera generado malentendidos. Allí se predicaba la ‘amistad’ en la práctica constante. No se trataba de ‘trabajar para los desheredados’, sino de ‘trabajar con los desheredados’. Y se compartían alegrías y penas: el cumpleaños de uno de los críos de la comunidad, o la noticia de que varios compañeros de los curas habían sido asesinados en el Congo. Y se invitaba a todos los que allí estaban, más o menos fijos o de paso, a prestar servicios a la gente del barrio, simplemente por amistad, aceptando las propinas que eventualmente alguien que pasara un buen momento les quisiera dar.

Aquel rincón del diablo tenía, ya lo he dicho, unas viviendas horrendas, pero había muchas. El barrio aún no se había recuperado de la guerra, acabada quince años antes. Los alquileres eran bajos y todas las familias estaban dispuestas a cambiar su chamizo por otro algo mejor o algo más barato. La gran dificultad era la mudanza: incómoda (ningún ascensor en el barrio, por supuesto) y, si la tenías que contratar, carísima. Père Léon, con sus anchas espaldas comenzó a realizar él solo este servicio completo: Mueble a mueble, bajar y subir escaleras y desplazarse por la calle. Al poco apareció un carro de mano y, algo después, un viejo camión (el camión que nos recogió cerca de Vézelay). Los sin techo colaboraban como podían, que era poco. Père Léon convenció a quien correspondiera para que las autoridades les confiaran algunos delincuentes juveniles en trámites de recuperación, que se incorporaron con entusiasmo aportando una fuerza física que los pasantes ocasionales que nos incorporábamos a las tareas envidiábamos: después de subir y bajar escaleras cargado con un armario tu espalda y tus manos te dicen que eso de los gimnasios es una mariconada. Entonces me enteré que la alegre pandilla que conocimos en la carretera eran los delincuentes juveniles que père Léon, después de unos días de trabajo muy duro, había sacado de excursión a un campamento en Francia y que ya iban de vuelta.

El superior, compadecido, les envió a père Noël (no era un chiste) como ayuda. Los domingos por la noche celebraban misa en una nave que habían convertido en iglesia, decorada con las pinturas murales que habían hecho los críos de la comunidad y del barrio. A nadie de la comunidad se le sugería que asistiera, y unos iban y otros no; pero cientos de habitantes del barrio redescubrían la educación religiosa que habían recibido de niños en su pequeños pueblos y llenaban el local, hasta el punto que era habitual que varias docenas de personas siguieran los rezos desde la calle. Entre los asistentes, sin ninguna posición de privilegio, solían mezclarse discretamente vestidos algunos de los generosos donantes que facilitaban las cosas cuando económicamente iban demasiado mal. Un domingo de invierno, con un frío que pelaba y aguantando el aguanieve en la calle, el delincuente juvenil que me acompañaba me dio un codazo y me señaló con la cabeza:

– Prince Albert.

Efectivamente, allí a mi izquierda, con un abrigo gris cruzado, apretado entre la gente de la calle que nos dábamos calor los unos a los otros, el hermano y heredero de Balduino (sin su decorativa esposa) escuchaba la homilía (breve en honor a los que aguantábamos a la intemperie) que père Aimé nos dirigía, aprovechando que el Jordán pasa por Palestina para predicar la Amistad. Entre todas las gentes.

Todo el mundo, con las ideas que tuviera, con las creencias que profesara, era bien recibido y bien tratado. No había diferencias si alguien llegaba de un barrio pijo o del extranjero. Menos aún si los que se acercaban eran de este lado del canal que bordea el bulevar, a pocos metros de la Poudrière, o del otro: Todo era el mismo rincón del diablo.

Este lado del canal es Bruselas. El otro es Molenbeek.

El punto de ‘rauxa’

Los periodistas, comentaristas y tertulianos españoles, especialmente los nuevos conversos de la Brunete mediática, después de meses y años de explorar todos los insultos, denuestos, improperios, injurias, agravios, ofensas, humillaciones, ultrajes, desprecios, agravios, burlas, mofas, befas, escarnios, vilipendios, infamias… (para descalificar al adversario el castellano es una lengua riquísima), y de acumularlos sobre todos los que pudiera parecer que defienden el derecho a expresar las voluntades propias; exhaustos ante tan magna obra, se sienten vacíos, porque ya les resulta incomprensible lo que pasa y para ganarse los garbanzos diarios se consideran obligados a desbarrar de cualquier manera, por infame que sea, como comparar el soberanismo catalán con la yihad, sin ir más lejos, o para defender que el actual sistema de total control del Estado implantado por el PP no es heredero del franquismo, como si los cadáveres que se pudren en las cunetas fueran de perros y los torturadores que disfrutan de sus pensiones fueran hermanitas de la caridad.

Los más discretos simplemente aburren cuando hablando de Cataluña remachan hasta la náusea: ‘Es ridículo’. Cuando un español se ve en la necesidad de repetir una y otra vez ‘es ridículo’ es que ha llegado al límite de su comprensión. Y esto pasa incluso con gente tan sensata y con genes catalanes como San Iñaki Gabilondo Pujol.

Permítanme, ilustre Pléyade, que yo, sin un solo apellido catalán, les ilustre:

El catalán lleva grabado a fuego en su ADN mental el seny, eso que Rajoy y otros lectores de Marca llaman ‘seni’. Ese seny le empuja a sufrir con paciencia las molestias y flaquezas de su prójimo, que es obra de misericordia, especialmente si el prójimo que molesta es más fuerte; y a contentarse con sacar a cambio alguna ventajilla si se puede (‘peix al cove’, dice para consolarse) y, si tanto le tocan lo que no suena, quejarse, aun sabiendo que los macarras de la clase le harán bullying señalándole con el dedo, mientras le dan patadas en el culo, diciéndole: ‘¡Victimista! ¡Victimista! Y por eso el catalán trabaja con la cabeza gacha sabiendo que de cada euro que gana un buen cacho se va y no vuelve porque se dedica a menesteres que se califican de ‘hacer iguales a todos los españoles’, mecanismo que al catalán le cuesta de entender porque lo que ve, cuando va hacia aquellos iguales, es unos medios gratuitos generosamente esparcidos cuando él los que aquí utiliza los está pagando con peajes, y trucos por el estilo. Y se calla y se aguanta, porque su seny le ha enseñado que, si se queja, es peor: La llamarán pesetero, mal español, traidor… y le enviarán a los inspectores de Hacienda a tocarle los cataplines mientras se ríen en sus barbas.

Pero un día, los catalanes, así, en general, deciden que prou!. Y comienzan a decir que así no quieren seguir, y que alguien haga algo. Tal como estaba en el guión, se desencadenan todas las furias de la España eterna y a los simples insultos, denuestos, etc… se suman las amenazas y los chantajes: “Todos los derechos que os creías que teníais era porque os los habíamos concedido. Pero si os ponéis en este plan os retiramos esos derechos de la misma manera que os hemos retirado ya el dinero: Ahora, aplicando la doctrina Guerra, venid a mendigar el alpiste”.

Entonces, cuando la cosa se alarga y se complica, en la gente – no en toda, claro está, pero si en mucha, mucha gente – aparece ese contra-seny que, aunque escondido, está en el ADN catalán: la rauxa.

Y eso es lo que hay ahora. No en la mente de gente como Durán y otros prohombres de pro. Ni en la de Arrimadas, y otras personas como ella que del ADN catalán no saben ni la A. Ni en muchos grandes empresarios que saben que ‘la pela és la pela’. Pero sí en mucha, mucha gente, que es la que está impregnando el ambiente de aroma de rauxa y hace que los medios españoles se pongan histéricos y desbarren hablando de ‘locura’ un día tras otro.

Hace tiempo que avisé que se percibían muchos síntomas de rauxa por el ambiente. Ahora una encuesta sobre intención de voto me ha confirmado una situación que me temía desde meses atrás: Ante la posibilidad de que haya unas nuevas elecciones catalanas dentro de poco, las intenciones de voto se mantienen similares a los resultados de la última vez, excepto las de la CUP, que crecen  mucho. Que a la hora de la verdad esa gente de las encuestas que declara eso lo cumpla o no, es irrelevante. La cuestión está en que la gente, ahora, se siente afín a esos anti todo, que cuando se habla del euro, de la economía, de las relaciones con España o del universo se posicionan en contra. Y de los que surgen con esas mismas convicciones en Esquerra, o en la izquierda, o hasta en los viejos de Convergencia y el PSC.

Mas, durante años, parecía jugar, flojo, al soberanismo, esperando que, yendo despacio, algún acontecimiento le libraría del choque final. Mucha gente también confiaba en que ese lejano y autista Madrid se daría cuenta que había que hacer algo que no fuera irritar más y más a los catalanes. Eso ha sido en el pasado. Ahora más y más gente se decanta por la rauxa: ¿Qué les van a hacer que no les hayan hecho ya? Toda la maquinaria del Estado ha sido dispuesta: se han comprado los medios y los obispos, se han controlado las policías y los tribunales… Y se han atado con doble nudo los cordones de la bolsa: “No pagaremos actuaciones ilegales”. ¡Pero sí era legal la mamarrachada de la candidatura de Madrid para los juegos olímpicos y los millones que se patearon en quedar como patanes!  Eso era hacer patria. ¡Arriba España! Y aquí, la gente, impregnada de rauxa, dice: ¡Pues que reviente! Si se les amenaza: ¡La cosa puede ir mal!, su respuesta es ¿Peor? ¿Aún peor?

Los fulleros de turno, que hacen juegos de villanos con los porcentajes, caerán en su trampa al decir: Esos de la rauxa sólo son, el 23,54 % de los votantes, que sólo representa el 3,67 % de la población y el 0,01 % de los españoles… Para reventar un país, con los que hay comidos por la rauxa ahora ya sobra. Y ¡ojo!, Cuando digo un país no me refiero a Cataluña. Esa idea de que lo que aquí se rompe lo aprovecharán en España para hacer los negocios ellos es un espejismo con el que se han estrellado desde siglos: Cuando aquí se montó una feria de negocios, allí se montó la feria de vino y cante, y orgullosos que están de ella. Cuando quisieron dejar de lado a los textiles de aquí y allí se montó Intelhorce fue una absoluta ruina. Antes que frotarse las manos por los negocios que se quedarán en España cuando la rauxa hunda Cataluña que piensen en hacer negocio con los millones de toneladas de aceite de oliva, que sólo les sirven para que se aprovechen de ellos los italianos. Si no son capaces de eso, ¿van a montar el gran negocio mundial del cava de la Mancha?

Más bien el panorama será el contrario: Cuando aquí la rauxa hunda Cataluña vendrán, como en el ‘39, el ‘40, el ‘41… los jóvenes lobos de la meseta para hacerse los amos de los nuevos negocios que se crearán por concesiones de Madrid, mientras durante 12 años, por seguir las tradiciones, la cabeza de Mas, y las de quien haga falta, estarán expuesta en una jaula para escarnio de la población.

Pero aquí no será como en la historia de la buena ranita y el mal alacrán, que cuando ella se brindó para cruzarle el río él la picó a medio camino y se murieron los dos. Aquí será la historia del sapo y las cucarachas, que vivían de lo que el sapo cazaba y que cuando quisieron ir al otro lado del río, donde se decía que había mejor vida, utilizaron al sapo de patera, de manera que se pegaron a miles a su piel y mientras él chapoteaba intentando averiguar cómo podía para atravesar la corriente soportándolas a todas; ellas se murieron porque despreciaron la idea de que la piel del sapo es venenosa.

La rauxa catalana ha envenenado a los españoles, disparándoles su odio cainita y su malevolencia. Reventarán en su propia mierda. Cuando se ve y se escucha y se lee la rabia desbordada que baja desde la meseta para defender su derecho a chupar de la ubre catalana, por ancestral derecho de conquista (los barones socialistas bramando:“¡pero a los catalanes ni un euro más!”), se da uno cuenta de que la rauxa catalana ha contagiado a los bárbaros nómadas de la meseta, sólo que lo que aquí es rauxa que un día se reconducirá en seny, lo que allí se ha generado es odio primitivo, prepotencia de bárbaros nómadas acostumbrados a expoliar al currante sedentario hasta la última gota, para luego buscar otra víctima a quien esquilmar. Y, como escribió un tal Poquelin, cuando el jumento estaba a punto de aprender a vivir sin que le permitieran comer, se murió. Pero el amo se irá a la miseria, y detrás de ese burro de carga aparecerá otro que seguirá currando, quizá esta vez para sí mismo.

Maragall, el viejo, se despidió de España diciéndole que no ha comprendido a sus hijos que le hablaban en lengua no castellana. Hoy esa despedida es fúnebre. La España podrida, que enfrentada a la voluntad de separación de Cataluña tenía una posibilidad de redescubrirse y reinventarse como en el 98, cuando la separación traumática de Cuba – y, lo que es peor, la separación indiferente de los españoles de Puerto Rico que se limitaron a enviar a tomar viento a los españoles de España – la obligó a repensarse, replantearse y buscar nuevos objetivos comunes y nuevas fuerzas para conseguirlos… Esa España podrida que se ve triunfadora de la ‘locura’ separatista, se está condenando a ser, con una deuda pública y privada en niveles altos como nunca, con una un paro como nunca, con una miseria de calidad de empleo como nunca, con una falta de iniciativas empresariales como nunca y sólo con la esperanza de seguir chupando de catalanes y, si no basta, de vascos y navarros, como nunca… se ve condenada a la insignificancia, a la inoperancia, a la inutilidad, a la nada… Como nunca antes.

Adiós, España.

Hablando del ruin de Roma…

Decíamos ayer, justo ayer… Decíamos y nos quedábamos cortos, de los dislates que caben en las culturas, algunas bárbaras, de las religiones, incluyendo, faltaba más, el Catolicismo en general y el nuestro en particular.

Tiempo le ha faltado a la Audiencia Nacional (por poco se me escapa aquello de Tribunal de Orden Público, frecuentemente me olvido que le cambiaron el nombre) para darme la razón.

En primer lugar, rechazan la petición mantenida por unos incrédulos impíos de retirar a María Santísima una condecoración de la Policía que le concedió el Ministro de Gobernación y Meapilas Mayor del Reino, por los servicios prestados. Sostienen que está bien dada.

En segundo lugar, y eso es lo peor, se esfuerzan en usar todas las triquiñuelas del oficio (y éste de picapleitos las tiene por todos los rincones) para hacer creer que tan lógica era la concesión de la susodicha condecoración como la justificación sostenida por ese alto tribunal de que fue lógico concederla.

Quedan patentes dos cosas:

La primera, que vivimos en un régimen cuyo ejecutivo luce unos comportamientos que a mí y a muchos nos dan aún más asco que vergüenza.

La segunda, que este régimen en el que vivimos está garantizado por un sistema judicial cuya primera misión es avalar esos comportamientos del ejecutivo; lo que suma ascos y multiplica desprecios.

Por favor: ¿Dónde está la ventanilla para desmatricularse?