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Una secció de Miguel Aznar

Promesas incumplidas (Epílogo)

Por Miguel Aznar

He hablado de aquel viaje navideño a través de la Andalucía verde. Desde que escribí esas líneas hasta ahora ha aparecido en La Lamentable una curiosa polémica fraternal entre la familia Páez sobre sentimientos y comportamientos de andaluces catalanes, que me ha retrotraído a aquella aventura.

sevillano
Vagón de ‘el sevillano’ en la vía muerta del Museo de la Inmigración (Sant Adrià de Besós). En la foto superior, una máquina a vapor Garratts remolca ‘el sevillano’ en la estación de Solou

El viaje, sobre el papel, era sencillo: En el Sevillano, de Barcelona a Córdoba, vía Valencia, subiendo a la meseta hasta Alcazar de San Juan y bajando otra vez por Despeñaperros (desde el S.XIX se hablaba de la necesidad del Corredor Mediterráneo por tren y carretera, pero los políticos ya estaban por redes centralistas radiales, y así hasta hoy, en que han añadido a su interesado capricho hasta los aviones); y luego, enlazando, desde Córdoba, por El Chorro (ahora de moda por el Caminito del Rey), hasta Málaga. Cosas del centralismo: La fórmula más rápida de ir de Jerez a Almería o de Sevilla a Granada ha sido, desde la caída del Imperio Romano y sus calzadas, pasando por Madrid. Que no todas las canalladas centralistas iban a ser sólo la lista de reyes godos…

El conjunto, sobre el papel, representaba un día y medio de tren. En la práctica, los retrasos y las incidencias podían estirar la duración generosamente: Por ejemplo, los túneles bajo el sistema Penibético eran demasiado estrechos y las curvas demasiado cerradas, y, con el bamboleo, los vagones demasiado largo rozaban el techo, con lo que caían piedras y polvo que llegaban a entrar por las ventanillas si alguien las había abierto por temer más el ahogo que el humo y la carbonilla que despedían la locomotora… Si en esas condiciones un ciudadano excesivamente remilgado se asustaba (el roce del vagón con el techo producía chispas) y tiraba de la alarma, además de quedarse con la manilla en la mano, el tren se detenía lentamente. En media hora aparecía el revisor y recriminaba al timorato su precipitación:

– ¡Pero si siempre pasa lo mismo…! ¡Pero si no es nada…! ¡Pero si es que ahora se bamboleaba un poco más porque íbamos más deprisa, a ver si podíamos ganar algo de las ocho horas de retraso que llevamos…! Y como han puesto estos vagones de más (que son más largos), porque estos días viene tanta gente…

Esos vagones de más también eran de tercera, como los que nos habían traído desde Barcelona, pero en vez de ser de departamentos (diez personas, cinco y cinco en cada asiento corrido) era de pasillo central y asientos de madera, dos más dos, a cada lado, llenos a tope los pasillos y plataformas.

Pero lo que más me llamaba la atención de aquel viaje no era el aspecto ferroviario (llevaba ya muchos miles de kilómetros de ferrocarril por todo el país, de norte a sur y de este a oeste) sino el humano:

Aquellas gentes, algunas familias completas y muchos hombres solos, habían salido de Barcelona con sus maletas de cartón, sus cientos de paquetes de todo tipo y sus meriendas para un día –botellas de agua y botas de vino incluidas– con discreción y humildad, casi en silencio. Hablaban bajito en su castellano de los diferentes rincones andaluces sobre temas corrientes sin mostrar demasiado interés por nada.

Les conocía muy bien: son como todos los del pueblo que fueron antes o después a Barcelona: Con el primer sueldo se compraron una gabardina. Con el tercero o el cuarto un reloj de pulsera. Cuando la mujer y las hijas llegaron avisaron a mi abuela que ya estaban aquí, y que un día pasarían a verla. Tardaron un poco, hasta que se pudieron presentarse con trapos nuevos. Mi abuela las recibía y les decía:

– ¡Qué bien estáis…!

Ellas sonreían con satisfacción. Angelita, una ahijada de mi abuela que apreciaba mucho a su familia (‘los del maestro’, no porque el padre lo fuera, sino porque, represaliado por republicano, no le dieron trabajo en ninguna parte y tuvo que ganarse unos céntimos –la voluntad– enseñando las letras y las cuatro reglas a los críos de otras familias que, por malquerencia del alcalde o del cura, no eran aceptados en la escuela del pueblo), apareció por casa con veinte quilos más de los que traía cuando llegó.

– ¡Qué hermosa! – la ponderó mi abuela.

La muchacha sonreía bajando los ojos. Había descubierto que también podía llenarse con ese pan de Barcelona, tan esaborío; y, además, un sueldo fijo en la familia daba para alubias fijas.

A la hora de la cena se deshicieron los envoltorios y se ofrecieron unos a otros los contenidos. Comenzó el hermanamiento de jienenses y malagueños, cordobeses y almerienses… Se durmió como se pudo. Al despertar y seguir comiendo daba la sensación de que los diferentes acentos andaluces se habían ido desdibujando. Valencia quedó atrás y en algún lugar entre Almansa y Alcazar de San Juan se perdieron varias horas ni se sabe en qué… Se anunció Valdepeñas y alguien dice:

– ¡Ya llegamos, ya llegamos!

Se bajó Despeñaperros, túneles y barrancos jugando al escondite con una carretera que se retuerce al lado. Se salió al llano. Un grito:

– ¡Esto es Andalucía!

Y el milagro: toda aquella gente se puso a hablar a voces y a llamarse por el pasillo, ¡en catalán!

No se trataba de un catalán xava, en el que se desprecian es y os abiertas, eses y zetas silbadas y elles laterales palatales. Era la apoteosis del ‘¡Nene! Mencha arroh an cuní…!’. Ese catalán que entendían desde el segundo día de estar en esta tierra y que no osaban hablar por vergüenza hispánica inscrita en el ADN allí se desbordaba en frases sueltas gritadas de un extremo al otro del vagón. Y cuando se tenía ocasión, por la ventanilla, se gritaba a los mirones de las estaciones o los pasos a nivel:

¡Somoh loh catalans!

En el tramo entre Córdoba y Málaga, amontonados en aquellos vagones abiertos como los del tren de Sarrià, pero más largos, los gritos y la juerga de los catalanes, para distinguirse de los que iban subiendo y bajando en las diferentes paradas, era estrepitosa. Más y más lucían sus relojes de pulsera, más y más gastaban en comprar vino al pasar por Montilla y más y más generosos eran con los vendedores ambulantes:

– ¡Platanitos, platanitos! Uno seis reales, tres un duro…

… comprándolos de tres en tres: ¡Será por dinero…!

Un cojo que transitaba como podía por los vagones, repartiendo papelitos en los que estaba escrito: “Felices Navidades les desea ‘El Cojito’” les animaba:

– ¡Catalaneh! ¡Darme argo!

En dos semanas volverían a ser la mano de obra barata con la que se construía la Cataluña del desarrollismo. Pero allí, en su vieja tierra, ellos eran los catalanes. No los altres catalans, los catalanes a secas.

El milagro de este país ha sido que en poquísimo tiempo dejaron de ser los altres catalans para ser los catalanes a secas. Cuando alguien de fuera (de su vieja tierra o de donde fuera) les decía torciendo el morro:

– ¡Pero tú eres andaluz…!

Se reían y contestaban:

–¡Toma!, Y ese… y ese… y ese otro…

… y señalaban a cualquiera: a un maestro, al President de la Generalitat, a un tendero…

– … y ese otro, murciano, y aquel, extremeño, y el de más allá… gallego. ¡Todos catalanes!

Mi mujer, cuando llegó de Bilbao para hacerse cargo de la tienda cabeza de franquicia de Rodier, en la Plaça Francesc Macià, hace treinta años, se encontró con tres dependientas catalanas. Cuando se enteró de que dos de ellas eran andaluzas y se lo dijo a la más veterana, que hablaba un catalán cerrado que parecía de Vic y se declaraba decididamente de la ceba, ésta le soltó.

– ¡Toma! ¡Y yo de Burgos! ¿Y qué?

Éstos son los catalanes de ahora. Lo que no tiene nada de extraño, porque éstos han venido siendo los catalanes desde que en la Edad Media la peste negra despobló el país, y desde entonces se repuebla constantemente. Jordi Nadal y los demás discípulos de Vicens Vives lo explican muy bien…

Y así se ha funcionado sin problemas con los diferentes individuos ibéricos que han ido llegando. Don Quijote y Sancho, al llegar aquí, no tuvieron problemas con la lengua: con un poco de interés todos se entendían bien. Y no era papanatismo buenista, que Cervantes dejó claro que había gente que no se entendía, y señaló a unos gascones a los que dejó por idiotas. Esa era la opinión que al manco le merecían los que hicieran remilgos por los problemas del habla…

¿Qué ahora la cosa pinta diferente?

Cosas de la democracia practicada por hijoputas, que no se arredran cuando se puede ganar un voto haciendo una canallada.

He seguido yendo, y mucho, por Andalucía. Y he escuchado a muchos catalanes, allí, insultarles y llamarles golfos, holgazanes y sinvergüenzas. ¿Saben quienes?

Pues es muy sencillo: Los catalanes que son como los que conocí en el ‘sevillano’ hace cincuenta y cinco años: Los que aquí a penas se les considera catalanes, porque, aunque entienden el catalán casi tan bien como sus hijos, prefieren no hablarlo porque se avergüenzan, a la española, de sus errores; pero que trabajan o han trabajado aquí, y han cotizado aquí y la morriña o la familia, les lleva allá, a ver cómo ha mejorado su tierra, su pueblo y su gente, que tanto han querido y siguen queriendo; y que allí se desesperan ante lo que ven: desgana, subsidios y servilismo con los nuevos amos, los que administran el cotarro, a los que se lame el culo como antes a los señoritos y se les vota como antes a los caciques.

Y cuando esos catalanes, esos, se revuelven contra sus familiares y amigos y les dicen que se levanten y hagan algo, les toca oírse llamar renegados, separatistas y ladrones, ‘que quieren robar a los andaluces lo que es suyo’.

Tuviera yo un euro por cada caso de esos que conozco y viviría sin problemas.

Oficio de tinieblas

Por Miguel Aznar

Algún cristiano (alguno quedará) me recordará que no estamos en Semana Santa, sino en tiempo de Adviento, que es época de esperanza porque se anuncia la llegada del Salvador. Es pues época, dicen los teólogos, de arrepentimiento, de perdón y de alegría. En muchas tiendas (y, en consonancia, en muchos hogares) se cuelga la ‘corona de adviento’, con cuatro velas, una por cada semana de este tiempo, que celebran el amor, la paz, la tolerancia y la fe. En casa la gente menuda tenía un Calendario de Adviento (herencia inglesa) con motivos navideños; en los buenos tiempos se traían de Harrod’s: cada día abrías una ventanita y te salía una chuchería. Este año no los he comprado: cuando los fui a buscar resultó que todos eran de Frozen.

Miro las noticias: Al presidente Rajoy, en su pueblo, le han arreado un guantazo. El agresor es un niñato bien, sobrino del propio Rajoy, miembro irrelevante (tímido y apocado) de una pandilla de niñatos, que estudiaban en el mismo Instituto en que estudió el Presidente, y que se hacen llamar LDS, Los De Siempre, incluidos en una banda de ultras futboleros. El nene había anunciado a su panda que «iba a hacer un atentado en la sede del PP». Los suyos, usando esa manta que todo lo tapa que son las redes sociales le animaron: «… mátalo», «…los pulgares en los ojos», «…escúpele en las cuencas». Tan monos… De hecho todos de familias del PP de toda la vida…

Ahora esas gentecillas insisten en que todo «era de broma» y que nunca se les pasó por la cabeza que la cosa «fuera en serio». Estaban jugando a Juego de Tronos. “no existe ningún tipo de motivación política en la agresión”, se han apresurado a explicar. Angelicos.

Los jerifaltes del PP de cada pueblo del país, y sus periodistas de cabecera,  se han apresurado a dejar claro que eso es el resultado de la agresividad que demostró por la tele el candidato del PSOE. Recuerdo que cuando en Cataluña el guantazo se lo llevó, a la puerta de una iglesia en su pueblo, un conspicuo socialista, esos mismos escandalosos culparon a los independentistas, por fracturar el país; cuando resultó que la agresora fue una señorona de derechas que formaba parte de los figurantes de una comunión (amor, paz, tolerancia, fe) que allí se celebraba.

Esos son los hechos. En este adviento, esperando que en cuatro días se celebren unas elecciones en las que este ganado elija sus cabestros y mayorales, se supone que un escribidor amateur, con columna en La Lamentable, debe comentar la situación.

¿Amor, paz, tolerancia, fe? Me arrepiento. Pido perdón de muchas cosas, y perdono todo, o casi. Alegría, lo que se dice alegría, ninguna. Sólo les diré una cosa: Oficio de Tinieblas: Apaga y vámonos.

 

Promesas incumplidas (y 3)

El tercer hijo de los brasileños,  José María, no vivía en el pueblo, pero pasaba allá los veranos. Al poco de estar nosotros allá llegó el. Caminaba trabajosamente, tenía las manos deformadas y la cara con un rictus difícil. Mi madre discutió largamente con don Vicente. El chico, que debía rondar los treinta años, estaba deformado por la lepra. Había sido tratado muy tarde en un buen centro y estaba curado de la enfermedad, pero las deformaciones sufridas eran irrecuperables. Era inútil para cualquier trabajo (allí no se imaginaba un trabajo que no fuera manual y duro) por lo que en el centro donde le trataban habían aceptado que se quedara con ellos, techo y comida. En verano iba con su familia, techo y menos comida.

Mi madre me explicó: El sanatorio estaba en Trillo, en lo que había sido el Balneario que mando construir Carlos III: un lugar idílico al que iban de vacaciones desde Madrid las familias y las pandillas de jóvenes, junto al Tajo, en la frontera en que la Alcarria se vuelve serrana. Alguien pensó que aquel espacio maravilloso, lejos de la civilización, era el lugar adecuado para, después de la guerra, amontonar allá los leprosos que pululaban por media España.

Yo sabía lo que era eso: los jesuitas, que llevaban la leprosería de Fontilles, en Valencia, donde se recogieron a los enfermos de la otra media España, nos tenían bien enseñados sobre esa enfermedad que ya no era la plaga que tan repetidamente aparecía en la Biblia, sino que tenía tratamiento.

Incomprensiblemente mi madre me lo presentó y me dejó claro que le gustaría que fuésemos amigos.

Pronto lo comprendí: José María, abandonado en su leprosería durante años y sin poder trabajar con las manos se había dedicado a leer todo lo que tuvo a mano. Y luego seguir leyendo y seguir leyendo. Su base de partida era una escuela menos que primaria, pero sus lecturas eran universales y su inteligencia envidiablemente despierta. Hablamos y hablamos y yo estaba fascinado. Me preguntó si tenía libros allí. Yo me había llevado a Julio Verne, que me entusiasmaba y él desconocía. Se los dejé. Me hizo releer La Isla Misteriosa entendiendo cada solución que Cyro Smith, el ingeniero sabio, iba encontrando a cada problema, y estimulándome a encontrar en nuestro entorno cómo podríamos nosotros haber resuelto el problema.  

Cuando se enteró de que me gustaba jugar al ajedrez saltó de alegría. Pero en todo el pueblo no había ningún juego, ni a la venta ni en poder de las fuerzas vivas: Ni el cura, ni los médicos, ni el boticario tenían esos entretenimientos tan exóticos. Los de Moreno, la tienda polivalente que surtía al pueblo, podían hacernos venir uno de Jaén o de Linares cuando les tocara hacer ese servicio de recadero, en una o dos semanas. No pudimos esperar. José María no podía hacer servir unas tijeras pero yo sí. En cambio él podía dibujar, cosa para la que yo era un negado (intentó enseñarme, con poco éxito). Él dibujó el tablero y las piezas en trozos de cartón y yo las recorté, de forma que pudimos ponernos a jugar inmediatamente. Después de ganarme veinte o treinta partida seguidas me hizo parar y pensar:

– Así no se juega

– Así juego yo con mi padre

– Pues o pierdes siempre o él tampoco sabe jugar…

Y me enseñó: Una cosa es mover las piezas, y otra es la estrategia: las aperturas, los gambitos, los mates rápidos, que tienes que vigilar para no quedar como tonto si te encontrabas con un pastor listo, los finales de reina, de dos torres, de una… Las defensas, tan importantes cuando te enfrentas a alguien que sabes que te puede…

– ¡Monta siempre el fianchetto, siempre el fianchetto, con el caballo delante! ¡Y luego enroca! Que tú vas como loco y si no te las darán siempre todas en el mismo carrillo…

Cuando le hablé del minero y la Señora Miniver se quedó muy serio. Se dio cuenta de que para mí el cine se dividía en las de indios, las de guerra y las otras. Me hizo entender que el cine es un arte, y que hay que saber distinguir claramente en los diferentes escalones en que se expresa: Por un lado la idea, el fondo, la forma interna y la externa… por otra parte la calidad del encuadre, de la fotografía… Me habló del cine italiano y me hizo prometer que vería una película que él había tenido la suerte de poder ver: Milagro en Milán. Me explicó lo que vería casi escena por escena, diciéndome lo que debía encontrar en cada paso del protagonista. Cuarenta años después me enteré de que el comportamiento de Totó, ajustándose a cada persona con la que habla, se llama rapport y se considera el núcleo de la comunicación en Programación Neurolígüística. José María ya me lo adelantó hace más de sesenta años.

lo-que-puede-mas-que-el-hombre-gomez-de-miguel-21862-MLA20219299934_122014-FJosé María hubiera dado media vida por poder viajar y conocer el mundo, y me empujaba a mí a hacerlo. Él lo conocía por los libros, y yo también (Cómo Viven los Niños de Otras Razas, Cómo Juegan los Niños de Otras Razas, Cómo Trabajan y Estudian los Niños de otras Razas… eran los libros gemelos de Lo que Puede Más que el Hombre, la historia del pastor y el ingeniero que tanto significó en sus primeros años a Manuel Vicent). Me explicaba el Brasil de su infancia. Se crió en Sao Paulo. Sus padres emigraron a Brasil, en busca de una vida mejor. En Sao Paulo su padre encontró trabajo en la construcción. Un día el viejo me explicó en qué consistía ese trabajo: Se construía mucho en hormigón armado y los encofrados se hacían con tablas de madera. Al desmontarlos los tablones se separaban del hormigón. Su trabajo consistía en recuperar los clavos utilizados para fijar los tablones unos con otros, para lo que utilizaba la parte posterior, la doble púa, del martillo; y, ya fuera el clavo, enderezarlo con la cabeza de la herramienta. Era una mierda de trabajo pero le dejaba tiempo y energías para dedicarse al activismo político: toda la familia eran seguidores de Getúlio Vargas, y cuando los militares le echaron del poder, temiéndose lo peor, se volvieron a España, para encontrarse con un país, recién acabada la guerra mundial podrido por el fascismo.

José María recordaba su escuela de crío, y cómo al concluir las clases toda su pandilla se iban a un claro de la selva, fuera de la ciudad, donde podían jugar a Tarzán subiéndose a los árboles y saltando agarrados a las lianas.

– ¿Y no teníais miedo, en la selva?

– Allí no, que era un claro y se veía bien. Pero en el camino hasta allá, a la ida y a la vuelta, que era estrecho, íbamos corriendo como desesperados para que no nos pillaran las serpientes…

Nunca estuve en Brasil, pero siempre que el trabajo me ha acercado a aquellas tierras y he visto, ni que fuera de lejos, aquellas selvas, he recordado a José María y las serpientes que le acechaban cuando iba a jugar a Tarzán en las afueras de Sao Paulo.

A partir de la primera vez, cada año, al regresar al pueblo, lo primero que hacía era ir a ver si él ya había llegado. Una por una fue abriéndome una nueva dimensión en cada línea de conocimiento en que yo me movía. Revolvimos el pueblo en busca de libros o revistas antiguas encuadernadas (Blanco y Negro fue una mina) para buscar nuevos temas… Pongo a José María al nivel de los cuatro o cinco grandes maestros que he tenido en mi vida, desde el parvulario a la Sorbona. Quizá por encima, porque sin él no hubiera podido entender y aprender algunas de las mejores cosas de mi vida.

Luego, al cumplir los trece años, mi otra abuela, la de Barcelona, empeoró de su ceguera, porque a no ver la realidad se unió el tener visiones, con lo que acabó muriendo loca al comienzo del verano. Antes del año mi madre enfermó y hubo que operarla de urgencia y, mientras se recuperaba, mi abuelo murió allá en Andalucía y mi abuela, superviviente de marido, de hijos y hasta de una nieta, se vino a Barcelona.

A esa edad yo ya había aprendido, entre las enseñanzas de casa, de los jesuitas y de José María, en qué mundo tocaba vivir; y me había hecho dos promesas: Sería un ingeniero del que no se tuvieran que avergonzar los mineros de Linares. Sabio como Cyro Smith, si fuera posible, y además haría todo lo que estuviera en mi mano por los desheredados, los condenados de la tierra, los forzados del hambre. No volví a Andalucía hasta que a los veinte años la atravesé por Navidades para llegarme hasta Málaga, para poder pasar unas horas hablando con Alfonso Comín y regresar. Jaén, en invierno, no era amarilla, seca y pelada, sino verde y amable. El paisaje era diferente, y yo también.

Hubo una segunda promesa: Algún día me llegaría a ese paraíso perdido de mi madre, Trillo; más perdido aún desde que se enteró de que habían construido una central nuclear allí mismo. Y abrazaría a José María.

Lo confieso: Puesto ya el pie en el estribo, debo decir que la primera promesa la he cumplido como he podido, a trancas y barrancas, quedándome mucho más corto de lo que creo que hubiera debido. La segunda, simplemente, la he incumplido plenamente: Mi madre, si viviera tendría ahora cien años. José María tendría noventa y tantos, y no es razonable pensar que viva. Con Google, a veces, me paseo por los alrededores de la leprosería, hoy Instituto Leprológico, por aquellos montes y bosques que rodean el Tajo y me informo de los maravillosos proyectos de futuro que los políticos prometes para la comarca, especialmente en tiempos de elecciones. Y pido perdón a José María, esté donde esté, por no haberle buscado nunca, por agradecerle su responsabilidad de buena parte de lo mejor que puede haber habido en mí.   

Promesas incumplidas (1)

Promesas incumplidas (2)

Promesas incumplidas (2)

Por Miguel Aznar

El pequeño, Maximino, joven educado y encantador, era el único que traía un sueldo a casa porque trabajaba de minero en las minas de plomo que había en el camino de Linares. Un día se ofreció a enseñarme todo aquello y yo conseguí (todavía no sé cómo pero siempre sospeché la mano de don Vicente) el permiso de mi madre. Salimos al amanecer, yo montado en el sillín posterior de la bicicleta de Maximino –cuando venía una subida fuerte, los dos a pie– y  así llegamos a la mina.

Se trataba de un descampado polvoriento en el que había, en la parte baja, un montículo de trozos de un mineral que yo conocía bien: cuarzo con gruesas vetas de galena; y un agujero irregular en el suelo junto al que comenzaba una vía que llegaba hasta el borde del montículo de mineral, con una vagoneta vieja y oxidada. El agujero estaba reforzado a los lados por unos tablones en el suelo sobre los que se levantaban dos escuadras que soportaban un eje con una polea. Un poco más allá había, cubierto de chapas de bidones, lo que al destaparlo resultó ser un motor de gasoil que tenía al lado un rodillo en el que estaba enrollada una cuerda. Allí cerca una especie de pequeña casamata en la que, en gran desorden, habían cajas, bidones, herramientas y una especie de mascarillas viejas, rotas y sucias; y en la pared unos ganchos con harapos colgando que le gente que allí estaba se iba poniendo en vez de las humildísimas prendas que traían de casa..

Maximino me presentó a aquella media docena de hombres, de las aldeas del entorno:

– Es de Barcelona…

Todos habían oído hablar de Barcelona, que parecía ser el sueño de todos ellos. Uno había estado una vez y había ido al cine a ver una película, La Señora Miniver, que le había impresionado mucho. En aquel pueblo, en el buen tiempo, una vez cada dos o tres semanas, venía un peliculero con la máquina y en el cine local, que era un terreno más o menos vallado en el que los que querían estar cómodos se traían su silla de casa, que las que allí habían eran de desecho, los críos se amontonaban encima de la caseta de proyección, donde el peliculero se encerraba con su máquina y sus rollos de lata, sólo se veían películas mudas de Tom Mix, un episodio cada vez, y algún NODO viejo. Tardé años en darme cuenta de lo surrealista de la escena: en el más cutre rincón de Jaén, un minero harapiento dándose pisto explicando los refinamientos económicos e intelectuales del mundo rural inglés.

Arrancaron, a tirones, el motor, acercaron la vagoneta al agujero y la colgaron de un gancho atado a la punta de la cuerda que estaba enrollada en el rodillo y tres hombres se metieron en ella. El más viejo, que decían que tenía mal el pecho y ya no podía bajar (no tenían que explicarme nada, mi otro abuelo, picapedrero, había muerto de silicosis) con admirable habilidad, colocó en marcha una correa de transmisión conectando el motor con el rodillo y soltó el freno de este. La vagoneta comenzó a descender lentamente y los tres hombres desaparecieron bajo tierra. Al poco se escuchó un golpe, y el viejo hizo saltar la correa dejando el motor rodando libremente. Cuando oyó un grito me miró y me dijo:

Y’han salío

Y volvió a colocar la correa, pero esta vez formando un ocho, con lo que el rodillo rodó en dirección contraria. Cuando la vagoneta apareció el viejo volvió a desconectar la correa y los otros tres hombres bajaron.

Esta vez tardó tiempo en oírse la voz desde abajo. Al subir llegó la vagoneta cargada de trozos de mineral y uno de los hombres, cubierto de polvo, iba montado encima. Entre él y el viejo movieron la vagoneta todavía colgada de su gancho hasta las vías, soltaron el gancho, la llevaron hasta el borde del montón de mineral, la volcaron y regresaron. La vagoneta regresó al fondo con su hombre, que volvía al tajo. A lo largo de toda la mañana se repitió la operación docenas de veces y yo aproveché para meterme por todas partes, para enterarme de todo lo que podía, incluyendo lo que no debía, que básicamente era cómo era la mina por abajo.

La bajada era corta. Al fondo del agujero se abrían tres galerías en forma de y griega: dos de ellas, una corta y otra más larga, estaban abandonadas. La tercera era donde se trabajaba. El suelo estaba cubierto de trozos de mineral de todos los tamaños. Algunos, demasiado grandes, eran deshechos a martillazos, la iluminación, con lámparas de carburo, era muy pobre pero yo ya sabía que el grisú es cosa de las minas de carbón, y que allí no podía explotar nada. A la subida, sobre el montón de mineral, el culo te quedaba baldado.

Hacia medio día habían acabado de recoger el mineral. Era la hora de comer. Cada uno sacó de su cesta o capacho un trozo de pan. Yo ya sabía en qué consistía la comida del minero; había visto muchas veces en casa el trueque: Mi abuela, que conservaba las costumbres del cortijo, cuando la matanza hacía grandes cantidades de chorizos (muy cargados de especias morunas, como no los he vuelto a probar) y los conservaba en latas soldadas llenas de aceite. Cuando comenzaba una, las mujeres venían a casa a cambiarle medidas de aceite del que les daban en pago por la recogida de la aceituna por aceite de conservar chorizos. La comida del trabajador en general y del minero en particular era el canto de una hogaza, sacada la miga, llenado de aceite y vuelta a poner la miga. Algo así como el pan bagnat provenzal o la clotxa del Ebro, pero sin nada: sólo aceite, Y si el aceite era de conservar chorizos entonces la comida era un festín. Yo hubiera querido llevar eso, pero mi madre me había impuesto un bocadillo. El agua del botijo se rellenaba de uno de los bidones de la caseta, a cuya sombra nos refugiamos. El sol de verano en Jaén es inmisericorde.

Después de comer, y entre cabezadas de modorra, vino lo que me pareció más emocionante: Con trozos de papel de periódico hicieron cucuruchos, que rellenaron con puñados de dinamita que sacaban partiendo cartuchos como los de las películas. La dinamita era como una especie de serrín húmedo y se metía un puñado en cada cucurucho. Se metía también la punta de un trozo de mecha que se había cortado previamente de un rollo, en cachos más o menos iguales, en la que se había ensartado un chirimbolillo que llamaban ‘fulminante’. Se acababa de cerrar el cucurucho y se amontonaban hasta tener el número deseado, que fue recontado por todos los presentes, uno a uno. Mientras me iban contando historias de las minas.

– ¿Y tú vas a ser ingeniero? Pues ves con cuidao. Aquí, en la mina tal… cuando la guerra… A los ingenieros les cogieron, les dieron lavativas de plomo fundío y les dejaron tiraos en el campo. Hubo alguno que tardó tres días en morir… Chillaban como cochinos… Aquí los ingenieros han sío mu mala gente…

Cuando se acabaron de fabricar aquellos barrenos artesanos comenzó lo más duro. Cada hombre se hizo con un martillo neumático conectado al motor polivalente que seguía resoplando junto al pozo, se pusieron aquellas máscaras viejas y rotas y fueron bajando por el agujero. Desde arriba se escuchaba un ruido sordo que abajo debía ser ensordecedor. Cada uno, me explicó el viejo, taladraba varios agujero para meter un barreno en cada uno,  pero tenían que ser profundos, para que se sacara la máxima cantidad de material. Cuando acabó aquel zumbido se oyó un grito y el viejo envió en la vagoneta el paquete de papel de periódico que contenía los barrenos. Al cabo de un poco se volvió a escuchar el grito y en un par de tandas salieron todos los hombres menos el más veterano. Le gritaron que ya estaban todos arriba y la vagoneta se devolvió al fondo.

Yo temblaba al verles: Lo primero que hacían era quitarse la máscara, y debajo de ella su piel a penas estaba más limpia que en el resto del cuerpo. No se reconocía ni el pelo ni las cejas ni las uñas ni la ropa: eran estatuas de polvo uniformemente enharinadas de galena molida. Mis padres siempre me regañaban cuando en casa veían que toqueteaba demasiado mis minerales:

– ¡La galena es plomo, y el plomo es veneno, acuérdate!

Yo entonces recordaba la advertencia e intentaba calcular cuánto tiempo de vida les quedaría a aquella gente.

Entonces todos callaron. Entendí que el veterano estaba encendiendo todas las mechas. Se oyó una voz y el viejo conectó la correa para subir. En cuanto el veterano llegó arriba se unió al corro que en silencio religioso rodeaba el pozo. Al cabo de un rato se oyó una explosión y una humareda blanca salió por el agujero. Todos juntos, como si estuvieran en misa, recitaron.

– ¡Uno!

Al poco se oyó otra explosión:

– ¡Dos!

La cosa siguió y entre letanía y letanía se mantenía un silencio absoluto. Cuando se llegó a la cifra de barrenos que habían bajado y todos reconocieron que cada uno había contado las explosiones y coincidían con los barrenos que habían fabricado se fueron hacia la casamata.

– Si alguno no explota hoy, el fuego se puede haber quedado dormío en la mecha, y mañana al bajar a coger los trozos con el polvo ya asentao, nos explota en la cara. Hay que asegurarse…

Llenaron unas latas con agua del bidón y como pudieron se lavaron. Dejaron sus harapos de obra en los ganchos de la pared y se pusieron sus prendas de ir por el pueblo. Se despidieron y cada uno, a pie o en bicicleta, tomó su camino.

Al llegar a casa mi madre me preguntó qué tal la mina.

Alegué que estaba muy cansado y fui a refugiarme en mi cama. Me costaba tragar.

Promesas incumplidas (1)

Por Miguel Aznar

He hablado en varias ocasiones (me repito mucho) de los veranos de mi infancia que pasé en Andalucía. Cuando la enfermedad de mi abuelo le impidió seguir al frente de su cortijillo hubo que plantearse el vivir en el pueblo. Aunque era originario de Linares, el cortijo lo tenía en El Adelfar, camino de Guarromán, que era su natural salida a la civilización (lo atravesaba la N IV), y allí se fueron a vivir los dos viejos, y allí íbamos al llegar junio. Allí las correrías eran forzosamente más limitadas, pero el joven médico, don Vicente, representó mi salvación.

La gente estaba harta del médico viejo, al que llamaban ‘paticas de lana’ por su falta de diligencia a la hora de encaminarse a visitar enfermos. Él se lamentaba diciendo que eso le pasaba por viejo, que de joven le llamaban ‘el ligero’; y finalmente se vio aliviado con la llegada de un segundo médico joven y con las ideas más modernas que yo había oído en mi vida.

Don Vicente enseguida congenió con nosotros y venía muy a menudo a hacer tertulia al caer la tarde. Yo me sentaba a escucharle abriendo las orejas con toda mi alma. Así me enteré de los procedimientos locales de sanar críos enfermos: A los niños se les daba carne de perro frita, que eso les sanaba casi todos los males. La explicación del médico era sencilla: Se trataba de críos tan muertos de hambre como sus familias, desde luego sin ninguna posibilidad de acceder a proteína animal de la considerada noble, ternera o cordero, ni siquiera a un pollo o gallina, que sus amos los tenían contados y vigilados: Un perro suelto era fácil de cazar y tenía carne suficiente para varias comidas. El reproche social de comer perro era superado por la exigencia terapéutica, y el crío se reponía. El médico joven cuando descubrió el mecanismo se horrorizó. Él venía de una capital de provincia en donde el hambre y la desnutrición estaban más ausentes o más disimuladas. Otro tanto le pasó con el descubrimiento de que, si no bastaba con la carne de perro, les daban gachas de cenizas. Claro que de harina hubieran sido mejores, pero había poca harina y la ceniza contenía oligoelementos que quizá faltaran al muchacho… Don Vicente intentaba encontrar vitaminas y ayudas como fuera de donde fuera, pero los tiempos no eran para tirar cohetes.

En la puerta de al lado vivía una familia atípica, que era mirada con suspicacia por los vecinos: Un día vi a la mujer, María Rosa, cuchicheando con mi abuela. Me enteré del negocio que se traía entre manos: Se había enterado de que mi abuela tenía una gallina que se había puesto clueca (para que los urbanitas no tengan que recurrir a la RAE: un ave está clueca –lloca en vernáculo– cuando siente la necesidad biológica de empollar) y le pedía a mi abuela que si ella no estaba dispuesta a ponerla a criar, se la prestara, porque había ahorrado lo suficiente en los últimos meses para poder comprar un huevo y así se lo haría empollar a la gallina: si salía hembra su familia tendría huevos, y si pollo, cuando creciera se lo comerían. Yo estaba horrorizado ante aquellos niveles de miseria, tenía un nudo en el estómago y quería morirme.

En el pueblo tenía muchas más oportunidades de contacto con los críos locales: Un día discutimos sobre calidades del pan. Uno de ellos, que tenía familia trabajando en Barcelona (de hecho medio pueblo acabó viviendo en el espacio que había entre Sabadell y Terrassa) había probado una vez pan de aquí. Su opinión era totalmente negativa. Yo le rebatí: El pan de Barcelona era maravillosamente tierno y esponjoso; en cambio, el andaluz era denso y mazacote.

– ¡Pues eso! El pan de Barcelona, lo comes y es como si no comieras… El de aquí lo puedes mascar bien y te llena…

Todos le dieron la razón. Era la primera vez que escuchaba decir a alguien que cuando comía pan quería ‘llenarse’. La gente, sabía yo, decía a veces que querría llenarse de jamón o de pollo… o incluso de macarrones con bechamel… El pan era para acompañar, para mojar una buena salsa, pero ¿para llenarse? En esas estábamos cuando me enteré de uno de los dos juegos más divertido de aquella banda de críos: Había uno que todos sabían que en su casa pasaban mucha, mucha hambre. Entonces, a la hora de la merienda, le llamaban: uno de ellos cogía un trozo de miga de pan de su bocadillo, hacía una bola y la tiraba al suelo de la calle, de tierra, y entonces todos la pisaban y repisaban hasta que se cansaban. En este punto le decían al hambriento más famosos del pueblo:

– ¡Cómetela!

El crío famélico se tiraba al suelo, cogía aquella inmundicia, se la metía en la boca y todos se callaban y estiraban la oreja. La diversión consistía en escuchar los crujidos que se producían cuando los dientes de aquella pobre criatura mascaban las piedrecillas que se habían adherido a la miga. ¡Todos reían!

Esa era, he dicho, una de las dos grandes diversiones de los críos del pueblo. La otra era pegar, escupir y tirar piedras al tonto del pueblo. Entonces me enteré de que en España todos los pueblos tenían su tonto, que estaba para eso. No era cosa de sur o norte, ni de viejos o nuevos tiempos: A finales del siglo XX, en Arrigorriaga, a las puertas de Bilbao, una noche de juerga los mozos mataron al tonto a palos. Creo que hoy aún no hay nadie condenado por la acción.

El último año que estuve allí me enteré de que el inexorable avance de los tiempos había arruinado las actividades lúdicas de la localidad: La familia del hambriento había emigrado a Barcelona, y la del tonto, hartos de ver cómo le maltrataban, había conseguido un enchufe para que lo metieran en un manicomio.

– Ahora los que le pegan… ¡zas! ¡zas! … son los guardias de allá…

… me explicaron solícitamente mis antiguos compañeros de pandilla, ya ganàpies.

Don Vicente, el médico joven, como decía, fue mi salvación en aquel pueblo. Los vecinos atípicos de los que he hablado –en el pueblo les llamaban ‘los brasileños’, porque habían llegado de aquel país– eran una familia formada por la madre, Maria Rosa, muy vieja y encogida que trabajaba muchísimo para tener en orden una casa humildísima en la que a penas había muebles, ni utensilios ni nada. El padre estaba siempre en un rincón, demasiado enfermo para hacer nada. Tenían tres hijos: El mayor, Antonio, era considerado en el pueblo un bala perdida: pendenciero (había perdido un ojo y se explicaban muchas historias a cual más macabra). A veces pasaban días en que desaparecía y nunca sabía nadie a dónde iba.

Continuará…

De Guindos confiesa

 

Por Miguel Aznar

“Antes, para crear un puesto de trabajo había que crecer al 2 o 3 %.  Ahora basta crecer al 0,7 %. Esto es gracias a nuestra reforma laboral.”

Tres frases escuetas. Treinta y dos palabras. Claro como el agua, pero que con esa transparencia no se les pierda la vista en la lejanía del más allá: Concéntrese en el contenido de ese tarro de las esencias.

Antes, cuando éramos modestos y teníamos un salario mínimo modesto y unas condiciones de contrato modestas, por las que se nos podía poner modestamente en la calle, y en ese caso disponíamos de unas ayudas modestas… etc… Es decir, cuando éramos acomodadamente humildes, para que se empezara a crear un puesto de trabajo de esos modestos que acabo de definir, había que crecer al dos o al tres por ciento. Eso, claro está, en un sistema productivo en el que los sectores eran lo que eran (ladrillo, turismo y poca cosa más…), las empresas eran lo que eran (básicamente enanas) y la gente era lo que era (ignorantes que no sabían hacer la O con un canuto y que estaban encantados de trabajar de peones en la construcción, con lo que ganaban para pagar la hipoteca del piso y las letras del coche y los electrodomésticos).

Todo ese mundo se fue al carajo. Y toda esa gente ignorante se fue al paro, y otra que no lo era, también.

Cuando Solbes y Zapatero dijeron que había que rectificar el rumbo la gente se cabreó con ellos, les echó y desde entonces les odia. Y esa misma gente se echó en brazos de Rajoy, de Montoro y de Guindos, que les endiñaron una reforma laboral de verdad: El empleo desapareció y la reforma laboral consistió en recortar los sueldos hasta el punto de que cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas tienen empleo pero siguen en la miseria; llamamos empleo a unas pocas horas (nominales) en precario; con todo y eso hay menos empleo que antes…

… eso sí, el ‘empleo’, ahora, crece: Porque, como reconoce Guindos, ahora, tomando como referencia esta basura a la que ahora llamamos empleo, basta un 0,7 % de crecimiento para que aparezca. La rebaja que va del 2 ó 3 % al 0,7 % da la medida del recorte del concepto empleo, en cantidades y calidades.

Y dicen, Rajoy y su camarilla, muy enfáticamente: ¡Que nadie ose tocar la reforma laboral, porque si lo hacen se acabará esta creación de empleo! Claro: que se cree esa mierdecica que llaman empleo precisa como condición esa gran boñiga que es esa reforma laboral.

Porque lo que es el sistema productivo no se ha mejorado en nada: Vivimos del turismo, rezando para que los bestias islamistas pongan muchas bombas en los países mediterráneos y los europeos, espantados, tengan que seguir viniendo a España. Y de la construcción, esperando que a tanto sedicente progresista que está empezando a tocar poder se le ocurra olvidarse del millón de viviendas acabadas vacías y de los millones de viviendas que se quedaron en proceso, para ponerse a hacer nuevas viviendas con la excusa que de éstas serán ‘sociales’, a ver si vuelve el chollo de la construcción y volvemos a ser peones semianalfabetos para poder volver a pagar la hipoteca y las letras.

Tiene razón Guindos. Que diga lo que dice, que quedará como listo delante de los de su mundo, y no hay peligro de que los currantes de este país le entiendan.

Angelicos… es que son como niños…

 

Alma llanera (y 2)

Por Miguel Aznar

Entre la mucha gente que traté en Venezuela, por encima de todos, destaca Santiago Blanco. Era un republicano español cuya vida era un cúmulo de aventuras a cual más despendolada. Asturianos, socialista y dandy, antes de tener que salir huyendo con lo puesto, siendo joven periodista y miembro de la Juventudes Socialistas, fue un espía infiltrado en la Falange, llegando a ocupar el puesto de triunviro en León y luego gobernador civil por un día en Asturias.

 

Internado en un campo de concentración en Francia (toda la vida odió a esos franceses que les despreciaron y maltrataron), inventó la tortilla de patata sin huevo, y, cuando conseguían alguno (era un maestro en el arte del trueque y el chamarileo) desarrollaba un producto sublime (cuya fórmula me comunicó) que atraía a propios y extraños y hacía que los judíos presentes buscaran sus más ocultas reservas económicas para ofrecerlas en pago de aquella luna llena dorada que emanaba un aroma que el mismo Yhavé, atufado con sus ofrendas habituales, hubiera envidiado.

51OYxJcm7jL._SX339_BO1,204,203,200_Santiago, que en Venezuela llegó a ser el más prestigioso publicitario independiente y vivía en una confortable casa de las afueras que se llamaba Santibety (juntando su nombre con el de su mujer), nunca se fió de Franco, y cuando de visita por el sur de Francia, unos amigos navarros le metieron en un coche y, a través de esos caminos perdidos de una y otra Navarra, le llevaron a un pueblo, le sentaron en la terraza del bar de la plaza, le sirvieron vino y chistorra y le enseñaron los letreros que había en la iglesia (Gloriosos Caídos por Dios y por España: Presentes. ¡Viva Franco! ¡Arriba España!) casi le da un patatús. Tenía escrito un libro desopilante, El Inmenso Placer de Matar un Gendarme, en el que hacía su terapia explicando mil historias de su vida y que finalmente, muerta la bestia, le editó en Madrid Perico Altares, en Cuadernos para el Diálogo. Pero antes publicó en Caracas otro libro sobre su profesión, el mundo de la Publicidad –Por Favor, No se Meta a Publicista– que me dedicó cariñosamente y del que quiero recordar dos anécdotas que nos pueden ayudar a entender el enredo actual:

Al poco de estar allá consiguió hacer trabajillos de publicidad para el periódico de los socialistas de Acción Democrática. Eso le llevaba a frecuentar recepciones sociales (allí siempre muy cargadas de ‘palos’ de alcohol y ‘pasapalos’) en las que se mezclaban políticos y militares. Su mentalidad española asimilaba ‘militares’ a malas bestias prepotentes y despreciativas, por lo que no dudaba en demostrarles su desapego. Había uno en particular, un general, que cuando le veía le tuteaba en un tono que Santiago consideraba insultante. Un día, mediada ya una recepción que iba siendo generosamente regada, se encontró de frente al general que, con su tuteo habitual, mientras le arreaba un manotazo en el hombro, le soltó:

– ¡Yuhúúú, Blanquito! ¿Cómo estás?

Santiago, descompuesto y al límite de su aguante, decidió que no podía dejar pasar ese agravio sin respuesta y, convencido de que a continuación iba a ser fusilado, le devolvió el manotazo en el hombro con una mano mientras que le hundía el índice de la otra en el ombligo y le contestaba:

– ¡Bien…! ¿Y TÚÚÚÚÚ´…? – acentuando el tuteo todo lo que pudo.

El general le abrazó y le dijo:

– ¡Yo, bien…! ¡Vamos por otro whiskey!

Y se lo llevó a la barra cogido del hombro.

Ese día Santiago entendió la diferencia entre un militar español y uno venezolano: El de aquí era un ser prepotente y peligroso. El de allá era un elemento del pueblo que se fundía con la gente. O, al menos, con alguna gente… Al que le parezca que la diferencia es poca le diré que no está en condiciones de entender lo que allá pasa con los militares. Bajo este punto de vista todas esas actuaciones de Chávez que a ojos españoles eran mamarrachadas, para los venezolanos eran entrañables comportamientos de un hermano. Y lo que hagan ahora los militares venezolanos no será lo que harían unos gorilas todopoderosos que estén por encima del pueblo, sino lo que harán una gente que el pueblo los considera parte de ellos mismos.

La otra anécdota que quiero evocar es más filosófica: Se refiere al sentimiento de fatalismo que impregna la vida en aquellos países.

Un día, al periodiquito del partido, en el que Santiago llevaba el departamento de publicidad, llegó un periodista desencajado:

– ¡El día tal, el mes que viene, va a haber un golpe militar!

Todos dieron muestras de gran alarma. Santiago, como experto en situaciones de esa clase, fue el primero en reclamar acción:

– ¡Hay que hacer algo!

– No se puede hacer nada…

– Hay que avisar al Presidente!

– Ya lo sabe… No se puede hacer nada…

– Pero falta mucho tiempo… ¡Hay que alertar a los nuestros…!

– Ya lo saben… No se puede hacer nada…

– ¿Entonces, qué tenemos que hacer nosotros?

– Cada uno debe tomar sus precauciones…

Santiago no entendió esto último. Cuando llegó el día, inexorablemente, un grupo de militares se presentó en la redacción y les invitó a salir. Cuando al cabo de unos días se les permitió regresar, pudo comprobar que aquella elegante gabardina que dejó colgada en el perchero había desaparecido. Fue el único miembro de la redacción que resultó damnificado en aquel golpe militar, que todos vieron venir, que nadie supo evitar y que todos consideraban tan inexorable como el paso de un cometa.

Alma llanera (1)

Por Miguel Aznar

A los quince años, un verano, de vuelta de unas semanas de correr el Pirineo con la pandilla, me encontré que, donde veraneábamos, teníamos vecinos nuevos: una muchachita preciosa y etérea con cabellos como la miel que resultó ser de mi edad, con su madre, su abuela y tres hermanos pequeños. Hablaban un castellano criollo y, para admiración general, un catalán envidiablemente perfecto de gramática y pronunciación… pero con el mismo acento criollo; excepto la abuela, que lo hacía con el tono cerrado de las comarcas centrales y no hablaba el castellano en absoluto.

Fue un verano largo y maravilloso. Recorrimos todos los alrededores de punta a punta. Subimos al castell d’Eramprunyà, que yo conocía bien, y me lucí enseñando las tumbas antropomorfas y las cuevas prehistóricas en las que se celebraban ritos ancestrales… A cambió me enteré, por la voz de suaves modulaciones de aquel alma cristalina, que cuando los republicanos tuvieron que escaparse de Cataluña, además de ir a Méjico, como hicieron los amigos de mi padre, fueron a Venezuela, donde había una amplia colonia que mantenía lengua y tradiciones. Y que ese era un país increíble, con explotaciones de petróleo junto al lago de Maracaibo, donde vivían los motilones bravos, que asustaban a los hijos de los ingenieros asomándose a sus ventanas cuando dormían, y los cimarrones, descendientes de esclavos negros escapados, que vivían escondidos entre las marismas… Y Canaima, y las selvas del Orinoco y la Guayana, y los llanos con sus enormes anacondas…

El verano acabó, y yo mantuve el contacto con aquella muchachita de cabellos como la miel, bailé con ella en el Baile Celebración del ingreso en la Escuela de Ingenieros, y al poco la fui a despedir al puerto: Su familia se volvía a Venezuela. Le regalé Historia de una Monja para que se entretuviera durante el viaje; quince años después me dijo que lo guardaba. En el barco al alejarse sonaba una música que aún tengo en mi cabeza: el órgano de voz humana.

Un cliente quiso montar en Venezuela una filial de su empresa: se trataba de fabricar allá caravanas para practicar un camping de categoría. Fui allá a preparar el proyecto y el club local de los catalanes me abrió todas la puertas. Presenté el asunto a Juan Briceño, director de Corpoturismo, el ente estatal que cuidaba de este tema. Educadísimo, en vez de enviarme a paseo me sugirió que conociera el país. Durante una Semana Santa lo recorrí de punta a punta: de las costas a los Andes, del Amparo de Apure, sobre el Arauca, hasta el Maracaibo. No vi motilones, pero cuando ya estaba sin gasolina, perdido entre las marismas, en un poblado de cimarrones me la regalaron (¡el petróleo aquí no se cobra…!). Podríamos decir que era un bien libre desde antes de la llegada de los españoles, que se usaba para todo, hasta como medicina, y en aquellos tiempos se cobraba en las gasolineras a céntimos de bolívar (que entonces rondaba las 15 pesetas). Vi la dureza de un país de apariencia amable (“si te paran en auto stop, no te detengas; si se te ponen delante, pasa por encima: es tu vida o la suya…”). Vi una gandola (enormes camiones remolque) que pasaba sobre un borracho que se metió en la calzada, sin que nadie se detuviera. Vi una circulación loca, con autopistas desbocadas en las que la circulación de un sentido se ampliaba a los arcenes y los carriles contrarios, hasta avanzar de seis en fondo. Viví en Caracas en el Hilton, guardado por gorilas armados con subfusiles en las puertas y en los pasillos…

Como no hice caso de las recomendaciones sobre el auto stop, conocí unos indios muy humildes a los que se les había averiado una furgoneta antediluviana y querían llegar a su mísero poblado, y a otros que pretendían llegar a una ciudad, para trabajar en la construcción. Y a un soldado, negro bien plantado, que había disfrutado de su primer permiso en un año. Cuando le llamaron a filas no se presentó. Vivía con su novia y se ganaba bien la vida como latonero (chapista de automóvil):

– No podía ir al ejército: con la paga de soldado mi novia no tenía ni para desodorante…

En cada país hay las necesidades que hay. Recordé que cuando el Che Guevara planteó a los rusos que necesitaban que les proveyeran de desodorantes, los soviéticos, ofendidos, le dijeron que esos eran lujos burgueses.

– Esa gente son unos guarros… – soltó el líder revolucionario. Que una cosa es ser comunista en Rusia y otra, en el Caribe.

Este de Caracas
Este de Caracas

Cuando acabé el circuito regresé para agradecerle el consejo a Briceño: En Venezuela no había cámpings ni podía haberlos: Nadie que pudiera pagarse unas vacaciones se separaba ni un metro de las carreteras por miedo de las serpientes, que las había a millones por todas partes. Incluso en Caracas la gente no sobrepasaba los límites de la ciudad: Aquellos montes espectaculares que se alzan mil quinientos metros o más sobre la ciudad, en el fondo del valle a casi mil metros, no recibían visitantes ni excursionistas ni nadie que no tuviera una obligación muy concreta: Es el reino de las serpientes. El cliente y amigo que me había enviado allá había visto espejismos. Pero yo, además de reencontrar gente muy querida (esta vez sin baile, que la salsa caribeña resultó ser demasiado para mis habilidades), había conocido un país mágico, desde la naturaleza hasta la música de Gualberto Ibarreto, y establecido conexiones útiles para otros viajes.

Volví con misiones más políticas. Ya lo he explicado varias veces. En tiempos del final del franquismo y de la transición se hicieron muchas canalladas, y me tocó ir a Venezuela en busca de aliados para sacar los colores a los que aquí se pretendían demócratas. Eso me permitió tratar, allá y acá, a gente de la socialdemocracia, los ‘adecos’, seguidores de Rómulo Betancourt y cuyo líder, Carlos Andrés Pérez, presidía unos gobiernos cuyos objetivos básicos eran combatir la oposición democristiana y facilitar negocios a los de su cuerda. La gente miserable, desde los indígenas y cimarrones ‘que no estaban contados’ y en consecuencia no eran ciudadanos, hasta los cientos de miles que se amontonaban en los ‘ranchitos’ de los cerros que rodeaban la ciudad, simplemente, no existían para ese partido que cantaba en su himno a la revolución y reivindicaba pan, techo, escuela, tierra, trabajo, igualdad, justicia y libertad. Los jefes vivían bien y, por si acaso, llevaban en la tripa, apretada con el cinturón, un arma que sacaban y dejaban a mano encima de la mesa cuando se sentaban.

Los años fueron pasando y la corrupción de aquel bipartidismo fue inflándose, a la par que lo hacía el cabreo de los desheredados. Mis amigos de allá, a la vista de las circunstancias, se fueron a los Estados Unidos, donde la muchachita del pelo como la miel, que ya muchos años antes se había graduado en Jamaica, entró al servicio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Un general golpista, en funciones de caudillo, se hizo con el poder. La nueva oposición, la antigua casta gobernante, a parte de decir que eso era antidemócrata, no supieron qué hacer. Cuando el Caudillo quiso celebrar unas elecciones, seguro de ganarlas, encargó a una empresa que entonces era cliente mía, INDRA, que montara un sistema moderno, decente y transparente para que todo el mundo viera lo que pasaba. Cuando sus camaradas militares se hicieron cargo del asunto quisieron montar en paralelo un sistema antiguo, indecente y opaco para practicar los viejos ritos egipcios. Insatisfechos con los resultados (no los electorales, ganaron de calle, sino los suyos personales), echaron a INDRA y contrataron a sus amiguetes norteamericanos (chapuceros pero buenos engrasadores) para que realizaran las segundas votaciones (al Caudillo le iba eso de votar), que no se pudieron celebrar por las chapuzas técnicas de los contratados. Se suponía que eso abriría los ojos al Caudillo, pero éste decidió cerrarlos, que para eso los camaradas habían hecho una revolución.

Y así los millones del petróleo entraron a espuertas en el país, en vez de llevárselos las multinacionales, la vieja casta y sus empleados. Pero cuando se quiere ir contra las leyes de la naturaleza, escupir al cielo implica recibir el sipiajo en la cara. Cualquier estudiante de económicas sabe (debería saber, al menos) lo que es el mal holandés: Cuando tienes una riqueza nacional grande y exportable, los recursos que consigues deben ser invertidos en desarrollar el país mediante la adquisición de los productos extranjeros precisos para ese desarrollo: Con el país desarrollándose la gente vivirá mejor, y vendiendo y comprando fuera mantendrás un equilibrio de cambios. Si en vez de eso dedicas esas divisas conseguidas de, digamos, el petróleo (o, en la vieja España, de robar el oro de América), a vivir la vida – ‘Papá Noel llegó para los pobres’ (o en la vieja España, ‘vamos a montar guerras imperiales’) – entonces, en cuatro días, llega la inflación y, en cuanto el grifo se corte un poco, sólo un poco, el país se va a la miseria.

Chávez, su Caudillo, murió. Sus herederos tuvieron la honestidad de seguir llamándose ‘chavistas’; igual que los argentinos herederos de Perón se siguen llamando ‘peronistas’, no como aquí, que los seguidores y herederos de Franco se llaman ‘demócratas de toda la vida’. Pero el nombre no basta para ganar elecciones: La torpeza y la chulería de los chavistas oficiantes de la religión de san Chávez no han sido capaces de guardar el cotarro. Los militares camaradas de Chávez, hasta ahora chupando del bote desde su segundo plano, no están nada contentos. La vieja casta, cada vez más blanca, más fina y más elegante, no han sabido encontrar un Ciudadano de impecable presencia y pedigree que sea capaz de unirles y hacer a los militares una oferta de las que no se pueden rechazar.

Por lo que sé, la muchachita del cabello como la miel lo sigue teniendo de ese color (no quiero pensar cómo se las arregla), y, jubilada de la ONU desde hace años, se dedica a la cooperación y a las obras sociales desde una parroquia latina en Manhattan. Estoy seguro que, desde su alma primorosa como el cristal,  reza por su pobre país, al que esperan días de enormes incertidumbres.

Amar, llorar, cantar, soñar… Aquí no se trata de claveles de pasión. Aquí se trata de millones de miserables maltratados y engañados a los que se les ha dejado en la estacada.

Nuestros peores enemigos

Por Miguel Aznar

A los pocos días de llegar al mundo universitario, allá por los finales de los cincuenta, descubrí que el mundo pensante (una pequeña parte del mundo) se dividía en dos grandes bloques: Progresistas e Integristas. Los primeros pretendían mejorar el mundo llevando a la práctica ideas avanzadas y trataban de convencer de esto a los segundos. Los segundos se aferraban a las ideas viejas, se horrorizaban ante cualquier posibilidad de cambio y consideraban herejes infernales a los primeros. Yo miré hacia atrás (toda mi vida he estado mirando hacia atrás), evoqué mis experiencias del mundo (en Barcelona y su entorno, en Madrid y en Andalucía, en el Pirineo y en Europa), reflexioné sobre mis largos años de educación jesuítica y saqué una conclusión: Yo era progre. Debía comportarme como tal y debía convencer a los otros de la razón que me asistía.

En diciembre de 1960 asistí a un congreso de universitarios cristianos en Oviedo. Salí horrorizado: Por una parte, los únicos progres éramos los catalanes, más algún que otro madrileño y, abriendo mucho los conceptos, un par de raras avis de aquí y de allá. En el resto había de todo, incluyendo algunos auténticos facinerosos (que acabaron en los guerrilleros de cristo rey) y extraterrestres intelectualmente lobotomizados a los que les habían enseñado en su Facultad (Letras) de su Universidad (Salamanca) que el catalán era una lengua muerta. Esta soledad, ciertamente, me produjo melancolía.

Pero por otra parte recibí otro shock de más difícil digestión: Asturias, con su río Sella y su paleolítico tren adosado (las curvas de la vía se formaban con raíles rectos que iban adaptándose a la curvatura del trazado), con sus montes y sus prados, con sus sidrerías y sus iglesias visigóticas… era un mundo entonces tan conceptualmente remoto como pueden serlo hoy las regiones de Westeros y Essos. Pero Oviedo era una ciudad rica y moderna que, a su escala, se podía codear con Barcelona o Madrid: La calle Uría, tenía tiendas que estaban por encima de la media de Paseo de Gracia o Serrano y que nos maravillaban cuando íbamos de la estación hacia el colegio mayor, en la otra punta de la ciudad, en el que nos alojábamos. Nos enteramos que a los ovetenses se les llamaba carbayones, en recuerdo de un inmenso carbayu que había en la calle Uría, a la altura del Campo, el parque por el que pasabas siempre, fuera a donde fueras. Yo sabía que carballo, en gallego, era roble, por lo que pude fardar de comprender el bable local, y, puestos en harina, quise saber qué había sido de él.

Un siglo atrás, año arriba año abajo, me contaron, para el Uviéu moderno que diseñaron los mandamases, se pensó en pasar un tranvía por toda la calle Uría, de punta a punta. El carbayu molestaba y el Partido Progresista, que gobernaba en aquel momento, decidió que un tranvía moderno era más importante que un carbayu de tiempos de la reconquista, y se lo llevó por delante. Luego he oído otras versiones (que si el árbol estaba enfermo…) pero siempre han sido complementarias. El hecho básico fue que aquellos progresistas decimonónicos preferían no desviar un palmo el trazado del tranvía y cepillarse el carbayu. ‘Con esos progresistas no hacían falta integristas ni fachas que los denigraran…’, deduje yo para mi coleto.

Dentro del progresismo en general hay algunas subespecies especialmente vistosas. Las feministas son una de las que tienen más solera. Su causa es noble y justa, y su peor enemigo no son ni los teólogos oscurantistas ni el patriarcado universal, sino las fieras corrupias de sus propias filas que, además de ridiculizarlas, las dañan en su emocionalidad. Hoy estaba escuchando a tres mujeres sensatas, lógicamente feministas, una de las cuales admiro especialmente, cuando de repente me ha venido a la cabeza una vieja lideresa de esa tribu que hace pocas semanas oí, que no escuché, una vez más desbarrar por las ondas. Hace muchos años coincidí con ella en una medio pandilla que abandoné por puro asco. Ya había casi aniquilado a su hija, se dedicaba sistemáticamente al abochornante acoso de su pareja, el activista más paciente que he conocido, y se esforzaba en demostrar a las mujeres que todas habían sido violadas por sus parejas. ‘Con estas feministas’, me dije el día que abandoné aquella pandilla, ‘sobran curas cavernarios y caciques patriarquistas: una de ellas hace más daño al feminismo que todos los herederos de Trento juntos’.

Otra de las tribus más lucidas del progresismo son los ecologistas. A comienzos de los setenta, en un congreso, coincidí con un británico, el profesor Richardson, que había derivado de los estudios de Geografía al ecologismo científico. Era la época del apogeo del Club de Roma y todos los progres teníamos un ojo puesto ahí (y el otro en el Estructuralismo). Sus argumentos me parecieron serios y decidí incluir el tema de la Ecología en el cajón de sastre de temas de vanguardia en que había convertido mi cátedra de Economía en la Politécnica: El tema lo valía.

Lo valía demasiado: Como avispas, peor que moscas, a la miel acudieron los histéricos majaderos capaces de hundir en la vergüenza pública el más razonable argumento.

168
Marrakech

Hace unos días escuché por la radio a uno de esos especímenes: Bramaba contra el cambio climático:

– ¿Quieren los andaluces quedarse sin olivos? ¿Qué será de Andalucía, sin olivos? Y esto pasará este mismo siglo: Dos grados más que suba la temperatura y Andalucía se queda sin olivos…

Conozco Andalucía y sus olivos. Pasé en Jaén los veranos, de crío. Cuando en Delfos me dijeron que, a mis pies, en aquella llanura había cinco millones de olivos pensé cuántos más millones debían haber en el Jaén de mi infancia. Y allí hacía calor, bien cierto. Mi madre se llevaba un termómetro para comprobar cada día la temperatura y transmitirle el parte a mi padre, cuya mente técnica reclamaba datos precisos sobre el tema: Un día y otro mi madre me enseñaba el aparato (muy diferente del que me enchufaban a mí cuando me ponéis enfermo):

– ¡Mira! ¡Qué barbaridad! Otra vez más de cuarenta…

Muchos años después, aprovechando unas extrañas ofertas combinadas para celebrar la reapertura de La Mamounia, tuvimos mi mujer y yo la ocasión de conocer y enamorarnos de Marrakech. No quise calcular si había por allá más olivos que en Jaén o que en Delfos. En todo caso debo decir que eran especialmente apreciados y que, a menudo, cuando te hablaban de un ‘jardín’ se referían a un olivar.

Marrakech tiene un problema, y no me refiero a la higiene de los puestos de la deliciosa comida de la Yamaa el Fna, que entusiasma allá a tantos que se la zampan como leones, cuando si les sirvieran de esa manera en España pondría el grito en el cielo y la denuncia en el juzgado de guardia. El problema es la temperatura, que supera todo el año a la de Jaén, en ocasiones hasta siete grados.

Si con dos grados más de temperatura en Andalucía se mueren los olivos será porque ecologistas a la violeta habrán ido a regarlos con salfumán.

 

Temperaturas medias en Marrakech (+ por encima de Jaén):

  Temperatura Mínima  Temperatura Máxima 
 Enero   06ºC +1  18ºC +6
 Febrero  08ºC +3  19ºC +5
 Marzo  10ºC +2  22ºC +5
 Abril  12ºC +2  23ºC +3
 Mayo  14ºC +1  27ºC +3
 Junio  17ºC +0  31ºC +1
 Julio  21ºC +0  36ºC +2
 Agosto  21ºC +0  36ºC +2
 Septiembre  19ºC +1  32ºC +3
 Octubre  15ºC +2  27ºC +5
 Noviembre  11ºC +2  22°C +6
 Diciembre  07ºC +2  19ºC +7