Catalina Ibáñez, hija de una saga de fotógrafos murcianos

Colita
Fotógrafa

Juan Antonio Ibáñez, nacido en Jumilla, fue el primero de una saga de fotógrafos murcianos, cuyo origen se remonta a 1862. Fue ebanista y afinador de pianos, y su habilidad le fue muy útil para fabricarse las cámaras fotográficas.

Juan Antonio Ibáñez
El hermano de Catalina, Alejandro Ibáñez

Se trasladó en 1858, junto a su familia, a Hellín, donde se instalaron como fotógrafos,retratistas -también al óleo y al carbón-. Fueron los primeros en instalar un estudio en España, precursores de una saga insólita en la historia de la fotografía, pues supera sobradamente la veintena de fotógrafos  profesionales a lo largo de cinco generaciones.

Juan Antonio se casó en segundas nupcias con una joven de Jumilla, Francisca Abad Crespo, en 1845. Del matrimonio nacieron: Juan, Josefa, Catalina, Alejandro y Anastasio. Los tres varones se dedicaron a la fotografía, como el padre, y las dos hermanas, Josefa y Catalina, participaron en el negocio familiar, colaborando en tareas al parecer menos importantes, pero absolutamente fundamentales: Iluminación, retoque y coloreado de copias, y hasta fotografías, pues cuando Catalina se involucra en  el negocio, se firman “Ibáñez e Hija”.

Catalina Ibáñez Abad nació en Jumilla en 1852, y fue una de las pioneras de la fotografía profesional en España. Empezó a trabajar en el estudio de Hellín  de su padre a finales de 1860, y no solo se dedicaría a retocar placas de vidrio y a preparar los materiales del laboratorio, también intervenía en los posados de las modelos y los decorados,  y finalmente, en la captura de imágenes. Catalina tenía el don de embellecer a los modelos.

No solo aprendió de su padre los secretos del coloidon, sino que aprendió a tocar la guitarra. Con su hermano Alejandro organizaban conciertos para la familia y amigos que siempre estaban concurridísimos.

Se casó con un hombre de Hellín, carpintero tuerto y más tarde maestro de primaria, pero llegó la epidemia del cólera y se llevó a Catalina, a su marido y a su hija pequeña.

Catalina Ibáñez

Poco antes de morir, uno de sus hijos velaba junto a la cama de su madre: “Mamá, estas demasiado azul…”.  Ella contestó: “No te preocupes, amor mío, mañana estaré mejor, toma, te regalo la foto que me hizo el tío Juan, para que me veas más guapa…”. Murió en 1885, y no tenía más que 33 años.

La foto es un tesoro que la familia ha conservado hasta ahora.

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