Cascos delatores

delatarSanti Vinyals
Periodista

En 1939, porteros de edificios, taxistas y dueños de hoteles fueron convertidos a la fuerza en delatores por el nuevo régimen franquista y se crearon cuerpos especiales de delatores gratificados (300 pesetas al mes, equivalentes entonces al salario de un obrero). Muchos no necesitaban tanto. El espíritu de venganza más primario, rencillas vecinales o las posibilidades de lucro personal les llevaban a la denuncia voluntaria. En palabras del coronel Ungría, jefe de los servicios de Seguridad del Estado, durante una visita a Barcelona a finales de febrero de aquel año, “la delación policial subirá al prestigio de aviso patriótico”.

Una parte importante de la represión política se pudo llevar a cabo entonces gracias a las delaciones. Si uno tenía la suerte de que nadie denunciara sus actividades durante la guerra, era posible que pudiera seguir su vida sin demasiados inconvenientes. Y por el contrario, si uno tenía un pasado problemático pero se prestaba a la delación, quizá pudiera hacerlo olvidar. Casos sorprendentes de personas que se habían significado de manera destacada en la causa republicana y pudieron seguir su vida sin problema, o incluso con ventajas, en el nuevo régimen, tiene su explicación jamás conocida públicamente, en la delación. Sin la colaboración de una parte importante de la población, los mecanismos represivos del primer franquismo no habrían funcionado con la efectividad que tuvieron.

Terminado el franquismo, y ya en el siglo XXI, no han sido escasos los intentos gubernativos de incitar a la delación. En Catalunya, por ejemplo, no hace mucho, un departamento de la Generalitat creó un programa para aplicar a los teléfonos móviles que permitía delatar a los pedigüeños del metro. Y Felip Puig, cuando era conseller de Governació, hizo llamamientos a delatar a los participantes en manifestaciones no autorizadas. La colaboración de bancos y comercios con cámaras de vídeo ya se da por descontada a la hora de aportar pruebas visuales de determinadas actuaciones. Y, yendo un paso más allá, recientemente se ha comprobado que se producen detenciones sin otras pruebas que imágenes tomadas directamente por los mossos o por cámaras de vídeo situadas en la calle.

Es un terreno muy resbaladizo. Las autoridades siempre han tenido interés en contar con la “colaboración ciudadana”, no tanto por su utilidad represiva, sino, sobre todo, por lo que tiene de forma de adhesión a sus planteamientos políticos.

El mes de agosto pasado han tenido amplia repercusión en los medios las imágenes grabadas por un grupo de ciclistas cuando un automóvil les adelantaba pisando la línea continua. Una forma de denuncia pública de un comportamiento ajeno que ha recibido, en general cálidos elogios y ha sido presentado como una interesante forma de autodefensa que hay que estimular.

No se trata de una delación política, pero nos lleva por unos senderos extrajudiciales enormemente peligrosos. Si encontramos lógico que los ciclistas lleven una cámara para ir filmando los que les adelantan sin ajustarse estrictamente a la legalidad, no deberá sorprender que los conductores de automóviles lleven una cámara para filmar a los ciclistas que circulan de tres en fondo, obstaculizando el paso, o a los que van sin casco, o no digamos ya a los que, en la ciudad, circulan a contradirección o se dedican a asustar impunemente por las aceras a ancianos y mujeres con cochecitos de niño.

Y a partir de aquí todo es posible. ¿Llevaremos todos una cámara en la cabeza para ir filmando los comportamientos ajenos, y cada noche lo entregaremos en comisaría para que se revisen las imágenes? ¿No tienen bastante las fuerzas de seguridad con las cámaras que se multiplican por las esquinas de la ciudad ni con los métodos de espionaje de nuestros ordenadores conectados a la red?

Hay una escena de la película de François Truffaut Fahrenheit 451, basada en una célebre novela de Ray Bradbury, que no deberíamos olvidar: el hombre anónimo que después de algunas dudas deposita en el buzón de la comisaría de policía la carta delatando a un conciudadano que está cometiendo el delito de tener libros en su casa. Atiende a las llamadas gubernativas, se comporta, desde el punto de vista de la autoridad, con un elogiable civismo. Es un buen patriota. Igual que los ciclistas con cámara en el casco.

 

Un pensament a “Cascos delatores”

  1. Esta argumentación la he visto en otros medios y la considero completamente falaz (iba a calificarla también de lamentable, pero claro…) . Creo que lo que se ha propuesto es denunciar a los conductores que pongan en peligro la vida de los ciclistas. No es lo mismo obstaculizar el tráfico que mandar a alguien al otro barrio. El ciclista en estos casos está indefenso y la propuesta es un toque de atención para denunciar los abusos mortales de algunos conductores. No creo que denunciar a alguien que pone en peligro tu vida tenga nada que ver con la delación ni que se pueda comparar, ni siquiera remotamente, con ataques a las libertades ni con distopías orwellianas o clarkianas.
    Si su miedo a la falta de libertades viene de los cascos de los ciclistas, va listo. La cosa es más sutil y eficaz, desgraciadamente.

    En fin, que me gustaría algún día poder ser un poco libre y además, que no me matara un conductor temerario para poder disfrutarlo.

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