T.T.T.

Se cumplen cincuenta años de la publicación (censurada) de Tres tristes Tigres, la gran novela del cubano Guillermo Cabrera Infante al que le agradeceré siempre el placer que sentí al leerla y que me diese permiso para decir simplemente T.T.T. visto el trabalenguas en el que me metí al pronunciar el título.

En mis años londinenses conversé varias veces con Cabrera Infante. Vivía  en una de las veintiún Gloucester Road que existen en Londres. Él sostenía que los ingleses son tan diabólicos que ponen  el mismo nombre a multitud de calles para desorientar al ciudadano novato.

Vivía en una planta baja. El sofá, junto a la ventana. En la pared lateral una estantería repleta de libros y frente al sofá una mesa escritorio, un supletorio con teléfono, máquina de escribir y una butaca en la que Cabrera Infante se pasaba el día escribiendo, traduciendo y recibiendo llamadas y visitas. El salón era rectangular, con una pequeña separación al fondo ocultando el comedor y la cocina estilo inglés.

El exilio le pasó factura al autor de T.T.T.  en forma de depresiones. Para medicar una de esas depresiones fue sometido en una ocasión a una cura de sueño. Al despertar, me contó, creyó haber enloquecido porque oía rugido de leones. Su esposa le tranquilizó. La habitación estaba justo encima del pabellón de felinos del zoo.

Fue un hombre que hizo de la memoria, el cine y los sueños la razón de su vida. Las noches londinenses de Cabrera infante eran noches de cine a partir de los miles de videos almacenados en armarios empotrados. Noches de mujeres rubias, de actores que fuman, de vidas soñadas para arrumbar la dureza  de la nostalgia  por La Habana difunta que, según me dijo, descubrió un día, siendo niño, subiendo unas escaleras de mármol.

Era conciente de que aquella Habana solo estaba en sus sueños. Quizás pro eso  escribió La Habana para un infante difunto.

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