‘A bridge too far’

La soberbia autista de las élites (4)
Miguel Aznar
Consultor 

1 USA en subasta

Mi conocimiento de la realidad americana no me ha llegado por una vía como la que he referido en el capítulo del brexit. En parte por la falta de oportunidades laborales (debo reconocer que muy raramente he viajado más allá de Francia, Italia y Gran Bretaña por placer: en general, cuando he llegado a algún lugar lejano ha sido sobre el apoyo de un trabajo que me daba pie a mayores exploraciones), en parte por mi falta de interés, mis estancias en los USA han sido cortas y escasas, y en ningún caso me han facilitado un contacto significativo con el país, el paisaje y el paisanaje que me permita hablar de todos ellos con un mínimo conocimiento de causa.

Mis primeros conocimientos de los Estados Unidos, sin embargo, se basaron en dos fuentes de especial calidad: El periodismo y las informaciones de los amigos de mi padre que, después del ‘39, habían ido a parar a Méjico y que, tras convalidar sus títulos españoles de peritos por otros mejicanos de ingenieros, colaboraron a la industrialización del país montando fábricas en colaboración con los vecinos del norte, en un continuo trabajo de lanzadera entre los dos lados de la frontera. Sus persistentes invitaciones a mi padre a que se fuera para allá con todos nosotros, que los norteamericanos valoraban a los ingenieros españoles para montar sus industrias en la otra orilla del Río Bravo, no consiguieron motivar a mi madre, que consideró que bastante había emigrado ya, marchando de Madrid para vivir en a Barcelona. Las encíclicas mejicanas describiendo las maravillas económicas e industriales estadounidenses, reflejadas en una fotografía recibida de un cuatrimotor soberbio volando sobre San Francisco que me acompañó durante años desde la pared de mi habitación sobre mi mesa de trabajo, definieron mi fe en el dinamismo y el potencial tecnológico de aquellas gentes.

Pero, como he señalado en primer lugar, mi principal fuente de información, en aquellos lejanos años, fueron las lecturas, y especialmente la prensa.

De crío, para mí, América era el mundo de Buck Rogers, Mandrake y el capitán Marvel, y también de las tiras americanas del Florita de mi hermana, con las hermanas Dora, Belinda y otras gentes, todas mucho más próximas a los marcianos que a nosotros, españolitos de postguerra.

Enrique Jardiel Poncela
Enrique Jardiel Poncela

Cuando tenía trece años una enfermedad de la época (‘un ganglio’ se decía entonces) me tuvo seis meses en la cama. Sobreviví a base de lecturas. Antes ya había leído a Larra, centrado en España, que, aunque a veces se me hacía difícil, me fascinaba. Entonces descubrí a Camba y sus artículos sobre diferentes países, a Jardiel y sus crónicas americanas y, sobre todo, a Josefina Carabias que, cada tarde, desde el Noticiero Universal (‘nuestra corresponsal en Washington’), transmitía un retrato de la vida americana que no tenía nada que ver con aquellas cosas tan serias, aunque a veces poco formales, de Ángel Zúñiga, para La Vanguardia, desde Nueva York,  pero con aquel estilo que la propia autora, aprovechando el comentario de un lector, describía como ‘lerdeces’, que lograba que vivieras casi con vista, oído, olfato y tacto aquellas calles, aquellos supermercados (¿qué sería eso?) y hasta aquellas gentes. Veinte años después, corriendo por los infinitos arrabales de Miami, creía estar viviendo un artículo suyo. La verdad es que, hasta que hace pocos años empezaron a publicarse en El País las crónicas desde Grecia de María Antonia Sánchez Vallejo no encontré nada que se pareciera a aquellos vívidos retratos de la Carabias.

Y a estos periodistas de casa debo añadir otra fuente informativa básica para mí en aquellos tiempos: Selecciones del Reader’s Digest. Un familiar con posibles y mente ligeramente cosmopolita, a cuya casa acudíamos de visita con regularidad, la recibía y yo me perdía en un rincón leyendo aquellas anécdotas (era una sección fija de envíos de los lectores norteamericanos, cuidadosamente traducida) en la que siempre se referían a barrios residenciales en los que gente normal (mecánicos, oficinistas…) vivían en casas unifamiliares rodeadas de jardín, con lecheros que les llevaban las botellas a sus puertas de madrugada, todos con coches espléndidos de esos que llamábamos ‘haigas’, esposas que se dedicaban a hacer pasteles, niños que asistían a escuela increíbles, a las que podían llevar gatos y a cuyos maestros podían tratar con unas confianzas que aquí hubieran supuesto ganarse un bofetón, barbacoas con los amigos en el jardín…

En conjunto, esas informaciones periodísticas me proporcionaron un conocimiento del país que, para mí, era mucho más vívido que el que obtenía de cualquier película: En el cine, ya se sabía, todo lo que pasa es mentira. Pero esas descripciones de Camba, de Jardiel, de Carabias o de la desconocida mujercita de su casa que escribía, muerta de risa, cómo su marido al ir a subirse al coche para ir a trabajar, después de atravesar el jardín mirando de reojo a la vecinita en shorts y blusa ceñida, se había metido en el asiento de atrás… esas descripciones no eran ‘de cine’; para mí eso era real como la vida misma.

Si a eso sumamos las descripciones de América y de los americanos que retrató Julio Verne (creo que llegué a leerme el centenar de novelas que escribió), siempre admirativas, presentándoles como seres generosos y fanáticos, capaces de lo más grande e incluso de lo más desorbitado, completamos el bagaje sobre este tema con el que salí de la infancia.

2 ♣ Club

Más adelante, al llegar a la fase crítica de todo adolescente, y a la hipercrítica de todo universitario progre, me planteé qué había de verdad en esos miles de imágenes consolidadas en esas creencias,  estilos de vida y comportamientos colectivos de los americanos que yo me había formado.

En primer lugar, amplié fuentes de información, incorporando la interacción de los americanos con los otros habitantes del planeta: Estados Unidos salvando dos veces lo más decente de la vieja Europa, inmersa en peleas que se arrastraban desde la Edad Media, era muy bonito; pero las maldiciones que les echaba mi tío abuelo Pepe, que volvió de la guerra de Cuba hecho una piltrafa, y la revolución cubana, me llevaron a documentarme sobre lo que me enteré que había sido la política del patio trasero y la del gran palo, o big stick, o sea, big club, que también es un palo de su baraja, lo que diríamos un basto; y que, al latinoamericano que se quejaba de recibirlo en su cabeza, sus compadres sólo le podían decir: join the club!

Por otra parte, lo de Corea quizá estuvo bien, pero lo de Vietnam parecía francamente mal, muy mal. Y, de repente, un alud de descalificaciones de la peor especie bombardeó sin piedad la imagen de los Estados Unidos: Eran culpables de todos los crímenes y de todos los vicios: Caín y la Puta de Babilonia y el Anticristo, y además se comían crudos a los niños del tercer mundo…

Y, primero con desconfianza y luego con saña, buscando la mierda y la malevolencia que debían constituir la esencia norteamericana, quintaesencia del capitalismo y del imperialismo, contrasté mis elementos de información, del derecho y del revés, con todos los ciudadanos de aquel país que me fui encontrando…

3 ♦  Diamond

… que fueron muchos y muy variados: Allí, progres que vivían como Dios en Greenwich Village e hispanos de legalidad dudosa del diametralmente opuesto Spanish Harlem, aquí, y en Europa, Asia, África y Latinoamérica, gentes de toda especie y color, incluyendo parientes, clientes, colegas, amigos, conocidos y saludados, me han permitido conocer ese paisanaje; conocimiento éste más importante que el que proporcionan el cine y el National Geografic del paisaje, si pensamos en el tema que nos traemos ahora entre manos.

Tallar un diamante es tarea ardua, que a mí me parece que precisa superpoderes: Ver aquel martillo que se levanta y cae en golpe seco sobre una piedrita de apariencia innoble y pensar que, por bien aplicado que esté ese martillazo, aún precisará muchos más para sacar algo en claro; pero que mal aplicado uno sólo de ellos, enviará una millonada a la miseria, me enerva, a mí, con mi pobre coordinación psicomotriz, hasta la neurosis.

Esa es la técnica que he empleado durante largos años para pulir la idea de ‘qué cosa son los americanos’: ir tallando poco a poco las informaciones brutas que de ellos tenía, para ir obteniendo la luz de sus diferentes facetas. Cogiendo uno a uno los atributos que había recogido de fuentes que me parecían más o menos verídicas y golpearlos con la realidad que encontraba en los americanos de toda especie y color que he ido encontrando.

En resumen, la experiencia que aquí aporto es especialmente elaborada pero de poca potencia. No da para escribir un tratado, ni un artículo serio, sobre ‘el alma americana’ o cualquiera de esos tópicos tan manidos, pero espero que la consideren suficiente a efectos de evaluar la soberbia autista de las élites de ese país. Como comprenderán, si me meto en este berenjenal con tan ligero equipaje no es por gusto sino por necesidad: callar hoy, cuando la necedad y el pasotismo de las élites americanas han puesto a la humanidad a los pies de los cuatro caballos de los jinetes del Apocalipsis sería imperdonable. 

kennedy_campana4 ♥  Heart

El momento más emocional en los Estados Unidos, como país, no hay duda que se da en la elección de presidente. La noche de las elecciones, cuando ganó Kennedy, hubo un maravilloso jolgorio de seguimiento en el Instituto Americano de Barcelona, al que, recién llegados con todos los honores al mundo universitario, asistimos alucinados. Cuando este año intenté informarme de cómo se iba a montar el seguimiento de la elección presidencial para que mi nieta mayor fuera entrando en el mundo de la política, fui informado de que desde la caída de las torres gemelas estos actos públicos han pasado a la historia.

– Probablemente los del consulado, sólo para ellos, harán algo. Pero eso no se sabe…

Ni se supo hasta última hora: Con secreto se montó una reunión en un hotel que se anunció en el último momento a la corta lista de asistentes. Aquello de la fiesta pública de la democracia se fue con el viento…

Mi visión de lo que era una elección presidencial americana ya venía de antes, de las viejas lecturas que mencioné. Hace justo un siglo Julio Camba escribió diez de sus pequeños pero enormes artículos dedicados al tema de aquel momento: Los americanos debían decidir entre el presidente saliente, Wilson – abogado disléxico que invadió Méjico, ocupó Veracruz y dejó morir de hambre a prisioneros mejicanos llevados a los Estados Unidos; y que cuatro años antes había sido elegido en un catch a tres con el entonces saliente Taft y el anterior Teddy Roosvelt – y el republicano Hughes. Ganó Wilson por un pelo, gracias a que se presentó como ‘el hombre que nos ha mantenido fuera de la guerra’, o sea, de la Primera Guerra Mundial. Un año después se lo repensó y entró en ella de cabeza. Otro año después la remató, derrotando a Alemania. Al año siguiente montó la Sociedad de Naciones para que no se repitiera el juego y le dieron el Premio Nóbel de la Paz. Como se puede ver, toda la colección de subastas, apuestas, aperturas, impasses, muertos, triunfos y honores actuales, incluyendo mentiras, faroles y renuncios que se suponía que eran de otros juegos, vienen, por lo menos, de un siglo atrás.

El maestro Camba dijo de las elecciones americanas que, “consideradas como espectáculo, tienen una fama mundial. Son pintorescas, son deportivas, son cinematográficas y son, sobre todo, lo más americano de América”. Buena forma de entrar en tema. Y a continuación hizo una serie de reflexiones tan clarividentes y de tanto peso que quiero traer aquí su esencia, aunque la cita se alargue:

“Tiempo atrás, yo he hablado de las dos tendencias fundamentales que hay en la vida de este país: una tendencia idealista y humanitaria, de un gran contenido moral, que va desde William James, el filósofo, hasta mister Ford, el fabricante de automóviles, y una tendencia materialista sin contenido ideal ninguno, una tendencia de capitalismo y de imperialismo capitalista”. Permítanme que añada un comentario simple: La primera, en la frente.

Y, más adelante: “… es indudable que Hughes y Roosevelt, frente a Wilson, representan la segunda tendencia en oposición a la primera. Hughes representa a los capitalistas de Wall Street, que son los que han hecho su nominación. Representa los trusts. Representa el bastón gordo en las espaldas de los mejicanos. Representa este desprecio del dinero por los valores morales, con el cual sus amigos han llenado Nueva York de carteles que decían: «No queremos profesores al cargo de nuestros asuntos», y «¿De qué sirve la democracia en los negocios?» Hughes, en fin, representa el materialismo de una civilización de cantidad, en la que la calidad no cuenta para nada. Dólares, muchos dólares, business, puentes, teléfonos, grúas, rascacielos, estrépito, velocidad… De seguir las cosas como hasta aquí, si Hughes no triunfase ahora, él u otro que representara lo mismo triunfaría dentro de cuatro años. La segunda tendencia va imponiéndose a la primera. A medida que este pueblo se llena de dinero se despoja de contenido espiritual”. Vuelvan a la realidad: Camba decía esto hace cien años, no hace cien días…

Y seguía: “… se encontrarán en los Estados Unidos con un pueblo cuyo ideal, como el de una compañía anónima, consiste en hacer negocios. What is the use of democracy in business? ¿De qué nos sirve la democracia para ganar dinero? Y, verdaderamente, la democracia nunca llegará a producir ni un 2 por 100. Valen más los ferrocarriles, o el algodón, o las minas de potasa, o los plátanos”.

No fue la propaganda comunista, no fuimos los progres de los sesenta, quienes inventamos esa personalidad americana zafia y brutal, capitalista e imperialista. Medio año antes de la revolución rusa, medio siglo antes de mayo del 68, Camba, de dos brochazos, ya lo había dicho todo. Esa división en dos del país no coincidirá exactamente con la división que ahora nos interesa entre élites y masas, pero sin duda es la que se reproducirá cada vez que élite y masas tiren en direcciones opuestas.

El presidente estadounidense, George W. Bush (c), posa con, de izquierda a derecha, el ex presidente George H.W. Bush, el presidente electo, Barack Obama, el ex presidente Bill Clinton y el ex presidente Jimmy Carter. Efe
El presidente estadounidense, George W. Bush (c), posa con, de izquierda a derecha, el ex presidente George H.W. Bush, Barack Obama, el ex presidente Bill Clinton y el ex presidente Jimmy Carter. Foto: EFE

A esta dicotomía básica del país, Camba añadía una reflexión sobre un punto fundamental para entender qué representa en ese país el Presidente: “Hay que advertir, además, lo que es un presidente de República en los Estados Unidos para que se comprenda la importancia de la elección. Un presidente de República en los Estados  Unidos es un Kaiser elegido por un procedimiento democrático. Un Kaiser por cuatro años; pero un Kaiser que hace lo que quiere”.

Medio siglo después, cuando en 1968 Nixon se preparaba para asaltar el poder que no consiguió compitiendo con Kennedy, un memorándum de arranque de su campaña, probablemente obra de su director creativo de publicidad, Harry Treleaven, establecía qué es, para los americanos, su Presidente: “… Una combinación de caudillo, Dios, padre de familia, héroe, papa, rey, con, quizás, un leve toque de furias vengadoras”. No nos engañemos: eso no es un presidente para las élites. Eso es una definición perfecta de un presidente de masas.

Repito donde comencé: Una elección presidencial americana es un colosal torbellino de emociones. Se juega a corazones.

5 ♠  Spade 

No nos engañemos: Las armas, en los Estado Unidos, no son una manía estúpida y peligrosa que han cogido esa gente, como a veces parece que se cree la prensa de aquí. No es un vicio que adquirieron a base de ver westerns y películas de gansters, ni una necesidad sentida por gente que tenga ocupaciones de especial riesgo. El derecho a tener un arma, y llevarla, y exhibirla y, si lo cree conveniente, usarla, es una podredumbre del alma americana que está tan arraigada como la envidia y el desprecio al otro lo está en el alma española. Y ambas costarían lo mismo de arrancar. Y, dicho sea de paso, no sé cuál de las dos podredumbres es más nociva; más bien me inclino a pensar que las muertes que genera la americana son un mal menor que el odio que siembra la española.

‘La gente es así, y eso no se puede cambiar’ es la respuesta sincera que te dan un atildado homosexual del Village, un suboficial del ejército de Puerto Rico, un profesor del MIT, un saxofonista de Nueva Orleans, una universitaria de Vermont, un comerciante de San Francisco, una informática de Seattle… Nunca tuve ocasión de tratar de este asunto con un leñador de Oregón, pero creo que hubiera dicho lo mismo. Ir contra eso es ir contra un componente esencial del alma americana. Ergo… es ser antiamericano.

Machado habló de la podrida alma castellana que desprecia cuanto ignora, y tuvo que ir a reventar al exilio. Hoy, cadáver desterrado, se le puede citar respetablemente como poeta, siempre que se olvide su posición cívica. ¿Se imaginan a un selecto político español de ahora diciendo que la envidia y el desprecio que anidan en el alma de los españoles son un horror y que hay que acabar con eso? Ni un voto sacaría… Porque iría contra un componente esencial del alma española: Decir eso sería una prueba de ser, no un rojo o un separatista, algo peor: en palabras de Franco, ‘un mal español’.

armas-eeuu-portadaEn el fondo del alma de un estadounidense, el concepto está claro: Quien esté contra las armas y el derecho a llevarlas, es un mal americano.

6 Small Slam – No Trump

Y con toda esa base, llega un momento en que las apuestas suben y lo que está en juego es el rubber, todos vulnerables, y contrados y surcontrados. No hay triunfos que valgan, y cada uno se apoya en su palo. Y se descubre que el atildado homosexual del Village, el portorriqueño suboficial del ejército, el profesor del MIT, el saxofonista de Nueva Orleans, la universitaria de Vermont, el comerciante de San Francisco, la informática de Seattle… Toda esa gente que, al hablar con ellos parecían ser de la élite culta, cosmopolita y sensible, o de la masa cerril, retrógrada y patriotera, se tienen que decantar. Y en este momento descubres que, los que parecían más cultos, ante temas como el cambio climático, te sueltan tranquilamente que no creen que sea tan grave, pero que, en caso de que así fuera, no hay problema porque el Gobierno, cuando convenga, hará lo que sea necesario. Seguro. Para eso el presidente es su caudillo, su Dios, su padre de familia, su héroe, su papa, su rey, y, si es preciso, su enjambre de furias vengadoras.

trump-negador-del-cambio-climatico

Pero además, toda es gente, que para nosotros son simplemente ‘americanos’, vistos desde dentro de su propia olla, no son así. Jardiel defendió que los americanos no existen, y si existen son muy pocos. Desglosaba por grupos, incluso llevando la cuenta por millones: los de Nueva Inglaterra son más bien ingleses… los de Nueva York son una cosa aparte… los chicanos son mejicanos… los polacos son polacos… y, desde luego, cualquier americano que cree tener una brillante ejecutoria americana te dirá que los negros son otra cosa y que los indios no son nada… Total, que si los americanos realmente existen, serán cuatro gatos…

Y ahora, en el momento de tomar las decisiones individuales, que son las que cuentan, salen a la superficie los demonios más primitivos, en cada tribu los suyos propios: Los negros y latinos integrados reforzarán mentalmente su status votando lo que votaría un wasp, al fin y al cabo, en España, los judíos emboscados eran los primeros que se exhibían picoteando en las ‘pruebas’ de las matanzas del cerdo. Los que ahora vuelven a tener un trabajo votarán protestando porque el que tenían antes era mejor y, sobretodo, les hacía sentir más importantes de lo que se sienten ahora. Los que se sienten desheredados no votarán porque todos son iguales. Los izquierdistas que se la cogen con papel de fumar tampoco votarán porque su candidato era otro. Los machos votarán a un macho. Las mujeres de esos machos votarán a ese macho, porque ya se sabe que los hombres son así, igualitos que mi Johnny, que dice esas cosas (y a lo mejor hasta las hace) pero luego me tiene como una reina… Las tribus originales, arrastradas por sus demonios, se descompondrán en un aquelarre de malos espíritus y malos vientos. Lo del ánfora de Pandora podría ser un ejemplo de la situación actual, sólo que ahora la dosis de esperanza que queda en el fondo es ya muy pequeña. Y podrá pasar cualquier cosa.

7 Grand Slam – Nulos

¿Creemos que puede haber una rectificación y volver a meter a todos los males en el ánfora, a todos los vientos en el odre, a todos los demonios en el infierno? ¿Cuándo? ¿A tiempo?

Hace un siglo, cuando el bridge se expandía como el prototipo del juego elegante e inteligente, en el que se minimizaba el papel de la suerte y de la picardía a favor de la perspicacia, la lucidez, la sagacidad y el cálculo, en España, siempre rizando el rizo, se inventó una variante sutil e ingeniosísima que acabó de eliminar los pocos resquicios que le quedaban al azar: podías jugar tanto a hacer bazas como a no hacerlas. A esta variante se la llamó ‘nulos’. El mundo entero se maravilló y reconoció la agudeza del sistema. En los años treinta los nulos empezaron a jugarse fuera de España. En los años sesenta eran a penas un recuerdo. ¿Qué había pasado?

La versión oficial es, como no podía ser de otra manera, la envidia y la manía que nos tienen en el extranjero y lo papanatas que somos aquí, que les seguimos la corriente, despreciamos lo propio y nos tragamos lo de fuera.

La verdad es mucho más triste: Subastar y jugar con nulos suponía un grado excelso de inteligencia y finura. Había que elaborar mentalmente escenarios complejos y a continuación tenías que moverte con elegancia felina para, desde una posición que en el juego clásico sería desastrosa, encontrar una forma de poner las cosas a tu favor y salir airoso del conflicto.

Demasiada sutileza para nuestro estilo patrio, que si cuesta alcanzar una rosa con la mano se corta con la punta de la espada. Aquí se descubrió también la técnica que los finos aristócratas madrileños llamaban ‘del pistolero’. El bridge basa su esencia en una comunicación verbal fluida, respetuosa y formalizada, es decir, sin guiños ni triquiñuelas, sobre el juego repartido y sus posibilidades. La técnica del pistolero consistía en que, al primer anuncio de que alguien disponía de un juego potente, el contrario cantaba ‘seis nulos’, cerrando la subasta y convirtiendo la partida en una refriega embarrada con la esperanza de perder lo menos posible antes de permitir que los otros ganen algo.

Si hay suficiente gente decente en los Estados Unidos que cree que se puede salvar el futuro, deberán poner en marcha una estrategia con dos patas: La primera, con enorme delicadeza e inteligencia, jugar a anular el aluvión de coces que se prepara y que sin duda se desarrollará.

Post mortem

Los jugadores de bridge se dividen en dos grandes tribus: los que se pirran por los post mortem, o sea, las inacabables explicaciones de ‘qué hubiera pasado si…’ que siempre derivan a la crítica al compañero – ‘lo hiciste mal aquí…’ – y los que odian estos análisis. Se supone que los primeros, a la larga, llevan una ventaja sobre los segundos: que con eso aprenden. Falso. Así como el tercer tiempo de los partidos de rugby tiene por finalidad la exaltación de la amistad entre los contendientes, los post mortem del bridge sirven sólo para suscitar las más negativas emociones entre todo el mundo.

Como en el viejo jeroglífico, ahora ya cesó la negra partida americana. Los profesionales de la politología, Dios les pille confesados, que analicen las minucias que quieran, por condados, edades, nivel de educación y grupo sanguíneo. Como síntesis sólo hay una conclusión: Si las élites llegan a despreciar tanto a las masas que se olvidan de ellas, las masas se revolverán sin preocuparse de si se hunde el país o el mundo. Y eso lo harán todas las masas: la de los millones de abajo, económica y culturalmente, y esas pequeñas pero significativas dosis de masa que llevan dentro también los de arriba.

Porque las principales misiones de las élites son formar e informar a las masas para librarlas de sus demonios. Y, para eso, debe existir una relación de confianza que las élites, despectivamente, enviaron al infierno. Camba decía que allá, ante cualquier problema, siempre se oía: “Habrá que hablar con Washington… No podemos hacer nada sin conocer la opinión de Washington…”, y empezaba a detectar: “Luego hay lo de … fiarse de Washington, lo de mirar a Washington con recelo…”. En un siglo, Zavalita, esa relación de confianza con Washington, paradigma de la relación de confianza de aquellas masas con aquellas élites, se jodió como el Perú.

Y esa es la segunda pata imprescindible para que algún día se reconduzca la situación del Imperio: la soldadura allá entre élites y masas – no como creen algunos espíritus rencorosos, ‘que las masas aprendan la lección, con la que les va a caer’, que para eso los americanos pueden ser tan cerriles como los españoles, y decidir mantenella y no enmendalla; es más, por ahora están sacando ‘el instinto animal de los inversores’ y apostando a lo que ganarán a corto plazo, que el largo no existe… – Que las élites jueguen su verdadero papel social. Aquello de que los Cabot sólo se tratan con los Lodge, y los Lodge sólo con Dios, vale para el micromundo pijo de Massachussets, no para toda la ancha Unión.

Y ese es un desafío imponente: a bridge too far.

 

Un pensament a “‘A bridge too far’”

  1. He leído con retraso (las Navidades nos trastocan a todos) este artículo tuyo, querido Miguel, y no quiero que pasen más días sin decirte que me ha sido más útil para comprender el ‘trumpazo’ de EEUU que las decenas de análisis leídos en la prensa convencional. Lo de Camba, que desconocía como tantas cosas, me parece absolutamente genial. Un abrazo lleno de cariño y admiración.

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