‘Barcelonas’ de posguerra: señales en la calle

imagesJavier Tébar Hurtado
Fernando Mota Muñoz

Historiadores, autores del libro ‘La muerte del espía con bragas

Los recuerdos de buena parte de los supervivientes de aquellos años están asociados al frío de sabañón, a la amargura terrosa del pan negro y a la neurosis de la carne y el pescado en el país de Jauja; también a la humillación, a orines y zotal, a la frágil dignidad encerrada en sí misma, al deseo furtivo en la oscuridad de los cines o de los parques con cancela, a la culpa irredimible cauterizada con incienso y velas muertas… Un olor intenso a miedo, a la figura inmóvil rodeado por el terror, a la profunda angustia, abstracta y al mismo tiempo concreta, del mañana y el pasado, al pasado que siempre vuelve hablando de lo que pude ser y no fue. Es en este contexto en el que se inscribe el relato histórico titulado La muerte del espía con bragas. Falangistas, policías, militares y agentes secretos en la Barcelona de posguerra.

Si fuera posible un paseo por aquel espacio urbano, encerrado y clasificado en el pasado como un objeto mudo, uno podría percibir un conjunto de señales en la calle que convencen a cualquiera de la existencia de una memoria de piedra de la Barcelona de posguerra. La Barcelona revolucionaria de meses atrás ha quedado congelada, sin uso inmediato. Ha dado paso a una Barcelona contrarrevolucionaria que pretende proyectarse en el presente y el futuro.

Una parte de las fuerzas nacionalistas que ocuparon Barcelona el 26 de enero de 1939 entró por la Diagonal y una gran masa salió a recibirlos como sus “liberadores”. Otra parte de la población quedó irremediablemente encerrada y silenciosa. Esta zona de la ciudad pronto se convierte en parte del nuevo nomenclátor local como “Avenida del Generalísimo Franco”. Semanas más tarde, un fenómeno similar ocurre con el gran desfile de la “Victoria” presidida por el propio dictador desde las fantásticas vistas de la primera planta del número 508 de aquella misma avenida, cedida por la familia de un patricio local. Aquella es probablemente una primera puesta en escena de lo que constituye la búsqueda de una ocupación completa del espacio público de la ciudad por parte del “Nuevo Régimen”.

Sólo un año después el monumento instalado en la confluencia del Passeig de Gràcia y la misma Diagonal, dedicado a Pi i Margall, obra de Josep Viladomat Massanes, un símbolo republicano de lo que representan la igualdad, la fraternidad y la libertad, se transforma en la plaza que acogió el monumento a la “Victoria” de los “nacionales”, encargada al escultor Frederic Marés, sustituyendo el medallón con la imagen del patricio y venerable político republicano por los nuevos símbolos franquistas.

El militar falangista Antonio Correa Veglison, nombrado jefe provincial de partido único y gobernador civil, llega a la ciudad el mes de diciembre de 1940. De inmediato declara que viene a gobernar y no tiene a nadie ni por encima ni por debajo de él: jerarquía, unidad y disciplina son la nueva trinidad del poder en la “nueva era” proclamada por la dictadura del general Franco.

La ciudad a la que llegó Correa Veglison continúa mostrando las cicatrices de los bombardeos que sufrió durante la guerra: en los edificios desdentados, en los derribos donde se alojan obuses con los que los niños juegan a la guerra -como en las novelas de Rabinat-, en las marcas dejadas en las vías de comunicación, en las antiguas fábricas próximas al frente litoral del Poblenou, en los petrificados refugios antiaéreos que permanecen en las tripas de la ciudad, como la sirena de una alerta que no ha dejado de sonar…

La ocupación de las instituciones de la Generalitat y de las sedes de partidos y sindicatos republicanos también son marcas neutralizadas por el “Nuevo Régimen”: el cierre del edificio del antiguo Parlament en el Parc de la Ciutadella; la reinstalación de la Diputación en el Palacio de la plaza de Sant Jordi; la ocupación de los antiguos locales de la Conselleria de Treball i Mutualitats en Via Laietana, esquina plaza del Ángel, convirtiéndose a partir de entonces en el emblemático edificio de los sindicatos nacional-sindicalistas, etc. Al mismo tiempo, se está produciendo la recuperación de escenarios de poder económico y político, que expresan su presencia a través de la reapertura de la sede del Fomento del Trabajo Nacional –recuperada después de haber sido confiscada y utilizada por el Comité Nacional de la CNT durante la guerra. O también de los espacios sagrados, recuperados para la recristianización puesta en marcha por parte de las jerarquías católicas, como el de la plaza de la Catedral de Barcelona, que terminó ensanchándose durante aquellos años.

Con la aparición y desaparición de elementos arquitectónicos de referencia o bien con la resignificación de determinados signos y espacios urbanos, se emiten mensajes sobre las formas del “Nuevo Orden”. Si en la zona noble del Palacio de la Aduana tiene su actividad el gobernador civil y jefe provincial de Falange; es en el centro de la ciudad por excelencia, desde el Passeig de Gracia hasta la plaza de Catalunya, donde las señales de la calle muestran, tal vez con mayor intensidad, la construcción de la ciudad azul bajo el mandato del gobernador Correa Veglison. La ocupación de la sede del Círculo Ecuestre barcelonés por parte de la Jefatura Provincial de FET-JONS simboliza la subordinación formal del poder económico al poder político. En el tramo que une aquella sede con la plaza de Catalunya también se concentran los iconos que confluyen en la recuperación o, mejor dicho, en la reelaboración de señales urbanas durante aquellos años que, una vez convertidos en símbolos, serán descodificados e interiorizados por la población.

La plaza de Catalunya, con la inauguración del monumento a los “caídos” en noviembre de 1940, también se transforma. A pesar de la escasez del dinero, con la restauración del Orden emerge y se despliega un juego del Monopoly, las sedes financieras se concentran entre este espacio y la línea del Passeig de Gràcia, en su unión con la Diagonal: cinco de los bancos más importantes atienden a su clientela en la céntrica plaza, ocho de ellos en el Paseo. Marcará un hito la creación de la sede del Banco Español de Crédito (Banesto), con la compra del solar del antiguo Hotel Colón, en plaza de Catalunya 10, una de las sedes emblemáticas de los comunistas catalanes durante la guerra. Comienza a erigirse un nuevo símbolo del poder bancario y financiero, un nuevo edificio moderno, uno de los primeros rascacielos de la ciudad, proyectado por Lluís Bonet Garí y alzado entre 1942 y 1950.

LEGION CONDORHubo en Barcelona también una evocación en piedra, un recuerdo permanente, a la Legión Condor, que pervivió entre 1941 y 1980. Un homenaje a aquella mismas fuerzas aéreas que junto con la aviación fascista italiana aterrorizó a la población barcelonesa con los bombardeos. El sábado 22 de noviembre de 1941, el capitán general de la V Región Militar, el general Alfredo Kindelán, acompañado del gobernador Correa Veglison y el cónsul alemán en Barcelona en aquellos momentos, el doctor Rolf Jaeger, inauguraron en la Diagonal, ante la residencia de oficiales del Ejército, un monolito en memoria de los nueve aviadores alemanes muertos en accidente aéreo en la ruta entre Barcelona y Stuttgart.

En la “Avenida José Antonio” –que antes de esa fechas y hoy es Gran Via de les Corts Catalanes– dos rascacielos de trece plantas cada uno de ellos, de arquitectura monumental, frente por frente, ambas en dos de las esquinas formadas entre Gran Via y Passeig de Gràcia, marcan una nueva línea del poder económico. De un lado, a mano izquierda en dirección al mar, se encuentra el Banco Vitalicio, empresa aseguradora que junto con La Previsión son propiedad de la familia Comillas Güell. Al otro lado, a la izquierda bajando hacia plaza de Catalunya, el Banco Rural y del Mediterráneo, en el número 16 del boulevard. Muy cerca, en la misma Gran Via, número 668, esquina Roger de Llúria, está uno de los espacios de relación y actividad de la alta sociedad y de los negocios, el Hotel Ritz. Este es un establecimiento de lujo proyectado por el arquitecto modernista Eduard Ferrés i Puig, construido en 1919. Barcelona, como ya hacía tiempo Madrid, conseguía tener la franquicia que venia de París, y se construyó un edificio de cinco plantas, con más de un centenar de habitaciones y otras tantas suites, grandes salones y una enorme marquesina de entrada al lujoso hall. En el número siguiente de la avenida calle, en dirección norte, está la sede de la Casa de la Industria Textil-Algodonera, en la que son casi bien omnipresentes, sino omnipotentes, los hermanos Valls Taberner y otros pocos industriales locales. No sólo es un espacio de ocio, sino también de “intercambio de opiniones”, el eufemismo utilizado ya entonces para hablar de política o bien para tomar decisiones empresariales. De hecho, en los salones del hotel es más que probable que coincidieran en sus reuniones, por separado, los miembros de la corporación textil-algodonera y la todopoderosa empresa de la época, la Cros S.A., dedicada a la industria química y de abonos, cuya sede, años después, estaría situada muy próxima a aquel hotel de lujo.

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Teatro Circo Olympia

El Teatro-Circo Olympia –hoy ya desaparecido–, al que se decide cambiarle la “y” para evitar “extranjerismos”, según las autoridades-, a menudo es escogido como local para organizar los actos de Falange y también los de carácter sindical. En el Odeón y el Cinema Coliseum, o en las salas como el Price, entre otros, tienen lugar los actos de afirmación política y la ritualización del calendario festivo franquista. En la sala del Price –hoy también desaparecida- en la calle Floridablanca, se celebra el Primer Congreso Sindical Provincial, en enero de 1941, presidido por el propio gobernador Correa. Las fotografías de la época congelan una imagen gigante de la cara del “Caudillo” sobre fondos de letras también gigantes que, según como, parecen devolvernos una mirada oblicua del dictador. En el mismo escenario también tienen lugar los actos políticos presididos por la imagen de José Antonio Primo de Rivera, “el ausente”, encuadrada hasta medio pecho, y acompañados por las leyendas “Arriba España”, por un lado, y un “Franco. Franco. Franco”, por el otro, adornados con las haces falangistas.

Cada noche, los miembros de la Barcelona mundana cenan con champán y se da comilonas en el Parellada, el Ritz o el Abrevadero. En el Parador del Hidalgo de manera habitual se organizan las cenas de delegaciones consulares y municipales de celebración, suelen reunirse hombres de la burguesía estraperlista para sus negocios y, junto con otro local, El Capitel, tienen fama en la ciudad de ser ambos lugares a los que acuden jóvenes adolescentes para prostituirse. En el Café Rigat, un salón de te donde se puede comer y que dispone también de una sala de baile, es un local abierto el en la plaza de Cataluya, de aspecto suntuoso, con butacas forradas, maderas oscuras y gruesos vidrios negros en las mesas; está cargado de mármoles, de lámparas de colgajos y de espejos y escaleras. En él coincide una clientela variada: gentes del cine, redactores de diario, especialmente de Destino, y reúne algunas de las peñas más famosas de la ciudad. La crème de la ciudad lo escoge para celebrar sus fiestas y saraos.

Existen también otros espacios como El Café Navarra, uno de los locales donde tienen lugar muchas de las acciones narradas en “La muerte del espía con bragas”, que está situado al comienzo del paseo de Gracia, en el número 4, en la confluencia con la calle Caspe. Este es un local que visitan con frecuencia las jerarquías falangistas, ya que está a dos manzanas de la Jefatura Provincial del partido. La cafetería había sido inaugurada en diciembre de 1932 como café, cervecería y restaurante con especialidades gastronómicas vascas. Su propietario, el empresario de la restauración Esteve Sala Cañadell, lo bautizó como Cervecería y Restaurante Euzkadi. Sala mandó mantener los aspectos modernistas del local, que era amplio, de techos altos y con grandes columnas y decoró las paredes con unos murales del cartelista Jacint Bofarull. En aquellos años, el local se puso de moda entre la burguesía y se convirtió en centro de reunión de periodistas y artistas. La política españolista del gobernador Wenceslao González Oliveros, años atrás, obligó a cambiar el nombre al local y a borrar los murales. A raíz de ello, el propietario optó por rebautizarlo como Café Navarra, como un homenaje a las tropas navarras que habían entrado en Barcelona el 26 de enero de 1939.

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Antiguo ‘meublé’ la Casita Blanca de Barcelona

En otras calles próximas está ubicado el local más elegante, se dice, de la ciudad, el Rigat. Son también locales de esparcimiento la Rosaleda -situado en la Diagonal, más allá de la plaza rebautizada con el nombre de Calvo Sotelo-, El Cortijo y La Puñalada -en lo alto del Passeig de Gràcia, atravesado por la Diagonal. Locales con nombres de sonoridad castellana y castiza. La cena y el espectáculo ofrecidos en El Cortijo y en La Rosaleda, serán imitados después, al abrirse al público, por el Cactus y el California. A las afueras de la ciudad, para refrescarse por la noche, hay gente bien va a La Masía o La Pérgola –establecimientos que la mayor parte ellos hoy han desaparecido. Todos constituyen el epicentro de la vida mundana barcelonesa. En ellos se reúnen asiduamente los miembros de la burguesía, acuden autoridades y miembros del empresariado. En todos ellos el zotal es substituido por el perfume parisino, el pan negro por la harina de confitería, la col cocida por el codillo suculento, el murmullo y el grito grosero a destiempo por el educado saludo y la conversación importante… El encerramiento y el extravío ante el futuro, por la libertad y la apertura de los sentidos del comensal.
En algunos de estos locales de ocio se reúnen aquellos personajes conocidos en la época como “estraperlistas”. El Buick es el modelo de coche que identifica a los que se dedican a este “negocio”, se ven lujosos y llamativos vehículos aparcados cerca del Rigat, La Masia, La Pérgola y también en la calle Llúria, en Casa Alfonso -uno de los pocos establecimientos que hoy sobrevive al paso del tiempo-, donde quedan para tomar “manzanillas” y departir sobre los “futuribles”en medio de la miseria generalizada en la ciudad y el país. Estos grupos también son clientes habituales de las cenas americanas de la Parilla del Ritz, en Llúria, con velas sobre la mesa y la orquesta de Bernad Hilda et ses cadets vestidos de etiqueta, haciendo las delicias de desenfrenados estraperlistas, luciendo su dinero, el propiciado por el intervencionismo económico del Régimen y por la formal “neutralidad” española durante la guerra europea, cuando los países enfrentados buscan en España productos para proveerse.

Es esta también una Barcelona falangista en la que actúan miembros de la llamada Vieja Guardia, así como también los grupos de excombatientes y excautivos, que a su vez, la mayor parte de ellos, son “camisas viejas”. Son hombres que a veces están enfrentados entre ellos y en otras ocasiones con el propio gobernador Antonio Correa Veglison, máxima autoridad civil y política en la provincia. Son falangistas que en algunos momentos concretos protagonizarán violentos choques con determinados grupos carlistas. Nos referimos, por lo tanto, a una parte de aquellos militantes de FET que verán cómo sus sueños fascistas a través de la revolución del nacional-sindicalismo se desvanecen; que piden y exigen la “recompensa” por los sufrimientos que padecieron durante la guerra: cautiverio, cárcel, ocultación, pérdida de familiares y amigos.
Es dentro de todas estas Barcelonas donde se cruza y entrecruza también a otra Barcelona, la de los “vencidos”, formada por los que viven a las afueras de la ciudad o bien en su propio centro: en el barrio Chino, un espacio degradado y objeto de una oleada de puritanismo y moral estricta que convive al mismo tiempo con la permisividad de la prostitución, manteniendo abiertos meublés o bares de cites, algunos al parecer regentados por viudas de algunos de los “caídos por Dios y por España”. Son locales como el Hotel Magoria, próximo a la plaza de Espanya, el Niu d’Or, un conocido meublè de lujo situado en la calle San Erasmo, o la conocida como Casita Blanca, un edificio próximo a la plaza de Lesseps.

En la nueva “Ciudad azul” dentro de la España franquista se distribuyen también toda una serie de centros de detención, bajo vigilancia militar o policial: campos de concentración como el de Horta –hoy, es en parte un espacio ocupado por Llars Mundet– que a partir de 1941 pasa a ser centro de detención y clasificación de indigentes, junto con el Pavelló de Romania y después, a partir de 1944, el Pavelló de les Missions, ambos ubicados en la montaña de Montjuïc. Algunos de los niños mendigos de la calle ingresarán en establecimientos correccionales, como el Asilo Durán del que nos habla el novelista francés de origen español Michel del Castillo en su novela Tanguy. Se concentran en un prisión celular, como es la Modelo, miles de prisioneros republicanos, llenándola a rebosar; y las mujeres ocupan, sin reconocérseles su condición de presas políticas, la Prisión de Les Corts –sobre la cual, años después, se levantó un gran centro comercial, El Corte Inglés.

El dolor y la venganza, que tiene una presencia permanente en la sociedad, son sentimientos que atraviesan y condicionan la vida de grupos sociales y familias durante aquellos años de la posguerra, y más allá. Ambos sentimientos están detrás de las motivaciones de infinidad de actos protagonizados por las personas. Aquellos que se identifican y se sienten vencedores de la contienda pueden llevar a cabo la venganza con total impunidad. La justifican, evidentemente, a partir del dolor, pero también a partir de una visión según la cual están asistiendo al nacimiento de una nueva “Comunidad Nacional”, sanada de los males del pasado, el liberalismo y el comunismo, y finalmente renacida.

La Barcelona que hemos tratado de retratar, como una fotografía de grupo, es también la de los arribistas, de aquellos que se construyen falsas biografías para conseguir parte del “botín de guerra”, y la de los vencedores que se creen “intocables”, inmunes a los malos vientos que azotan la ciudad y el país. Barcelona aparece como telón de fondo sobre el que se proyectan las imágenes de la ciudad corrupta, del estraperlo, de la impunidad, los sobornos, los chantajes, los pequeños chanchullos y los grandes chanchullos, de las componendas políticas aprovechadas para hacer más o menos fortuna económica. Todo ello sucede en el marco de una política que se encarga de la distribución de la miseria entre la mayoría de la población, pero que también ofrece grandes “rendijas” que aprovecharán aquellos que dispongan de un protector, un contacto, una relación o un vínculo adecuados.