Bandrés en años de plomo

Juan-Maria-Bandres
Juan Mari Bandrés. Foto: EFE/Antonio Alonso

Vides contades
José Martí Gómez
Periodista

Acababa de entrevistar a Juan Mari Bandrés en su despacho, por entonces en el centro de Donostia. Antes de despedirme le  pregunté si tenía a mano algún poli-mili en vías de reinserción al que pudiera presentarme. Negó con la cabeza. Abría la puerta un joven de aspecto a mí me las den todas que me alcanzó en la puerta de la calle tras bajar corriendo la escalera supongo que tras recibir el santo y seña de Bandrés.

-He oído lo del poli-mili. A lo mejor te pudo conseguir uno. ¿Dónde estás hospedado?

-En el Maria Cristina. Habitación 317.

-Espera. Ahora vuelvo.

Se perdió calle abajo, tas una revuelta. No debió ir muy lejos porque volvió a los pocos minutos. Fue lacónico, el chico de aspecto yo-no-he-roto-nunca-un-plato.

-A las seis, espera en tu habitación.

En el curso de los años me vi muchas veces con Juan Maria Bandrés. Cuando ya había confianza mutua me enseñó una hoja impresa en la que enumeraba los premios obrantes en su poder. La relación constaba de dos apartados: el de “premios serios y solemnes” y el descrito como “premios entrañables”. Entre estos últimos figuraba el Premio Alcoyano, que le fue concedido en mérito a su probada facilidad de palabra, inaccesible al desaliento, por el grupo de periodistas que había cubierto sus años como parlamentario.

Fue un premio acertado. En mi larga relación con Bandrés, que se remonta a cuarenta años atrás, nunca le vi desalentado pese a que a veces le caían chuzos encima, como ocurrió cuando un amplio sector de la derecha creyó que estaba implicado en el secuestro del diputado Javier Rupérez, “ignorando que yo, cada tarde, tomaba café con leche y pastas con la madre de Rupérez, una anciana encantadora que me animaba y no me dejaba marchar solo al hotel no fuese a pasarme algo”.

MUERE MARIO ONAINDIA
Juan Mari Bandrés (derecha), junto a Mario Onaindia (izquierda), José Maria Benegas y Roberto Lertxundi, en un pasillo del Congreso tras la reunión de la ponencia constitucional que estudió el proyecto del Estatuto de Gernika, el 17 de julio de 1979. J.T. | EFE

Un sábado de 1977, Bandrés recordaba que era 14 de mayo, estaba de mitin en un frontón cuando le dijeron “Al teléfono, Juan Mari, que te llaman de presidencia del Gobierno. El alto cargo le pidió que sondeara a los presos etarras condenados en el proceso de Burgos si aceptarían el extrañamiento. Dejó los mítines y se fue de bolos por las cárceles españolas a fin de conocer la respuesta de los presos. El domingo ya tenía las respuestas, afirmativas, y desde las nueve de la noche hasta primeras horas de la madrugada estuvo en la Moncloa reunido con Suárez.

-Entré discretamente en el coche del ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja. Durante la conversación con Suárez percibí que funcionaba con datos estadísticos que consideraba muy fiables. Esos datos le indicaban que en País Vasco un 90 y tantos por ciento de la población estimaba como absolutamente necesaria la amnistía y consideraba a los presos políticos como héroes populares. Nos volvimos a ver en otras ocasiones para acabar de perfilar el tema. Cuando me hablaba de los militares, poder fáctico que se tenía que tener en cuenta antes de hacer públicas las medidas de gracia, Suárez se levantaba y paseaba por el despacho llevándose sus manos a la boca para imitar el toque de corneta. A la postre, el proceso de extrañamiento salió bien.

Juan María Bandrés fue uno de los fundadores de Euskadiko Ezkerra (EE) y ocupó escaño en el Congreso durante tres legislaturas. En la imagen con Eduardo Punset, diputado en la Transición Española por UCD.
Juan María Bandrés fue uno de los fundadores de Euskadiko Ezkerra (EE) y ocupó escaño en el Congreso durante tres legislaturas. En la imagen con Eduardo Punset, diputado en la Transición Española por UCD.

Bandrés ha sido por encima de todo un abogado. Abogado de pequeño despacho al que dedicó muchas horas de excelente trabajo junto a dos compañeros y una fiel y eficaz secretaria de toda la vida. “Ama tu profesión de abogado; la política no es una profesión”, solía repetir a modo de consigna. Fue a ese despacho de toda la vida donde siguió acudiendo siempre que pudo a lo largo de sus diecisiete años en la política y a donde regresó todas las mañanas tras dejar la política activa en 1994.

Como político, no ha dejado un corpus teórico. Fue un buen intérprete que no compuso nunca una melodía. Fue el rostro de Euskadiko Ezquerra. El que negoció con Suárez  la excarcelación de los condenados en el proceso de Burgos y la reinserción con Rosón. El que estuvo tras las bambalinas en la larga operación  que llevó a la disolución de los polis-milis que yo esperaba en la habitación 317 del hotel Maria Cristina de Donostia.

Luego llegaría la reinserción iniciada por Rosón y culminada por Barrionuevo, con Bandrés ejerciendo unos días como abogado y otros como político, “unas veces negociando con Rosón e informando a Felipe González, otras negociando con Barrionuevo e informando a Fraga a través del padre de Ruiz Gallardón”. Personas con delitos contra la vida fueron reinsertadas sin que en ningún momento Alianza Popular torpedease la operación.

Tenía Bandrés el aire de un sacerdote profesor de teología que se hubiese secularizado. Cuando le conocí llevaba muchos años siendo un cristiano sin comunidad. Del catolicismo se había quedado con dos cosas: con el mensaje evangélico y la amistad, forjada en la infancia, con el obispo Setién.

Bandrés fue diputado y también senador. Fue un genuino defensor de los derechos humanos y su lucha en favor de la paz, la libertad y la justicia, por encima de siglas, lo convirtió en un político querido y admirado por todos.
Bandrés fue diputado y también senador. Fue un genuino defensor de los derechos humanos y su lucha en favor de la paz, la libertad y la justicia, por encima de siglas, lo convirtió en un político querido y admirado por todos.

Con los años, se había abierto mucho más a las personas. Seguía teniendo claro que existía la derecha y la izquierda y en su piso de Madrid conservaba un póster del Che Guevara pero en los años finales de su actividad pública le interesaba más la persona y menos su ideología, siempre que fuese democrática. Para Bandrés, el hombre que recondujo a los polis-milis hacia la política o, como mínimo,  a un adiós a las armas, ETA fue una organización legítima hasta que se aprobó el estatuto de Guernika. A partir de ese momento, ETA era un anacronismo.

Fue abogado de El Lute y sus relatos de las visitas que le hacía eran crónicas orales inolvidables. Estuvo en el proceso de Burgos y muchos año después todavía recordaba con ironía el asombro que le producía salir del hotel y ver cómo en el bar de enfrente unos jóvenes que sabía estaban construyendo un túnel para liberar a los que iban a ser condenados a muerte tomaban copas tranquilamente. Te contaba con humor su tiempo como responsable de los transportes y ferrocarriles vascos -Narcis Serra era su homónimo en Cataluña-  y con amargura la anécdota de un viaje en avión poco después de celebrarse las elecciones del 15-J del 77: rodaba ya el avión por la pista cuando el ciudadano que se sentaba junto a Bandrés se levantó y gritó a una  azafatas: “Cámbieme de asiento. No soporto la peste”.

Personalista en lo político, a la política sólo le extrajo el beneficio de la popularidad, que fue mucha. Puso en marcha un partido que tuvo un estilo distinto a los demás, fue una gran esperanza y acabó escindido. Cuando un partido se rompe afloran todas las miserias. Euskadiko Ezquerra no fue en esto diferente a los demás, aunque los militantes escindidos cuando menos se saludan cuando se cruzan en la calle, cosa que no sucede en otros ámbitos políticos de Euskadi, archipiélago en el que en una calle de sus islas políticas jóvenes de Jarrai llamaron carcelero a un ex histórico de ETA que, a  su vez, les llamó gilipollas.

Adolfo Suárez, con Mario Onaindía y Juan María Bandrés
Adolfo Suárez, con Mario Onaindía y Juan María Bandrés

“La memoria de la transición me pesa como un cementerio. Todos los amigos que se me han muerto me decían resistimos porque tenemos sentido del humor y todos han muerto sin llegar a la vejez o han quedado aparcados por la enfermedad”, me dijo Bandrés. Él sería a los pocos años de decirme eso uno de los aparcados por la enfermedad. “Sentido del humor y capacidad para dormir son mis dos válvulas de escape”, decía. Debió perder el sentido del humor tras la embolia que le dejó malherido. La capacidad para dormir me confesó que empezó a perderla cuando en las muchas duermevelas se le aparecía el rostro de Otaegui preguntándole desde el más allá porque Bandrés, que era su abogado, le había dicho “no te angusties, no te matarán”. Lo mataron. Fue, junto a los jóvenes del FRAP, el chivo expiatorio de los últimos coletazos del franquismo. Fue el drama íntimo de Bandrés, que durante mucho tiempo no pudo volver a poner los pies en la prisión de Burgos porque el recuerdo de Otaegui se le hacia insoportable.

El Bandrés duro y el emotivo. El Bandrés riguroso citando artículos del Código Penal y el Bandrés relajado contando anécdotas. El Bandrés memoria de la transición contándome que Joaquín Garrigues Walker “se había vuelto como transparente desde que supo que iba a morir”:

-Recuerdo que un día subió hasta mi escaño en el Congreso, se sentó a mi lado, estuvimos hablando y en un momento dado me dijo, señalando a un ministro, colega suyo en el gabinete: “ya ves a ese: lo grave no es que sea ministro, siendo tonto, sino que el muy idiota hasta se cree que manda”. No era ese el problema de Suárez. En un momento de nuestras conversaciones, me dijo:  “Tenía muchas ganas de llegar a este despacho para poder mandar y ahora que he llegado me doy cuenta que desde aquí no se manda nada”. Le pregunté porque seguía en el despacho si era consciente de no mandar y Suárez me respondió: “Porque no se hacer otra cosa”.

Interior del hotel Maria Cristina de San Sebastián
Interior del hotel Maria Cristina de San Sebastián

A las seis en punto llamaron a la puerta de la habitación 317 del Maria Cristina. Abrí. Dos jóvenes entraron en la habitación. “Somos polis-milis”, dijeron por toda presentación. Si portaban armas, no me las enseñaron. ¿Serían gente capaz de adaptarse muy bien a trabajos extraordinarios pero incapaces de fichar a las nueve para un sencillo trabajo burocrático?, problema que según me había explicado Bandrés era común entre los reinsertados militantes históricos de ETA.

Los dos polis-milis tomaron asiento. Empezamos a hablar. Lo que dijeron entonces ya carece de importancia. La anécdota curiosa llegó unos años después mientras entrevistaba a Kepa Aulestia, secretario general de Euskadiko Ezquerra, el partido formado a partir de cuadros procedentes de los polis-milis y de condenados en el proceso de Burgos como Mario Onaindía y Teo Uriarte. Avanzada la entrevista le dije a Kepa:

-Desde que te he visto solo hago que preguntarme de que me suena tu cara.

-Hotel Maria Cristina, habitación 317 –respondió divertido.

 

Juan_Mari_Bandres-Euskadiko_Ezquerra_TL5IMA20111028_0108_9

*Junto a Huertas Clavería presenté en Barcelona Camina o revienta, las memorias de El Lute. Bandrés estuvo presente en el acto. Sobre El Lute ya me había hablado muchas veces: “Indudablemente es un hombre con una capacidad intelectual superior a la media. De eso me di cuenta cando le vi por primera vez. Es también un hombre con un enorme aprecio -diría que incluso excesivo- por la cultura: él siente que se ha cometido un robo con todos los suyos por el hecho de que no han podido acercarse a las fuentes de la cultura. Hay que reconoce que ha aprovechado bien sus años de cárcel, ha aprendido mucho en ella, lo cual no es un elogio de la cárcel española -un fracaso total en el panorama jurídico español- sino de El Lute en particular. Recuerdo que cuando le escribí por primera vez para decirle que iría a verle emplee de forma más o menos incorrecta un tiempo verbal y cuando nos vimos en la cárcel me dijo que no esperaba verme aquel día porque en mi carta yo había empleado un tiempo pluscuamperfecto y yo me dije Ahí va Dios, ¿cómo es el tiempo pluscuamperfcto, que ya no me acuerdo? Y él hablaba del tiempo pluscuamperfecto como materia de conversación. Me pregunté ¿ha  asumido el papel de mito?, y llegué a la conclusión de que él se daba cuenta de que era diferente porque lo trataban especialmente mal. Tuve la impresión de que los funcionarios esperaban que en cualquier momento se les escapese por cualquier resquicio y El Lute tampoco era tan sobrenatural como para eso. El caso es que estaba sometido a un régimen de prisión durísimo y eso le hacía sentirse un poco mito porque veía que con él se extremaban las medidas de seguridad y todos estaban pendientes de su persona. Recuerdo otra anécdota curiosa: le preocupaba que le colocasen en la galería de criminales del museo de cera de Madrid. Comprendo que es un hecho como para poner de muy mala leche”. Bandrés creía que la verdadera dimensión de El Lute se vería, como así ha sido,  cuando saliese de la cárcel y fuese Eleuterio Sánchez. En la cárcel, un hombre no ofrece nunca su auténtica personalidad. Bandrés recordaba otra anécdota: El Lute era un hombre que jamás soltaba un taco. Un día, explicándole la historia de una mujer y su conducta abandonando a su marido en condiciones humillantes exclamó “la muy…” Bandrés esperaba que acabase la frase con la palabra puta o cerda, o zorra o algo así, y no. Dijo cerdita. “La muy cerdita”. A Bandrés le pareció un adjetivo muy suave, incluso cariñoso.