La herencia de los Trastámara

La baja Edad Media. Todo esto que hemos sobrevolado anteriormente, de los visigodos hasta el 1250, es el cañamazo básico sobre el que, alcanzada la baja Edad Media, se tejió el desencuentro primigenio que acabó en las dos Españas.

La soberbia autista de las élites (11)
Bibliografía – La rebelión de la masas

Miguel Aznar
Consultor

Entre el mítico 711 y ese punto cero del sistema que fijamos en el 750, fueron cuarenta años de invasiones y correrías, del estilo de las que hubieron en la Península entre el 411, en que llegaron los primeros bárbaros y el 624, en que se fueron los últimos bizantinos. Los 87 años de estabilidad fronteriza y guerras civiles del reino Visigodo no creo que aportaran gran sosiego, al lado de los dos siglos de correrías previas y de las cuatro décadas de correrías posteriores.

Digamos que, en total, fueron tres siglos y medio de tropelías bastante desordenadas, previas al 750, y luego cinco siglos bastante redondos, hasta el 1250, de pulsaciones de moros y cristianos –y judíos mirando desde el tendido– que dejaron un mapa peninsular con cuatro estados cristianos (Corona de Castilla, Corona de Aragón, Reino de Navarra y Reino de Portugal) dándose codazos, y un corral o coto de caza moro (Reino de Granada) para explotar de una u otra forma.

En ese tiempo en Europa tuvieron lugar una serie de cambios sociales de peso: El feudalismo, como sistema productivo –el castillo, con sus alquerías, sus herrerías, sus carpinteros, sus sastres, sus panaderos y sus pasteleros– resultaba ser poco eficiente; y la razia a lo moro, cristiano o vikingo, como sistema comercial, francamente mejorable. Pero la estabilidad que, poco a poco se iba consiguiendo, las largas noches y la falta de televisión, hacía que la población aumentase, lo que primero dio hambre, y después capacidad productiva. Tomó fuerza una burguesía nueva, sobre todo en Inglaterra.

Además, la mencionada estabilidad se conseguía porque el más hábil de los señores (recordemos que al principio del feudalismo fue simplemente el más bestia) se iba imponiendo como rey o monarca del tipo que fuera, con lo que la pirámide se estiraba: el rey ya no era un príncipe inter pares sino el que podía ligarse la voluntad de unos nobles que le apoyaran, y de unos burgueses que trabajaran en su reino; y que, además, podía pagarse unos medios (en seguida cañones, aún más delicados de fundir que campanas) para convencer a los recalcitrantes de que sus castillos eran poca defensa…

Los diferentes monarcas, a su vez, necesitaban comunicarse entre ellos (habitualmente para joder a otros) y se inventó la diplomacia (antes, cuando enviabas a un propio con un mensaje, nunca sabías si volvería o lo trincharían in situ), y las producciones más eficientes precisaban comercio de más recorrido. Tanto trajín (más la tranquilidad relativa, que deja más tiempo libre) desarrolló un subproducto impensado: la cultura. Y como los moros habían demostrado ser menos bestias que los europeos (no rebajaron el IVA de la cultura, pero al menos no quemaron los libros), una cierta tranquilidad con ellos permitió, con la ayuda de los siempre cultos judíos, que la sabiduría de la época clásica, que no es que fuera mucha, pero menos da una piedra, se expansionara por Europa.

Un elemento importante para conseguir tanto movimiento y tanto intercambio fue el descubrimiento del turismo de aventura hard, que entonces se llamó ‘cruzadas’, y que, aunque abrió las cabezas de muchos, también abrió las mentes de todos. Algo tan emocionante hizo dejar de lado el anterior turismo de aventura soft que era el Camino de Santiago que, con el traslado de la frontera mora hacia el sur, había perdido alicientes.

El lado malo de todo eso fue que hubo un cambio climático (las vides con las que los romanos fabricaban vino en Inglaterra, y que cuando se marcharon se negaron a darlo, volvieron a cumplir su cometido) que, como no había ecologistas, no sabemos a quién hay que echar las culpas; pero sí había frailes, de manera que cuando llegó una sucesión de epidemias de peste, se supo con claridad meridana que era culpa de los judíos.

El cambio climático, al margen de la anécdota vitivinícola, trajo malas cosechas, que fueron seguidas de hambrunas y rematadas por la peste, que se sucedió en los diferentes reinos. Barcelona perdió el 60 % de su población (incluyendo cuatro de sus cinco consellers) y Cataluña el 40 %. La meseta, porque la población estaba más repartida o por deferencia divina, sólo el 25 %. Los malos tiempos trajeron malos ‘usos’ por parte de los señores, y el pueblo, que comenzaba a verse un poco suelto, no estuvo dispuesto a volver a las viejas malas costumbres.

Naturalmente, en cada país se desarrolló una forma diferente de digerir todos esos cambios: En Gran Bretaña, en un espacio naturalmente acotado, donde antes se habían masacraron ritualmente, como cosa natural, celtas y sajones, y sajones y normandos, continuaron haciéndolo primero con sus guerras de los barones, y luego ya ingleses y escoceses. A continuación incorporaron a los franceses en la guerra de los 100 años, con aventuras en Castilla que más adelante encontraremos. Con todo esto, Francia se descolgó del Imperio que había inventado, que a partir de entonces ya fue cosa de alemanes con la incorporación de Italia, que el Papa no podía quedar al margen y se montó una multisecular guerra entre güelfos y gibelinos, todos juntos y revueltos, que tanto Alemania como Italia eran países trinchados en cachos pequeñitos que se fueron envenenando, lo que condujo, con el tiempo al problema de la unión de Alemania, y sus Reichs, y al problema del cachondeo italiano, que les llevó a ser unos supervivientes que no creen en nada (incluyendo al papa) y se encogen de hombros ante la mafia, Berlusconi o Beppe Grillo. Más la fuga de los papas a Aviñón y el cisma de Occidente, que se resolvió con la guerra de los ocho santos…

La guerra de los Ocho Santos (1375–1378) fue un conflicto entre el papa Gregorio XI y una coalición de ciudades-estado italianas liderada por Florencia, que contribuyó al fin del papado de Aviñón. En la pintura, la bula de excomunión emitida por el papa Gregorio XI se refería a los «Ocho Santos» como los «Ochos sacerdotes».

En general podemos anotar que en Europa, aquellos cambios de tendencias seculares que aparecieron, supusieron muchas guerras en las que, naturalmente, se jugaba el poder (mandas tú o mando yo) y la gente se dividió según unos enormes principios (manda el Emperador o manda el Papa). Y aquí veremos que aparece una divergencia con lo que pasó en la vieja Hispania, donde todo se metafisiqueó: Fue tierra de western, de cruzada, de mezcla de culturas y, a la vez, de odios interculturales y de cainismo.

Spain no quería ser different

Hemos visto que, llegados a ese 1250, hubo un momento de tranquilidad en el que fue posible un punto de reflexión: Los reinos de España, resulto el tema de la guerra con el moro, ¿querían entrar en la melé europea o preferían revolverse en su propio orinal?

Por una parte, vimos como después de Roncesvalles el Imperio decidió hacer una raya en los Pirineos y poner una marca sanitaria para que no les llegaran las miasmas de los moros y sus pares. Los sucesores del Imperio en la Marca, por su parte, aunque habían desarrollado un sistema feudal al estilo europeo, habían enviado a tomar viento a sus reyes tranpirenaicos por felones y faltar a su palabra (precisamente por desentenderse de lo que pasaba más alla de los Pirineos). Los leoneses, comportándose como marcianos con sus pretensiones imperiales ni siquiera causaban risa a los europeos, que a penas los tenían en cuenta. Los castellanos, en su intento por crear un estado más democrático (las guerras vaciaron un espacio al que podían escapar los que buscaban la libertad: ¡Ancha es Castilla!) instituyeron un esquema social propio, no muy asimilable al feudal europeo. Navarra había sido abducida por los condes de Champaña y ya no se consideraba hispana. Los reyes catalano-aragoneses habían sido expulsados por las bravas del sur de Francia y se compensaron yendo a por el Mediterráneo desentendiéndose del cogollo de Europa, que con esas expediciones tenían bastante para pelearse con franceses, vikingos y algún que otro alemán que llegara hasta allá…

En ese contexto, con la aparición de los nuevos estilos, los reyes mesetarios hicieron un esfuerzo por encajarse en Europa. Hubo viajes diplomáticos y otros simplemente culturales, hubo alianzas, aventuras y desventuras… La pelota estuvo en el tejado, de hecho, hasta Felipe II. Y ahí se jodió el Perú, Zavalita,

Y llegamos a los Trastámara

En ese tiempo de tranquilidad exterior y codazos interiores, aparecen –simplificando, claro – tres personajes que ceban la bomba de las emociones hispánicas para siete siglos, por ahora: Un noble castellano, culto, educado y buena gente, un fraile fanático y astuto, y un judío sabio y hábil. Y que baje Marx y me perdone tanta heterodoxia, pero las causas económicas vinieron luego. Y más luego la sangre, el fuego y el millón de muertos. Y al final la letrina que ahoga a los súbditos de este país que algunos se llenan la boca llamándolo la España, una y grande, cuando no pasa de ser una España amputada y desgarrada; o, simple y llanamente, un Franquististán sostenido por los herederos de los serviles que sostuvieron el anterior Servilistán.

Veamos esos tres personajes:

Pero López de Ayala

El noble castellano, culto, educado y buena gente.

Pero López de Ayala, al igual que le pasó a su padre, recibió educación para cura, pero la muerte de hermanos mayores, en ambos casos, les obligó a reconvertirse en cortesanos y guerreros. Recibió una formación de mucha calidad en sabiduría y santidad, aunque él dedicó más tiempo del que se consideraba discreto en pasarlo con amiguetes (judíos, por cierto) leyendo libros de caballerías, que entonces eran considerados como ahora los videojuegos.

A los veinte años entró al servicio del rey Pedro I, al que los nobles llamaban el Cruel por comportarse con ellos de una manera bastante bestia, que al pueblo agradaba especialmente, por lo que le llamaban el Justiciero.

Pero al rey se le fue un tanto la mano, y don Pero y su padre consideraron que se había pasado, de manera que cuando el hermano bastardo del rey, Enrique de Trastámara (un rincón perdido de Galicia), se levantó contra el rey Pedro, según explicó el propio don Pero, “viendo que los fechos de don Pedro no iban de buena guisa, determinaron partirse dél”, y se fueron con el bastardo.

Retrato imaginario de Enrique de Trastámara (Ayuntamiento de León)

Inciso sobre las Brigadas Internacionales

Enrique, el que sería llamado el Fratricida (esto es un spoiler), se levantó contra Pedro el Cruel en 1366. En esas fechas, franceses e ingleses llevaban ya casi treinta años de bronca en la Guerra de los Cien Años. La versión facilona de la Historia es que Pedro pidió ayuda a los ingleses (y vino el príncipe Negro) y Enrique a los franceses (y vino Beltran du Guesclin).

La versión un poco más realista es que Castilla, que quería incorporarse a las movidas europeas, puso sobre la mesa sus mejores bazas: Con sus marinos vascos y cántabros y sus almirantes genoveses, había desarrollado la mejor flota de guerra del Atlántico (el propio Pero había hecho prácticas de grumete, pero en el Mediterráneo), y Castilla estaba dispuesta a hacer algo por alguien que supiera agradecerlo. Aragón ya tenía formalmente bastante entretenimiento en el Mediterráneo, pero muchos nobles sentían el gusanillo de participar en esas movidas. Después de cuatro décadas de batallas por Europa había centenares de compañías mercenarias, unas de nobles de aquí y de allá, otras de puros condotieros o simples bandoleros, que se buscaban la vida. Pagar a una compañía podía ser caro, pero asequible, pero ¿cuánto habría que pagar a Castilla por ponerse de una parte o de la otra? Y, visto en conjunto, ¿cómo podrían compaginarse los intereses de unos y otros? En cuanto llegaba una temporada de tregua, las compañías se dedicaban al pillaje y asolaban Francia (recordemos que ahí estaba el principal campo de batalla, porque en esa guerra centenaria se trataba de ver quién controlaba los territorios franceses del rey de Inglaterra).

El Papa tuvo una idea: Se convoca una cruzada contra el moro en España y se envía para allá a todas esas compañías asilvestradas, y que las pague Castilla. Alguien recordó que en España ya no quedaban más moros que los del parque temático de Granada, y que eso no daba para una cruzada. Y en ese momento el Trastámara decidió armar la guerra a su hermano. Nuncio vobis gaudium magnum: ¡Tenemos guerra! Todos los nobles tomaron partido según su gusto, y todas las compañías mercenarias también, después de establecer las tarifas. El rey oficial, Pedro, que lucía más solvencia, se mercó los servicios más brillantes, en especial los del Príncipe Negro, heredero del rey inglés, guerrero de leyenda y persona que se suponía inteligente, que parece mentira cómo se dejó tomar el pelo por el Cruel (o el Justiciero). Con eso Inglaterra tomó partido, con lo que Francia quedó colocada con Enrique. Y los cientos de compañías, con el que les pidió el cuerpo.

Naturalmente, la cosa estaba fea para Enrique, que los de Pedro eran más y mejor pagados, y don Pero, que ya andaba con el Trastámara, lo vio claro y sugirió que había que tentarse la ropa antes que entrar en batalla. Pero los amiguetes de Enrique estaban entusiasmados y entraron al trapo. Se encontraron unos y otros en la Rioja Alta, por donde pasa la N 120, entre Nájera y Navarrete, en un sitio también predestinado a los saraos militares: a un paso de allí, en Tricio, se proclamó rey a Don Carlos y comenzaron las guerras carlistas. Una pena pasar a la historia por esas cosas, cuando allí se crían los mejores pimientos rojos para embotar de toda la Rioja. La batalla fue un desastre para la gente de Enrique, que murieron como moscas, y todos los señores, con el jefe du Guesclin y el abanderado don Pero al frente, cayeron prisioneros del Príncipe Negro. El pretendiente Enrique salió por piernas hacia la Navarra francesa, que estaba allí mismo, y vía Roncesvalles, como de costumbre, fue a pedir sopitas al otro lado de los montes. Cuando en medio del jolgorio triunfal el inglés preguntó que dónde tenían preso a Enrique y le dijeron que se había fugado se dio cuenta del desastre que eso suponía y dijo: “Non ay res fèt”, que por muy inglés y príncipe de Gales que fuera, era originario de Aquitania y hablaba en oc con sus compadres.

Retrato de 1857 de Pedro I en el Consistorio hispalense. Estuvo en la galería del Palacio de San Telmo y fue una donación de la Infanta doña María Luisa Fernanda

Pero el rey Pedro, que además de Cruel era un tanto chorizo, no quiso pagarle al Príncipe Negro la cuenta de la fiesta, que como había estado montada por todo lo alto había costado un pastón, con lo que el inglés, con una buena dosis de cabreo, tuvo que sacar el dinero que pudo del rescate de sus prisioneros y con eso tuvo justo para volver a casa, arruinado y jurando que no volvía a liarse con castellanos. Como por otra parte, al igual que todo su ejército, pilló en España unas diarreas terribles de las que no se repuso nunca, todo le fue de mal en peor, y a los pocos años se murió.

Como hermanos

Enrique volvió con du Guesclin y tropas bien pagadas, a por Pedro que, ahora sin ingleses, tuvo que contratar tropas moras con dinero judío (lo que, dicho sea de paso, complicó un poco el futuro de esta gente). Esto tuvo una explicación: Enrique, para financiar sus primeras batallas, había echado mano del truco de azuzar la antipatía castellana contra los judíos y sus tropas cobraban saqueando juderías por todo el país.

Don Pero, que había salido escaldado de Nájera, se escaqueó de la nueva batalla, la de Montiel, que esta vez ganó Enrique y en un mano a mano con su hermano, pero con du Guesclin, que era feo pero cachas, haciendo trampas (fue cuando dijo aquello de ‘ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor’), se lo cepilló. A Enrique, a partir de entonces el Fratricida, se le fue un poco la mano, y acabó cortando la cabeza a su hermano y colgándolo a la vista del público, lo que, visto por los seguidores del muerto, judíos y sarracenos incluidos, fue interpretado como de mal agüero.

Pero don Pero, que recordemos que era amigo de judíos, le puso un poco de templanza a la cosa, y Enrique se portó razonablemente bien con unos y otros. Ya rey, le pidió asesoría para ver cómo podía agradecerles el gesto a los franceses. Don Pero demostró que era un consultor de primera, y montó una combinación por la que los franceses zurraban a los ingleses, mientras los castellanos debilitaban a los portugueses. En ese momento la partida se jugaba en el puerto de la Rochelle, que había estado en manos inglesas desde los comienzos de los cien años. Don Pero presumió de barcos, y, poniéndolos sobre la mesa, se comprometió a enviar dos galeras castellanas por cada una que pusieran los franceses. La apuesta le salió bien: Fue allá la armada castellana, al mando de un genovés (lo de Colón tenía precedentes) que era sobrino de Simón Bocanegra (que no es un invento de Verdi, que era fetén) y arrasaron a los ingleses, se quedaron el botín (en un barco iba la paga de las tropas inglesas en Francia) y entregaron los prisioneros a du Guesclin en Burgos (ganas de montar una cabalgata como en tiempos de los romanos). En premio a todo lo que hizo, el rey castellano le dio a don Pero títulos y honores sin cuento, y cuando el rey se murió se lo recomendó a su sucesor.

Siguiendo con don Pero

Juan I de Castilla, por Vicente Arbiol (Congreso de los Diputados)

El hijo de Enrique II (el Fratricida), Juan I, como don Pero le venía tan recomendado lo envió de embajador a Francia, donde ayudó al rey francés con tanta sabiduría que también le honró por todo lo alto, y hasta le concedió una pensión vitalicia. Pero el rey castellano era un fantasioso que quería Portugal, y aunque don Pero veía la cosa mal, allá le tocó ir con 53 tacos, que a esa edad uno ya no está para estas cosas, saliendo descalabrado y prisionero de Aljubarrota. Dedicó su tiempo en la prisión a la literatura de evasión y, cuando fue rescatado, volvió y recibió más títulos y más honores. Y, de vuelta a la diplomacia, acordó tratados de paz (y matrimonios reales) con Inglaterra y con Portugal.

El rey Juan, al morir, no se lo traspasó a su hijo Enrique III (para el que don Pero había inventado el título de Príncipe de Asturias) porque era un crío, pero le puso en el Consejo de Regencia. Fue nombrado Canciller Mayor del Reino y al llegar a los 75, que ya está bien, se murió. Y …

… continuará.

Un resumen que nos interesa: Culto, políglota, sensible, cosmopolita, mente abierta, buen psicólogo, experto en el Libro de Job (Cfr. Jung), destrozado emocionalmente por el Cisma de Occidente, amigo de judíos, buscando la paz… Inauguró la lista de grandes hombres públicos que se revolvían contra las malas costumbres sociales y políticas y que, a través de los siglos, nos ha llegado hasta hoy. Que no se haya perdido el hilo dice algo bueno: Hay una hebra hispana de gente que no se conforma. Y también algo malo: Que, a lo que parece, esto no lo arregla ni dios.

El fraile fanático y astuto.

No me ciegan mis muchos años de alumno de jesuitas, pero la verdad es que los dominicos, por aquellos tiempos, fueron bastante bestias a la hora de perseguir judíos. Vicent Ferrer, no el santo no canonizado del s

S. Vicente Ferrer por Francesco del Cossa, National Gallery

iglo XX sino la fiera corrupia canonizada del siglo XIV, reflexionando como un John Wayne avant la lettre, planteaba que no hay más judío bueno que el judío muerto, aunque, eso sí, le daba la posibilidad de cambiar de club y bautizarse.

La relativa tranquilidad en que convivieron las tres religiones durante esos siglos de flujos y reflujos guerreros – excepto en años de fundamentalismo, claro está – se debió no tanto a la comprensión mutua y al buen ambiente como a unas normas que hoy llamaríamos lisa y llanamente de discriminación racial y religiosa: Vivían separados, y en tierra mora, pagaban impuestos religiosos los cristianos, y viceversa. Y los judíos en ambas situaciones. El statu quo, pues, pendía de un hilo.

Y ese hilo ardió cuando llegaron los fuegos de las guerras continuas europeas y de las guerras civiles hispánicas. Enrique de Trastámara, ya hemos visto, azuzó a sus partidarios contra los judíos para pagarles con el botín así conseguido (en realidad no inventó nada, la idea ya venía de Europa), y el incendio se extendió por su reino, primero por el norte, por donde corrían sus tropas, y luego hacia el sur, por donde más judíos había. Y ya puestos, pasó las fronteras y en la Corona de Aragón se cazaron judíos en todas partes, especialmente en las grandes ciudades, donde más judíos había y más dinero tenían. La moda incluso llegó al afrancesado reino de Navarra.

Hay que decir en honor de Vicent Ferrer que no fue el inventor de los asesinatos en masas de judíos españoles. Ese honor la cabe a Ferrán Martínez, arcediano de Écija (ese cargo era sólo un chollo para cobrar, él vivía en Sevilla), que, al frente de una especie de guerrilleros de cristo rey que él fundó y que se llamaban ‘matadores de judíos’, arrasó la judería de Sevilla, casualmente la más poblada y rica de la Corona de Castilla. Vicent Ferrer inmediatamente se apuntó al invento e importó a Valencia la idea, arrasando la judería y expandiendo la idea por toda la península. Ambos religiosos fueron ampliamente gratificados por sus acciones: A Martínez las gentes le veneraron como santo. A Ferrer, más eficiente en todo, le dedicaron la plaza que se hizo en el espacio de la judería arrasada y luego, oficialmente, a los altares, en 1.455. Cuarenta y tres años antes de que el también dominico Savonarola fuera quemado vivo por sus predicaciones. Ya anotamos que Vicent era astuto (y Savonarola un pipiolo) y sabía distinguir las consecuencias entre atacar a los judíos inocentes o a los cristianos que llevaban mala vida.

Y, aquí un punto vital para comprender lo que pasaba, hay que reconocer un gran espíritu deportivo por parte de Ferrer y demás compañeros hacedores de mártires: Racismo cero. Sólo era una cuestión religiosa. Una vez lavados con las aguas lustrales aquellos judíos del trecento hispano eran, reconocidos por las élites, tan cristianos como el papa. Faltaba aún un tiempo para que la envidia cainita de las masas reclamara que la purria castellana vieja tenía que ser, al menos, superior a alguien, ni que fueran los judíos de raza, aunque se emboscaran de cristianos.

Y ese comportamiento deportivo (yo te bautizo y pelillos a la mar) tuvo una importancia vital para la estructura mental de esta España de nuestros pecados. Vicent, con su séquito de flagelantes y sus sermones apocalípticos proclamaba: ¡Bautismo o muerte! Pero si le daban a escoger, prefería bautizar a los judíos, e incluso, si les veía con posibilidades, les ayudaba y formaba para sumarles a su causa. Y este punto merecerá un nuevo comentario dentro de un momento.

Un resumen que nos interesa: Conocimientos sólidos, de ideas fijas, siempre predicó en valenciano, suspicaz, viajero, buen psicólogo, experto en la ortodoxia, manipulador del Cisma de Occidente y del Compromiso de Caspe, enemigo mortal de judíos, incendiario de pogroms… Inauguró la lista de grandes hombres públicos que se revolvían contra la heterodoxia y que, a través de los siglos, nos ha llegado hasta hoy. Que no sólo no se haya perdido este hilo, sino que haya llegado hasta nosotros tan robusto y bien conservado es la prueba de que el cainismo manipulador y de colmillo retorcido es consubstancial con lo español.

El Judio sabio y hábil.

Salomón ben Jitzchaq ha-Levi fue un judío de Burgos, de clase alta, gran cultura y cuidadísima formación religiosa, con mujer e hijos, que ocupó el puesto de rabino mayor en su ciudad.

Vicent Ferrer, criminal pero astuto, vio sus posibilidades y le planteó el asunto con absoluta claridad: Los tiempos están cambiando, mira lo que pasa en Europa, y más que van a cambiar aquí en cuatro días. Y ya sabes, bautismo o muerte… Salomón era inteligente y práctico: Unos meses antes de que comenzara el asalto salvaje de las juderías de Sevilla, Valencia y todas las demás, se bautizó él (ahora Pablo García de Santa María), con su hermano y sus hijos, repudió a su mujer, se metió cura, se fue a ampliar estudios a París y a Aviñón, donde estaba el Papa quien, después de este lavado y marcado, lo devolvió a Burgos como arcediano de Treviño.

Retrato imaginario de Enrique III de Castilla, por José María Rodríguez de Losada. Ayuntamiento de León.

Una vez ahí, el rey Enrique III, el Pupas, le propuso para Obispo de Cartagena (regalo envenenado, que había un pleito secular sobre si la sede tenía que estar en Cartagena o en Murcia, sobre si dependía de Toledo o de Tarragona y sobre si quien mangoneaba todo eso era el Rey o el Papa. De hecho los enredos episcopales en ese reino han llegado hasta hoy…), y ya en plan más serio, le nombró profesor particular de su hijo y heredero, Juan, y…

… ahora continúa donde dejamos a don Pero…

… cuando don Pero, el amigo de judíos, Canciller Mayor del Reino, se murió (unos meses después que su rey Enrique III, a quien sus dolencias hicieron bajar a la tumba a los 27 años), don Pablo de Santa María (el García se cayó por el camino) le sustituyó en el cargo.

Y luego fue consejero del rey Fernando de Aragón (que al fin y al cabo era hermano del doliente Enrique y a su muerte había sido el regente mientras Juan era niño), y obispo de Burgos…

Nunca olvidó las condiciones de su traspaso y fichaje por la Santa Madre Iglesia: mantuvo fluidas relaciones con los judíos más importantes de la Península en vistas a ganarlos para la causa, y, como Canciller, publicó edictos forzando a la conversión de los judíos, condenando a los que no la aceptaran a una durísima segregación, privándoles del derecho a comerciar y sometiéndoles a toda clase de desprecios y humillaciones. No hay peor cuña que la de la misma madera, como decía Fraga Iribarne.

Su hijo primogénito, Gonzalo, fue obispo, al igual que su hijo tercero, Alfonso de Cartagena, que tomó el nombre de la primera diócesis de su padre (aunque la catedral estaba en Murcia) y heredó la segunda; y que hizo también un carrerón eclesiástico y se codeó con lo mejorcito de la época, humanistas, cardenales, papas y emperadores, escribiendo libros cultísimos sobre los clásicos y ejerciendo la diplomacia. A partir de la segunda generación ni siquiera hacía falta ensuciarse las manos firmando decretos antisemitas. Ya se tenía perfectamente asimilado eso de estar al servicio del sistema.

Por cierto que su tío, hermano del gran rabino Pablo de Santa María, Álvar García de Santa María, también llegó a obispo y también fue consejero, y cronista, de los reyes de Castilla y Aragón. De casta les venía a los galgos.

La potencia del tridente.

El esquema social básico en que se movían los pueblos de Europa, pasando del feudalismo puro y duro a un sistema de reyes fuertes en reinos fuertes y economía precapitalista tenía bien diseñado el camino de cada casta: El Emperador arriba de todo, disputando con el Papa quién tiene la vara de mando más larga. Por debajo de ellos los reyes, parándoles los pies a los nobles. Una pequeña nobleza entretenida en las guerras continuas. Una burguesía creciente mimada por los reyes. Unos siervos de los nobles cada vez más hartos que quieren escaparse a las ciudades. Unos obispos y unos abades asimilados a la nobleza, con unos curas, unos monjes y unos frailes en busca de su papel en la sociedad… Y cuando la gente se cabreaba mataba a los judíos (que tenían que salir tarifando) y aquí botín y después gloria.

Pero en Castilla mayormente (y a partir de ahí, en España) ese esquema fue algo diferente. Y no solamente por la mayor democracia original de Castilla, sino sobre todo por la distorsión que la existencia de moros y judíos produjo en el sistema. Naturalmente, hubo muchos más moros (y luego moriscos) que judíos, en los reinos cristianos, pero el que podríamos llamar ‘modelo judío’ de discriminación del diferente inspiró sin duda el modelo de trato que se aplicó al morisco. Y estas gentes maltratadas aprendieron unas formas de comportamientos defensivos que marcaron a España para los restos.

En ese tridente Pero – Vicent – Salomón, y en los comportamientos subsiguientes, se muestra y ejemplariza el mecanismo básico del país. Los tres, gentes cultas, influyentes y poderosas, que trataban con reyes, papas y emperadores: El culto, sensible y pacífico, amigo de los diferentes. El fanático defensor de esencias, exaltado y sanguinario. El candidato a ser destruido por la terrible realidad que le rodea y que piensa, como siglos después diría Stewart Granger a Ava Gardner en Bhowani Junction, que los únicos que tienen que hacer frente a la realidad son los idiotas que no saben quitarse de en medio cuando la ven venir.

Naturalmente, ese triángulo representa a la crème de la crème de la sociedad, todos nobles, cultos y ricos. En los niveles más modestos las cosas fueron, si no muy diferentes, sí más cutres:

Los sensibles, pacíficos y amigos de los diferentes se han acostumbrado, en estos últimos siete siglos, a hacerse de cruces y decir. ¡Parece mentira! ¿Cómo pueden hacer eso?

Los fanáticos partidarios de la ortodoxia siguen babeando y pidiendo sangre a gritos.

Y los descendientes de aquellos moriscos y judíos, y de los cristianos pobres que mezclados con ellos compartieron las miserias de la época, víctimas ya entonces de la deserción de sus élites (no fueron sólo los grandes rabinos quienes chaquetearon: los grandes nobles de Granada, después del ’92, se reconvirtieron en ricos nobles cristianos), como otros pueblos en la historia (los escoceses, sin ir más lejos), así abandonados a sí mismos, aprendieron las normas de supervivencia: escaquéate, que no se te vea, que no se te note; el amo, el cura, el policía, el inspector, el capataz, el cacique, el alguacil… en una palabra, el que manda, manda, y no te busques problemas. Y así siguen hasta hoy. Míralos por toda la piel de toro y los encontraras agrupados ahora como agrupados estuvieron hace siglos. Fueron los borregos serviles del siglo XIX, los borregos franquistas del siglo XX, los borregos aún por bautizar (¿los borregos digitales?) de este siglo XXI.

La doble bisección de España

Habíamos dejado a la vieja Hispania partida en cuatro reinos cristianos y uno moro. No vamos a hablar de esas particiones, sino de otras dos particiones que aparecen con toda su potencia en ese momento en que Castilla y Aragón están gobernados por los Trastámara.

Es importante dejar un par de notas sobre esta doble partición:

La Viga y la Astilla

Una partición, en la zona que estuvo bajo la influencia feudal europea, es la clásica división clasista de toda la historia: En Barcelona se produjo un fenómeno, que fue general pero aquí resultó ser paradigmático, resultado de la evolución de la economía y la sociedad:

Por una parte, los intereses de la alta burguesía urbanita – por ejemplo, la libre importación de tejidos de lujo – se aproximaron a los de la nobleza de sangre – por ejemplo, controlar todos los hilos del gobierno de la Ciudad, conectados con los hilos de la gestión de las propiedades y derechos de los señores – Como se puede ver se trata de un maridaje tan clásico como el del chuletón y el Rioja.

Por otra parte, los intereses de la baja burguesía – por ejemplo, los menestrals de los diferentes oficios, más o menos agrupados en docenas de gremios, al defender la no importación de productos que compitieran con los que ellos fabricaban, defendían su sueldo y el de sus oficiales y aprendices y proveedores – y, desde luego, también querían tener su parte en el gobierno de la Ciudad, al menos en las pequeñas parcelas que habían ido ganando con los años.

Retrato del monarca Alfonso V, el Magmánimo, rey de Aragón, por Juan de Juanes.

Para simplificar: el enfrentamiento se planteó en el siglo XV en términos similares a los del siglo XX (y de todos los siglos intermedios): Los de arriba constituyeron un bando: la Biga (que significa ‘la viga’, nombre nada modesto para indicar el papel que se atribuían en la sociedad). Los de abajo montaron otro: la Busca (que significa ‘la astilla’, promesa de sus intenciones…). El Magnánimo Conde-Rey, residente en Nápoles, NS NC. Se negocia. Se les da algo de poder a los de abajo. Los de arriba se lo quitan. Hay una guerra civil. Ganan los de siempre…

Católicos Fundamentalistas y Humanitarios Liberales

Así como la partición social anterior se ve muy clara, lo que indica que en el mundo se tiene muy vista y muy asimilada, la que miraremos ahora es mucho más carpetovetónica y castiza.

En el mundo en general, la asimilación de esta partición con la anterior sería automática: Ricos igual a Fundamentalistas (y según la vehemencia de cada uno, fachas, etc…) y Pobres igual a Humanitarios (y según la vehemencia de cada uno, rojos, etc…). Cierto que siempre habrá algún rico más o menos humanitario y progre (tonto o desclasado para los de su clase) y algún pobre fundamentalista, que será vista con conmiseración por los de la otra parte, que se burlarán de él diciendo: No hay nada más tonto que un pobre de derechas…

Pero aquí sí que Spain is different:

Los prototipos de ese tridente que hemos contemplado hace un momento, Pero – Vicent – Salomón, como es lógico, no estaban solos: Cada uno de esos que he señalado como jefes de fila tenía sus seguidores, parientes y amigos, más o menos de su cuerda. Y, por otra parte, como es lógico, tenían sus relaciones, a veces correctas a veces a matar, los unos con los otros. Un ejemplo: Álvaro de Luna, favorito del Rey, protector de judíos, conversos y moriscos, encargó a un converso la recaudación de impuestos en Toledo. Pedro Sarmiento, que había sustituido a Álvaro de Luna, cuando éste pasó por horas bajas, en el favor del Rey, cuando se volvieron a girar las tornas, pasó a ser Alcalde Mayor de Toledo, sustituyendo a Pedro López de Ayala el Tuerto (hijo de Pero López de Ayala, el de antes, y padre de Pedro López de Ayala el Sordo, todos en su momento Alcaldes Mayores de Toledo) …

… entonces, Pedro Sarmiento, que claramente estaba en el bando opuesto a los López de Ayala y a Álvaro de Luna, a cuenta del recaudador converso nombrado por don Álvaro, organizó el asalto, saqueo e incendio del barrio en que vivían judíos y conversos. Le ayudaron parte de los canónigos de la catedral, que aprovecharon para procesar y condenar (las acusaciones eran lo de menos) a otros clérigos del, digamos, bando humanitario. Y entre todos ellos proclamaron el Estatuto de Limpieza de Sangre por el que se inhabilitaba (¿les suena?) a todos los conversos (de los judíos puros y de los moriscos ya, ni hablemos) para cargos representativos en Toledo.

Álvaro de Luna, junto con el Obispo Barrientos (también dominico, pero del ala más civilizada) y hasta el Papa, intentaron defender a los conversos, pero la moda de los Estatutos de Limpieza de Sangre se generalizó y la cosa continuó años después con las persecuciones de la Inquisición, y ya en tiempo de los Reyes Católicos, de la manera que todos sabemos. Por cierto, a Álvaro de Luna acabaron cortándole la cabeza, y cuando los que ganaron escribieron la historia le acusaron de todo: ambicioso, traidor, homosexual, etc. etc. etc… En fin, las acusaciones clásicas hasta hoy.

Con don Álvaro descabezado, el poder llegó, con el nuevo rey Enrique IV, al nuevo favorito, Juan Pacheco, del clan de los conversos superadaptados, o sea más papistas que el papa, casado con María Portocarrero, del mismo clan. Juan Pacheco contó con el apoyo de su tío, el arzobispo de Toledo, Alonso Carrillo, regente del reino. Pero el rey cambió de opinión y descabalgó a Pacheco, nombrando nuevo favorito a Beltrán de la Cueva, apoyado por los Mendoza, que eran alaveses como los López de Ayala y sus colegas y de ideas paralelas, y enemigos de Carrillo

Naturalmente, Pacheco y el arzobispo Carrillo se lo tomaron fatal, inventaron que el rey era impotente y que su hija y heredera, Juana, era hija de Beltrán – postverdades de los fundamentalistas, que diríamos ahora – y montaron la farsa de Ávila, que es toda una declaración de principios: Pacheco, el arzobispo y unos cuantos nobles más de la cuerda fundamentalista, ante el pueblo de Ávila, mostraron un monigote en un trono con los atributos reales, celebraron, cómo no, una misa y leyeron el memorial de agravios contra el rey Enrique, haciendo hincapié en que era amigo de los moros y homosexual, y además, ¡era de carácter pacífico!. Como remate atribuyeron a don Beltrán la paternidad de la princesa heredera Juana, de la que se mofaban llamándola ‘la Beltraneja’. Quitaron al monigote los atributos reales y derribaron el monigote al grito de “¡A tierra, puto!”.

Naturalmente, de inmediato subieron al trono al medio hermano del rey Alfonso, de 11 años, al que proclamaron rey. Y comenzó una guerra civil. A los tres años se les murió el pobre crío, con lo que lo sustituyeron por su hermana Isabel, que ya tenía 17 años y, en esa época, a esa edad se sabía muy bien lo que pasaba, la prueba es que al cabo de unos meses se casó con su

Isabel la Católica

primo Fernando de Aragón. La tal Isabel no tuvo ningún problema en apuntarse a los embustes, a las calumnias, al robo y destrucción del testamento real y, en fin, a la guerra civil, pero, por estar en el bando de los buenos, al igual que a Vicent Ferrer le hicieron Santo, ella fue proclamada ‘la Católica’, aunque se suele obviar que el título se lo concedió el papa Borgia, exactamente ese en el que ustedes están pensando. Lo de su canonización aún está en marcha, aunque algo parada desde la muerte de Franco.

Por cierto, como en todas las generaciones, aquí también hubo alguien que cambió de chaqueta: A don Beltrán, el antiguo favorito del Rey, al verse señalado por la jauría como padre de la que no querían como reina, se le encogió el ánimo y se apuntó a la católica triunfadora, hasta el punto que la siguió de militar hasta la guerra de Granada.

Como se puede ver, esa manera de llevar las diferencias entre esos dos talantes no varió gran cosa desde los Trastámara hasta hoy. Para entonces los dos bandos estaban bien dibujados y de esa manera la cosa tiró adelante. Naturalmente, como ya hemos visto, hubo sus cambios de chaqueta, sus tamayazos y todas esas combinaciones tan castizas que tan bien conocemos, pero la división estaba ahí, y ahí sigue.

Y así corrió la bola

Como es de imaginar, en estos seis siglos los dos bandos, católicos fundamentalistas y humanitarios liberales, evolucionaron, y no precisamente de forma lineal, sino retorciéndose formando, a veces, anillos de fantasía, sobre todo cuando consideramos la historia bajo nuestros esquemas de hoy.

Un primer ejemplo surge inmediatamente. Recuerdo que el profesor Nadal repetía a menudo: “Entiendan como era España en la Edad Media: No olviden que los ‘buenos’ eran los moros y los ‘malos’, los cristianos”. Con eso, evidentemente, no pretendía hacer un juicio de valor sobre unos y otros, sino asignar a unos y otros las características que, bajo nuestro punto de vista de estudiantes de los sesenta, eran: los buenos, siempre cultos, limpios, civilizados… los malos, siempre brutos, con poca higiene y aún menos modales.

A los católicos fundamentalistas feroces de aquellos tiempos de los Trastámara, nosotros los calificamos, sin duda, de retrógrados, mientras que a los humanitarios liberales, que encima podían ser despreciados por pacíficos, no dudaríamos en llamar progresistas.

Pero en el transcurso de aquella guerra civil, aparece un switch que trastoca posiciones: Los tiempos precisaban de estados fuertes, lo que implicaba monarcas fuertes y nobleza débil. Y ahí, Isabel y Fernando, fundamentalistas (ella más que él, que él al menos había sido discípulo de Maquiavelo) resultan ser progresistas, o sea, caminan en el sentido de la Historia; mientras que los humanitarios nobles seguidores de Juana pasan a preocuparse básicamente de sus intereses y privilegios, y devienen su lado más carca.

La Década Prodigiosa

Al morir Isabel, Fernando se dedica a su Aragón y países satélites y deja la gestión de Castilla a su hija Juana, heredera de la Corona, y su yerno Felipe, el Guaperas. Y todo hubiera podido ir relativamente bien, si no fuera porque una serie de acontecimientos estrafalarios hicieron que las tensiones ocultas del sistema, en vez de resolverse suavemente con el tiempo, reventaran en cuatro días:

Juana la loca y Felipe el Hermoso

Primero Juan, el hijo y heredero de los Católicos, que se había casado a los 19 años con una princesa austríaca (personaje sensacional que merece un tratado entero), encontró tal gusto a la vida conyugal que la servidumbre, escandalizada, fue a decirle a su madre que, si seguía con ese desenfreno, no duraba seis meses. La Católica, muy en su papel dijo, a lo que parece: “Lo que Dios ha unido nadie lo separe”. Tal como vaticinaron los que les rodeaban, que de eso entendían un rato, a los seis meses el rijoso mozo feneció, cosa que fue castamente atribuida a unas fiebres. La herencia pasó a su hermana Isabel, que se estaba casando con un príncipe portugués mientras su hermano dejaba este mundo, pero tres años después murió de parto dejando de heredero un hijo, que también se murió (al portugués le consolaron casándole con otra hija de los Católicos, María, con la que tuvo ocho hijos) con lo que la herencia de Castilla, Aragón y entidades más o menos conexas pasó, en una cuarta herencia, a quien menos la quería: Juana, bella, inteligente, que a los dieciséis años que ría ser monja, pero que dos años después entró como torna en la operación boda de su hermano Juan, con lo que a ella le tocó un hijo del Emperador, de la casa de Austria, Felipe el Guaperas, que debía serlo porque el caso es que ella se enamoró de él como una loca y le dio ocho hijos, incluidos Carlos – criado liberalmente en flamenco en la juerguista corte de Flandes, que acabó siendo emperador desde España – y Fernando – criado de forma fundamentalista en castellano en la corte de España, que acabó siendo emperador en Austria –. También le dio muchas escenas de celos. Hasta que el Guaperas, que iba de deportista, un día que hacía calor se dedicó a jugar a la pelota y a continuación beber agua fría. La falta de antibióticos hizo el resto, Juana se quedó viuda, desconsolada y un tanto desequilibrada, y se armó el pitote. Cosa que no es de extrañar si tienen en cuenta que todos los sucesos anotados en este párrafo, acontecieron en los diez años que van de 1497 a 1506. ¡Menudo cambio de siglo!

(Un pequeño aparte para completar el lío de los hijos de los Católicos: aún tuvieron otra hija, que se casó a mitad de ese decenio, en 1501, con el príncipe de Gales, Arturo, que se murió a los seis meses, y luego con su hermano, Enrique VIII, en lo que fue el inicio de un fantástico follón que, de alguna manera, aún dura).

Una pequeña acotación sobre métodos y posiciones

Me dirán que todo eso es sólo la espuma: Que lo fundamental eran las nuevas realidades: burguesías ciudadanas que se alían a los reyes para defender sus privilegios en la producción y el comercio de la competencia exterior; monarcas poderosos que descubren el poder de la intervención económica (¿les suena eso de meter mano en todo, en defensa de la unidad de marcado? ¿y lo de los monopolios reservados a los amigos de confianza?), especialmente en los estímulos a la producción (otra vez el tema de los amigos…) y muy especialmente en la manipulación sistemática de la moneda (la inflación era un invento antiguo, que se combinaba muy bien con la necesidad de pagar ejércitos, pero en esos tiempos se llegaron a batir unos récords mundiales que no se superaron hasta el siglo XX …).

Si a todo eso le quieren llamar ‘cambios en las formas de producción’ les compro el modelo. Ahí está el esqueleto de la evolución en esos tiempos y de ahí surge la evolución de las grandes clases sociales. Lo otro que he contado es sólo la espuma. Pero es que esa espuma (áspera, agria, infecta…) es la que ha convertido el rasurado hispano en una fuente continua de sangre, infecciones y mala leche… y que se ha desarrollado y mantenido con la dinámica (paralela a la de las clases sociales) de las dos Españas. Que es donde estábamos.

Sigue corriendo la bola con los comuneros…

Al morir el Guaperas, el rey Fernando, supuesto regente legal, pasa de Castilla y devuelve la pelota a los nobles castellanos, que lo habían echado hacía unos meses para seguir a Felipe, y les dice que obedezcan a Juana, que intentó gobernar por sí misma, al estilo de su madre. Y ahí vino otra coagulación de los dos espíritus del país: Los antiguos fundamentalistas (Pachecos y otros, y en general los felipistas), que ahora tenían una visión más global y moderna de la evolución del mundo, eran partidarios del niño Carlos, que tenía seis años, y de nombrar al emperador Maximiliano como regente. Mientras que los antiguos humanitarios (Mendozas y otros, y especialmente el Duque de Alba) apoyaban al Católico.

El cardenal Cisneros

Mientras, el Cardenal Cisneros hace volver a Fernando como regente oficial, el Rey, en 1509 declara loca a su hija y la encierra, y en 1.516 se muere, dejando una reina (la primera de toda España amputada de Portugal) loca y encerrada, y un nieto heredero, con 16 años, que tenía que venir de Flandes.

Y, como era de esperar, la cosa volvió a reventar cuando Carlos (ya saben, el I de España y V de Alemania), mocoso y flamenco por partida doble, llaga al país, en 1517, sin hablar castellano y con una corte propia formada por una banda de amiguetes y curas flamencos, y al pueblo llano de Castilla le sentó como la ocupación de Napoleón tres siglos después.

Carlos V de Alemania y I de España

Con Carlos estuvieron los felipistas seguidores de su padre y los viejos isabelinos fieles a la idea de su abuela, más los nuevos imperiales; todos modernos y centralistas. Contra él, los viejos líderes humanitarios, fernandinos, van cambiando de chaqueta (acaba reuniendo a toda la vieja nobleza) y dejan solos a los conservadores, foralistas, que acaban siendo los comuneros, quienes, a falta de mejor estandarte, sacan a la loca Juana de su encierro y la proclaman su reina.

Ya conocen la película: ganaron los imperiales, les cortaron la cabeza a los cabecillas y desde entonces cada estudioso de la Sociología de la Historia tiene su opinión al respecto, cada artista ha hecho su correspondiente foto y cada político muñidor, hasta hoy, se apunta a las sucesivas efemérides.

… y sigue en tiempos de Felipe II …

Seguir paso a paso la evolución de esas dos Españas sería apasionante, pero aún mucho más agotador de lo que ya está siendo.

Una foto fija en tiempos de Felipe II, ya en la segunda mitad del siglo XVI nos deja la división entre los ebolistas, herederos de los viejos humanitarios de la cuerda de don Pero, con una visión amplia y compleja de lo que debía ser la monarquía, incorporando gente diversa, con una visión religiosa más basada en la vivencia que en la ortodoxia y las formas, abierta a ideas místicas y reformistas en la línea del humanismo erasmista…

… y, por otra parte, los albistas, partidarios del Duque de Alba (ahora ya el III, apuntado a la España imperial), con toda su brigada Aranzadi, su cohorte de funcionarios del Estado y su derecho divino piramidal. Castilla, para ellos, era superior a todos los demás, y sus intereses, el eje de la política española, con una política centralizada fundamentada y justificada por la eficacia. Defendían a ultranza la ortodoxia religiosa y sus prácticas más formales (ahora con la ayuda de los jesuitas) y, desde luego, la absoluta intransigencia ante las ideas protestantes. Eran unos perfectos seguidores de Alfonso de Cartagena, el hijo del gran rabino converso.

… y más y más …

Y así, sucesivamente, en el siglo XVII los antiguos ebolistas se transformaron en romanistas, y los antiguos albistas en castellanistas. Y Quevedo el anticatalán, pudo llorar al ver los muros de su patria tan podridos como para albergar gente como él.

Y ya en el siglo XVIII se formó un lío, porque cuando las tropas del archiduque Carlos (que, por cierto, eran portuguesas e inglesas) ocuparon Madrid en 1706, la nobleza castellana perdió la popa para jurar acatamiento al archiduque y el bajo pueblo de Madrid, una vez más, se puso contra del que consideró invasor (esta vez los ingleses) y se declaró francófilo, borbónico y felipista, y enemigo de los austracistas. Cuando finalmente Felipe ganó, ganaron los albistas fundamentalistas, que habían sido felipistas, y perdieron los Mendoza humanitarios, que habían sido austracistas. Y la gente ya no sabía que ser, porque hubo un excesivo reparto de bofetadas.

Las cosas parecieron volverse a estabilizar cuando llegaron Fernando VI y Carlos III, el progre de la puerta de Alcalá: Seguían ahí los albistas (ya con el XII Duque de Alba), que ahora se habían vuelto anglófilos, mientras por la otra parte estaban los ensenadistas, francófilos, seguidores del Marqués de la Ensenada, antigua aliado de los Alba, pero que llegó al humanitarismo por la vía del raciocinio. Y como el mundo había dado tantas vueltas, había que volver a poner en su sitio las etiquetas: El Marqués de la Ensenada – tomémoslos como prototipo – había descubierto que, con la llegada de los Borbones y su nuevo orden, el país tenía que aggiornarse, y se apuntó a las ideas modernas, de manera que otra vez los humanitarios eran progres: Intentó hacer una reforma fiscal, pero los nobles no le dejaron, reguló el uso de tierras improductivas, mejoró las carreteras y los puertos, creó empresas públicas productivas y centros de enseñanza superior, puso las bases de unos servicios bancarios públicos, liberalizó el comercio, especialmente con América…

… pero no era ‘de los buenos’, incluso de él, católico muy practicante y amigo de los jesuitas – que, entre tanto, se habían vuelto progres, por lo que hubo que expulsarlos y disolverlos – se llegó a decir que era poco cristiano. Con lo que, tal como ya se imaginan, fue acusado de alta traición y desterrado de por vida, y los ensenadistas de la Administración fueron también purgados y desterrados. Otra vez los fundamentalistas ganaban por goleada.

Y el militar Cadalso sobrellevaba su depresión ante el horror que descubría en su país, destilando su amargura en escritos que aportaron algo de luz en ese siglo que aquí fue más de obscuridad que de luces.

Las Patadas al Hormiguero

Una evolución más o menos lineal en la historia de estas dos Españas de nuestros pecados, quizá hubiera acabado marcando dos tendencias subsumidas en los clásicos criterios de clase, o simplemente esas dos Españas se hubieran ido diluyendo. Pero ha habido un esquema, que podemos llamar de patada al hormiguero, que se ha ido repitiendo en estos siglos: Un acontecimiento explosivo trastoca toda la situación, y, a continuación, todas las hormigas patrias supervivientes intentan resituarse en las posiciones anteriores (o aprovechan para cambiar de chaqueta), aunque ahora moviéndose con más furia.

La Guerra de Sucesión (con la ocupación inglesa de Madrid), aunque produjo tremendos despistes sobre la colocación de cada cual, acabó dejando un nuevo replanteamiento de las dos Españas. Cuando llegaron las luces, y progresistas de corazón originarios de los dos bandos (Ensenada, Floridablanca, Aranda, Jovellanos, Campomanes…) podían haber acercado posiciones, la Revolución Francesa llenó el ambiente de suspicacias y la consiguiente nueva ocupación de Madrid, ahora por los franceses, volvió a resolverse con una persecución de los humanitaristas a cargo de los fundamentalistas…

El siglo XIX fue una infeliz sucesión de enfrentamientos de las dos Españas, carlistas fundamentalistas ahora carcas foralistas,, e isabelinos, centralistas y liberales, abiertos a ideas más modernas. Larra no esperó demasiado para, después de retratar la situación moral el país, pegarse un tiro.

La Vicalvarada del 54 y la Gloriosa del 68 fueron en conjunto otra patada al hormiguero, que revolvió posiciones pero que, finalmente, llevó a la vuelta a empezar el juego: La Restauración de Cánovas, tan tramposa como la Transición, se alimentó con un mejunje sin ideología que se llamó Unión Liberal (creado a cuenta de la Vicalvarada), donde se había metido todo el mundo que quería Ley y Orden o simplemente un cargo. El bipartidismo fullero que se inventó pretendió eliminar por real orden las dos Españas y los efectos políticos de las clases sociales.

Naturalmente, Cánovas murió asesinado y la bipolarización rabiosa empezó a actuar: El cambio de siglo vivió, además de la sangría de las guerras de Marruecos, que desde 1840 al 1927 desgastaron el país, el desconcierto del ’98 y, a continuación, el confinamiento ante la Guerra Europea (que cuando hubo una segunda, se llamó Primera Guerra Mundial). Las dos Españas se fragmentaron en docenas de binomios (gamazistas frente a albistas – esta vez no del Duque, sino de un izquierdista llamado Alba – etc… ).

Y cuando parecía que esa compleja patada al hormiguero del cambio de siglo se iba a resolver en algo, antes de que finalizara la Guerra Europea, apareció el pistolerismo como fórmula para perpetuar el desastre. En medio de semejante túrmix, no era posible decantar dos ideologías limpias de polvo y paja.

Pero no teman, ahora no seguiré con la República, el Franquismo, la Transición y la Involución, porque todo este inacabable preludio nos debía llevar sólo hasta los años veinte del siglo XX.

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