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España, país de impunidad

Escuchamos los relatos de Chato, Felisa y Lidia, víctimas de las torturas de Billy el Niño.

Conchi Cejudo
Periodista
A vivir que son dos días

Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño, “era el funcionario ideal de la Brigada Político Social del Régimen franquista. Era un torturador compulsivo que disfrutaba haciendo daño” dice Chato. “Lo mostraba con su media sonrisa, que era risa, mientras sus ojos se salían de las órbitas” afirma Lidia. “Su aliento, que apestaba a alcohol, lo sentíamos especialmente cerca las mujeres. Era su manera de imponerse” narra Felisa.

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El día que fui Dios una horita

Por Fabricio Caivano

Hace más treinta años y durante una hora yo fui Dios, así, con mayúsculas. Era una mañana de abril del año 1985. En una de mis escapadas a visitar escuelas  prodigiosas por las españas, recalé en Sevilla, acogido con afecto por un grupo de docentes ecologistas.  El entusiasmo era el color de aquellos tiempos en los que íbamos a sembrar un hombre nuevo para que habitara dignamente un mundo nuevo también. La moderación no es un vicio juvenil,  eso llega con el paso del tiempo y si acaso llega.

Al acabar el encuentro de seis días, una maestra maravillosa, mayor y hechicera de nombre Carmen,  me propuso alojarme por una noche en  el Coto de Doñana, donde ella había iniciado un trabajo de campo sobre las aves migratorias. Nos trasladamos en su viejo R4 verde de la consejería de agricultura de la Junta, al anochecer, hasta una precaria casetilla encalada, cuatro camastros desvencijados y una ducha de “cordel regadera” en un cañizo exterior,  aneja al Palacio de Doñana que entonces estaba en obras. Recuerdo que me musitó esta orden mágica: “salimos al amanecer”. Un eco de la inolvidable voz  de mando de R.L. Stevenson y compañía, promesa de todas las aventuras… “! zarpamos al amanecer ¡”

Poco después de las cinco, oscuro, echamos a andar por los arenales hacia el mar. Imposible describir el gozo inquietante del azote moral de tanta belleza, recién nacida a la luz flameante, rojiza. Dicen que los niños estrenan el mundo cada mañana y que por eso mismo, para no olvidar nunca esa primigenia sensación que les hace nacer el lenguaje,  preguntan el nombre de cada cosa asombrados de su propio asombro fundacional.  Hasta que optan por calla.  Por eso la única patria verdadera acaba siendo la infancia.

Eso hice yo, lo mismo que Dios según el fastuoso relato del Génesis: descansar el séptimo día y dedicarse a nombrar toda cosa o animal  alumbrado por su descarada omnipotencia.  Yo también fui Dios por una horita. La verdad, un gustazo.  Sin palabras ante el espectáculo inesperado del paraíso bajo la luz del sol naciente:  humedales, pinos, caballos, corzos,  aves, dunas, tortugas, nutrias, dos ríos, un mar color vino… Y un silencio coral como  callada música. Ese es mi recuerdo original del Coto de Doñana, recuerdo que aún conservaba intacto.  Hoy, enfangados en estos tiempos de desencanto y fuego, me lo ha borrado la brutalidad de las imágenes del reciente incendio en Doñana; eso sí, ya declarado “totalmente controlado” por unos bufones  militarizados y con mando en plaza… hasta el próximo parte de guerra.  Fingen luchar contra el fuego que ellos mismos alimentan.

Hoy el último fuego corroe el borde de aquél vergel de Doñana.  Ayer fue la tan repetida imagen, cenicienta y trágica,  de una larga carretera portuguesa, a vista de dron,  sembrada de automóviles calcinados…  Mientras una docena de ladrones encorbatados nos mienten desde el pulpiTV, una vez más, con la indolente solemnidad del cínico, los ciudadanos del planeta entramos, algunos conscientemente, en  una nueva era de desasosiego, soledad y  miedo, tan bien descrita por Corman McCarthy en su inquietante distopía titulada, con profética precisión a la vista de esa imagen portuguesa, “La Carretera”.

Realidad y ficción cantan un largo cuento:  una narración iniciada ayer con nuestra expulsión del paraíso original, hasta hoy, en que los cuatro perros usureros del apocalipsis nos llevan pastoreando, al alegre berrido planetario de !!GOOOOOOOL ¡¡, hacia la caverna final de un infierno de plasma y aire acondicionado. Esto huele a fin del mundo, amigos. Pero que me quiten este baile inolvidable:  yo también fui Dios por una horita.

 

Que sea delito dejar a una familia sin recursos

Entre las diez ciudades con más paro en España, nueve pertenecen a la comunidad de Andalucía.

e-Mail de Andalucía 
Jesús Páez Narváez
Licenciado en Ciencias de la Empresa

A las diez de la mañana el sol que caía sobre Jaén evaporaba hasta los marmolillos de las esquinas. Era el sábado 17. Viaje hasta allí para asistir a una Jornada organizada por la Asociación Andaluza de Barrios Ignorados (AABI). Constituida en 2011, esta modesta organización tiene como portada de su web una reivindicación contundente: Que sea delito dejar a una familia sin recursos.

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Lady Clementina Hawarden, la fotógrafa autodidacta

Lady Clementina hacía las fotos en su casa,  en estudios improvisados con telas y cortinajes, con una cuidadísima puesta en escena y  selección de accesorios.

Colita
Fotógrafa

Lady Clementina Hawarden nació con los apellidos Elphistone Fleeming en 1822 y creció con sus cuatro hermanos en la finca familiar de Cumberland, cerca de Glasgow (Inglaterra). Su vida asemeja a un cuento de hadas, hija de familia feliz y afortunada,  excelente educación, matrimonio por amor.

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‘Manspreading’: la invasió dels espais

Hi ha una mena d’invasió masculina que es manifesta en el domini de l’espai, tan físic (manspreading), com discursiu (mansplaining) com d’ambdós territoris (manel) i és una actitud que ve de lluny, és tan antiga com el patriarcat.

Elvira Altés
Periodista

Des de la cultura anglosaxona ens arriben encunyats uns conceptes que fan referència a situacions quotidianes que vivim les dones: la invasió dels espais, dels físics i del discurs. Donar nom a les accions és una forma de construir significat i, per tant, de tenir existència social, només així podem reconèixer i denunciar aquestes pràctiques.  El manspreading o la tendència masculina a expandir-se; el mansplaining, o la facilitat en què els homes expliquen a una dona de forma condescendent una cosa sense tenir en compte si ella en sap més; i finalment, el manel, que és la contracció de man i panell, situació que es produeix sovint quan un debat, taula rodona o tertúlia està format exclusivament per homes. No sé si el nom fa la cosa, però sense el nom no tenim manera d’esmentar unes situacions que fa molt que es produeixen i que fins ara les dones no hem tingut la possibilitat d’assenyalar.

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De compras por Europa

Ander Gurrutxaga Abad
Catedrático de Sociología

En junio del 2016 se celebró en Gran Bretaña el referéndum del Bréxit. Como se sabe, los jóvenes, las grandes ciudades y las periferias escocesa e irlandesa se alinearon a favor del Remain-quedarse. Los votantes maduros, las ciudades pequeñas, medianas y la campiña inglesa dijeron que querían irse de la Unión, 17,4 millones de ciudadanos ingleses dieron el sí al Bréxit.

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La posguerra en la memoria de un niño

Por José Martí Gómez

A mi nieto Pol le encargaron en el Instituto que me hiciese una entrevista  recordando como era la posguerra cuando yo era niño. Aquí está el resultado. Me gustaría que nuestros lectores nos hiciesen llegar su memoria de aquellos años. Compartir experiencias es enriquecedor.

La entrevista

– ¿En que año naciste y dónde?

-En 1937, en Morella, un hermoso pueblo del Maestrazgo del que salí cuando tenía tres años y no volví hasta cumplidos los 60.

-¿Por qué?

– A mi padre lo metieron en la cárcel por republicano. Cuando salió en libertad no quiso saber nada más del pueblo y nos vinimos a vivir a Barcelona, donde estaba la familia materna.

-¿Qué recuerdas de la posguerra?

– Que había restricciones de luz  y en el piso nos iluminábamos con un quinqué cuando oscurecía. También había restricción de agua y teníamos que hacer colas en la fuente con nuestros cubos y garrafas. Los pisos eran fríos, porque la única manera de calentarse era la mesa camilla con un brasero de orujo. Y para bañarnos, mi madre, y las madres de los otros niños, tenía que calentar una olla en la cocina económica alimentada con carbón porque el gas no había llegado todavía. La nevera era un objeto de lujo y la compra se hacía en el mercado y en algún colmado porque no habían supers.

-¿Oíste hablar del estraperlo?

-Sí. Y aunque no sabía mucho de que iba si recuerdo que entendía que algo raro había en la compra de pan blanco y cigarrillos de tabaco rubio americano cuando al anochecer de algunos días iba con mi padre a la calle Bailén esquina con Travessera y allí veía a mujeres vestidas con largos faldones que iban calle arriba calle abajo musitando “pan blanco, tabaco rubio”. Veía a mi padre hablar con una de ellas y cómo la mujer se metía en un portal y salía con un paquete envuelto en papel de periódico que le daba a mi padre y mi padre le daba dinero y aquella noche mi padre encendía un cigarrillo mentolado mientras en la cocina escuchaba muy bajito la emisión en castellano de la BBC en un enorme aparato de radio. En la mesa habían rebanadas de pan blanco, tan distinto al pan negro de racionamiento que iba a comprar con mi madre con unas cartillas que se mantuvieron hasta el año 1952, porque la posguerra fue muy larga.

-¿Era una Barcelona muy triste?

-De adulto he sabido que sí. Muchos vecinos tenían familiares en la cárcel y a mucha gente le habían fusilado amigos o familiares. Yo no entendía porqué cuando pasaba un desfile de falangistas mucha gente saludaba brazo en alto y otros muchos trataban de camuflarse en el bar o en  un colmado para no tener que levantar el brazo. De adulto lo entendí. Pero entonces yo era un niño con una familia que me quería y por lo tanto era feliz y no veía la Barcelona triste.

Dos niñas jugando en El Raval durante la posguerra. Foto: Joan Colom

-¿Por qué eras feliz?

Porque por la calle apenas pasaban coches y podíamos jugar al fútbol  con pelotas de trapo anudadas con cordeles. Y podíamos hacer excursiones a descampados próximos y cazar mariposas. Y jugar en la acera a churro, media manga, mangotero… Había vida en la calle hasta la hora de ir a dormir porque las madres cogían una silla y bajaban a sentarse en el portal para conversar con las vecinas.  A veces un niño o una niña desaparecían misteriosamente y cuando preguntaba a mi madre donde estaba me respondía no te preocupes, un día volverá. Algunas veces no volvían. Eran niños castigados por la tuberculosis, la gran enfermedad de aquellos años en los que el frío hacia salir sabañones. Los años de la  posguerra fueron años de más solidaridad, pero eso lo veo ahora, ya de adulto, cuando las relaciones humanas se han deteriorado, la vida de barrio apenas existe y salvo los hijos de inmigrantes en el extrarradio no hay niños jugando en las calles.

-¿Añoras a aquel niño de la posguerra?

-Lo recuerdo con afecto. Como te decía, fui un niño feliz pero ahora sé que para mis padres y los padres de mis amigos no fueron buenos años. No quise aquel tiempo para mis hijas ni lo quiero para mis nietos. La posguerra fue muy larga y a veces puedes caer en la nostalgia recordando al niño que lo pasaba bien. Pero la nostalgia puede oler a podrido solo con rascar un poco con memoria de adulto.