Apocalipsis verde

El científico británico Stephen
El científico británico Stephen Emmott

Josep Maria Cuenca
Escritor

He leído recientemente el brevísimo libro Diez mil millones, de Stephen Emmott, y lejos de hacerme cuestionar mi rechazo al ecologismo como ideología (como representación de la realidad) me ha invitado a reafirmarlo. Con unos cuantos guarismos, gráficas y estadísticas, y sobre todo con una pereza intelectual fabulosa, Emmott ha pretendido justificar “científicamente” la posibilidad de que el mundo alcance su colapso climático hacia el siglo XXI a causa del incremento de la población mundial. Malthusianismo de manual, en suma, trasladado al inmediato futuro.

No parece irrelevante precisar que Emmott es especialista en ciencias informáticas, y que desde éstas ha constituido un equipo (del que se muestra muy orgulloso) con el que se ha puesto a estudiar el clima de nuestro planeta. A estudiarlo, claro está, informáticamente. Con Emmott, una vez más, la ciencia como espectáculo público y como superstición ideológica se ha impuesto al conocimiento científico, socialmente discreto, de natural modesto y poco amigo de las predicciones. No es casual que así haya sido, ya que Diez mil millones fue, antes que un libro, un espectáculo teatral estrenado el año pasado en el Royal Court Theatre de Londres.

Para Emmott, el mundo es un lugar repleto de árboles, mares, hielos y animales amenazado por la imprecisa sombra de algo llamado “género humano”. No parece demasiado científico ningunear de semejante manera al auténtico Rey de la Selva, ya sea la selva del Amazonas o la del Asfalto. En su panfleto, Emmott difumina tanto la presencia humana (a la cual alude muy de pasada y tan sólo unas pocas veces) en relación con la Tierra que dicha presencia acaba por parecerse más a una plaga bíblica o a un fantasma sin sábana que a la especie animal que encarna, al mismo tiempo, la condición de responsable y de víctima del desaguisado medioambiental. Lo cual, claro está, evita a Emmott la desagradable tarea de tener que precisar quienes son los responsables y quienes las víctimas, sin por ello impedirle manifestar desconfianza por esa vaguedad denominada “los políticos”.

Emmott concluye Diez mil millones con estas palabras: “Pregunté a un científico, de los más racionales y brillantes que he conocido, un científico que trabaja en este campo, un científico joven, un científico de mi laboratorio, qué haría si sólo pudiera hacer una cosa para remediar la situación en qué estamos. ¿Saben qué respondió? “Enseñar a mi hijo a usar una pistola””. Sin duda, un corolario sumamente científico para la insinuación apocalíptica del libro. Por lo visto, a Emmott le gusta mucho más desconcertar que argumentar; no por capricho lo segundo cansa bastante más que lo primero. Sin ir más lejos, ya lo hizo durante la promoción en España de su opúsculo, cuando no tuvo inconveniente en culpabilizar a la naturaleza del accidente de la central nuclear de Fukushima y absolver a los humanos que la construyeron y activaron.

Nadie con dos dedos de frente puede negar que la actividad humana está incidiendo de forma negativa y preocupante en el equilibrio ecosistemático de la Tierra; se trata de un problema grave y ante el cual ningún poder ha decidido tomar hasta hoy medida eficaz alguna. Pero una cosa es admitir tal evidencia y otra bien distinta es considerar consistente el ecologismo como ideología (en el sentido de representación del mundo), puesto que éste ni describe, ni analiza globalmente la situación del planeta, ni mucho menos propone actuaciones sociales teóricamente capaces de detener las tendencias depredadoras humanas que invitan a la conciencia de alguna posibilidad de autodestrucción. El ecologismo como ideología se caracteriza por su parcialidad aislante y, por tanto, por excluir de sus discursos más genuinos contenidos esenciales e indisociables del problema medioambiental a la hora de llevar a cabo un análisis riguroso (es decir, científico) de lo que está aconteciendo. En realidad, el ecologismo contribuye con métodos efectistas a alejar la mirada respecto de aquello que realmente amenaza la vida en la Tierra (la vida humana y general, salvo que lo que se desee sea un planeta “sano” sin seres humanos); constituye una impactante maniobra de distracción y de desplazamiento de lo relevante en favor de factores que sólo mediante mistificaciones diversas y más o menos sofisticadas pueden adquirir el carácter de prioridad absoluta.

El ecologismo no parece dispuesto a admitir que la humanidad habita su espacio y su tiempo formando parte de un contexto material y espiritual, y ese contexto hoy -el preciso momento histórico del cambio climático- tiene un nombre y se distingue por subordinar a los seres humanos a la economía. Por lo cual no debe extrañar que los ecologistas, en su mayoría, no osen mencionar el aludido contexto actual, ni tampoco inviertan el más mínimo esfuerzo en poner de relieve algunas escandalosas contradicciones que tienen lugar en este mundo cuyo lamentable estado actual tanta zozobra les procura. Porque el problema fundamental no reside en la cantidad de población que habita o habitará la Tierra, sino en el hecho de que la distribución mundial de la riqueza impide que más de la mitad del total de la especie humana pueda abandonar la miseria y la ignorancia en las que vive. Y a estas alturas ya habría que sospechar que, si se tendiese a reducir la miseria y la ignorancia, sería razonable pensar que los incrementos demográficos no tendrían por qué verse como la catástrofe que ayer temía Malthus y hoy aterra a Emmott, así como sería razonable imaginar que la reducción social de la codicia podría contribuir a la mejora medioambiental del planeta. De manera que el asunto tal vez no tenga solución, pero en cualquier caso es político. Por eso el ecologismo lo elude presentando y difundiendo sus discursos en términos que ambicionan situarse más allá o por encima de la ideología (en el sentido de proyecto político). Es precisamente su carácter despolitizado el que lo ha hecho tan atractivo para sujetos y ámbitos muy diversos del poder económico y político, desde Al Gore hasta un sinnúmero de multinacionales cuya actividad incluye entre sus consecuencias principales la contaminación a escala global. Para estas esferas de poder, sin embargo, el atractivo del ecologismo no se agota ni mucho menos en su despolitización. El grito de atención verde les ofrece dos motivos interrelacionados aún más suculentos, uno propagandístico y otro estructural: por un lado, el exhibicionismo público de una bondad “incontestable” y publicitariamente muy rentable y, por otro, la ocupación de un lugar óptimo en el marco del inevitable y ya iniciado cambio de modelo económico energético.

 

Por otra parte, el ecologismo también dispone, por supuesto, de un principio pseudofilosófico rector que, de hecho, no es más que una creencia falaz, un supuesto grotesco que funciona mediante mecanismos propios de la mentalidad religiosa. Para el ecologismo la Tierra es un lugar sagrado y maravilloso que lleva millones de años girando en torno al Sol y en torno a sí mismo gracias a una armonía impoluta y animista que, poco a poco, se ha ido viendo perturbada por la especie humana hasta llegar al punto actual de sentirse colapsada y no tener más remedio que quejarse malhumorada a través de deshielos, inundaciones o temblores. Fantasías de la fe que entremezclan un alienado sentimiento de culpabilidad y una extravagante concepción del castigo divino. La Naturaleza terráquea ha sido siempre y sigue siendo un fabuloso caos productor incesante de todo tipo de catástrofes. Resulta bastante penoso tener que recurrir al didactismo de recordar que los terremotos, los tsunamis, las deforestaciones por causas naturales, la extinción de especies e incluso los cambios climáticos globales precedieron a la civilización técnica impuesta por una pequeña parte de la humanidad desde hace unos dos siglos. Y si bien es innegable que el desarrollo tecnológico impulsado por el hombre ha alterado y altera la naturaleza, justo sería reconocer que ese mismo desarrollo a menudo también ha servido y sirve con eficiencia para preservar de su segura extinción a alguna forma de vida y para evitar no pocos desmanes naturales. Y en mayor medida podría suceder si en los asuntos de la humanidad la racionalidad desinteresada predominase sobre la irracional voracidad de los intereses particulares; si el ser humano, en definitiva, fuese capaz de suspender su perversa estupidez secular y abolir la esclavitud de sí mismo que él ha fundado al entregarse en cuerpo y alma a su frenética, criminal y autodestructiva Economía.

 

 

 

4 pensaments a “Apocalipsis verde”

  1. Yo también quiero mostrar mi agradecimiento, faltaría más, a Miguel y a Bel por tomarse la molestia de leerme. A Miguel, además, quiero agradecerle alguna de sus columnas en este maravilloso y lamentable lugar de la red. Por ejemplo, la reciente del “moro”, que alude a la trágica detención y muerte de una persona en el Raval. Triste ironía la de este caso, regido públicamente por una corrección política que invita a ir urgentemente al lavabo. La única necia cobardía que falta escuchar es calificar de “PRESUNTOS” los vídeos que dejan bien claro qué sucedió. A este paso cierto periodismo acabará considerando “presuntas” las consecuencias criminales de los recortes y de la volatilización de todo lo público.

    Aprovecho, asimismo, para felicitar al Martí por su interesante y bellamente serena evocación de Albert Camus y de María Casares. Algunos que pasean por aquí sólo parecen dispuestos a sacar la cabecita a la superficie cuando hay un “merder” que trata de sus obsesiones particulares e ignoran otras cosas necesarias e informativas. No saben lo que se pierden.

  2. Bel,

    la meva primera reacció és escriure en el que tinc al cap en aquell moment.
    Gràcies per la cortesia.
    En aquest país, qui no entén és perquè no vol…

  3. Josep Maria Cuenca i Miquel Aznar,

    Veig que tenim punts de coincidència.

    Per a mi està clar que hem de tenir en compte el medi (social i econòmic i ambient i polític); que no podem tractar el tema de forma esbiaixada i, que tan important és l’ecologia (no ecologisme) com les persones que ens envolten.

    Potser el problema està que qui té la raó no té el poder: com diu Ibsen a l'”Enemic del poble” (precisament avui he vist l’obra de teatre al Prat de Llobregat, i em ve com “anell al dit”).

    Moltes gràcies als dos,

    Bel

    PS Miguel sé que Josep Maria me entiende en catalán … pero no sé si tu me has entendido … si quieres lo traduzco, no tengo problema pero mi primera reacción es escribir en catalán.

  4. ¡Aleluya!

    Mi vida ha estado atormentada por terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron, dijo Montaigne.

    Si las temibles profecías pseudocientíficas del pasado se hubieran cumplido, hace cuarenta años se hubiera acabado el carbón, hace treinta el petróleo, hoy la temperatura de la superficie del planeta sería de 100 grados y la humanidad habría desaparecido por hambre antes de mi venida al mundo.

    Tantas sandeces desacreditan este tema, hasta el punto de que nos consiguen ocultar las que, para mí, son los dos puntos básicos de este asunto:

    Primero: Si nos situamos en la realidad del Universo, nuestra biosfera es una ‘piel de cebolla’ tan exigua que es de elemental sentido común pensar en ella de forma científica y especialmente rigurosa, y no hacer ni barbaridades no tonterías con ella.

    Segundo: ¡Ojo! Mientras nos entretenemos con estas amenazas tan ‘modelnas’ no miramos la vieja explotación del hombre por el hombre.

    ¡Gracias, señor Cuenca!

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