Anexo 1. Apología de Howard Roark

La soberbia autista de las élites (13)
Bibliografía histórica. La rebelión Atlas

El Manantial, de Ayn RandTraducción Luis de Paola para Plaza y Janés

Discurso de H. Roark en su propia defensa durante el juicio en el que se le acusa de destruir una obra que él diseñó, sin cobrar, y que, contra lo previamente acordado, fue modificada sin su consentimiento.

La expresión ‘segunda mano’ –personas ‘segunda mano’– la usa la autora para describir a gente en posición de subordinación jerárquica y moral; personas mediocres que para lograr los pequeños éxitos que ambicionan están dispuestos a venderse, a vender sus principios y a vender todo –personas, cosas, situaciones… – lo que valoran.

Hace miles de años el hombre descubrió la forma de encender el fuego. Probablemente se quemó, al exponerse a enseñar a sus hermanos la manera de hacerlo. Se le consideró una persona perversa que había tenido tratos con el demonio para aterrorizar a la humanidad. Pero, desde entonces, los hombres han encendido el fuego para calentarse, para cocer sus alimentos, para iluminar sus cuevas. Les había dejado un don que ellos no habían concebido y había alejado la oscuridad de la tierra. Siglos más tarde un primer hombre inventó la rueda. Probablemente sería martirizado en el aparato que había enseñado a construir a sus hermanos. Se le consideró un transgresor que se había aventurado en territorio prohibido. Pero desde entonces los hombres pueden viajar recorriendo todos los horizontes. Les dejó un don que ellos no habían concebido y abrió los caminos de la tierra.

Ese hombre, rebelde e iniciador, está en el primer capítulo de cada leyenda que la humanidad ha realizado desde sus principios. Prometeo fue encadenado a una roca y allí devorado por los buitres, porque había robado el fuego a los dioses. Adán fue condenado al sufrimiento porque comió del fruto del árbol de la ciencia. Cualquiera que sea la leyenda, donde quiera que estén las sombras de su memoria, la humanidad ha sabido que su gloria ha comenzado con uno de esos hombres y que éste pagó muy cara su valentía.

A través de los siglos ha habido hombres que han dado pasos en caminos nuevos sin más armas que su propia visión. Sus fines serán diferentes, pero todos ellos tenían esto en común: el paso inicial, el camino nuevo, la visión propia y la respuesta que recibían: odio. Los grandes creadores, los pensadores, los artistas, los hombres de ciencia, los inventores han estado solos contra los hombres de su época. Todo pensamiento nuevo ha constituido una oposición. El telar mecánico fue considerado un mal. A la anestesia se la consideró un pecado. Pero los hombres de visión propia continuaron adelante. Lucharon, sufrieron y pagaron su grandeza, pero vencieron.

Ningún creador ha sido impulsado por el deseo de servir a sus hermanos, porque sus hermanos rechazaban el don que les ofrecía y ese don destruía la rutina perezosa de sus vidas. Su verdad fue el único móvil. Su propia verdad y su propio trabajo para realizarlo a su propio modo. Una sinfonía, un libro, Una máquina, una filosofía, un aeroplano o un edificio; eso era para él su meta y su vida. No eran aquellos que escuchaban, leían, trabajaban, creían, volaban o habitaban lo que él creaba. Le interesaba la creación, no sus consumidores. La creación que daba forma a su verdad. Él mantenía su verdad en contra de todo y en contra de todos…

Su visión, su fuerza, su valor, procedían de su propio espíritu. El espíritu del hombre es, sin embargo, su propio ser. Esa entidad que constituye su conciencia. Pensar, sentir, juzgar, obrar son funciones del yo.

Los creadores no eran altruistas. Era el secreto total de su poder, la propia seguridad, el propio motivo, su propio engendro. La causa primera, la fuente de energía, la fuerza vital, el Primer Motor. El creador no sirve a nada ni a nadie. Vive para sí mismo.

Y solamente viviendo para sí mismo ha sido capaz de realizar esas cosas que son la gloria del género humano.

El hombre sólo puede sobrevivir por su mente. Llega desarmado a la tierra. Su cerebro es su única arma. Los animales obtienen el alimento por medio de la fuerza muscular. Él debe plantar su alimento o cazarlo. Para cultivar las plantas necesita un proceso de su pensamiento. Para cazar, necesita armas y el hacer armas constituye un proceso del pensamiento. Desde la necesidad más simple hasta la abstracción religiosa más alta, desde la rueda hasta el rascacielos, todo lo que somos y todo lo que tenemos procede de un solo atributo del hombre: la función de su mente.

Pero la mente es un atributo del individuo. No existe una cosa tal como un cerebro colectivo. No hay una cosa tal como el pensamiento colectivo. Un acuerdo realizado por un grupo de hombres es sólo un compromiso o un promedio extraído de muchos pensamientos individuales. Es una consecuencia secundaria. El acto primario, el proceso de la razón debe ser ejecutado por cada hombre solo. Podemos dividir una comida entre muchos hombres, pero no podemos digerirla con un estómago colectivo. Ningún hombre puede usar sus pulmones para respirar por otro hombre. Ningún hombre puede usar su cerebro para pensar por otro. Todas las funciones del cuerpo y del espíritu son privativas. No pueden ser compartidas ni transferidas.

Hemos heredado los productos del pensamiento de otros hombres. Hemos heredado la rueda. Hicimos un carro. El carro se transformó en automóvil. El automóvil ha llegado a ser aeroplano. Pero todo el proceso que recibimos de otros es el producto terminal de sus pensamientos. La fuerza en movimiento es la facultad creadora que toma ese producto como un material, lo usa y permite dar un paso hacía delante. Esta facultad creadora no se puede dar o recibir, participar o conceder en préstamo. Pertenece al hombre solo, al individuo. Lo que él crea es propiedad de su creador. Los hombres aprenden el uno del otro, pero todo estudio es solamente intercambio de material. Ningún hombre puede darle a otro su capacidad de pensar. Sin embargo, esa capacidad es nuestro único medio de sobrevivir.

Nada le ha sido dado al hombre sobre la tierra. Todo lo que él necesita lo tiene que producir. Y aquí el hombre afronta su alternativa fundamental; puede sobrevivir de una forma u otra; por el trabajo independiente de su propia mente o como un parásito alimentado por la mente de otro. El creador produce, el parásito toma en préstamo.

El interés del creador es la conquista de la naturaleza. El interés del parásito es la conquista del hombre. Su fin esencial está en sí mismo. El parásito vive de segunda mano. Necesita de los demás. Los demás llegan a ser su móvil esencial.

La necesidad básica del creador es la independencia. La mente que razona no puede vivir bajo ninguna forma de compulsión. No puede ser reprimida, sacrificada, subordinada a ninguna consideración, cualquiera que sea. Exige una independencia total en su función y en su móvil. Para un creador todas las relaciones con los hombres son secundarias.

La necesidad básica del que necesita de otro es asegurarse los vínculos con los hombres para poder nutrirse. Coloca ante todo las relaciones. Declara que el hombre existe para servir a los otros. Predica altruismo.

El altruismo es la doctrina que exige que el hombre viva para los demás y coloque a los otros sobre sí mismo.

Ningún hombre puede vivir para los otros. No puede compartir su espíritu como no puede compartir su cuerpo. Pero el que necesita de otro se vale del altruismo como un arma de explotación e invierte la base de los principios morales del género humano. Se les ha enseñado a los hombres los preceptos para destruir al creador y se les ha enseñado la dependencia como virtud.

El hombre que intenta vivir para los demás es un dependiente. Es un parásito en el móvil y hace parásitos a los demás a quienes sirve. La relación no produce más que corrupción. Es absurda como concepto. Lo que más se aproxima a ello en la realidad —el hombre que vive para servir a los otros— es el esclavo. Si la esclavitud es físicamente repulsiva, ¿cuánto más repulsivo no será el concepto de la servidumbre del espíritu? El esclavo conquistado tiene un vestigio de honor, tiene el mérito de haber resistido y el de considerar que su condición es mala. Pero el hombre que voluntariamente se esclaviza es la más baja de las criaturas. Degrada la dignidad del hombre. Ésta es la esencia del altruismo.

Los hombres han aprendido que la virtud más alta no es realizar, sino dar. Sin embargo, no se puede dar lo que no ha sido creado. La creación es anterior a la distribución, pues, de lo contrario, no habría nada que distribuir. La necesidad de un creador es previa a la de un beneficiario. Sin embargo, se nos ha enseñado a admirar al imitador, que otorga dones que él no ha producido. Elogiamos un acto de caridad y nos encogemos ante un acto creador.

A los hombres se les ha enseñado que su primera preocupación debe consistir en aliviar el sufrimiento de los demás. Pero el sufrimiento es una enfermedad. Si uno tiene ocasión debe tratar de dar consuelo y asistencia, pero hacer de eso el más alto testimonio de virtud es considerar el sufrimiento como lo más importante de la vida. Entonces el hombre desea ver sufrir a los demás para poder ser virtuoso. Tal es la naturaleza del altruismo. Un creador no tiene interés en la enfermedad, sino en la vida. Sin embargo, la obra de los creadores ha eliminado una enfermedad tras otra, en el cuerpo y en el espíritu del hombre, y ha producido más alivio para el sufrimiento que lo que cualquier altruista pudo nunca concebir. A los hombres se les ha enseñado que estar de acuerdo con los otros es una virtud. Mas el creador es un hombre que disiente.

A los hombres se les ha enseñado que nadar con la corriente es una virtud. Pero el creador es el hombre que nada contra la corriente. A los hombres se les ha enseñado que estar juntos constituye una virtud. Pero el creador es el hombre que está solo.

A los hombres se les ha enseñado que el ego es el sinónimo del mal y el altruismo es el ideal de la virtud. Pero el creador es un egoísta en sentido absoluto y el hombre altruista es aquel que no piensa, no siente, no juzga, no construye.

La elección no debe ser el sacrificio de uno mismo o la dominación. La elección es independencia o dependencia. El código del creador o el código del imitador. Éste es el problema básico. El código del creador está construido sobre las necesidades de la mente que razona y que permite al hombre sobrevivir. Todo lo que procede del ego independiente es bueno. Todo lo que procede de la dependencia de unos respecto a los otros es malo.

Es el egoísta, en sentido absoluto, el hombre que se sacrifica por los demás. Es el hombre que no tiene necesidad de depender de los demás. No obra por medio de ellos. No está interesado por ellos en ninguna cuestión fundamental. Ni en su objeto ni en su móvil ni en su pensamiento ni en su deseo ni en la fuente de su energía. No existe para ningún otro hombre y no le pide a ningún otro hombre que exista para él.

Ésta es la única forma de fraternidad y de respeto mutuo posible entre los seres humanos. La independencia es la regla para medir la virtud y el valor humanos. Lo que el hombre es y hace de sí mismo y no lo que haya o no hecho por intermedio de otros.

No hay sustitutos para la dignidad personal. No hay ninguna norma de dignidad personal, salvo la independencia.

En todas las relaciones propias no hay sacrificio de nadie para nadie. Un arquitecto necesita clientes, pero no subordina su obra a los deseos de ellos. Lo necesitan, pero no le ordenan una casa por el hecho de darle un trabajo. Los hombres cambian su trabajo por su libertad con mutuo sentimiento y con ventaja mutua cuando sus intereses personales coinciden y ambos desean el intercambio. Si no lo desean, no están obligados a tratar el uno con el otro. Buscan algo más. Es la única forma posible de relación entre iguales. Cualquier otra es una relación de esclavo a amo, de víctima a verdugo.

Ningún trabajo se hace colectivamente por decisión de una mayoría. Todo trabajo creador se realiza bajo la guía de un solo pensamiento individual. Un arquitecto necesita muchos hombres para levantar un edificio, pero no les pide que le den el voto sobre su proyecto. Trabajan juntos por libre acuerdo y cada uno es libre en su función propia. El arquitecto emplea, acero, vidrio, hormigón que otros han producido, pero, esos materiales siguen siendo acero, vidrio, hormigón hasta que él los emplea. Después, lo que hace con ellos es un producto individual y es su propia individualidad. Ésta es la única forma de cooperación entre los hombres.

El primer derecho que se tiene en el mundo es el derecho al yo. El primer deber del hombre lo tiene consigo mismo. Su ley moral no consiste en colocar su fin principal en los demás. Un hombre piensa y trabaja solo. Un hombre no puede robar, explotar, gobernar… solo.

El robo, la explotación y el gobierno presuponen la existencia de víctimas. Implica dependencia.

Los que gobiernan a los hombres no son egoístas. No crean nada. Existen, enteramente, por las personas de los demás. Su fin está en sus súbditos, en la actividad de esclavizar. Son dependientes como el mendigo y el bandido. La forma de dependencia carece de importancia.

Pero a los hombres se les ha enseñado a mirar a los imitadores y a los tiranos, emperadores, dictadores, como exponentes del egoísmo. Mediante este fraude han hecho destruir el yo, el de ellos mismos y el de los demás. El propósito del fraude fue destruir a los creadores. O someterlos, que es sinónimo. Desde el principio de la Historia, los dos antagonistas han estado frente a frente: el creador y el imitador. Cuando el primer creador inventó la rueda, el otro le contestó inventando el altruismo.

El creador, negado, combatido, perseguido, explotado, continuó, marchó adelante y condujo consigo a toda la humanidad con su energía. El hombre que obra de segunda mano no contribuyó con nada al proceso, si se exceptúan las obstrucciones. La contienda tiene otro nombre: lo individual contra lo colectivo. El «bien común» de lo colectivo, raza, clase, estado, ha sido la pretensión y la justificación de toda tiranía que se haya establecido en la tierra. Los mayores errores de la Historia han sido cometidos en nombre de móviles altruistas. ¿Alguna vez han igualado los actos del egoísmo a todas las carnicerías perpetradas por los discípulos del altruismo? El defecto reside en la hipocresía del hombre o en la naturaleza del principio.

Los carniceros más temibles han sido los más sinceros. Creían que la sociedad perfecta sería alcanzada por medio de la guillotina y el pelotón de fusilamiento. Nadie discutió el derecho a asesinar desde el momento que asesinaban con un propósito altruista. Se aceptó que el hombre debe sacrificarse por los demás hombres.

Cambian los actores, pero el curso de la tragedia se mantiene idéntico. El humanitarista que empieza con declaraciones de amor por el género humano termina con un mar de sangre. Continúa y continuará mientras se crea que una acción es buena si no es egoísta. Esto permite actuar al altruista y obliga a su víctima a soportarlo. Los líderes de los movimientos colectivos no piden para ellos mismos, pero es menester observar los resultados.

Se trata de un antiguo conflicto. Los hombres se han acercado a la verdad, pero ésta ha sido destruida de vez en cuando y una civilización cae después de la otra. La civilización es el progreso hacia una sociedad de aislamiento. Toda la existencia del salvaje es pública, regida por las leyes de la tribu. La civilización consiste en un proceso que permita que el hombre esté libre de los hombres. Ahora, en nuestra época, el colectivismo, la norma del hombre subordinado y del hombre de segunda clase ha libertado el antiguo monstruo y ataca a diestro y siniestro. Ha conducido al hombre a un nivel de indecencia intelectual nunca igualado sobre la tierra. Ha alcanzado una proporción de horror sin precedentes. Ha envenenado a todos los espíritus. Se ha tragado a la mayor parte de Europa, se está engullendo nuestro país.

A partir de aquí el discurso se centra en su trabajo y en la acusación concreta.

El citado Peter Keating es el arquitecto a quien originalmente se encargó (y cobró) el proyecto Cortland, el ‘hogar del desamparado’. Al verse incapaz de realizar el diseño se lo traspasó a Roark quien lo realizó sin cobrar, sólo bajo la condición de que se edificaría exactamente según su proyecto, basado en sus estrictos principios lógicos y estéticos.

Yo soy arquitecto. Y sé dónde se va a llegar de acuerdo con el principio sobre el cual está edificado. Nos acercamos a un mundo en el cual no podré vivir, ahora saben por qué he destruido Cortland.

Yo lo diseñé. Se lo di a ustedes. Yo lo destruí

Lo destruí porque preferí que no existiera. Era un doble monstruo, por el aspecto y por lo que implicaba. Tenía que destruir a ambos. El aspecto fue mutilado por los ‘segunda mano’ que se arrogaron el derecho de mejorar lo que no habían hecho y lo que no podían igualar. Se les permitió que obraran por la deducción general de que el propósito altruista del edificio eliminaba todos los derechos y que yo no podría efectuar ninguna reclamación.

Convine en hacer el proyecto para Cortland con el propósito de verlo construido conforme a mi diseño y sin ninguna otra razón. Ése fue el precio que puse por mi trabajo, y no se me pagó.

No censuro a Peter Keating. Él ha sido impotente. Tenía un contrato con sus superiores.

De ese contrato se hizo caso omiso. Le habían hecho la promesa de que la construcción sería edificada conforme estaba en el proyecto. La promesa fue rota. El amor que un hombre tiene por la integridad de su trabajo y por su derecho a preservarlo es considerado como algo sin consistencia y sin importancia. Ustedes se lo han oído decir al fiscal. ¿Por qué fue desfigurado el edificio? Por ninguna razón. Tales actos carecen siempre de razón, a menos que se trate de la vanidad de un «segunda mano» que se siente con derecho a la propiedad, espiritual o material, de otro. ¿Quién les permitió que lo hicieran? Ninguna persona en particular, entre la docena de los que tenían autoridad en ese asunto. Nadie se preocupó de autorizarlo ni de impedirlo. Nadie fue responsable. Nadie puede ser tenido en cuenta. Tal es la naturaleza de todas las acciones colectivas.

No recibí el pago que pedí. Pero los propietarios de Cortland obtuvieron de mí lo que necesitaban. Querían que se hiciera un esquema para edificar un conjunto de viviendas tan baratas como fuera posible. No encontraron otro que lo pudiera hacer a satisfacción. Yo pude y lo hice. Se beneficiaron de mi trabajo y me hicieron contribuir con él como si fuera un regalo. Pero yo no soy altruista. No contribuyo con regalos de esa naturaleza.

Se dice que yo he destruido el ‘hogar del desamparado’. Se han olvidado de decir que si no hubiese sido por mí el desamparado no hubiera podido tener ese hogar especial. Los que se interesaban por los pobres tuvieron que acudir a mí, que nunca me había interesado por ayudar a los pobres. Se creyó que la pobreza de los futuros ocupantes les daba derechos sobre mi trabajo. Que lo que ellos necesitaban constituía un derecho sobre mí. Era mi deber contribuir con lo que ellos me pedían. Ése es el credo del ‘segunda mano’ que ahora se está engullendo al mundo.

He venido aquí para manifestar que no reconozco a nadie derecho alguno sobre un minuto de mi vida. Ni sobre una parte de mi energía. Ni sobre ninguna obra mía. Ni me interesa quién haga la petición, o cuál sea el número, o cuan grande sea la necesidad que ellos tengan. He querido venir aquí para decir que soy un hombre que no existe para los otros.

He querido venir aquí para manifestar que la integridad del trabajo creador de un hombre tiene mayor importancia que cualquier esfuerzo caritativo. Aquellos de ustedes que no comprendan esto forman parte de los hombres que están destruyendo el mundo.

No reconozco obligaciones hacia los hombres, excepto una: respetar su libertad y no formar parte de una sociedad esclava. A mi país quiero darle los diez años que pasaré en la cárcel. Los pasaré recordando con gratitud todo lo que mi país ha sido. A cada creador destruido en cuerpo y en espíritu. A Henry Cameron. A Steven Mallory. A un hombre que no necesita ser nombrado, pero que está sentado en esta sala y sabe que de él estoy hablando.

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