Alma llanera (1)

Por Miguel Aznar

A los quince años, un verano, de vuelta de unas semanas de correr el Pirineo con la pandilla, me encontré que, donde veraneábamos, teníamos vecinos nuevos: una muchachita preciosa y etérea con cabellos como la miel que resultó ser de mi edad, con su madre, su abuela y tres hermanos pequeños. Hablaban un castellano criollo y, para admiración general, un catalán envidiablemente perfecto de gramática y pronunciación… pero con el mismo acento criollo; excepto la abuela, que lo hacía con el tono cerrado de las comarcas centrales y no hablaba el castellano en absoluto.

Fue un verano largo y maravilloso. Recorrimos todos los alrededores de punta a punta. Subimos al castell d’Eramprunyà, que yo conocía bien, y me lucí enseñando las tumbas antropomorfas y las cuevas prehistóricas en las que se celebraban ritos ancestrales… A cambió me enteré, por la voz de suaves modulaciones de aquel alma cristalina, que cuando los republicanos tuvieron que escaparse de Cataluña, además de ir a Méjico, como hicieron los amigos de mi padre, fueron a Venezuela, donde había una amplia colonia que mantenía lengua y tradiciones. Y que ese era un país increíble, con explotaciones de petróleo junto al lago de Maracaibo, donde vivían los motilones bravos, que asustaban a los hijos de los ingenieros asomándose a sus ventanas cuando dormían, y los cimarrones, descendientes de esclavos negros escapados, que vivían escondidos entre las marismas… Y Canaima, y las selvas del Orinoco y la Guayana, y los llanos con sus enormes anacondas…

El verano acabó, y yo mantuve el contacto con aquella muchachita de cabellos como la miel, bailé con ella en el Baile Celebración del ingreso en la Escuela de Ingenieros, y al poco la fui a despedir al puerto: Su familia se volvía a Venezuela. Le regalé Historia de una Monja para que se entretuviera durante el viaje; quince años después me dijo que lo guardaba. En el barco al alejarse sonaba una música que aún tengo en mi cabeza: el órgano de voz humana.

Un cliente quiso montar en Venezuela una filial de su empresa: se trataba de fabricar allá caravanas para practicar un camping de categoría. Fui allá a preparar el proyecto y el club local de los catalanes me abrió todas la puertas. Presenté el asunto a Juan Briceño, director de Corpoturismo, el ente estatal que cuidaba de este tema. Educadísimo, en vez de enviarme a paseo me sugirió que conociera el país. Durante una Semana Santa lo recorrí de punta a punta: de las costas a los Andes, del Amparo de Apure, sobre el Arauca, hasta el Maracaibo. No vi motilones, pero cuando ya estaba sin gasolina, perdido entre las marismas, en un poblado de cimarrones me la regalaron (¡el petróleo aquí no se cobra…!). Podríamos decir que era un bien libre desde antes de la llegada de los españoles, que se usaba para todo, hasta como medicina, y en aquellos tiempos se cobraba en las gasolineras a céntimos de bolívar (que entonces rondaba las 15 pesetas). Vi la dureza de un país de apariencia amable (“si te paran en auto stop, no te detengas; si se te ponen delante, pasa por encima: es tu vida o la suya…”). Vi una gandola (enormes camiones remolque) que pasaba sobre un borracho que se metió en la calzada, sin que nadie se detuviera. Vi una circulación loca, con autopistas desbocadas en las que la circulación de un sentido se ampliaba a los arcenes y los carriles contrarios, hasta avanzar de seis en fondo. Viví en Caracas en el Hilton, guardado por gorilas armados con subfusiles en las puertas y en los pasillos…

Como no hice caso de las recomendaciones sobre el auto stop, conocí unos indios muy humildes a los que se les había averiado una furgoneta antediluviana y querían llegar a su mísero poblado, y a otros que pretendían llegar a una ciudad, para trabajar en la construcción. Y a un soldado, negro bien plantado, que había disfrutado de su primer permiso en un año. Cuando le llamaron a filas no se presentó. Vivía con su novia y se ganaba bien la vida como latonero (chapista de automóvil):

– No podía ir al ejército: con la paga de soldado mi novia no tenía ni para desodorante…

En cada país hay las necesidades que hay. Recordé que cuando el Che Guevara planteó a los rusos que necesitaban que les proveyeran de desodorantes, los soviéticos, ofendidos, le dijeron que esos eran lujos burgueses.

– Esa gente son unos guarros… – soltó el líder revolucionario. Que una cosa es ser comunista en Rusia y otra, en el Caribe.

Este de Caracas
Este de Caracas

Cuando acabé el circuito regresé para agradecerle el consejo a Briceño: En Venezuela no había cámpings ni podía haberlos: Nadie que pudiera pagarse unas vacaciones se separaba ni un metro de las carreteras por miedo de las serpientes, que las había a millones por todas partes. Incluso en Caracas la gente no sobrepasaba los límites de la ciudad: Aquellos montes espectaculares que se alzan mil quinientos metros o más sobre la ciudad, en el fondo del valle a casi mil metros, no recibían visitantes ni excursionistas ni nadie que no tuviera una obligación muy concreta: Es el reino de las serpientes. El cliente y amigo que me había enviado allá había visto espejismos. Pero yo, además de reencontrar gente muy querida (esta vez sin baile, que la salsa caribeña resultó ser demasiado para mis habilidades), había conocido un país mágico, desde la naturaleza hasta la música de Gualberto Ibarreto, y establecido conexiones útiles para otros viajes.

Volví con misiones más políticas. Ya lo he explicado varias veces. En tiempos del final del franquismo y de la transición se hicieron muchas canalladas, y me tocó ir a Venezuela en busca de aliados para sacar los colores a los que aquí se pretendían demócratas. Eso me permitió tratar, allá y acá, a gente de la socialdemocracia, los ‘adecos’, seguidores de Rómulo Betancourt y cuyo líder, Carlos Andrés Pérez, presidía unos gobiernos cuyos objetivos básicos eran combatir la oposición democristiana y facilitar negocios a los de su cuerda. La gente miserable, desde los indígenas y cimarrones ‘que no estaban contados’ y en consecuencia no eran ciudadanos, hasta los cientos de miles que se amontonaban en los ‘ranchitos’ de los cerros que rodeaban la ciudad, simplemente, no existían para ese partido que cantaba en su himno a la revolución y reivindicaba pan, techo, escuela, tierra, trabajo, igualdad, justicia y libertad. Los jefes vivían bien y, por si acaso, llevaban en la tripa, apretada con el cinturón, un arma que sacaban y dejaban a mano encima de la mesa cuando se sentaban.

Los años fueron pasando y la corrupción de aquel bipartidismo fue inflándose, a la par que lo hacía el cabreo de los desheredados. Mis amigos de allá, a la vista de las circunstancias, se fueron a los Estados Unidos, donde la muchachita del pelo como la miel, que ya muchos años antes se había graduado en Jamaica, entró al servicio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Un general golpista, en funciones de caudillo, se hizo con el poder. La nueva oposición, la antigua casta gobernante, a parte de decir que eso era antidemócrata, no supieron qué hacer. Cuando el Caudillo quiso celebrar unas elecciones, seguro de ganarlas, encargó a una empresa que entonces era cliente mía, INDRA, que montara un sistema moderno, decente y transparente para que todo el mundo viera lo que pasaba. Cuando sus camaradas militares se hicieron cargo del asunto quisieron montar en paralelo un sistema antiguo, indecente y opaco para practicar los viejos ritos egipcios. Insatisfechos con los resultados (no los electorales, ganaron de calle, sino los suyos personales), echaron a INDRA y contrataron a sus amiguetes norteamericanos (chapuceros pero buenos engrasadores) para que realizaran las segundas votaciones (al Caudillo le iba eso de votar), que no se pudieron celebrar por las chapuzas técnicas de los contratados. Se suponía que eso abriría los ojos al Caudillo, pero éste decidió cerrarlos, que para eso los camaradas habían hecho una revolución.

Y así los millones del petróleo entraron a espuertas en el país, en vez de llevárselos las multinacionales, la vieja casta y sus empleados. Pero cuando se quiere ir contra las leyes de la naturaleza, escupir al cielo implica recibir el sipiajo en la cara. Cualquier estudiante de económicas sabe (debería saber, al menos) lo que es el mal holandés: Cuando tienes una riqueza nacional grande y exportable, los recursos que consigues deben ser invertidos en desarrollar el país mediante la adquisición de los productos extranjeros precisos para ese desarrollo: Con el país desarrollándose la gente vivirá mejor, y vendiendo y comprando fuera mantendrás un equilibrio de cambios. Si en vez de eso dedicas esas divisas conseguidas de, digamos, el petróleo (o, en la vieja España, de robar el oro de América), a vivir la vida – ‘Papá Noel llegó para los pobres’ (o en la vieja España, ‘vamos a montar guerras imperiales’) – entonces, en cuatro días, llega la inflación y, en cuanto el grifo se corte un poco, sólo un poco, el país se va a la miseria.

Chávez, su Caudillo, murió. Sus herederos tuvieron la honestidad de seguir llamándose ‘chavistas’; igual que los argentinos herederos de Perón se siguen llamando ‘peronistas’, no como aquí, que los seguidores y herederos de Franco se llaman ‘demócratas de toda la vida’. Pero el nombre no basta para ganar elecciones: La torpeza y la chulería de los chavistas oficiantes de la religión de san Chávez no han sido capaces de guardar el cotarro. Los militares camaradas de Chávez, hasta ahora chupando del bote desde su segundo plano, no están nada contentos. La vieja casta, cada vez más blanca, más fina y más elegante, no han sabido encontrar un Ciudadano de impecable presencia y pedigree que sea capaz de unirles y hacer a los militares una oferta de las que no se pueden rechazar.

Por lo que sé, la muchachita del cabello como la miel lo sigue teniendo de ese color (no quiero pensar cómo se las arregla), y, jubilada de la ONU desde hace años, se dedica a la cooperación y a las obras sociales desde una parroquia latina en Manhattan. Estoy seguro que, desde su alma primorosa como el cristal,  reza por su pobre país, al que esperan días de enormes incertidumbres.

Amar, llorar, cantar, soñar… Aquí no se trata de claveles de pasión. Aquí se trata de millones de miserables maltratados y engañados a los que se les ha dejado en la estacada.

6 pensaments a “Alma llanera (1)”

  1. Si en esta vida tuviéramos solo de opinar por lo que hemos vivido raras veces tendríamos opiniones, por suerte hoy hay muchas formas de informarte y que no pasan exclusivamente por las “hermanas” (agencias de información hegemònica a nivel mundial) sino que la red permite llegar a sitios de información alternativa, y cada uno llega a los que le son mas afines a su pensamiento y acción.
    No soy catedrático de economia, he sido siempre, des de los doce años, un trabajador, pero también tengo mi capacidad de análisis. Solo soy un ciudadano.

  2. Yo creo, Josep M. Pijuan, que la intención del artículo de Miguel Aznar no es hacer un análisis político, sino ofrecernos unas pinceladas sobre sus vivencias en la Venezuela de sus recuerdos. El texto podrá interesar a unos más que a otros (a mí sí me ha interesado), pero en ningún caso considero que pueda ser calificado de simplista.

  3. Querido Josep M.,

    cada uno se abochorna de lo que quiere, y luego se administra esos bochornos para tirárselos a la cabeza a quien quiera; en esto, por lo tanto, no tengo nada que decirle. Lo de que el escrito es mentiroso, es falso: Me limito a contar media docena de anécdotas de aquel país, por si alguien, a parte de abochornarse, quiere aprovecharlas para algo. Y esas anécdotas son ciertas. Lo sé porque las viví yo de la manera que las cuento.

    Es norma que sigo desde hace muchos años, hablar sólo de lo que conozco de primera mano. No voy a decir que creo que me debo haber explicado mal porque me he explicado con mucha claridad: Mi escrito sobre Venezuela, presentado como una húmeda acuarela borrosa por el paso del tiempo, hilvanando unas pocas anécdotas de hace muchos años mediante el hilo del recuerdo de una catira preciosa que conocí hace casi sesenta y que ha vivido las desgracias de su país desde entonces, puede ser calificado negativamente de muchas maneras: ñoño, insubstancial, aburrido, con subordinadas inacabables… pero es un error que no se me puede atribuir el que se confunda con un análisis político de la situación en aquel país.

    El único punto de doctrina que se puede encontrar en mi escrito es el referente al mal holandés. Lo he incluido porque me pareció oportuno y porque sé de lo que hablo, que por algo fui catedrático de economía en la Universidad. Se trata de una descripción muy ligera del mal, es cierto, pero quien quiera saber de él, a partir de lo dicho, puede profundizar por las vías habituales. Me parecería triste que alguien interesado en Venezuela no quisiera saber de eso: El fracaso económico – perfectamente anunciado, por otra parte – del chavismo se ha debido, básicamente, a considerar que esas reflexiones eran malquerencias de los capitalistas.

    Dice usted que quiero ponerme una venda en los ojos por no hacer referencia a los intereses mezquinos de la derecha extrema de Venezuela. Hablé de los intereses mezquinos de los adecos de entonces, que conocí; no hablé de los intereses mezquinos de los copeianos, que a penas traté, pero me consta que existían (recuerdo la obsesión de COPEI por construir el teatro de la ópera delante del Hilton, pero es una pequeña cosa, al lado de los chanchullos que por allí corrían desbocados). No conozco esos intereses mezquinos de la derecha extrema de ahora a los que usted se refiere. Le sugiero que, igual que yo hablo de lo que conozco, usted nos explique eses mezquines intereses que, al parecer, tan bien conoce. Eso sí, si los conoce de primera mano, que eso, por poco que sea, son aportaciones al conocimiento de todos. Si se trata sólo de repetir lo que se ha escuchado a algún predicador, entonces no vale la pena porque no aporta nada. Insisto, si tiene algún conocimiento propio sobre el tema, apórtelo. Y si tiene muchos, haga usted ese análisis político que al parecer desearía ver escrito negro sobre blanco. Probablemente yo esté de acuerdo con él.

  4. Querido Ángel,

    me siento abochornadamente honrado por que leyéndome te haya evocado un círculo de tiza caucasiano.

  5. Muy simplista, no dudo de la existencia de corrupción, como en nuestro país, ja sea Estado o Comunidad Autònoma, pero todo este relato sin hacer referencia a los intereses mezquinos de la derecha extrema de Venezuela es querer ponerse una gran venda en los ojos.
    Suerte que el “caudillo” venezolano hacía elecciones porque aquí el caudillo, asesinó hasta des de la cama.
    El “caudillo” ha hecho unas elecciones y ha reconocido que ha perdido lo que no han hecho los que han ganado en estos últimos 17 años. Es un escrito bochornoso y mentiroso, pero bueno, es su opinión, como ésta es la mía.

Els comentaris estan tancats.