Alma llanera (y 2)

Por Miguel Aznar

Entre la mucha gente que traté en Venezuela, por encima de todos, destaca Santiago Blanco. Era un republicano español cuya vida era un cúmulo de aventuras a cual más despendolada. Asturianos, socialista y dandy, antes de tener que salir huyendo con lo puesto, siendo joven periodista y miembro de la Juventudes Socialistas, fue un espía infiltrado en la Falange, llegando a ocupar el puesto de triunviro en León y luego gobernador civil por un día en Asturias.

 

Internado en un campo de concentración en Francia (toda la vida odió a esos franceses que les despreciaron y maltrataron), inventó la tortilla de patata sin huevo, y, cuando conseguían alguno (era un maestro en el arte del trueque y el chamarileo) desarrollaba un producto sublime (cuya fórmula me comunicó) que atraía a propios y extraños y hacía que los judíos presentes buscaran sus más ocultas reservas económicas para ofrecerlas en pago de aquella luna llena dorada que emanaba un aroma que el mismo Yhavé, atufado con sus ofrendas habituales, hubiera envidiado.

51OYxJcm7jL._SX339_BO1,204,203,200_Santiago, que en Venezuela llegó a ser el más prestigioso publicitario independiente y vivía en una confortable casa de las afueras que se llamaba Santibety (juntando su nombre con el de su mujer), nunca se fió de Franco, y cuando de visita por el sur de Francia, unos amigos navarros le metieron en un coche y, a través de esos caminos perdidos de una y otra Navarra, le llevaron a un pueblo, le sentaron en la terraza del bar de la plaza, le sirvieron vino y chistorra y le enseñaron los letreros que había en la iglesia (Gloriosos Caídos por Dios y por España: Presentes. ¡Viva Franco! ¡Arriba España!) casi le da un patatús. Tenía escrito un libro desopilante, El Inmenso Placer de Matar un Gendarme, en el que hacía su terapia explicando mil historias de su vida y que finalmente, muerta la bestia, le editó en Madrid Perico Altares, en Cuadernos para el Diálogo. Pero antes publicó en Caracas otro libro sobre su profesión, el mundo de la Publicidad –Por Favor, No se Meta a Publicista– que me dedicó cariñosamente y del que quiero recordar dos anécdotas que nos pueden ayudar a entender el enredo actual:

Al poco de estar allá consiguió hacer trabajillos de publicidad para el periódico de los socialistas de Acción Democrática. Eso le llevaba a frecuentar recepciones sociales (allí siempre muy cargadas de ‘palos’ de alcohol y ‘pasapalos’) en las que se mezclaban políticos y militares. Su mentalidad española asimilaba ‘militares’ a malas bestias prepotentes y despreciativas, por lo que no dudaba en demostrarles su desapego. Había uno en particular, un general, que cuando le veía le tuteaba en un tono que Santiago consideraba insultante. Un día, mediada ya una recepción que iba siendo generosamente regada, se encontró de frente al general que, con su tuteo habitual, mientras le arreaba un manotazo en el hombro, le soltó:

– ¡Yuhúúú, Blanquito! ¿Cómo estás?

Santiago, descompuesto y al límite de su aguante, decidió que no podía dejar pasar ese agravio sin respuesta y, convencido de que a continuación iba a ser fusilado, le devolvió el manotazo en el hombro con una mano mientras que le hundía el índice de la otra en el ombligo y le contestaba:

– ¡Bien…! ¿Y TÚÚÚÚÚ´…? – acentuando el tuteo todo lo que pudo.

El general le abrazó y le dijo:

– ¡Yo, bien…! ¡Vamos por otro whiskey!

Y se lo llevó a la barra cogido del hombro.

Ese día Santiago entendió la diferencia entre un militar español y uno venezolano: El de aquí era un ser prepotente y peligroso. El de allá era un elemento del pueblo que se fundía con la gente. O, al menos, con alguna gente… Al que le parezca que la diferencia es poca le diré que no está en condiciones de entender lo que allá pasa con los militares. Bajo este punto de vista todas esas actuaciones de Chávez que a ojos españoles eran mamarrachadas, para los venezolanos eran entrañables comportamientos de un hermano. Y lo que hagan ahora los militares venezolanos no será lo que harían unos gorilas todopoderosos que estén por encima del pueblo, sino lo que harán una gente que el pueblo los considera parte de ellos mismos.

La otra anécdota que quiero evocar es más filosófica: Se refiere al sentimiento de fatalismo que impregna la vida en aquellos países.

Un día, al periodiquito del partido, en el que Santiago llevaba el departamento de publicidad, llegó un periodista desencajado:

– ¡El día tal, el mes que viene, va a haber un golpe militar!

Todos dieron muestras de gran alarma. Santiago, como experto en situaciones de esa clase, fue el primero en reclamar acción:

– ¡Hay que hacer algo!

– No se puede hacer nada…

– Hay que avisar al Presidente!

– Ya lo sabe… No se puede hacer nada…

– Pero falta mucho tiempo… ¡Hay que alertar a los nuestros…!

– Ya lo saben… No se puede hacer nada…

– ¿Entonces, qué tenemos que hacer nosotros?

– Cada uno debe tomar sus precauciones…

Santiago no entendió esto último. Cuando llegó el día, inexorablemente, un grupo de militares se presentó en la redacción y les invitó a salir. Cuando al cabo de unos días se les permitió regresar, pudo comprobar que aquella elegante gabardina que dejó colgada en el perchero había desaparecido. Fue el único miembro de la redacción que resultó damnificado en aquel golpe militar, que todos vieron venir, que nadie supo evitar y que todos consideraban tan inexorable como el paso de un cometa.