Ruiz-Gallardón, de “lacayo del PSOE” a ministro de Rajoy

Ángel Sánchez de la Fuente                                                                                            Periodista

El ascenso del alcalde de Madrid a ministro de Justicia deja en su cargo a Ana Botella, la mujer de Aznar. Hoy publicamos la biografía del primero. Y mañana la de la segunda.

He aquí a un fiscal en excedencia que se licenció en Derecho a los 21 años con 10 matrículas de honor y fue el número dos de las oposiciones en la carrera judicial. He aquí a un precoz político conservador (“yo siempre he dicho que soy de derechas”) que con 24 años ya era concejal de Madrid por la Alianza Popular de Fraga y ejercía de mosca cojonera del alcalde socialista Tierno Galván (“admiro su ardor juvenil, pero está usted empezando a ser pesado, señor Ruiz-Gallardón”). He aquí al senador más votado de la historia de este país (1.344.395 votos en 1993 por la circunscripción de Madrid), con el logro de cinco mayorías absolutas (dos como presidente autonómico y tres como alcalde de la capital de España).

Y he aquí, por increíble que le parezca a algún ciudadano despistado, al dirigente del PP más denostado por no pocos correligionarios suyos y por determinados periodistas de la caverna. “Lacayo del Gobierno del PSOE”, “bandido” y “traidor a su partido” son tres de los insultos que le dedicó ese botarate de los micrófonos y de las letras apellidado Jiménez Losantos, el mismo que no tuvo ningún escrúpulo en afirmar que a Gallardón, “con tal de llegar al poder le da igual que haya 200 muertos” del 11-M. Los fundamentalistas del PP y sus adláteres no le han perdonado que nunca secundase las teorías conspiratorias sobre la autoría de la matanza madrileña. Ahora, Rajoy, el “maricomplejines” según el referido ultrapredicador de las ondas, ha catapultado a Gallardón al Ministerio de Justicia (“ministro de Injusticia”, en palabras del propio Jiménez Losantos).

Un abuelo cronista de Franco y un padre monárquico

Si Alberto Ruiz-Gallardón Jiménez (Madrid, 11-12-1958) no hubiese tenido un padre como José María Ruiz Gallardón (fallecido en 1986), seguramente el virus de la política habría pasado de largo. A Gallardón hijo le dio tan fuerte que a los 19 años se afilió a AP, partido fraguista en cuya fundación había participado Gallardón padre. Este fue un tipo pintoresco en la época de la dictadura, ya que, pese a ser hijo de Vicente Ruiz Albéniz, alias Tebib Arrumi, el cronista por antonomasia de las hazañas de Franco en la guerra de Marruecos, conspiró contra el autodenominado Caudillo en favor de la monarquía de Juan de Borbón. Cuando fue encarcelado en 1956, la esposa de Gallardón acudió a pedir clemencia a El Pardo, que para eso su suegro, muerto cinco años antes, había sido íntimo de Franco. ¿Qué hizo el general? Enviar a la cárcel un juego de ajedrez para que el prisionero pudiera entretenerse. Con los años, el antifranquismo de Gallardón padre fue disolviéndose hasta el punto de que en 1976 confesó: “Prefiero la injusticia al desorden, porque este país necesita más del orden que de la justicia.” ¿Qué diría actualmente al ver a su hijo investido precisamente ministro de Justicia?

Pero si del padre heredó la fiebre política, de su tío abuelo, el catalán universal Isaac Albéniz, heredó la fiebre musical. Su melomanía es tal que a los cinco minutos de declararse a su novia la plantó por una función de ópera para la que había comprado una entrada. Aquella novia es la madre de sus cuatro hijos, y, a su vez, hija de padre importante: nada menos que el exministro franquista Utrera Molina, un falangista de pura cepa, compañero de búnker de los Girón de Velasco de las montañas-nevadas-banderas-al-viento. “Mi suegro –declaró innecesariamente Gallardón hace unos cuantos años- no comulga del todo con mis ideas, pero las respeta.” Hasta ahí podíamos llegar.

Casarse con el Abc y acostarse con El País

Si, como ha quedado escrito, Gallardón suscita desamores en su partido, no es menos cierto que también ha captado votos más allá de la derecha y del centro derecha. El escritor Manuel Vicent lo resumió hace tres años en esta frase: “A mi juicio, es el político más peligroso para la izquierda que tiene la derecha.” Y es que domina como nadie el barniz terciopelado para explicar sus postulados más conservadores. También lo escribió Vicent: “Cuanta más vaselina, más profundamente se hiere al adversario.” Cierto es que no hay que perder de vista su apertura de miras que tan nerviosos pone a los peperos monolíticos. El mismo Gallardón lo ha visto así: “Yo quiero convencer a la derecha de que merece la pena asumir y defender muchos valores de la izquierda.” Más groseramente, pero muy clarito, ha quedado expresado en una frase que el periodista Juan José Millás le oyó decir a Gallardón en una conversación informal: “Hay que casarse con el Abc y acostarse con El País.” Lo que esto significa puede ilustrarse con dos ejemplos bien diferentes: si es capaz de montar en 2010 un taller de costura el Día de la Mujer Trabajadora como si viviéramos en tiempos de la canastilla de la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera (sin duda muy al gusto del Abc), también es capaz de conceder en 1995 un permiso matrimonial de 15 días a una funcionaria lesbiana de la Comunidad de Madrid que se había registrado como pareja de hecho de su compañera.

En cualquier caso, nadie puede discutir a Gallardón sus clamorosas mayorías absolutas desde que barrió en la autonomía madrileña al socialista Joaquín Leguina en 1995. A partir de 2003 inició su andadura al frente del Ayuntamiento de Madrid ridiculizando a sus rivales socialistas. Eso sí, lo que no ha conseguido en sus mandatos ha sido hacer de la capital una ciudad olímpica. La segunda vez que lo intentó sabía a ciencia cierta que el continente europeo no tenía posibilidad alguna (estaba cantado que sería Río de Janeiro la que organizaría los JJOO de 2016), pero prevaleció su afán electoralista. Tanto de presidente autonómico como de alcalde, Gallardón ha acometido ingentes obras públicas que han contribuido a dotar a Madrid de mejores infraestructuras, a costa, eso sí, de ser el Ayuntamiento español más endeudado y la ciudad más contaminada. El mencionado Leguina ha asociado al manirroto Gallardón con aquellos políticos que tienen por lema el siguiente: “Hacer lo que se deba, aunque se deba lo que se haga.” Desde hace unas semanas, la que tendrá que afrontar la deuda gigantesca de Gallardón será la flamante alcaldesa Ana Botella, su sucesora a todos los efectos y defectos.

Esperanza, la íntima enemiga

La hora de la verdad de dar el gran salto desde la esfera autonómica y local a la española intentó fijarla Gallardón en 2007, de cara a las  elecciones generales que Rodríguez Zapatero fijó en marzo de 2008. Entonces le pidió a Rajoy ser diputado, pero las huestes de Esperanza Aguirre, su gran enemiga íntima política (en una biografía publicada en 2006, Aguirre no se recataba de ironizar diciendo que Gallardón se creía “Dios” y “el progre por antonomasia”), lo impidieron para evitar que un escaño le facilitara una hipotética sucesión en caso de que Rajoy hubiese emprendido una hipotética retirada que no se produjo pese a salir derrotado por segunda vez. En mayo de 2007, dos días después de haber sido reelegido alcalde de Madrid de manera apabullante, Gallardón lanzó esta ofrenda a Rajoy: “Hay pocas cosas en política que me haya propuesto y no haya conseguido. Seré alcalde de todos los madrileños y, si tú quieres, querido presidente [del PP], trabajaré para que seas presidente del Gobierno.”

         Y más de cuatro años después, Rajoy ha accedido a la Moncloa con una aplastante mayoría absoluta. Gallardón ha visto compensada su fidelidad con un escaño y un ministerio importante. Tirados por el camino han quedado los Acebes y los Zaplana (por cierto, es lógico que Zaplana se la tuviera jurada desde que Gallardón investigó el caso Naseiro y recomendó su expulsión del PP por haber mantenido contactos con los implicados en la trama corrupta de financiación del partido); pero, en ese mismo camino, bien enhiestos se encuentran otros compañeros y compañeras que le esperan con el hacha presta para descabezarlo en cuanto se les presente una ocasión propicia.