Agonía y muerte de un funambulista

Por Ximo Puig

A las cinco de la tarde la Feria de Valencia improvisaba un cartel extraordinario. Hoy era el día de El Juli pero Camps se situó en el centro del ruedo cuando ya no le quedaban más burladeros donde esconderse.
Su recorrido estos años ha sido una de las singladuras más patéticas que jalonan un atlas político ya suficientemente vulcanizado. Mintió cuando fue pillado con las manos en la masa y la vergüenza la parapetó con la arrogancia.
Anduvo siempre confiado porque él -mejor que nadie- sabía que no era un asunto de cuatro trajes. Era el vermut de la Gürtel, un aperitivo de la gran operación dirigida desde Génova que financió al PP incluso en el propio congreso de confirmación que eligió a Rajoy.
Mariano sabía que no eran cuatro trajes. Todas las noches se encomendaba al ángel de la guarda para que Camps le diera un ataque de dignidad pero pasaron los días y tras la sonada de Riki, dejó en manos de la providencia el futuro del molt honorable imputado.

La ignominia se consolidó hoy cuando Trillo, el personaje más funestamente detestable que habita en la Corte y Villa, vino a ofrecer el trato. Podía continuar de presidente pero Rajoy no le quería en el banquillo. Mentir nunca fue el problema. Y pagar –ahora- tampoco.
Por lo demás, los ciudadanos podían pasear la perplejidad por la alameda pero siempre nos quedarán las banderas contra el oprobio, el victimismo, el malvado Rubalcaba. Ay, Dios!

Acaba un acto del sainete. Pero la fiesta en Valencia no acaba nunca, (Camps, dixit).