Adiós a Teresa Pàmies, una mujer libre

Foto de MARCEL·LI SÁENZ / El País

M. Eugenia Ibáñez
Periodista

No te dejes domesticar”, le dijo un día su padre, y Teresa Pàmies convirtió el consejo de aquel curtido comunista en la ley que rigió su vida. Hizo bandera de su libertad individual, como mujer, como esposa y como militante, incluso bajo las estrictas pautas del partido. Pàmies, mujer no sometida, discreta, inteligente, ha fallecido en Granada, en la casa de su hijo Antonio, a los 93 años de edad, dejando atrás una vida de permanente inquietud, de activa rebeldía, de adaptación a los tiempos y, por encima de todo, de coherencia con su forma de pensar.

Solo en una ocasión hablé con Teresa Pàmies, fue en el verano del 2008, tras la publicación de su última obra, Informe al difunt (La Campana), un libro de apenas cien páginas, despedida del esposo perdido, Gregorio López Raimundo, y última ocasión para hacerle llegar los postreros reproches y palabras de amor tras su larga enfermedad. La entrevisté en su domicilio, un sencillísimo piso de la calle de Casanova de Barcelona, frente al mercado del Ninot, cuyas paredes estaban cubiertas con cuadros, dibujos y fotografías que recreaban la película de su vida. En el rincón de una pequeña sala, donde Teresa pasaba las horas, estaba el sillón donde López Raimundo solía sentarse y donde permaneció postrado los últimos meses de su vida. Hablé con Teresa durante casi dos horas y ya en la calle pensé que iba a ser difícil entrevistar a otra persona que dejara en mí la impresión que aquella mujer me había causado. Hoy ratifico aquella sensación y lamento profundamente no haber intentado una nueva charla, ya no con objetivo periodístico, sino por el puro egoísmo de escuchar a uno de los últimos testimonios vivos de nuestra historia más reciente, capaz de explicar con lucidez que las ideas deben adaptarse a los tiempos, pero nunca someterse a los vaivenes del oportunismo político del momento.

EL FANATISMO DE IZQUIERDAS
A lo largo de la entrevista, sin prisas, interesándose incluso por el trabajo de la periodista, la escritora analizó con serenidad la evolución de los últimos años de su producción literaria que juzgó “más serena que en épocas anteriores”, liberada ya de “la nostalgia y el protagonismo de las cosas pasadas y con un contenido mucho más crítico”. Me reconoció que sería incapaz de escribir ahora  Quan érem capitans, “por su exceso de utopía y lírica” y afirmó que el comunismo era “un proyecto inconcluso”, aunque aceptó con una sonrisa haber descubierto que el marxismo nunca estuvo en posesión de la verdad. Tras toda una vida de militancia, se había dado de baja del PSUC cuando éste se sumergió en Iniciativa per Catalunya (IC), y desde entonces no militaba en partido alguno.

Tocó de refilón temas políticos y reconoció que uno e los fenómenos negativos de los políticos profesionales era vivir al margen de la realidad cotidiana de la gente, y se mostró especialmente molesta ante el victimismo de la política catalana: “Debemos ser el único país del mundo que se plantea cada día de dónde venimos, adónde vamos y lo poquito que nos quieren”. Pàmies no rehusó meterse en barrizales ideológicos y criticó lo que denominó  “fanatismo de izquierdas” postura que, en su opinión, impide que se aclaren todas las barbaridades cometidas durante la guerra civil: “Si hay que recuperar la memoria histórica habrá que recordar también a la gente que fue fusilada en la carretera de la Arrabassada por el mero hecho de ir a misa”.

LOS VALORES DEL FEMINISMO
De conversación larga, concreta, precisa, Pàmies se mostró satisfecha por la cada vez más frecuente presencia de la mujer en todos los sectores de la sociedad, pero con matices: “No utilizamos en la forma debida la libertad y los derechos logrados; parece que el objetivo de la mujer de hoy es comportarse igual que los hombres, con  autoritarismo y afán de poder, porque esa frase tan utilizada de no me bajo los pantalones me parece profundamente reaccionaria. Los valores feministas que defendía la autora eran los que Virginia Woolf expuso en su libro Tres guineas, derivados de su condición de madre, la antiviolencia, la capacidad para escuchar, moderar, rectificar y administrar.

Al acabar la entrevista, Teresa Pàmies me acompañó hasta la puerta de salida y atendió la curiosidad que me frenaba ante fotografías de personajes y situaciones que yo solo había visto en libros de historia y alguna que otra exposición. Me explicó con paciencia aquellas imágenes y me despidió con un amable “Vuelva usted cuando quiera”.

No sabes cuánto lamento, Teresa, no haber atendido aquella invitación. Descansa en paz.

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Autora de más de 50 obras, entre ensayos, novelas, libros de viaje y textos autobiográficos, Pàmies nació en Balaguer, Lleida, en 1919, heredó de sus padres la  militancia comunista que marcó su vida. La victoria de Franco la llevó al campo de concentración y al exilio. Ayudó a la resistencia francesa durante la SegundaGuerraMundial, Vivió en la RepúblicaDominicana,  Cuba, México, donde estudió periodismo. En 1947 regresó a Europa y residió en Praga y París. Trabajó de costurera, dependienta, mujer de limpieza y aprendió a manipular la lana y la seda, tareas que compaginaba con el cuidado de cuatro hijos, y compartió clandestinidad y militancia con López Raimundo. Escribió en París Testament a Praga, libro basado en las memorias de su padre con el que ganó, en 1971, el premio Josep Pla. Con una carta de la editorial Destino y la información aparecida en La Vanguardia a modo de credenciales se presentó en la embajada española en París para solicitar el pasaporte que otras veces le habían negado. Esta vez hubo suerte y a partir de esa fecha se instaló en Barcelona donde se ganó la vida traduciendo del inglés al castellano 22 libros para las editoriales Grijalbo y Martínez Roca y colaboraciones en publicaciones como Mundo Diario, trabajos que fue abandonando a medida que publicaba obra propia. Publicó, entre otros títulos, Quan érem capitans, Amor clandestí, Va ploure tot el dia, Jardí enfonsat y una biografía de Dolores Ibárruri. Colaboró en el diario Avui y en la emisora Catalunya Ràdio. En el 2001 se convirtió en la segunda mujer que, tras 39 años de historia del galardón, recibía el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes. La primera, en 1980, fue Mercè Rodoreda.