A vueltas con la herencia recibida del franquismo

Dos grises a caballo ante una manifestación de estudiantes en la Complutense en 1968.
Manifestación de estudiantes en la Complutense en 1968

Hablaba ayer de mis tiempos de profesor, en los que tenía a mi cargo una cátedra de Economía, con todo lo que eso representaba, que ahora veremos qué era.

Al poco tiempo de estar ahí hice un descubrimiento sensacional. Se trataba del principio básico del funcionamiento y la estabilidad del régimen franquista: el poder absoluto puede ejercerse y perpetuarse si se divide generosamente en muchas, muchas pequeñas parcelas.

Me explico: Franco tenía el poder absoluto. Es decir, podía hacer y deshacer lo que le diera la gana, en principio, en todo el país. Y la forma de mantener ese poder era repartirlo en trocitos de poder también absoluto. Yo, en ‘mi’ cátedra, podía hace lo que me diera la gana: Imponía el programa que quería. Daba las clases o no las daba. Si las quería dar, duraban sesenta minutos, o cuarenta, o veinte. Enseñaba lo que estaba en mi programa, o no. Examinaba como me daba la gana y aprobaba o suspendía a quien me daba la gana. Y punto.

En teoría, claro está, la cosa hubiera debido ir de otra manera. La verdad es que nunca llegué a acabar de saber cuáles eran las normas teóricas. En la práctica (la mía y la de la totalidad de catedráticos numerarios, contratados y encargados de cátedra de España), sin molestar excesivamente a los colegas y con un sueldo ciertamente mezquino, cada uno podía hacer de su capa un sayo; y sobre este tema había miles de historias que se explicaban entre risas.

Podría pensarse que ese procedimiento del reparto del poder absoluto en parcelas de poder absoluto podría tener, a la larga, un efecto centrífugo que descuajeringara el poder absoluto-absoluto. Eso se evitaba introduciendo una simple condición que actuaba de pegamento del sistema: El consejo que dio Franco a un joven al que se le preveía una exitosa carrera por los aledaños del poder: ‘No se meta usted en política’. El único precio a pagar por hacer lo que quisieras en tu parcela era ‘no meterse en política’. O. si te metías, que no crearas problemas hacia tu entorno. Dentro de tu cluster (una cátedra, un seminario, una revistilla de escasa tirada…) podías decir lo que quisieras, siempre que no trascendiera y quedara como una cosa de ‘dentro’ de un grupito. La policía tomaba nota, pero no pasaba nada.

Eso era cierto en todos los niveles de la sociedad española. En los años sesenta y setenta, en la Ibiza hippy, la gente se despelotaba con absoluta tranquilidad sin que nadie, ni viejas, ni curas ni autoridades hiciera ningún comentario. Recuerdo en Formentera, en la playa de Mitjorn, varios kilómetros a uno y otro lado del Blue Bar (el auténtico), a miles de personas en cueros vivos disfrutando del sol, del agua y de las relaciones personales de todos los grados. El tufo de marihuana en el Blue Bar sólo era superado por el que se respiraba en el Paradiso de Amsterdam, aunque a favor del Blue Bar hay que decir que allí se estaba prácticamente a la intemperie. La pareja de la guardia civil, desde el camino, se secaba el sudor y disfrutaba de la vista sin más problemas. Una película de culto de la época, More (que no llegó a España, claro) explicaba abiertamente que aquí las anfetas se conseguían en farmacia (calidad garantizada) sin receta. Simplemente, de eso no se hablaba en público en ninguna parte, y mucho menos en Madrid.

Esteruelas
Cruz Martínez Esteruelas, primero a la derecha, con el resto de ministros del gobierno de Franco. Esteruelas dio la orden en febrero de 1975 de cerrar cuatro facultades de la Universidad de Valladolid: Filosofía y Letras, Medicina, Derecho y Ciencias

 

Y lo mismo que he dicho de las cátedras valía para todo lo que, en mayor o menor escala, significaba poder. Un juez, en su juzgado, hacía lo que le viniera en gana… siempre que no ‘se metiera en política’. En toda la provincia de Gerona era famoso ‘el juez loco de Figueras’, al que había que aguantarle todas las barbaridades que se le ocurrieran, simplemente contando con que, cuando llegara la cosa a la Audiencia, allí lo enmendarían, y resignándose a las molestias que todo esto acarreaba a justos y pecadores. Y talmente para los registradores, corredores de bolsa y, desde luego, para los funcionarios públicos en general. E incluso para los cuasi funcionarios de las grandes empresas de servicios públicos o de seguros.

Cuando alguien se escandalizaba ante un problema concreto siempre había una nobilísima explicación para justificar lo injustificable: la libertad de cátedra para el catedrático, la inamovilidad para el juez, los derechos adquiridos para los funcionarios… Eso sí, siempre que no se metieran en política.

No es sólo en el Tribunal de Cuentas donde el país sufre la pesada continuidad de la herencia recibida. La universidad española (con unos departamentos en muchos casos paridos según el capricho de los catedráticos de aquellos tiempos), la Justicia, con una casta viciada que se coopta desde entonces, y tantos organismos y negociados que se replican como amebas para supervivir a lo largo de los años, hacen que la pesada y podrida herencia del franquismo siga aplastándonos y emporcándonos.

Y así seguirá, porque a unos cuantos les conviene (todo se cambió para que nada cambiara), y el resto no quiere verlo (¡qué coñazo de tío, otra vez con el franquismo!).