6,300 Kilómetros

Por M. Eugenia Ibáñez

Me gusta caminar por la ciudad. Creo que es la forma adecuada de captar los cambios físicos en nuestro entorno, de comprobar el resultado real de acuerdos políticos y de planteamientos teóricos, o de parte de ellos. La vía pública es, desde mi punto de vista, el testigo directo de lo bueno y lo malo que se decide en otras esferas.

El otro día recorrí a pie 6,300 kilómetros, distancia zigzagueante entre la plaza de Francesc Macià y el Vall d’Hebron, así que se puede decir que crucé Barcelona a través de una diagonal corta. Ese recorrido pasa por una trama urbana de diferentes peculiaridades, tráfico intenso y calles más tranquilas, pero todo el itinerario tiene en común la presencia de una señal de tráfico que resulta inútil por su sistemático incumplimiento, esa norma que prohíbe el aparcamiento de motos sobre las aceras. Cada señal de ese orden que encontré en mi caminata tenía alrededor el invariable paisaje de vehículos de dos ruedas ocupando el espacio que, en teoría, decisiones superiores quieren destinar al peatón, el elemento más débil en el sistema de movilidad de una ciudad.

En parte del recorrido aparecen aceras completamente ocupadas por motos, bloqueadas en ocasiones, muchas de ellas aparcadas al pie del poste que, orgulloso, muestra la aparente voluntad del concejal de turno de reservar para el ciudadano un espacio que le es propio.

La pasividad municipal para exigir el cumplimiento de sus propias decisiones no es nueva.  Se ha mantenido a lo largo de tantos  mandatos municipales, con alcaldes de derechas y de izquierdas, que los motoristas, o parte de ellos, han llegado a la conclusión de que la señal en cuestión está colocada en la acera para ser incumplida, que un día apareció a modo de cumplimiento teórico de una ordenanza de circulación aprobada por el Consistorio barcelonés, quizá, por unanimidad. Si hay que aprobar normativas, se aprueban. La exigencia de su cumplimiento ya es otra cosa.

Ada Colau inició su mandado con una esperanzadora política de movilidad. En síntesis, se comprometió a dar más espacio al peatón y reducir el uso de vehículos privados. Creo que ese gobierno va a tener el coraje de unir los dos tramos del tranvía de la Diagonal, también que aumentará el número de las supermanzanas y marcará las pautas para que, a la corta o a la larga, los coches que funcionen con diesel desaparecerán. Pero mantengo mis dudas de que el equipo de Colau se atreva a transformar esas señales de tráfico en algo más que un simple poste colocado al tuntún, recelo de que las motos desaparezcan de aceras y paseos y que esos espacios sean devueltos a los ciudadanos de a pie. Exigir el cumplimiento de esa ordenanza de la movilidad era lo más fácil cuando Ada Colau ocupó la alcaldía, en mayo del 2015, y también podía haber sido lo más ejemplarizante. Y no se hizo. Miedo a las motos, miedo al loby del vehículo privado. Miedo a la segura manipulación mediática. Como siempre. Ya conocemos esa historia.

Sería bueno que, por lo menos, se retiraran las señales incumplidas de las aceras. Así el ayuntamiento evitaría mostrar en público la vergüenza por su pasividad.

2 pensaments a “6,300 Kilómetros”

  1. El desprestigi de la Guàrdia Urbana es gran. Mani qui mani, les voreres s’omplen de motos, aparcades o circulant. Ni en Trias ni la Colau han fet res.

  2. Estic molt d’acord amb l’article i amb la queixa. Encara que només fos per egoisme recaptatori, l’Ajuntament podria començar a multar les motos i potser això seria dissuasiu. I un detall lingüístic: l’adverbi “inclús”, que surt al senyal de circulació, està recollit al diccionari, però la forma més comú i correcta és “fins i tot”.

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