PNV. Del electorado necesario al poder suficiente

Crónicas políticas vascas (1)

Ander Gurrutxaga Abad 

  1. Introducción. Las elecciones vascas del 21 de Octubre pueden ser una caja de sorpresas, quizá no por sus resultados sino por cómo se llega hasta ellos. Lo que se espera de ellas, quizá sea por mi parte deformación profesional, interés, aficiones ocultas o porque no termino de comprender que la política no puede ser lo que no es, es que las elecciones aclaren algunas cosas. Acaban de echar a andar de forma oficiosa y se dibujan tendencias que van a tener futuro. Cada partido tiene que dilucidar algunas cuestiones y encauzar los demonios que los nuevos tiempos desatan, los propias o los ajenos. En esta primera entrega analizo la circunstancias que rodean a las estrategias del PNV y dejo para otras entregas las que corresponden a otras fuerzas políticas.
  1. El poder electoral del PNV. Al PNV la demoscopia electoral le vaticina la victoria en las elecciones autonómicas. No es nada nuevo, el PNV ha ganado todas las elecciones autonómicas en su circunscripción desde que se restauró la democracia en España. Los problemas que se pueden plantear no tienen que ver con el éxito electoral de la organización jeltzale, sino con la dificultad para gobernar y gestionar el crecimiento de la complejidad en el País Vasco. El PNV descubre que no basta con ser el partido más votado, sino que gobernar Euskadi depende de cualidades, condiciones y contextos. El universo electoral vasco se fragmenta y es imposible controlar todos los escenarios políticos posibles, es decir, el gobierno autonómico, las diputaciones y los ayuntamientos. De hecho, una de las notas más sobresalientes es que el poder político se rompe y lo hace de tal manera que disponer de un significativo peso electoral no significa hacerse con el poder en los territorios que componen la Comunidad Autónoma, en las Diputaciones o en la mayoría de los ayuntamientos. Si el poder electoral dibuja escenarios donde prima la fragmentación electoral, tener miles de votos y ciudadanos leales es necesario para gobernar pero no es suficiente. Uno de los problemas es cómo convertir el apoyo electoral necesario en poder político suficiente.

Los éxitos del PNV en la gestión de la autonomía vasca han estado sostenidos por el poder electoral. El PNV tiene-depende del tipo de elecciones- aproximadamente 250.000 votantes fieles de los que disponer y a los que puede movilizar en los caladeros electorales-. Hasta el momento en su circunscripción-quizá la irrupción de BILDU puede arrebatarle este hecho-, es el partido político con más fidelidad de voto y más votante leal. Es éste un contingente de votos importante y sugerente. Lo que ocurre es que siendo mucho voto, está lejos de ser todo lo que requiere para convertir el poder electoral en poder político suficiente. Por eso, el crecimiento de número de votantes no pasa por “engordar” el discurso más nacionalista sino por convencer a miles de votantes, más fríos en este aspecto, que vale la pena apostar por estas siglas y por su trayectoria política ¿Por qué puede hacerlo? Porque miles de ciudadanos no estrictamente nacionalistas detectan que esta fuerza política ofrece mejores prestaciones, la mejor y más integra gestión de los asuntos públicos, cercanía a los intereses sociales de la sociedad civil vasca, honestidad en el manejo de los asuntos públicos y la idea de que con ellos la sociedad vasca es más segura y está mejor ordenada.

La paradoja es que los éxitos electorales del PNV dependen, cada vez más, de que ciudadanos no estrictamente nacionalistas confíen en el programa político de este partido, acepten el discurso de honestidad, integridad y defensa de los intereses sociales que emite y estén dispuestos a votar por él. Si se produce esta identificación el PNV obtiene los mejores resultados.  En las elecciones autonómicas del 21 de Octubre la necesidad de que ocurra es más perentoria que en otras ocasiones.  La candidatura a la Presidencia del Gobierno Vasco ganará en legitimidad si la distancia con el segundo partido político más votado se alarga y se sitúa en los 100.000 o más votos de diferencia y al menos a cuatro escaños en la configuración parlamentaria. Para ello, el partido de I. Urkullu debe situarse cerca de los 400.000 votantes, frente a los 320.000-340.000 habituales.

  1. La distancia electoral. La legitimidad política que reclama el nuevo tiempo requiere que no baste con ganar, hay que hacerlo con suficiencia para articular alianzas políticas incontestables. La cuestión es desde donde y cómo obtener los votos para llegar a ese techo. Con el discurso identitario no parece que pueda competir en este territorio electoral, -la izquierda abertzale está más preparada para sostener ese tipo de perspectivas-, debe hacerlo con propuestas ancladas en la resolución de la crisis económica y en la creación de un futuro para el País Vasco, donde necesariamente las perspectivas sociales y económica van a tomar el lugar central en la discusión pública.

No quiero decir con esta afirmación  que el PNV tenga que dejar de ser lo que es, ¡ni mucho menos!, lo que indico es que la perspectiva del discurso identitario tiene que dejar el sitio preferente a las respuestas ante los problemas sociales y económicos que se han ido acumulando en la sociedad vasca. En estos momentos, y más allá de la falta de motivación y de la capacidad o incapacidad de movilización de los mensajes políticos, sólo una voz que explique, proponga y traslade honestidad y juego limpio a los ciudadanos está en disposición de dar el salto electoral del que unos y otros se reclaman.

  1. Agenda para el PNV. El PNV, y por supuesto también el resto de partidos políticos vascos, tienen que explicar con detalle cómo salir de la crisis económica, qué es lo que los jeltzales pueden y deben hacer. La acumulación de problemas es de tal naturaleza,  y el grado de desconfianza ciudadana de tal envergadura, que sólo si consigue romper la barrera de la incredulidad y la desconfianza en la política y los políticos podrá recoger los votos que necesita para gobernar. Por eso, el partido nacionalista no sólo “debe coger el toro por los cuernos” sino que debe explicar qué hacer con la educación, siendo cómo es éste el recurso estratégico más importante para consolidar y/o apoyar el cambio del modelo productivo y la calidad de vida de los ciudadanos vascos. Por otra parte, hay que alcanzar consensos alrededor de la sanidad porque siendo un recurso imprescindible no puede ni debe estar sometido a cruces de declaraciones, a cambios en las estrategias sanitarias y a modificaciones continuas en la gestión dependiendo de quien gobierne. Clarificar estos dos territorios estratégicos son dos elementos claves para la definición del futuro y para ganar confianza entre los ciudadanos.

Lo mismo podemos decir de las políticas sociales. Necesitaría espacio para entrar en el análisis en profundidad de lo que significan y representan. Se ha dicho que el concepto y la praxis del bienestar que sostienen las políticas públicas es probablemente uno de los elementos centrales y de más éxito de entre los que sostienen la arquitectura institucional vasca, o dicho de otra manera, forman parte de lo que permite cimentar la bóveda y el suelo de la sociedad vasca. Frente a este dato cabe clarificar el sentido que tienen las políticas públicas para el PNV. Es verdad que la organización atesora una trayectoria interesante en este terreno, pero la situación demanda-si lo que se quiere es crecer en confianza y seguridad ante los electores – dedicar tiempo, discursos y argumentos a estos hechos. Da la impresión que este tipo de situaciones van a ser la tierra de frontera y el espacio donde se juega la credibilidad de los discursos políticos, agravada la necesidad de clarificación en el grado de zozobra que introduce el gobierno del PP en estas materias.

Las preguntas y las respuestas son inmediatas porque los límites de la política y, en definitiva, el crecimiento o decrecimiento electoral se juega con lo que se haga y se explique sobre esas materias. Ni que decir que los discursos políticos y electorales del Partido Nacionalista tienen que indicar cómo fomentar la industria del descubrimiento y el conocimiento y los roles del I+D+i. Es largo pronunciarse sobre este hecho en los escenarios vascos, pero el descubrimiento y el conocimiento forman parte de la estrategia de crecimiento económico y no sólo del narcisismo de la ciencia y los científicos. Por eso es tan clave la actividad empresarial y los entornos y ecosistemas de innovación que se construyen para facilitar el crecimiento económico y la expansión de las empresas. Sabemos que sin rigor material y sin estrategia de crecimiento económico de poco valen los exhortos y las miradas sobre el futuro. La materialidad del éxito político están en gran medida emparentados en el éxito en la producción y redistribución de la riqueza económica  y con las acciones públicas  que ayudan a crearla. Si esto no se logra, y por ejemplo, las tasas de paro no disminuyen, la política es percibida por muchos ciudadanos como un baile de máscaras, pero no como el instrumento que fomenta la calidad de vida, produce confianza y ofrece seguridad a las personas. Nada es lo que parece pero sin salir de la jaula del narcisismo y de la retórica de los intereses materiales, el horizonte que el futuro dibuja es más oscuro.

El PNV tampoco puede escapar de encauza el debate y encontrar salidas a la arquitectura administrativa e institucional del País Vasco, que hoy no sirve ni a unos ni a otros y donde probablemente sólo el no saber bien cómo hacerlo, o el temor a la pérdida de poder político, paraliza la revisión en profundidad del modelo que es, a estas alturas, un cuello de botella  para la gestión autonómica.

En una palabra, el PNV enfrenta un proceso de modernización de la sociedad vasca y la revisión de aspectos sustanciales de todo aquello que él contribuyó a gestar en la década de los ochenta y noventa del siglo pasado. Los temas que propongo me parecen relevantes porque incluso en un cuadro político dominado por la anunciada estrategia política del nuevo Estatuto Político, el éxito depende del buen cumplimiento que alcance con el cúmulo de cambios citados o, dicho de otra manera, con la innovación de lo que fue innovado.  El proyecto político de futuro que el nacionalismo del PNV define y gestiona es posible si demuestra que es sostenible porque garantiza que las condiciones y la calidad de vida de los ciudadanos se promueven mejor desde una forma diferente de relación con el Estado o fuera del Estado.

  1. Los atributos de la identidad. Los atributos identitarios son intangibles de la propuesta nacionalista con los que se cuenta, por más que a veces parezca que la acción política dramatiza la pervivencia de las señas de identidad como si el tiempo, desde la década de los años ochenta del siglo pasado, no hubiese pasado. Por contra, los conflictos culturales en el País Vasco son encauzados por fuerzas que no estaban al comienzo del proceso autonómico y en cambio hoy son determinantes. Me refiero a la extensión de la industria cultural vasca que, en sus comienzos, se desarrolla gracias a la normalización lingüística. A este hecho hay que sumarle la expansión de la autonomía política vasca, la consolidación de la democracia, el crecimiento del público lector gracias al desarrollo de la educación en euskera y el peso del mercado audiovisual.

Lo que ocurre es que los imaginarios y modelos que constriñen las definiciones dominantes de la cultura son rebasadas por los usos y definiciones que hacen las nuevas generaciones y el poder de la industria. Éstas entienden el fenómeno cultural y urbano de otra manera, comprenden que la ciudad es el paraíso terrenal que les permite alejarse de tradiciones y costumbres ancestrales y, sobre todo, del control social de las ciudades medias, las cabeceras comarcales y los pueblos urbanos. Escribir, por ejemplo, en castellano o euskera es a la vez permisible, y no sólo porque la industria y el “vivir” de artistas y agentes culturales lo reclaman sino porque lo reivindica el imaginario sobre el que se erige la acción de comprender lo demanda cultural. La cultura vasca se sitúa en un nuevo escenario, en parte post identitario y no porque se niegue la identidad étnica que describe la posesión del euskera y la tradición cultural, sino porque la expansión de la lengua, la industria cultural que mueve a su alrededor y las estrategias que moviliza, demuestran que los objetivos que persigue y los fines que hace suyos, en gran medida, se han alcanzado. Se puede practicar con ella, escribir en ella y hay industrias creativas y culturales desarrolladas en los entornos inmediatos. No es el objeto, como tal, de demandas ante el poder político o ante los tribunales de los poderes simbólicos, por más que el mundo globalizado le exija estar compartiendo espacio con otras lenguas francas, a veces no en la mejor situación para competir. Pero en todos los casos, el euskera y sus expresiones educativas, literarias o artísticas  se integran en los nuevos mercados que crean las industrias culturales. La mayoría de los artistas y literatos escriben indistintamente en euskera o castellano, editan la obra en ambas lenguas, componen escultura o pintura sin manejar los cánones del propietario de la tradición o la definición exclusiva de los territorios de la cultura. Éstos, cuando existen, aparecen como expresiones de tiempos pasados, cuando el peso del mercado era poco importante y, en cambio, la opinión del grupo o la comunidad de la que toman las referencias inundaban casi todas las expresiones externas de su labor.

Quién manda y ordena en la identidad vasca publicitada son las estrategias de mercado de las industrias culturales que venden los productos y el carácter cicatrizante que representa la acción del ciudadano que se reconoce en la ciudad, en los valores marcadamente modernos, en la globalización de la identidad, el carácter inclusivo de las culturas y que se mueve entre lenguas con cierta normalidad. Seguramente llegamos al punto donde importan más quienes son los clientes, quienes consumen lo que la cultura crea y la fortaleza de la industria que mantener señas de identidad exclusivas o miradas envolventes de los ciudadanos VIP que se pronuncian  “sobre que es lo mío y lo nuestro”. El propietario “sabe” que ha perdido el sentido de la propiedad porque las reglas, las formas y la caja de herramientas empleadas para interpretar lo que es la cultura pasa a manos de la gran industria audiovisual, las industrias culturales, las editoriales o los cadenas comerciales.

La Euskadi identitaria que defiende el nacionalismo sabe que el pluralismo de la propuesta cultural se adecua a los tiempos contemporáneos y a las fronteras entre idiomas, las propuestas imaginarias e incluso las mitologías que tanto nos entretienen, dejan paso abierto a una nueva agenda donde se escribe en euskera y se traduce al castellano y al inglés, se escribe en castellano, se traduce al euskera y a otros idiomas francos de la globalización. Esto no quiere decir que los núcleos de la resistencias cultural hayan desaparecido o que en algunas grupos periféricos, asociados a formas tradicionales de contestación política, no se mire esta dinámica con los ojos de aquel que no está dispuesto a ejecutar la partitura que traza la industria cultural.  Pero el coste a pagar es –casi- la clandestinidad. No estar en la Feria del Libro y Disco Vasco de Durango, en la pinacoteca de los museos vascos, no publicar en las editoriales que promueven este espíritu o ver el Guggenheim como algo ajeno al País Vasco es no entender que la protección de los signos de identidad de la cultura vasca no pasan por retirarse de los circuitos de la globalización, renegar del carácter industrial o empresarial de la producción cultural, sino insertarse en las redes globales, estar en el mundo, escribir en las lenguas comunes, publicar y vender lo que se escribe, se pinta o se hace.

La conclusión para la política cultural e identitaria del nacionalismo del PNV es que en los últimos cincuenta años hemos transitado desde su supervivencia y la protección de lo que somos, las reticencias por lo moderno y urbano por mor de la defensa de la tradición, a la industrialización de la cultura, al carácter post identitaria de la identidad vasca, y a tener que exhibir lo que somos y lo que hacemos en el orden global, pero ya con otras reglas de juego y bajo otros supuestos.

El PNV, debido  a la fragmentación del voto político y al incremento de complejidad del pluralismo vasco sabe que con las artes de ganar elecciones no es suficiente. Ninguna fuerza política tiene capacidad para imponer la minoría prevalente de la que disfruta por mandato de las urnas a los demás. La palabra clave para el día siguiente de las elecciones es Pactar, pero hacerlo con probabilidad de éxito supone no sólo hacerlo para el Gobierno de Lakua, sino para otros gobiernos-Diputaciones y Ayuntamientos-. Elegir con quién se pacta, para qué y sobre qué es conocer y tener claro que éste no es un trabajo baldío, sino el producto de la necesidad de dar contenido concreto a las ideas sobre cómo se quiere que sea el País Vasco.

  1. La innovación política en las elecciones del País Vasco. Hay dos datos a sumar para alcanzar estos fines. El primero la creación de credibilidad y confianza. La política y los políticos, como he escrito, tienen problemas con estos intangibles. Quién sea capaz de restaurarlos y convertirlos en marcas icónicas de la propuesta política, estará en condiciones mejores para hacer valer el programa político ante los ciudadanos. La conclusión es que eso implica asumir la asociación de la política con los intereses sociales o, si se prefiere, la política y los políticos como los instrumento del servicio público y las buenas prácticas. Algunos elementos son necesarios para poner las bases sobre la comprensión de lo que es el acto de innovar en política y en el interior de la sociedad vasca. Los resumo con una cita que es casi un eslogan: “haz bien lo que sabes hacer bien”. Quiere decir que hay que recuperar el valor de los diseños institucionales y la actividad de la sociedad civil, la importancia de los buenos ejemplos, el ejercicio de la responsabilidad, el manejo de los recursos y las prácticas cotidianas. El punto de llegada es que la creatividad de las políticos y las características personales que deben tenerse para practicar la innovación no se fundan en la posesión de rasgos “carismáticos” o “excepcionales”, sino sobre valores que manejan y practican las “buenas prácticas”, la responsabilidad -recordemos que uno es responsable no sólo de lo que hace, sino de lo que pudiendo hacer no hace-, la empatía y, sobre todo de “hacer bien aquello que debes hacer”.

Las  llamadas para practicar con honestidad y buenas prácticas la política tiene que ver con el hecho de que los cambios radicales son las menos, en la mayoría de los casos implica continuidad, coherencia, honestidad, movimientos tranquilos y la adaptación progresiva a este programa donde, en todos los casos, las buenas prácticas son más importantes que el genio desatado del creativo genial. La innovación en política de la que se habla no busca, en sí misma, la excepcionalidad o la ruptura, sino las buenas prácticas y los objetivos pertinentes en cada ámbito o dimensión en la que se mueve. Esta llamada tiene que ver con le hecho de que uno de los problemas que más se citan es la “crisis de valores”, quizá olvidando que la cuestión no es la crisis sino la decisión-elección sobre que valores son los más importantes, o dicho de otra manera, como jerarquizarlos, dando importancia a unos y quitándosela a otros. Las razones que pueden esgrimirse desde la política es que la fuerza de la argumentación no está en el “regreso a valores” sino en las buenas prácticas que los sostienen y éstas tienen que ver con la invención y la recuperación de soluciones institucionales, nuevas formas de organizar las relaciones sociales y primar a los valores que producen las buenas prácticas frente a aquellos que dan como resultado las malas prácticas.

El peligro es que la sociedad vasca- y esto el PNV debe saberlo bien- no puede instituirse como si fuese una sociedad desarmada que no instituye normas claras de elección y decisión o no sabe qué hacer con ellos, porque en este caso sería acudir a ella llamando a vivir en la intemperie. Las crisis que estamos atravesando nos envilece a todos un poco porque elimina espejos para que no miremos con atención y erige la impostura y la mediocridad como valores que funcionan bien en el ejercicio del liderazgo. Frente a este hecho, la innovación se desata como el discurso pragmático de la vida buena y la vida digna, sabiendo que la búsqueda de valores y de principios éticos depende en todos los casos de las buenas prácticas. Ciertamente, el cumplimiento es factible y tiene mejores condiciones cuando se constituyen ecosistemas innovadores donde priman los entornos creativos. Hay casos históricos singulares que sirven de modelos de referencia y diseñan las claves del éxito. Por ejemplo, fomentar las practicas de ciudadanos comprometidos que aprovechan y descubre el descubrimiento, saben qué hacer con él, lo llevan al ciclo productivo, saben invertir en futuros y utilizar las inversiones públicas, las privadas o el capital riesgo para mantener la tensión del descubrimiento, construyen culturas innovadoras desde el imperativo de las buenas prácticas, diseñan entramados institucionales singulares adaptados a las necesidades de los ecosistemas de innovación, saben que hay que cuidar a las personas, sus trabajos, las familias y los entornos urbanos donde residen.

Otro tema relevante tiene que ver con el final de ETA. Éste deja abiertas algunas cuestiones que puede tener incidencia en los juegos electorales y de las que no puede olvidarse, pero, en todos los casos-aún cuando se discrepe sobre las estrategias para la desaparición definitiva de este tormento prolongado– saben que sin ETA las cosas se digieren y gestionan de forma diferente. Probablemente, los tres problemas que quedan abiertos son el rol y la atención a las víctimas, los presos de ETA y la institucionalización política de la izquierda abertzale. La rentabilidad política del tiempo de cierre ha pasado. Todos los partidos tienen lo que pueden alcanzar y, sobre todo, el proceso del final de ETA no va a dejar satisfechos a casi nadie, quizá porque todos pensaron que podían sacar más de lo que han sacado o porque han caído en cuenta que no puede rentabilizarlo nadie porque las consecuencias de las ganancias no es materia que se gestiona fácilmente. Quizá ni tan siquiera haya una hoja de ruta para la eventualidad, sino la imposición tranquila de los recursos que tienen a su disposición la sociedad democrática -vasca y española-.

No parece que tampoco sea el tiempo de más reivindicación política para acabar con las secuelas de este proceso, de olvidos imposibles o de jugar al solitario haciéndose trampas, creyendo o esperando que llegue el día donde “todo será posible”. Hoy a nadie le interesa esto. Todos los partidos han asumido que son los programas, las agendas las que tienen que hablar y la sociedad democrática y sus ciudadanos la que debe decidir. Se trata de convencer con medidas y programas concretos para alcanzar estadios de institucionalización del conflicto y sobre todo no buscar en los márgenes del sistema lo que no puede alcanzarse utilizando recursos que proceden del tiempo democrático.

El probable regreso al poder autonómico del PNV-si se cumple los datos de la demoscopia electoral- va a estar lleno de enigmas y quizá de muchas preguntas sin respuestas claras. Es verdad que el futuro hay que inventarlo y el PNV, si consigue lo que busca, lo descubrirá más pronto que tarde si es que llega, como pretende, al Palacio de Ajuria-Enea.