La asamblea del PNV y la política del siglo XXI

eMail del País Vasco

Ánder Gurrutxaga
Catedrático de Sociología

El PNV ha celebrado este fin de semana su Asamblea-Congreso en Pamplona. Puede decirse que no era una reunión más de este partido centenario. No lo era porque el cambio político en España después del 20 D y la mutaciones, internas y externas, que se suceden le colocan en una situación, en algunos aspectos, novedosa.


Llegaba a la reunión colectiva en buen momento: gestiona la mayoría de las instituciones comunes. Su voz, los argumentos que emplea, la ingeniería política y social de la que se sirve y la arquitectura institucional con la que construye la singularidad de Euskadi, han sido claves para comprender lo qué es hoy la Comunidad Autónoma Vasca. La cuestión y el interrogante que la Asamblea Nacional debía tratar eran las consecuencias del éxito electoral en un contexto de cambio como el que toca vivir. El éxito provoca rutina y el peligro es la probable fatiga de materiales y la debilidad de las fuentes de la energía creativa para pensar otros marcos sociales y políticos.

La coyuntura que se abre en España después de las elecciones del 20 D, introduce factores a los que ni el PNV ni nadie estaba acostumbrado. La ruptura del bipartidismo con la eclosión significativa -en votos, escaños, presencia social y espacio político- de Ciudadanos y Podemos, la subida electoral de esta segunda fuerza en Euskadi, -más difícil de comprender para el nacionalismo- por cuanto se trata de una formación sin liderazgos claros, sin programas consolidados y cuya presencia y aparición pública tiene más que ver con el estado de opinión de desencanto, cansancio y distancia con lo construido y con la imagen de sectores sociales, alejados del voto al bipartidismo, pero también de lecturas nacionalistas de la realidad vasca, aunque, paradójicamente, Podemos integre algunas de sus creaciones como el Derecho a Decidir o el acercamiento de los presos a cárceles vascas, pero su voz se deja sentir, sobre todo, porque radicalizan las reivindicaciones sociales e impregna todos sus discursos de la posibilidad de lo imposible, algo a lo que muchos votos jóvenes y otros sectores procedentes de la izquierda social y nacionalista no pueden resistirse. No se sabe si la continuidad electoral, en las próximas elecciones autonómicas, será tan contundente o tendrá tanto brío, pero se entiende muy bien que la emergencia de una formación como Podemos, para el PNV tan alejada de su forma de proceder y su cultura política, le cueste “entender cómo entenderle”. En todo caso, es una incógnita que se dibuja, al igual que el resultado electoral de la izquierda abertzale, tan dependiente de un discurso político y social que sigue, por cierto, buscando y que no termina de producir ni encontrar para encarar el mundo vasco, tan diferente en estos momentos al que estaba acostumbrada.

La Euskadi del 2016 -que el PNV examina en Pamplona- es un objeto abierto, plagado de paradojas y contingencias: acepta la identidad vasca, pero es material y simbólicamente postidentitario, se reconoce en la política pero construye los doseles sagrados desde la valoración preferente concedida al bienestar material y la calidad de vida. Los ciudadanos y votantes del PNV no entienden que el futuro pueda ser de otra manera. Saben también que la integración en las redes económicas internacionales y alcanzar la solvencia en los ritmos que traza la globalización, tiene costes y que, por ejemplo, la internacionalización de las empresas es un camino con muchas dificultades, la llegada a la sociedad del conocimiento no es un “camino de rosas” y que acertar con la estrategia de la innovación tecnológica y la creatividad no es algo que esté resuelto ¡ ni mucho menos ¡ Por otra parte, las nuevas generaciones reclaman “su” lugar, pero el relevo generacional está demostrando ser un camino con dificultades de peso. Lo está siendo en la capacidad para crear empleo y trabajo cualificado, en el diseño pragmático de sectores económicos innovadores, en la creación de un futuro claro y abierto. También, la demografía indica signos de cansancio con el envejecimiento acelerado de la población, la recaudación fiscal tiene goteras significativas creadas por los problemas económicos de algunas de las grandes empresas que cotizan en Euskadi -especialmente, las energéticas-.

El resultado es que las raíces del ”paraíso” están sometidas a tensiones y eso lo capta bien, otra cosa es la capacidad y las posibilidades que demuestre para moverse en el marco político y social plagado de incertidumbre, donde manejar estratégicamente el desorden y estar preparado para la aparición de algunos cisnes negros, añade inseguridad al manejo de aquello a lo que estaba acostumbrado. La definición de lo que vaya a ser el futuro no es tan clara ni tan obvia como se suponía que era.

Una formación política en una sociedad bien definida como es la vasca, limitada en tamaño y recursos, sabe que sólo puede sostener el discurso prevalente haciendo las cosas bien y equivocándose poco. No es extraño que en esta Asamblea haya hecho coincidir la ambigüedad doctrinal tradicional -con las llamada a la historia y a la tradición nacionalista-, con el recurso al pragmatismo, negociación de un nuevo Estatus político sin fechas fijas ni frases o estrategias concluyentes, con ambigüedad calculada y perspectiva incluyente donde el poso identitario se da por supuesto, pero no se radicaliza ni se cierran puertas a nadie. El PNV demuestra que se hace cierto que sin el peso de ETA la política en Euskadi es otra cosa. El encaje en el Estado, el tratamiento del pluralismo interno de la sociedad vasca, las normas de convivencia o la construcción del futuro quedan en manos de la posibilidad del pragmatismo. Otra cosa sería pedir al PNV que deje de ser lo que es.

La Asamblea habla con lenguaje actualizado y abierto donde la ambigüedad, el pragmatismo y las llamadas a la tradición quieren convivir sobre el marco donde el juego de la política no es lo seguro que se presume que puede ser y la incertidumbre ocupa un espacio mayor de lo que cualquier quisiese. Pero dar la cara ante los nuevos tiempos, querer comprenderlos, vivir de lleno en ellos es algo que un partido-por centenario que sea-debe enfrentar. Las respuestas a los temas planteados están condicionados por el contexto socio político y material complejo, enrevesado, muy matizado, atravesado por dilemas que conviene analizar para encontrar la senda adecuada. Este obliga a cuestionar las preguntas principales que condicionan el juego de las respuestas y a mirar hacia dentro y hacia fuera para comprender el tono de las respuestas. Conviene, en consecuencia, entender el contexto externo y comprender el interno para captar la complejidad de las respuestas que pueden suministrase en este momento.

Termino con la enseñanza que dejó escrita el viejo liberal Isaiah Berlin cuando dice: “algunos de los grandes bienes no pueden vivir juntos. Estamos condenados a elegir, y cada elección puede entrañar una pérdida irreparable”. Ignorar el valor de la elección es vivir en la ignorancia, pero querer superarla acudiendo al orden de la simulación es tener que recordar que simular es “aparentar tener lo que no se tiene” y que más allá de las apelaciones a la voluntad, a la historia, al esfuerzo o al trabajo están las encrucijadas y las paradojas. Probablemente, la consecuencia más interesante que puede obtenerse de la reunión es que este partido, sin olvidar quienes son ni de donde vienen, abandonan caminos trillados y reiterados para recogerse detrás del valor de lo complejo y de las políticas del pragmatismo que se anuncia en este siglo XXI. Veremos lo que sigue.