21 de Octubre. El día después

 

Dirigentes socialistas vascos

e-Mail del País Vasco
Ander Gurrutxaga Abad

Se acabó. El 21 de Octubre los ciudadanos que residimos en el País Vasco iremos a las urnas para elegir Parlamento, nuevo gobierno y lehendakari. En términos comparados venimos de una travesía política de manos del gobierno socialista de Patxi López, que dura más de tres años.

El gobierno socialista nace en circunstancias singulares, algunos dicen que excepcionales. Efectivamente algo de singularidad y excepcionalidad había en el gobierno que formó y en las condiciones en las que se producen las elecciones hace ya más de tres años. El resultado rompió una regla de oro de la política: el partido más votado en las urnas-PNV- es el que forma gobierno. En este caso es al contrario: se constituyó la alianza parlamentaria entre dos partidos-PSE y PP- que no tenían, en principio, nada en común. No comparten programa, no tienen ideologías similares, no aspiran a lo mismo y mantienen la dura confrontación en todos los ámbitos territoriales e institucionales del Estado. De hecho, la alianza entre  el PSE y el PP es irreproducible en otro lugar que no fuese Euskadi.

La justificación se encuentra en la interpretación que construyen basada en la situación que –dicen- promueve la política nacionalista, al menos, en las dos últimas legislaturas y la situación específica del País Vasco. Además hay otros dos hechos que dan cuerpo a la singularidad detectada. La persistencia de las acciones terroristas de ETA y la prohibición de la participación política de la izquierda abertzale. La consecuencia es un cierto régimen de anormalidad política porque la existencia de la organización terrorista da un cariz dramático y perverso a la disputa política y la no presencia de la representación política de miles de ciudadanos vascos añade otro dato a los hechos singulares. Aunque la sociedad vasca se acostumbre a la situación, ésta es difícil de manejar a corto y medio plazo.

Transcurridos más de tres años, el Lehendakari Patxi López convoca elecciones anticipadas, adelantando casi en seis meses la consulta prevista para la primavera del año 2013. Obviamente, el tiempo del gobierno socialista no pasa desapercibido. En el período transcurrido han sucedido cuatro hechos -no son los únicos,, pero me parecen los más significativos-, que traen la revisión de lo que debió ser una forma de gobernar y hacer política distinta -al menos así se dijo cuando el PSE se hizo con el gobierno vasco y la lehendakaritza-.

El primero es que la alianza PSE-PP se mostró débil desde el principio. El Partido Popular se quedó fuera del gobierno y casi inmediatamente tomó distancia con él, exponiéndose poco, desgastándose menos y esperando tiempos  mejores para sus intereses. Sabía bien lo que tenía que hacer y a ese guión se agarró dejando el mayor desgaste para el PSE y apareciendo de vez en cuando en los escenarios parlamentarios o ante la opinión pública vasca para recordarles a los socialistas su condición y dependencia de sus votos cuando juzgaban que las cosas no iban por el camino que les pareció oportuno o ajustado a los intereses que habían firmado en el acuerdo de gobierno. Una de las consecuencias, por el impacto que tiene en el momento y por el desajuste que genera, son las relaciones políticas con el PNV que quedan fracturadas y sin posibilidades de encontrar puntos de acuerdo, al menos a medio y corto plazo. En esta ocasión, tal y como se observó en meses posteriores, provocó una brecha que no ha podido cerrarse a lo largo de más de tres años de gobierno socialista.  El PNV en la oposición no olvidó las condiciones del desalojo del poder ni el papel en el que le situó la alianza PSE-PP.

El segundo hecho es la crisis económica que adquiere virulencia y una velocidad que el gobierno socialista de Rodriguez Zapatero inicialmente es incapaz de prever y después le ató a medidas inexploradas, mal explicadas y peor comprendidas por la ciudadanía. La crisis cubrió todos los rincones de la realidad española que pareció, al menos al principio, no caer en la cuenta que el modelo del crecimiento basados en el ladrillo y los negocios inmobiliarios se desplomaba a igual velocidad como se creó. La pandemia de la crisis pilló a España sin defensas y provocó la emergencia de muchos males que no encontraban, al menos a corto plazo, curación, lo que agravó la enfermedad. La deuda externa comenzó a ser un problema de primer orden, las tasas de paro desbordaron previsiones razonables y la fe y la esperanza en la política quedaron dañadas. Se dejó de hablar del milagro económico español y el optimismo antropológico del presidente del gobierno español se transformó en incapacidad, primero para comprender los sentidos y la complejidad de la crisis y después para actuar sobre ella. En poco más de dos años, las tasas de paro se disparan y Europa tocó la puerta para recordar cuáles son las obligaciones que se tienen con los deudores. La Europa comunitaria pasó de ser la Tierra Prometida a la madrastra que recuerda todos los días que hay que mirarse al espejo para saber quienes somos y lo que somos.

En este coyuntura, al gobierno socialista vasco no les pasaron desapercibidas las elecciones generales que se celebran en España, cuando el resultado resalta la mayor caída en votos del partido en el gobierno en la historia reciente de Europa. El PSOE pierde algo menos de la mitad de los votos que cosechó en elecciones generales anteriores. Los algo más de 4.000.000 millones de votos perdidos, el paso a la oposición en autonomías de las que casi, casi, se habían proclamado propietarios-Extremadura, Castilla La Mancha, Aragón…- y la pérdida de prácticamente todas las alcaldía de las ciudades importantes españolas, dan el poder mayoritario al PP del que, por cierto, nunca había gozado nadie en la reciente historia de España. Las repercusiones para el gobierno socialista vasco son obvias; comienza a parecer un gobierno prescindible para el PP en la isla Barataria vasca.

En el País Vasco el PSE, ya sin la seguridad que les presta el poder del gobierno socialista en el Estado, se ató a los mecanismos del autogobierno, en especial las credenciales económicas que presta el Concierto Económico, y entró en un debate sin fin con las encargadas de cobrar los impuestos en el País Vasco-las Diputaciones- con el sobreañadido de que no controlaba ninguna de ellas. La de Bizkaia está en manos del PNV, Gipúzkoa es de Bildu y la de Araba del PP.  La crisis económica genera la caída del volumen de ingresos en las arcas forales y provoca que el Gobierno vasco reaccione pidiendo cambios en los mecanismos impositivos fiscales con objeto-dicen- de recaudar más y redistribuir mejor.

Pero el dispositivo fiscal, en manos de las Diputaciones, no lo controla el PSE y el camino elegido por el gobierno de Lakua opta por el crecimiento significativo de la deuda que es el mecanismo empleado para enfrentar la reducción de la recaudación fiscal, el ciclo económico y la prestación de servicios públicos en manos del gobierno autonómico-. El monto total de la deuda creció en estos tres ejercicios presupuestarios  exponencialmente- pasó de los 300 millones de euros a 6.000-. El freno que le imponen las Diputaciones está  acompañado por el que le remiten el PP y el PNV en el Parlamento autonómico. El PSE no es capaz de pactar la reforma fiscal que proclama y sus exhortaciones a la revisión del modelo se queda en esto; llamadas sin posibilidad de ser realizadas, quizá sabiendo que en Euskadi el poder está demasiado repartido como para no tener que pactar los sueños e ilusiones que demanda la puesta en práctica de cualquier acción política de calado.

La llegada del PP al gobierno del Estado, con mayoría parlamentaria absoluta, y las consecuencias de la crisis galopando sin control ni remisión, obliga al PSE a posicionarse ante medidas duras,  impopulares y sin concesiones que emanan del gobierno del PP y ponen en entredicho algunos de los logros del precario sistema del bienestar. Las críticas a las medidas del gobierno central descubren un PSE relativamente nuevo en el discurso, como si a través de la crítica política al gobierno de Rajoy  encontrase un discurso más claro y contundente del que había empleado, pero con una consecuencia obvia; el objeto de las críticas es el partido con el que pactó la gobernabilidad de la Comunidad Vasca. El resultado es que el PP vasco rompe la alianza suscrita tres años antes y deja solo en Mayo del 2012 al PSE en el Parlamento Vasco. A partir de aquí, el PSE promueve un discurso socialmente comprometido con los logros del bienestar y el modelo social e incluso promueve la idea de la validez para el Estado del sistema vasco de protección social, frente al desmantelamiento que se produce. El hecho se hace sin considerar que el diseño y la institucionalización del modelo eran obra de gobiernos anteriores comandados por el nacionalismo institucional del PNV -Salario Social, Renta de Garantía, Sanidad, Educación….etc-. El punto de llegada del socialismo vasco es la minoría parlamentaria y la imposibilidad de pactar nuevas alianzas. Esta situación le conduce inexorablemente al adelanto electoral.

El tercer hecho que ocurre durante su mandato es la declaración por parte de ETA del “cese definitivo de la lucha armada”. El resultado es que ante el terrorismo directo, que había sido uno de los ejes de la actividad política vasca, emergen situaciones interconectadas con diversas consecuencias abiertas en la sociedad vasca, sobre todo, cómo construir una política de víctimas del terrorismo de ETA, qué hacer con la ETA que está en la cárcel, con los cientos de presos que cumplen condenas y, en tercer lugar, qué problemas son los más urgentes y qué agenda es necesaria para que el cese de la violencia se transforme en la disolución y desaparición de la organización armada. Los tres problemas tienen tempos y tratamientos diferentes y, diría que urgencias distintas, pero los tres están entrelazados.

El cuarto tiene que ver con la entrada de la izquierda abertzale en las instituciones– esta vez bajo la denominación de BILDU, fusionando cuatro fuerzas políticas (la antigua Batasuna, EA, Aralar y Alternatiba). El éxito electoral en las elecciones municipales y forales es significativo, sobre todo en Gipúzkoa, donde se hace con las alcaldías de más de cien municipios, la Diputación y más de doscientos mil votos en todo el territorio autonómico. En términos electorales, la legalización de las siglas demostraba que la prohibición de su participación durante más de diez años no había tocado sus caladeros electorales ni su capacidad de movilización política.-.

La conclusión de la coyuntura descrita, tan rica y singular, es que la salida del gobierno socialista va ser muy diferente a la llegada a Lakua. La coalición con el PP se rompe, la crisis económica provoca un nuevo ciclo político, el cese definitivo de la lucha armada de ETA y la aparición fulgurante de los votantes de BILDU, dan un tono sustancialmente diferente a la inspiración política del primer gobierno socialista.

Probablemente ninguna de las cuatro variables -quizá más la primera y segunda- son susceptibles de ser previstas por el gobierno López, pero todas en conjunto y cada una por separado impactan en las posibilidades futuras de las siglas socialistas, si se cumplen los pronósticos electorales y los estudios de demoscopia. Éstos lo habían avisado -tanto el gubernamental Sociómetro Vasco como el universitario EuskoBarómetro-, el PSE no conseguía imponer, a lo largo de los años de gobierno, su imagen entre la ciudadanía vasca, el gobierno conseguía cotas bajas de popularidad y la actividad política no era comprendida por una parte de la ciudadanía vasca.

El análisis en profundidad de lo que han sido estos años no se puede, ni creo que se debe, abordar al margen de las variables que he citado. Las pretensiones iniciales del socialismo vasco de transformar la sociedad y salir de treinta años de gobierno nacionalista con otro imaginario parece que está por encima de sus posibilidades reales. El PSE demuestra en estos tres años que tiene muchas dificultades para construir la narrativa de lo que es el País Vasco, no tiene el suficiente poder social, político, cultural o económico para hacerlo y tampoco sabe encarar al imaginario nacionalista que había penetrado en la sociedad civil vasca. Los años de gobierno de Patxi López han demostrado que la construcción y posterior penetración de un paradigma sociocultural y político, distinto al propugnado por el nacionalismo vasco, requiere de otros supuestos, otra comprensión de cómo es la sociedad vasca y, sobre todo, de poder social, político, cultural y económico y mucha convicción. De estos bienes el PSE ha demostrado estar lejos del óptimo deseable para cumplir con sus objetivos. En Euskadi sin la reflexión sobre donde está el poder, los sentidos del mismo y su gestión, poco o casi nada puede ser. La inercia política hace todo lo demás. El resultado es que en estos tres años y medio, pese a alguno de los logros alcanzados, nunca fue capaz de desprenderse de cierto carácter de poner en práctica una política liviana, guiada sin demasiada convicción, como si fuesen conscientes del tono episódico de las propuestas que generan. No creo que el hecho recaiga directamente sobre las espaldas del lehendakari López, por detrás del  programa de gobierno está la falta de maduración de una perspectiva profunda, de la narrativa que desde la perspectiva socialista, componga un nuevo paradigma que hipotéticamente confronte el imaginario nacionalista y esté en condiciones de hacerse ver y oír en la sociedad vasca.

El poder coyuntural que otorga la política ciega otros análisis y, sobre todo, otras tendencias de fondo, porque al fin y a la postre éstas terminan sembrando los territorios que el otro deja o de los que no se ocupa. No debe sonar extraño que el PSE salga del gobierno vasco sin saber bien por qué debe marcharse o para qué. El peso de la inercia y la política que practica le impidió ver el bosque de la complejidad que debiera haber comprendido para haberse mantenido en el gobierno de la Comunidad Autónoma Vasca, pero esta cuestión tiene otras líneas de interpretación a las que no se asomaron y nunca comprendieron.