El inexplicable encanto del recortador

e-Mail de Madrid

Lourdes Lancho

El conseller Andreu Mas-Colell

Lanzo una idea para un estudio antropológico sobre la política catalana. O mejor, sobre el modelo de político que nos gusta a los catalanes. Durante más de 20 años hemos tenido como presidente y líder indiscutible a una persona que provocaría suicidios en masa entre los asesores en comunicación política de todo el mundo.

Jordi Pujol es un tipo de ojos saltones, bajito, regordete, calvo con cuatro pelos eternamente alborotados. Tiene una voz nasal aderezada con múltiples sonidos guturales de su garganta. Por si todo esto fuera poco, añadimos unos cuantos tics. Lo que les decía, una auténtica pesadilla para asesores de imagen y comunicación. Eso no hay quien lo salve. Pero su presencia, u omnipresencia, en la política catalana ha sido indiscutible y su encanto difícil de resistir. A las periodistas jóvenes nos sacaba de quicio el paternalismo con el que se sacaba de encima las preguntas que le hacíamos. Se zafaba de los temas espinosos con la misma facilidad que conectaba con cualquier tendero al que parecía conocer de toda la vida.

Me ha venido esto a la cabeza leyendo la encuesta de valoración de los políticos catalanes que ha publicado La Vanguardia.  No me voy a detener en el 5’3 de nota que obtiene ese “Ken” de la política que es el president Artur Mas, si no el 4’8 que obtiene el que debería ser el malo de la película, el de los recortes. El conseller de Economía, Andreu Mas-Colell, con ese aspecto de recién salido del laboratorio del Profesor Bacterio casi obtiene el aprobado del reconocimiento ciudadano.

Lo que tiene su mérito porque dudo que muchos de los que le otorgan esa nota hayan soportado alguna de las entrevistas que le han intentado hacer en todo este tiempo. Porque a esa imagen de sabio loco hay que añadir una dificultad en la expresión desesperante. Este hombre es más opaco en una entrevista que un fondo de inversión saudí.

Da la impresión de que en política, a los catalanes nos gusta fiarnos de la gente que parece no tener nada que vender. O nada que perder, porque a este hombre, no cuesta imaginarlo dando media vuelta y regresando a sus libros y aulas universitarias cuando deje la consellería. Es imposible odiar al “abuelito”, porque le pega más el batín y las pantuflas que el traje y la corbata.

Coincidí un día con él en un viaje de vuelta de Madrid, en el AVE, clase turista. Cualquiera de sus acompañantes podría haber pasado por ser el conseller, excepto él mismo. Estaba tan fuera del cargo y de lugar como cualquiera de nosotros en su situación. ¿Estará ahí el secreto de la empatía que genera?

Sin cuestionar los méritos del Conseller Mas-Colell, que los tiene, ¿ha sido una hábil maniobra colocarlo ahí? ¿Se imaginan la envidia que le debe tener el “obediente” Boi Ruíz, que simplemente hace lo que le pide l’Avi pero él sí, cosechando todas las antipatías y rechazos?

Estoy segura que Mas-Colell sale de casa con ese aire despistado y se pregunta cada mañana quiénes son esos tipos que le acompañan. Mientras que el conseller Ruíz mira angustiado a un lado y otro de la calle antes de cerrar la puerta y comprobar con alivio que son los escoltas los que le rodean y no airados ciudadanos dispuestos a “recortarle” las piernas. Cuestión de imagen, ¿no?