La diferencia entre un trabajo de mierda y una mierda de trabajo

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Juan Aranaz
Realizador de A vivir que son días, Cadena SER

Los manteros van y vienen a las calles de Madrid con una periodicidad muy irregular que no sé a qué responde. La llegada de la primavera ha coincidido con uno de estos periodos de actividad mantera en Gran Vía. Las anchas aceras son buen escaparate para la mercancía y lo bullicioso que es el centro ofrece muchas vías de escape.

“Manteros”, “mercancía”, “escape”, son palabras que denotan delincuencia, y así vemos a estas personas (sí, es sorprendente, son personas) que corren, manta al hombro, en apresurada procesión cuando la policía se deja ver. Chavales que se juegan la vida para llegar a un primer mundo en el que son explotados vendiendo falsificaciones de marcas exclusivas por una miseria.

Veinte o treinta se alineaban el miércoles en la manzana de Gran Vía 32. Una patrulla de Policía Municipal convivía con ellos vigilando una actuación de los bomberos cercana. Era como cuando el depredador ya ha saciado su hambre y sus presas pueden relajarse y pastar en las inmediaciones.Pero también ocurre en los documentales: en una fracción de segundo revuelo, empujones, carreras, agarrones, caídas. Cinco agentes de paisano han lanzado su ataque y se han hecho con una manta llena de bolsos falsos. Tienen dificultades para cerrarla sin que se les caigan por los lados.

El peligroso delincuente al que pertenecía observa a unas prudentes decenas de metros de distancia. En la huida ha perdido una zapatilla y ahora, descalzo, cojea. Los policías, ya no tan de paisano con sus placas al viento, pinganillos a la vista y alguno porra en mano, ríen ruidosamente mientras recogen el botín y le dan patadas a la zapatilla perdida como jugando pero sin acercar las manos a ella. Se marchan orgullosos habiendo salvado a la ciudadanía de, quizás, una veintena de bolsos falsos.

Vuelve el chico, porque todos volvemos a los lugares donde nos hemos llevado los golpes, y busca su zapatilla sin éxito.

Le pregunto a un barrendero “perdona, ¿no habrás barrido la zapatilla de este chaval?” “¡Qué va! Se la han llevado los municipales” “hay que ser hijo de puta” “es que lo son y les gusta serlo”.

No creo que los manteros celebren el final de su jornada al grito de “bien por nosotros que hoy le hemos sisado 100 euros a Lacoste”, pero aquellos policías festejaban mucho haber conseguido una manta, veinte bolsos y una zapatilla. Eran como el niño que disfruta quemando hormigas.

Es la diferencia entre un trabajo de mierda y una mierda de trabajo.