Die Farben wechseln, und die Dummheit bleibt

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Por S.V.

“Periódicamente vuelven los hombres de estado con grandes potes de pintura de colores, como los gnomos de las felicitaciones de año nuevo, y aseguran que ellos son los nuevos arquitectos de una casa para todos. Pero al final siempre resulta que sólo son pintores de brocha gorda. Los colores cambian, pero la tontería permanece”.

El gran escritor alemán Erich Kästner murió hace ahora 40 años. Nacido en Dresde en 1899, es conocido entre nosotros por sus “cuentos para niños de 9 a 90 años”, como “Emilio y los detectives” o “Las dos carlotas”, traducidos a multitud de idiomas y llevados al cine. Pero fue, más que nada, un periodista agudo y mordaz, tremendamente crítico con la burocracia y el militarismo, perseguido primero por los puritanos y luego por los nazis, autor de obras como “Escuela de dictadores”. A pesar de las persecuciones, pudo decir luego que fue el único escritor que pudo ver en persona como quemaban sus libros, y que no sólo sobrevivió para contarlo, sino que supo sobreponerse al desesperanzador espectáculo de la destrucción de su ciudad natal por los aliados. El texto reproducido pertenece a uno de sus poemas de denuncia y pone en evidencia que, aunque pasen los años, y como él decía, “los colores cambian, pero la tontería permanece”. Herta Müller ha escrito después: “Immer derselbe Schnee und immer derselbe Onkel”.

Un pensament a “Die Farben wechseln, und die Dummheit bleibt”

  1. Erich Kästner fue para mí un dios. Emilio (- y los Detectives, más – y los Tres Mellizos) fue mi segunda novela, a los siete años. La primera fue Precisamente Así (las Just so Stories de Kipling), a los seis. Y la tercera, el Tom Sawyer, a los ocho. Paralelamente cayeron la serie de Cómo Viven (y estudian, y trabajan, y juegan…) los Niños de Otras Razas. Y Lo que puede más que el Hombre, que tanto marcó a Manuel Vicent. Todos y cada uno de esos libros me marcaron muy profundamente.

    De Kästner aprendí (en el prólogo del Emilio) la diferencia entre una idea y un perro. Me sirvió de mucho y la he enseñado a alumnos y clientes durante cincuenta años: Cuando ves un perro y lo quieres coger basta con acercarte y agarrarlo del pescuezo. “Mejor o peor tiene el chucho entero” decía literalmente. Pero cuando tienes una idea debes ir con mucho cuidado porque si la agarras de repente del pescuezo tendrás sólo el pescuezo, y la cabeza, las patas, el rabo y todo lo demás saldrán corriendo por todas partes. Debes estar muy quieto y atento hasta que ves que lo tienes todo, y entonces es cuando puedes agarrar toda la idea entera.

    Eran cuentos para niños, pero nos trataba como adultos y su humor era un humor que me hacía sentir ‘mayor’. Y, mezclado con su humor, te metía de lleno en problemas de la vida muy serios. “Si en casa habláis poco de dinero es que en casa tenéis dinero. En casa no tenemos dinero y se habla mucho de dinero”. La madre de Emilio lavaba y marcaba cabezas en casa, en negro, se supone. Como vuelve a pasar aquí ahora. Qué fue del tercer mellizo, demasiado crecido ya, ha sido en mi vida una pregunta tan importante cómo qué paso con el coronel que no tenía quien le escribiera y su mujer. Desde luego mucho más serio que quién mató a Laura Palmer.

    Su descripción de la Alemania de antes de la guerra me resultó tan atractiva que me presenté allá a los diecisiete años, y luego volví a trabajar a los veintitrés, y luego… Pero eso es harina de otro costal.

    Ver el mundo alemán como una niña de Timisoara de los cincuenta proporciona una visión muy lejana del Berlín cabaretero de Emilio. Visto desde aquella Transilvania de postguerra el mundo podía parecer monótono. Visto desde el Berlín de preguerra, desesperante.

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